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Full text of "Valmar"

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THE  LIBRARY  OF  THE 

UNIVERSITY  OF 

NORTH  CAROLINA 


ENDOWED  BY  THE 

DIALECTIC  AND  PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 


UNIVERSITY  OF  N.C.  AT  CHAPEL  HILL 


VALMAR 


POR 


'  A[32- 
1/3 


MATEO  MAGARIÑOS  SOLSONA 


umverotyubraky 

UMWER8TTY  OP  MOBfW  CAROUNA 
ATCHAPELHÍLL 


REVÍ0»ED|f 

PRESERVAT10H 

MCROFtUNG 


Editada  por  la 
IMP.  Y  LITOGRAFÍA/  «ORIENTAL»!  CALLE  33,  N.°  112 

MONTEVIDEO 

1896 


Digitized  by  the  Internet  Archive 
in  2013 


http://archive.org/details/valmarmaga 


CAPÍTULO  I 


Eran  apenas  las  ocho  de  la  noche,  y  ya 
los  vastos  muelles  del  hotel  balneario  esta- 
blecido en  los  Pocitos  estaban  llenos  de 
gente. 

En  el  tablado  que  cierra  la  calle  por 
donde  llega  el  público,  la  banda  de  música 
de  uno  de  los  cuerpos  de  la  guarnición 
ejecutaba  un  paso  doble  con  lujo  de  tam- 
bores y  cornetas,  y  junto  al  café,  entre  el 
vaivén  constante  de  la  concurrencia,  en  me- 
sas alineadas  simétricamente,  comían  aún 
multitud  de  personas,  protestando  contra 
la  morosidad  de  los  mozos  que  no  acudían 
con  la  presteza  deseada.  Por  la  calle  cen- 
tral, descendía  compacta  una  masa  negra, 
engrosada  más  y  más  conforme  se  iba 
aproximando,  arremolinándose,  por  fin,  con- 
tra el  muelle  y  entorpeciendo  la  maniobra  de 


6  V  A  L  M  A  R 


los  carruajes  y  tren-vías  que  llegaban  su- 
cesivamente entre  el  estrepitoso  golpear  de 
los  cascos  contra  el  duro  pavimento,  el  ale- 
gre repicar  de  las  campanillas  y  el  agudo 
chasquido  de  los  látigos  restallando  en  el 
aire  sobre  aquel  mar  de  cabezas.  Era  una 
confusión  espantosa,  una  aglomeración  de 
hombres,  de  caballos  y  de  cosas  en  continuo 
movimiento.  Allí  todos  luchaban  y  todos 
querían  triunfar  para  conseguir  su  objeto. 

El  público  pujaba  afanoso,  á  fuerza  de 
hombros  y  codos,  para  llegar  á  la  plata- 
forma del  café;  pero,  desesperado,  en  su 
mayoría,  de  satisfacer  sus  deseos,  y,  sofo- 
cado, ansioso  por  respirar  un  poco  de  aire, 
se  volvía  desalentado  desbordándose  por  las 
calles  laterales  para  desaparecer  sumergido 
en  las  sombras  de  la  playa.  Frente  al  ho- 
tel, un  cordón  de  guardias  civiles  se  mul- 
tiplicaba, pugnando  sudoroso  por  organizar 
el  movimiento,  y  hacía  despejar  los  ca- 
rruajes muniendo  á  los  cocheros  de  un  nú- 
mero para  que  fueran  requeridos  luego  á 
su  debido  tiempo,  mientras  que  los  tren- 
vías,  anunciando  su  paso  con  el  reiterado 
toque  de  sus  ásperas  cornetas,  se  alinea- 
ban en  un  ramal  de  la  vía,  enfilando  sus 
lucecitas  verdes  y  coloradas  que,  á  lo  lejos, 


V  A  LM  A  R 


parecían  una  larga  cadena  de  rubíes  y  es- 
meraldas. 

La  concurrencia  aumentaba  siempre,  ca- 
da vez  más,  con  rapidez  asombrosa,  lle- 
gando un  momento  en  que  los  muelles 
parecían  cimbrearse  cediendo  á  su  enorme 
peso.  De  todo  aquel  conjunto  se  despren- 
día un  ruido  enorme  que  por  momentos 
adquiría  tonalidades  de  tempestad,  y  cuando 
la  música  cesaba  un  instante  de  inundar  el 
aire  con  sus  vibrantes  notas,  se  oía  un  con- 
fuso concierto  de  voces  frescas,  chillonas 
ó  sonoras  que  se  mezclaban  al  crujido  de 
las  polleras  estrujadas,  de  los  cuerpos  opri- 
midos, y,  por  fin,  al  murmullo  acompasado 
y  constante  de  las  olas,  rompiéndose  con 
golpes  secos  contra  los  malecones  de  la 
playa. 

Serían  próximamente  las  nueve  cuando 
bajaron  de  una  victoria  de  alquiler  Rodolfo 
Valmar  y  Felipe  Mont,  tratando  en  el  acto 
de  deslizarse  por  entre  la  apiñada  concu- 
rrencia, con  el  objeto  de  procurar  un  punto 
de  vista  estratégico  desde  donde  poder  abar- 
carla en  conjunto,  de  una  mirada. 

Al  efecto,  tomando  coraje  para  acometer 
aquella  empresa ,  cruzaron  valerosamente 
por  entre  la  compacta  masa  humana  que  cir- 


8  VALMAR 


culaba  con  lentitud  de  un  extremo  á  otro 
del  gran  muelle  transversal,  sufriendo  con 
gusto  los  dulces  apretones  de  los  cuerpos 
femeninos,  redondos  y  perfumados,  y  so- 
portando con  paciencia  las  punzadas  angu- 
losas y  los  codazos  enérgicos  de  los  hom- 
bres, poco  dispuestos  á  dar  paso  á  ninguno 
de  su  sexo. 

—  Caballero,  con  su  permiso,  —  murmu- 
raba Felipe  haciendo  punta. 

—  No  sé  qué  le  voy  á  permitir,  —  contes- 
taba el  interpelado,  ahogándose,  prensado 
como  una  sardina. 

Y  más  adelante: 

—  ¿Amigo,  quiere  hacer  un  esfuercito, 
para  dejarnos  pasar? 

—  ¡Pues  vaya  una  pretensión!  ¿quiere 
que  me  haga  humo?  —  exclamaba  impa- 
ciente la  persona  rogada. 

Pero  Felipe  habituado  á  trances  peores 
continuaba  impertérrito  á  fuerza  de  codos 
repartiendo  pisotones  y  sembrando  un  re- 
guero de  protestas. 

—  Impertinente,  mal  educado! 

—  Pues  vaya  un  afán  de  pasar  por  en- 
cima de  los  otros! 

—  Pero,  señor,  yo  no  puedo  más,  me 
ahogo  ¿Qué  hace  la  policía? 


VALMAR  9 


Esto  lo  decía  una  mujer  redonda  como 
una  bola  que  hacía  media  hora  era  el  ju- 
guete de  aquellas  encontradas  corrientes 
humanas.  J 

Por  fin,  cerca  de  la  escalera  que  lleva- 
ba á  la  plataforma  de  los  altos,  los  jóvenes 
tuvieron  que  detenerse.  Allí  la  clase  de 
público  cambiaba.  Era  gente  de  la  alta  so- 
ciedad y  trataba  de  prodigarse  todas  las 
«tenciones  compatibles  con  las  circunstan- 
cias. Sin  embargo,  aprovechando  el  pasaje 
ofrecido  á  dos  señoritas  que  querían  subir^ 
lograron  hacerlo  á  su  vez,  instalándose  allá 
arriba  para  gozar  á  sus  anchas  de  la  brisa 
que  enviaba  el  mar  cargada  de  salitrosas 
emanaciones. 

—  Dos  abismos,  —  dijo  Felipe  Mont  rien- 
do, cuando  estuvieron  arriba,  asomados  de 
pochos  contra  la  baranda.  Y  con  un  signo 
expresivo  señalaba  el  mar  y  las  mujeres  que 
circulaban  á  sus  pies. 

—  Es  verdad,  —  contestó  Valmar  quitán- 
dose el  sombrero  y  enjugándose  la  frente, 
—  y  lo  que  es  uno  de  ellos  por  poco  nos 
traga  ¡  Qué  apretones ! 

—  Sin  embargo,  esta  vista  los  vale, — 
insistió  Felipe,  abarcando  con  un  gesto,  los 


10  VALMAR 


muelles,  las  casillas  de  baño  y  el  mar  que 
se  perdía  á  lo  lejos  entre  las  sombras. 

Y  era  realmente  un  hermoso  espectáculo 
aquella  masa  multicolor,  alumbrada  por  la 
pálida  luz  de  tres  grandes  focos  eléctricos 
que  parecían  pestañear  destacándose  bajo 
el  azul  sombrío  de  un  cielo  sin  nubes.  Arri- 
ba el  firmamento,  al  frente  el  mar,  y  abajo 
una  verdadera  avalancha  femenina,  una  de- 
senfrenada ronda  de  ondinas  que  producía 
el  vértigo,  dando  deseos  de  arrojarse  de 
pronto  para  caer  blandamente  sobre  tanto 
cuerpo  de  mujer  hermosa.  A  intervalos,  en 
cuanto  la  brisa  dejaba  de  traer  el  rumor  y 
el  salitre  de  las  olas,  subían  ráfagas  cáli- 
das, cargadas  de  esencias  enervantes,  de 
perfumes  sensuales,  de  emanaciones  de  la 
carne,  desarrolladas  en  el  constante  roza- 
miento de  tanto  cuerpo  exitado  por  la  tem- 
peratura y  por  las  vibraciones  de  la  atmós- 
fera en  aquel  recinto. 

Entonces  las  voces  se  multiplicaban,  las 
risas  se  oían  más  sonoras,  como  escalas 
cromáticas  ejecutadas  sobre  teclas  de  cristal; 
y  del  café,  confundido  con  las  melodías  de 
los  violines,  subía  el  ruido  desigual  é  irri- 
tante de  la  vajilla  revuelta,  cortado  á  inter- 
valos por  el  golpear  de  las  manos  ó  por 


V  A  L  M  A  R  11 


las  voces  destempladas  de  los  consumidores 
pidiendo  un  chop  ó  un  sorbete. 

A  lo  lejos,  sobre  el  horizonte,  la  luna 
en  cuarto  menguante.,  asomaba  de  perfil  su 
faz  abotagada  y  enrojecida,  en  tanto  que  las 
peñas  que  limitan  la  playa  hacia  occidente, 
hundiéndose  pintorescas  en  las  aguas,  al 
recibir  su  luz  naciente  y  vaga  se  teñían  con 
extraños  y  fantásticos  reflejos. 

Era  un  cuadro. 

Luz  y  sombras,  colores  vivos  y  tintes  es- 
fumados, banalidad  y  misterio;  mundo,  vi- 
da, en  fin,  que  los  amigos  contemplaban  con 
tensión  nerviosa  y  respirando  satisfechos, 
á  pulmón  abierto. 

— ¿Quién  es  esa  señorita  tan  buena  mo- 
za?—  preguntaba  Valmar  á  su  compañero, 
señalando  una  rubia  caprichosamente  ves- 
tida con  blusa  y  boina  de  marinero. 

—  ¿Cuál?  ¿Esa  que  va  del  brazo  de  un 
señor  grueso,  luciendo  la  gargantita? —  res- 
pondió, interrogando  á  su  vez  el  interpelado- 

—  Sí,  ésa  misma. 

—  Es  la  de  Hostwald,  una  de  nuestras 
damas  más  elegantes.  Ahí  tienes  una  mu- 
jer, hija  de  padres  modestos,  que  tuvo  el 
buen  acierto  de  casarse  con  un  ricacho  y 


12  VALMAR 


ahora  está  figurando  y  lo  hace  figurar  á  él 
en  primera  fila. 

^— ¿Qué  es   él?  —  interrogó  Rodolfo  Val- 
mar  interrumpiendo  á  su  amigo. 

—  Un  comerciante  enriquecido  en  la  bol- 
sa. Una  especie  de  Menelao  afortunado  que 
nunca  pensó  desempeñar  el  papel  que  aho- 
ra desempeña. 

Y  mientras  Felipe  Mont  narraba  la  his- 
toria de  la  hermosa  señora  de  Hostwald, 
ésta  era  objeto  de  constantes  atenciones. 
Todo  el  mundo  le  abría  paso  reverencián- 
dola, y  á  cada  momento  se  veía  obligada 
á  detenerse  ante  otra  pareja  ó  ante  grupos 
de  caballeros  que  venían  á  rendirle  justi- 
ciero homenaje. 

—  ¿Ves  aquella  muchacha  que  se  saluda 
con  la  de  Hostwald?  —  dijo  Mont  golpean- 
do el  hombro  de  su  amigo,  una  vez  que 
hubo  terminado  su  ligera  crónica  respecto 
de  esta  última,  —  pues  ésa  es  el  premio 
gordo. 

—  ¿Qué  es  eso  de  premio  gordo?  —  ex- 
clamó Valmar  admirado  de  aquella  salida. 

—  Quiero  decir  que  lo  tiene  todo:  belle- 
za, fortuna,  educación.  Una  belleza  extra- 
ordinaria, una  fortuna  colosal  y  una  educa- 
ción brillante  al  servicio  de  un  raro  ingenio. 


VALMAE  13 


—  ¿Tendrá  muchos  novios?  —  preguntó 
ingenuamente  Rodolfo  Valmar,  ageno  por 
completo  á  todos  los  intríngulis  sociales. 

—  Pretendientes ,  sí ,  infinitos !  —  exclamó 
Felipe  Moni;  —  pero  no  hace  caso  á  na- 
die :  es  muy  difícil  la  niña . . .  Por  otra  par- 
te tiene  razón  para  exigir  mucho,  puesto 
que  no  le  falta  nada:  es  una  mujer  per- 
fecta. 

—  ¿Sí,  che?  Pues  entonces  es  un  verda- 
dero portento,  un  mirlo  blanco,  en  este 
mundo  de  miserias,  donde,  según  tú,  no 
hay  una  mujer  buena,  —  objetó  Rodolfo 
sorprendido  de  ver  el  entusiasmo  de  su 
amigo  que  era  completamente  escéptico  en 
materia  de  mujeres;  un  Sadista  con  todo  el 
pulimiento  del  siglo. 

—  Y  así  es  sin  duda  alguna.  Es  una 
verdadera  excepción,  un  brillante  negro  de 
esos  que  solo  se  engarzan  en  las  coronas 
de  los  reyes,  como  diría  algún  literato  me- 
lenudo,—  recalcó  Felipe  con  expresión  có- 
micamente conceptuosa. 

—  Pero,  hombre!  ¿cómo  siendo  así  no  la 
enamoras  ? 

—  Pues,  por  la  doble  razón  de  que  no  me 
haría  caso  y  de  que  no  pienso  casarme. 

—  ¡No  piensas  casarte  y  tienes  novia! — 


14  VALMAR 


exclamó  Valmar,  como  no  dando  crédito  á 
las  palabras  de  su  amigo. 

—  Si  ya  te  he  dicho  muchas  veces  que 
solo  tengo  novia  para  entretenerme  en  los 
salones  y  en  esta  clase  de  paseos. 

—  Y  yo  te  he  sostenido  muchas  otras 
que  eso  me  parece  una  infamia,  —  dijo  Val- 
mar  poniéndose  serio. 

—  Ba!  Otras  infamias  cometen  ellas  con 
nosotros,  —  replicó  Felipe  alegremente. 

—  Está  bueno,  no  insistamos  sobre  ese 
punto  y  muéstramela  cuando  pase,  —  conclu- 
yó Valmar  para  no  seguir  conversando  so- 
bre aquel  tema  en  el  que  estaba  siempre 
en  completo  desacuerdo  con  su  amigo. 

—  Mira,  allí  viene,  —  dijo  Felipe  después 
de  una  pausa,  señalando  un  grupo  de  se- 
ñoras que  se  destacaban  como  una  mancha 
entre  el  mar  de  cabezas  que  se  agitaba 
constantemente  bajo  sus  miradas.  —  ¿Ves 
aquel  grupo  de  oscuro  que  se  acerca  por 
la  derecha  ? . . .  ¿  Ves  una  señora  toda  de 
azul  que  viene  adelante? 

—  Si  ¿Es  ésa? 

—  No,  hombre,  no,  esa  es  la  VendeuxT 
la  modista  de  moda,  la  que  ha  confeccio- 
nado casi  todos  los  trajes  que  andan  hoy 
por  aquí,  y  la  que  está  al  lado  es  Josefina 


VALMAR  15 


Belloni  una  de  sus  costureras,  hija  de  un 
colchonero  que  vive  á  la  vuelta  de  tu  casa. 

—  ¡Cáspita,  tú  conoces  á  todo  el  mundo! 
—  dijo  Valmar  sorprendido  por  tanto  de- 
talle . 

—  Aquí  todo  el  mundo  se  conoce,  hijo, 
y  si  tú  no  hubieras  vivido  entre  los  libros, 
sabrías  tanto  como  yo  á  este  respecto.  ¡  Ah! 
ya  las  tenemos  más  cerca.  ¿  Ves  ? . . .  es 
esa  que  viene  con  mamá  y  con  mi  herma- 
na Isabel ...   ¿Te  gusta  ? 

El  grupo  se  había  adelantado  y  la  novia 
de  Mont,  que  hacía  ya  buen  rato  que  lo 
viera  trepado  allí  arriba,  saludó  muy  grave, 
picada  por  que  él  no  acudía  á  saludarla 
como  era  su  costumbre  cuando  se  encon- 
traban en  reuniones  públicas. 

Ernestina  Díaz,  que  así  se  llamaba  la 
novia  de  Felipe,  cuchicheó  rápidamente  con 
su  compañera,  Isabel  Mont,  y  ésta  en  el 
acto  le  hizo  un  significativo  gesto  de  ame- 
naza á  su  hermano  que  no  quiso  darse  por 
aludido. 

—  Parece  que  te  llaman,  —  observó  Val- 
mar  á  su  compañero,  al  ver  el  gesto  de 
Isabel. 

—  No,  no  me  llaman;  es  otra  cosa.  Tú 
no  entiendes  de  estas  mímicas,  —  contestó 


16  V  A  L  M  A  R" 


Felipe.  —  Además,  aunque  me  llamasen  no 
iría  ¡  Si  tan  siquiera  estuviese  Enriqueta  Be- 
lloni  la  hermana  de  la  costurerita  que  te 
mostré!  Por  esa  sí  te  dejaría  un  momento 
sólo,  pero  eso  no  es  más  que  para  entre- 
tenerme. 

Y  mientras  los  dos  amigos  continuaban 
discurriendo  y  observando,  la  concurrencia 
empezaba  á  disminuir  paulatinamente.  Las 
parejas  circulaban  con  mayor  holgura,  pu- 
diendo,  las  que  quedaban,  disfrutar  recién  en- 
tonces de  las  virazones  frescas  de  la  playa 
que  habían  barrido  con  sus  caprichosos 
remolinos  el  vapor  caliente  que  parecía  flo- 
tar sobre  las  cabezas  de  toda  aquella  mul- 
titud . 

El  público  de  los  tren-vías  se  retiraba 
para  ganar  asientos  en  los  wagones  alinea- 
dos en  la  calle,  y  los  músicos,  cansados  de 
soplar  en  sus  metálicos  instrumentos,  se  en- 
jugaban el  sudor  y  bebían  cerveza. 

A  lo  largo  del  amplio  muelle  las  pare- 
jas se  examinaban  detenidamente,  y  se  iban 
formando  grupos  de  personas  amigas  que 
hacían  comentarios  sobre  la  fiesta,  mientras 
las  damas  intercalaban  críticas  más  ó  menos 
rfiordaces  sobre  los  tocados  de  las  que  pa- 
saban ó  de  las  que  ya  se  habían  ido. 


VALMAR  17 


Matilde  Rolan  del  brazo  de  su  padre,  reía 
continuamente  de  las  almibaradas  galante- 
rías y  chistes  tde  una  media  docena  de  jó- 
Yenes  que  habían  formado  círculo  en  torno 
de  ella,  cambiando  continuamente  saludos 
con  sus  amigas,  muchas  de  las  cuales  se 
acercaban  para  darle  un  beso  y  dirigirle  al- 
gún cumplimiento.  Hacia  la  izquierda,  la 
señora  de  Hostwald,  también  rodeada  por  un 
grupo  de  damas  y  caballeros,  había  abierto- 
su  sombrilla  de  foulard  blanco  con  rayas 
rojas,  para  resguardarse  coquetamente  del 
aire  del  mar,  lo  que  motivaba  las  murmu- 
raciones de  Isabel  Mont  y  Ernestina  DíazT 
que  en  otro  pequeño  corro  la  tachaban  ele 
extravagante.  Y  en  frente,  sentada  cerqui- 
ta de  la  música  en  el  largo  banco  que  cons- 
tituye la  baranda  del  muelle,  la  Vendeux 
saludaba  sonriente  á  las  clientes  que  pasa- 
ban, mientras,  que  á  su  lado,  Josefina  Bello- 
ni  cambiaba  miradas  tiernas  con  el  dueño 
del  almacén  de  la  Espacia  que  la  enamo- 
raba. 

Por  iniciativa,  de  Felipe,  los  dos  amigos 
bajaron  y  se  dirijieron  hacia  la  punta,  donde 
se  habían  agrupado,  numerosas,  las  mucha- 
chas que  tenían  por  los  alrededores  de  la 
playa  su  residencia  veraniega.    El  lema  que* 


18  V  A  L  M  A  R 


las  ocupaba  debía  ser  sumamente  interesan- 
te, á  juzgar  por  su  animada  charla  y  por  sus 
carcajadas  sonoras  que  el  eco  repetía  á  lo 
lejos  sobre  la  superficie  de  las  aguas. 

Valmar,  divertido  con  la  novedad  de  aquel 
espectáculo,  y  encantado  por  la  compañía 
alegre  de  tanta  muchacha  bonita,  asediaba 
á  preguntas  á  su  amigo  y  cicerone  que  se 
complacía  en  satisfacer  aquella  natural  cu- 
riosidad, gozando  con  las  ingenuidades  de 
Rodolfo. 

Así,  una  vez  instalados  en  un  banco,  Fe- 
lipe dio  principio  á  la  enumeración  minu- 
ciosa de  las  personas  que  los  rodeaban  y 
hasta  de  aquellas  que  solo  alcanzaba  á  ver 
á  la  distancia. 

Entretenidos  con  esta  especie  de  crónica 
social,  salpicada  de  detalles  picantes  é  his- 
torietas escandalosas,  las  horas  fueron  pa- 
sando, y  la  concurrencia  disminuyendo  no- 
tablemente, hasta  el  extremo  de  poderse 
contar  las  parejas  que  aún  permanecían  en 
el  muelle. 

La  banda  había  terminado  su  programa 
con  un  galop  furioso,  en  que  los  músicos 
gastaron  el  poco  aliento  que  les  quedaba  en 
los  fatigados  pulmones,  y  los  últimos  trenes 
anunciaban  su  partida  llamando  á  los  pasa- 


V  A  I.  M  A  R  19 


jeros  rezagados  con  el  destemplado  chirriar 
de  sus  cornetas. 

Por  su  parte  las  tres  grandes  lámparas 
eléctricas  que  parecían  flotar  en  el  aire  em- 
pezaron á  pestañear  con  frecuencia,  como 
cediendo  á  la  poderosa  influencia  de  un  sueño 
hipnótico,  hasta  que,  de  repente,  cerraron 
totalmente  sus  párpados  de  cristal,  quedan- 
do, por  un  instante,  el  vasto  recinto  como 
en  tinieblas.  Pero  apenas  habituada  la  mi- 
rada, á  aquella  relativa  obscuridad  el  pa- 
norama parecía  ensancharse,  iluminándose 
con  una  luz  más  difusa  proveniente  ele  la 
luna  que  ascendía  majestuosa  por  la  infinita 
pendiente  de  los  cielos. 

El  mar  continuaba  murmurando  mansa- 
mente, derramándose  amoroso  sobre  las  are- 
nas de  la  playa,  y  sus  menudas  olitas,  sub- 
divididas  en  múltiples  facetas,  se  disputaban 
por  retratar  la  imagen  nacarada  de  la  lu- 
na, trazando  hasta  el  horizonte  un  sendero 
de  luz. 

Todos  los  ruidos  de  la  civilización  se 
iban  apagando  poco  á  poco;  los  grupos  vo- 
cingleros se  alejaban  sensiblemente;  y  solo 
alguna  que  otra  risita  cristalina,  turbaba,  á 
la  distancia,  el  augusto  silencio  de  la  noche 
solemne  y  misteriosa,  extendida  como  un 


20  VALMAR 


diáfano  velo   de  brumas  azuladas   sobre  la 
tierra  y  el  mar. 

Los  dos  jóvenes,  seducidos  por  la  agra- 
dable impresión  del  panorama  y  por  la  se- 
renidad magestuosa  de  aquella  tibia  noche 
de  estío,  dejaban  vagar  la  imaginación  por 
las  regiones  exploradas,  pero  siempre  sor- 
prendentes de  los  sueños,  cuando,  de  pronto, 
dos  muchachas  bonitillas,  de  cuerpos  gra- 
ciosos, aunque  pobremente  ataviadas,  se 
levantaron  del  asiento  redondo  que  hay  en 
medio  de  la  plataforma  y  encaminándose 
liacia  la  orilla  gritaron: 

—  Adiós,  Felipe !  qué  romántico  estás ! 
Este,  que  no  había  notado  la  presencia  de 

.aquellas  dos  personas,  por  ocultárselas  el 
respaldar  del  banco,  se  sorprendió;  pero 
reaccionando  enseguida,  reconociólas  y  diri- 
gióse hacia  ellas  para  saludarlas. 

—  ¿Cómo,  Vds.  por  aquí,  á  estas  horas? — 
dijo  apenas  pudo  cerciorarse  de  que  no  se 
equivocaba. 

—  Sí,  vivimos  aquí  cerquita.  Pascual  ha 
puesto  su  tienda  en  la  primera  calle,  —  con- 
testó la  que  parecía  más  bonita  de  las  dos. 
— |  Y  tú,  qué  haces  ? 

—  Tomando  el  fresco. 

—  Sí,  no  es  mal  fresco  el  que  estarás  es- 


VALMAR  21 


perando, — añadió  la  otra,  echándole  una  mi- 
radita  intencionada. 

—  No  sean  mal  pensadas,  ¿por  qué  no  he 
de  estar  aquí  inocentemente? 

—  Porque  tú  no  das  puntada  sin  nudo. 
Pero,  en  fin,  eso  es  cuenta  tuya.  ¿  Isabel  y  tu 
mamá ,  buenas  ? 

—  Muy  bien,  estuvieron  aquí  esta  noche 
¿no  las  han  visto? 

—  No,  nosotras  recién  llegamos;  no  nos 
gusta  venir  temprano,  —  dijo  la  que  había 
dado  la  broma. 

—  Sí,  no  nos  gusta  porque  no  tenemos 
trajes  para  presentarnos.  Esa  es  la  verdad» 
hijo,  ¿para  qué  te  vamos  á  mentir? 

—  ¡  Pues,  vaya  un  pretesto !  Qué  más  tra- 
jes que  esas  caritas  y  esos  cuerpitos!  —  di- 
jo Felipe  galantemente. 

—  ¡Zalamero!  —  exclamó  la  que  había  ini- 
ciado la  conversación. 

—  Bueno,  bueno,  pero  se  pasa  el  tiempo 
y  á  Pascual  no  le  gusta  que  tardemos . 
Adiós!....  Muchos  recuerdos  á  tu  mamá  y  á 
las  muchachas,  —  añadió  la  otra  mientras 
Felipe  les  tendía  una  mano  á  cada  una,  des- 
lizando en  cada  apretón  una  monedita  de 
oro  que  había  sacado  con  disimulo  del  bol- 
sillo del  chaleco. 


22  VALMAR 


Ellas  aceptaron  el  regalo  sin  hacer  nin- 
guna manifestación,  y  se  alejaron  llenas  de 
remilgos,  sonrientes,  recomendándole  con 
epigramática  gracia  un  feliz  baño  de  fresco 
al  claro  de  luna. 

—  ¿Quiénes  son  ? —  interrogó  Valmar  ape- 
nas quedaron  solos. 

—  Felicia  y  Rosalía. 

—  Ah!  las  vecinitas  de  marras.  4  Y  en  qué 
quedó  eso? 

—  En  nada.  Que  casé  á  la  mayor  y  ahora 
estoy  por  ver  realizado  eso  mismo  con  la 
segunda. 

—  ¡  Bandido ! 

—  Pero  ¿cómo  bandido?  ¿Qué  más  que- 
rías que  hiciese  por  ellas  ?  Hice  dichosa  á 
la  mayor  durante  un  año,  tan  dichosa  como 
ella  no  lo  soñó  nunca,  y  para  terminar  le  di 
un  excelente  marido.  Después,  hice  lo  pro- 
pio con  la  menor,...    sin  quererlo te  lo 

juro,  y  ahora  está  á  punto  de  casarse  con 
un  novio  que  yo  mismo  le  presenté  ¿qué 
más  quieres  ? 

—  ¿Pero  será  posible  que  hables  tan  fría- 
mente de  cuestiones  de  este  género?  ¿En- 
tonces tú  no  le  conservas  ni  un  poco  de 
cariño  á  esas  criaturas? 


VALMAR  23 


—  Un  poco  no,  mucho.  Las  quiero  mu- 
chísimo, pobrecitas. 

— Entonces  ¿por  qué  te  desprendes  de  ellas 
si  las  quieres? 

—  Hombre,  por  que  estas  cosas,  á  la  larga 
se  complican,  traen  consecuencias  y  res- 
ponsabilidades enojosas ...  y  después,  que 
en  la  variedad  está  el  gusto! 

—  Bueno,  eso  es  simplemente  una  por- 
quería, —  exclamó  Valmar  con  el  tono  de  un 
maestro  que  reprende  á  su  discípulo.  — Si  tu 
naturaleza  es  tan  apasionada  que  te  arras- 
tra hacia  muchas,  diríjete  á  ellas  en  buena 
hora,  cumples  con  ello  una  ley  natural  más 
poderosa  que  los  convencionalismos  socia- 
les; pero  no  las  corrompas  echándolas  en 
brazos  de  otro  después  que  te  has  servido 
de  ellas. 

— ¿Acaso  sería  mejor  dejarlas  plantadas? 
—  interrogó  Felipe,  mirando  á  su  amigo  con 
curiosidad. 

—  No,  lo  mejor  es  conservarlas. 

—  ¿A  todas? 

—  A  todas. 

—  Ta-ta-ta-ta-tá !  Siempre  volvemos  á  lo 
mismo !  Pero,  hijo,  ya  te  he  dicho  un  mi- 
llón de  veces  que  aunque  estamos  en  Orien- 
te aquí  no  medran  los  turcos,  por  desgracia. 


24  VALMAR 


—  Y  yo  sostengo  que,  en  cuestión  de  mu- 
jeres, tan  orientales  somos  los  de  aquí  como 
los  de  allá,  solo  que  nosotros  amparándo- 
nos en  la  pretendida  moralidad  de  nuestras 
costumbres,  somos  más  pervertidos  porque 
somos  hipócritas.  Aquí  y  en  todas  partes,, 
el  hombre  es  incuestionablemente  polígamo, 
y  si  nosotros  pretendemos  lo  contrario,  es 
sencillamente  por  egoísmo,  para  cometer 
con  más  impunidad  y  holgura  tocio  género 
de  infamias  con  las  pobres  mujeres,  enga- 
ñándolas y  corrompiéndolas  á  nuestro  an- 
tojo sin  compromiso  ni  responsabilidad.... 
como  tú,  por  ejemplo. 

—  No,  hombre,  no,  no  hay  tal  corrupción. 
Es  que  yo  pienso  de  distinto  modo  que  túy 
nada  más.— Y  Felipe,  con  voz  reposada, 
expuso  su  manera  de  pensar  al  respecto 
Para  él  las  leyes  estaban  muy  bien  como 
estaban  y  no  había  nada  que  reformar. 

Aceptaba  que  el  hombre  fuese  polígamo, 
pero  creía  que  su  poligamia  debía  ejercerse 
clandestinamente,  aunque  tratando  de  corre- 
gir sus  inconvenientes  con  los  métodos  que 
aconseja  la  prudencia  y  que  debían  ser  in- 
teligentemente estudiados. 

—  Tú  ves,  —  le  decía  á  su  amigo, — yo  soy 
feliz  y  las  voy  haciendo  felices  á  todas.    Son 


VALMAR  25 


dichosas  una  época  de  la  vida,  tienen  su 
período  de  romanticismo  y  de  novela,  y  lue- 
go vuelven  á  entrar  en  el  terreno  de  la  lega- 
lidad sin  llevar  más  que  recuerdos  dulces 
de  su  época  de  conflicto  con  las  leyes  que 
rigen  nuestras  sociedades.  Además,  queri- 
do, yo  podría  ser  polígamo  en  el  tiempo, 
pero  jamás  en  el  espacio:  un  harem  sería 
para  mí  una  cosa  terrible. 

Pero  Valmar  se  indignaba  al  oir  este  len- 
guaje. La  razonada  y  burlesca  frialdad  de 
su  amigo  lo  exasperaba,  le  parecía  contra 
la  naturaleza,  y  la  llamaba  corrompida,  in- 
munda, indigna  de  un  hombre  joven  é  inte- 
ligente. 

— ¿Entonces  el  corazón  no  entra  para  nada 
<en  esas  ligaciones ?  —  decía  —  ¿Solo  te  guían 
los  apetitos  sensuales,  el  arrastramiento  de 
la  bestia,  y  lo  que  es  peor  de  la  bestia  re- 
finada y  viciosa  que  busca  el  cambio,  no  por 
necesidad,  sino  por  hallar  en  la  novedad  un 
estimulante  á  su  paladar  cansado? 

Y  á  medida  que  hablaba,  parecía  entu- 
siasmarse con  la  tesis  que  defendía,  expre- 
sándose con  voz  sonora,  acompañada  de 
grandes  gestos,  como  para  demostrar  sus 
ideas,  al  par  que  oral,  gráficamente. 

Se  había  puesto  de  pié  frente  á  su  amiga 


26  V  A  LM  A  R 


y  en  medio  al  gran  silencio  de  la  noche,  su 
voz  parecía  oirse  retumbar  á  la  distancia, 
prestándole  una  expresión  solemne.  La  so- 
ledad era  absoluta  en  el  largo  muelle,  y  en 
el  café,  débilmente  alumbrado  por  algunas 
lámparas,  unos  cuantos  mozos  rendían  cuen- 
tas en  el  mostrador  antes  de  marcharse. 

Valmar  hablaba  continuamente,  cada  vez 
más  entusiasmado,  con  inflexiones  de  voz 
convincentes,  mientras  exponía  sus  teorías, 
recordando  todos  los  antecedentes  de  su  vi- 
da y  la  manera  como  se  había  formado  un 
criterio  sobre  el  interesante  tópico  de  las 
relaciones  del  hombre  con  la  mujer. 

Hasta  los  diez  años  había  sido  un  pihue- 
lo aplana  calles  y  guerrillero,  sin  gusto  por 
el  estudio  y  haciendo  la  rabona  constante- 
mente. A  esa  edad,  sin  embargo,  la  muerte 
repentina  del  coronel  Valmar,  su  padre,  lo 
impresionó  de  tal  manera  que  cambió  de 
carácter  por  completo,  apasionándose  por 
el  estudio.  Desde  entonces  acá,  su  vida  se 
había  concretado  al  trabajo,  dedicándose 
especialmente  á  los  estudios  filosóficos  con 
el  propósito  de  escribir  una  obra  sobre  la 
mujer.  Con  tal  objeto  había  permanecido 
encerrado  durante  casi  diez  y  seis  años,, 
siendo  inútiles  los  esfuerzos  de  Felipe  y  de 


VALMAR  27 


su  madre  para  sustraerlo  á  aquel  exagera- 
do amor  $or  la  ciencia.  Rodolfo  se  mos- 
traba inaccesible  á  pesar  de  las  conspira- 
ciones que  se  fraguaban  en  torno  suyo,  de 
los  lazos  que  su  madre  le  había  tendido, 
llevando  á  su  casa  con  mucha  frecuencia, 
parientas  ó  amigas  con  hijas  mozas,  que 
él  evitaba  con  tesón,  firme  en  su  propósito 
de  huir  de  la  mujer  hasta  tanto  no  hubiese 
terminado  su  obra  de  la  que  estaba  apasio- 
nado. Recordó  sin  embargo  sus  dudas,  cuan- 
do había  alguna  muchacha  en  su  casa  y 
llegaba  hasta  su  refugio  del  mirador  el  eco 
metálico  de  un  risa  joven,  fresca  y  expon- 
tánea  confundida  con  un  rayo  de  sol.  Sí, 
entonces  dudaba,  y  durante  una  larga  noche 
de  insomnio,  se  planteaba  el  difícil  proble- 
ma de  lo  que  había  que  hacer  primero: 
¿  amar  y  sentir,  ó  trabajar  ? 

Pero  el  tiempo  pasaba  y  la  duda  no  se  des- 
vanecía re  apareciendo  siempre  el  difícil  pro- 
blema, sobre  todo  en  las  épocas  en  que  su 
naturaleza  inconsciente,  le  reclamaba  el  cum- 
plimiento de  sus  deberes  de  hombre  en  la 
plenitud  de  su  desarrollo  físico. 

Por  su  naturaleza,  por  su  sangre,  se  sen- 
tía atraído  hacia  la  mujer.  Una  voz  secreta 
le  advertía  que  sería  absorbido  por  ella  y 


28  VALMAR 


entonces  juraba  sustraerse  á  su  poderoso» 
influjo,  y  se  vengaba  de  aquella  privación 
material,  estudiándola  y  profundizándola  teó- 
ricamente. Así  había  concluido  por  formar- 
se un  criterio  al  respecto  y  por  comprender 
que  las  leyes  no  estaban  en  armonía  con  la 
naturaleza  de  las  cosas.  De  ahí  ese  mundo  de 
crímenes,  de  heridas  sin  sangre,  pero  que 
matan,  cometidos  á  diario  por  los  hombres 
que  desconocen  escrúpulos  de  conciencia,  en- 
castillados orgullosamente  dentro  de  su  in- 
menso egoismo. 

—  La  mujer,  —  decía,  haciendo  un  gran 
gesto  con  los  dos  brazos  abiertos,  como  que- 
riendo abarcarlo  todo,  expresarlo  todo  con 
ese  nombre,  —  la  mujer  debe  de  ser  para  nos- 
otros una  cosa  santa,  una  criatura  divina, 
puesto  que  con  su  sola  presencia  destruye 
todas  nuestras  penas,  borra  todas  nuestras 
amarguras  y  en  nuestros  mayores  momentos 
de  debilidad  y  de  duda,  cuando  nos  pregun- 
tamos el  objeto,  el  fin  propuesto  de  una  exis- 
tencia llena  de  sinsabores,  surge  radiante 
como  una  elocuente  respuesta,  como  un  rayo 
de  luz  clarísima  que  despeja  las  sombras  de 
nuestra  mente,  recordándonos  al  propio  tiem- 
po la  indestructibilidad  de  la  existencia,  con 


VALMAR  29 


su  misión  augusta  de  velar  por  la  renovación^ 
eterna  de  la  vida. 

—  Todo  eso  está  muy  bien,  —  objetó  Felipe^ 
que  no  era  muy  accesible  á  entusiasmarse;  — 
pero  no  veo  que  me  hayas  demostrado  nadar 
ni  sé  á  donde  vas  á  parar. 

—  Voy  á  parar  á  que  tú  y  todos  los  que  co- 
mo tú  piensan,  consideran  alas  mujeres  como 
objetos  de  placer  pasajero  y  material.  Tra- 
tan ese  punto  con  prescindencia  del  corazón,, 
sin  preocuparse  para  nada  del  sentimiento  que 
es  lo  que  domina  principalmente  en  ellas. 
Por  otra  parte,  les  exigen  un  mundo  de  de- 
leites y  luego  les  brindan  las  migajas  del  fes- 
tín de  la  vida.  Quieren  todo  de  ellas,  belleza, 
virtud,  abnegación  y  constancia;  quieren  ser 
adorados  como  dioses,  como  objetos  únicos,, 
quieren  reinar  sobre  ellas  desde  la  cuna  has- 
ta la  mortaja,  y  en  cambio  ¿qué  les  dan? 

Un  amor  por  entregas,  infinitamente  compar- 
tido por  pasiones  diversas,  amén  de  un  cuer- 
po generalmente  gastado  en  el  rodar  del 
vicio. 

—  ¡Música  celestial,  querido!  Donde  las- 
dan  las  toman,  y  si  nosotros  las  tratamos  tai* 
mal,  como  tú  dices,  ellas  nos  dan  el  vuelto. 

—  ¡No,  no  y  mil  veces  no!  La  mujer  nos* 
es  inferior  tanto  física  coma  moralmente;  es 


30  V  A  L  M  A  R 


un  ser  débil,  dulce,  amante,  que  no  sabe  sino 
sentir:  ¿cómo,  pues,  puede  devolvernos  los 
atentados  que  por  todas  partes  se  cometen 
contra  ellas? 

—  ¡Ah,  sí!  Pero  te  olvidas  de  que  muerde 
cuando  acaricia;  de  que  casi  siempre  esa  de- 
bilidad es  astucia. 

—  Su  astucia!  He  ahí  la  gran  imputación 
que  se  le  hace;  el  ser  astuta!  Pero,  ¿quién 
la  hace  astuta  sino  nosotros  mismos,  ence- 
rrándola en  un  círculo  de  hierro  sin  salida 
posible?  ¿O  también  quieren  negarle  hasta 
el  derecho  de  defenderse? 

—  Pero  es  que  yo  no  veo  todos  estos  aten- 
tados, y  esos  círculos  de  hierro  que  ves  con 
tu  criterio  de  teórico,  que  desconoce  en  ab- 
soluto la  vida.  Para  mí  todo  está  perfec- 
tamente equilibrado  y  este  es  el  mejor  de 
los  mundos  posibles.  Las  mujeres  gozan  y 
hacen  gozar,  sufren  y  hacen  sufrir,  y  todo 
marcha  á  las  mil  maravillas.  —  Insistía  Fe- 
lipe sentado  en  su  banco  con  las  piernas 
totalmente  estiradas  y  despidiendo  grandes 
bocanadas  de  humo  que  se  desvanecían  en 
el  aire. 

—  No,  no  es  así,  —  afirmó  Valmar  con  te- 
són. —  El  estado  actual  de  cosas  no  está 
bien.    Si   Vds.  lo  aceptan  es   porque   son 


VAL  MAR  31 


unos  grandes  egoístas.  Como  tienen  todas 
las  libertades,  como  nada  les  estorba,  siguen 
tranquilos  y  se  olvidan  de  esa  gran  parte 
de  la  humanidad  que  vive  humillada,  escla- 
vizada, bajo  la  presión  constante  de  los  ca- 
prichos del  tirano  que  la  maneja  y  la  en- 
gaña á  su  antojo. 

—  ¡La  engaña  á  su  antojo!  —  exclamó  Fe- 
lipe repitiendo  las  palabras  de  su  amigo. 
—  ¿Pues  no  decías  hace  un  momento  que  el 
hombre  es  polígamo,  y  que  por  consiguien- 
te debe  guardarlas  á  todas? 

—  Claro  que  sí,  pero  cuando  la  ley  lo  au- 
torice, con  el  beneplácito  de  ellas! 

—  ¡Uf!.  ...  ¡qué  sacrilegio! —  ¡Las  mu- 
jeres, consentir  en  semejante  cosa!    ¡Eso  no 

tiene  pies  ni  cabeza! ¡Ninfas,  sirenas, 

ondinas  misteriosas,  salid  ya  de  vuestros 
palacios  de  cristal  ocultos  en  el  fondo  de 
las  aguas,  venid  á  mí,  y  ante  la  faz  mofle- 
tuda y  bonachona  de  la  luna  que  nos  con- 
templa, protestad  de  la  heregía  que  se  acaba 
de  decir  en  este  sitio,  nada  menos  que  en 
nombre  de  la  defensa  de  vuestro  sexo!  — 
Felipe  se  había  levantado,  y  con  el  bastón 
enarbolado  parecía  proclamar  á  una  falan- 
ge invisible,  riéndose  estruendosamente  al 
finalizar  sus  palabras. 


32  YALMAR 


Valmar  quedó,  al  pronto,  medio  descon- 
certado por  aquella  repentina  explosión  de 
;su  amigo,  pero  pasado  un  instante  insis- 
tió en  sus  ideas  con  acento  de  convicción 
profunda. 

—  No  creoy — dijo  lentamente,  —  que  pue- 
da decírseles  de  golpe  una  cosa  semejante. 
Las  mujeres  sienten,  no  razonan.  Así,  pues, 
X cómo  podríamos  pretender  contrariar  sus 
sentimientos  actuales,  puesto  que  nosotros 
mismos  los  hemos  formado  con  nuestras 
leyes  y  con  la  educación  de  los  siglos?  No 
es  obra  de  un  instante,  ciertamente,  pero 
vendrá,  aunque  te  rías. 

—  No  lo  creo,  —  replicó  su  amigo,  ya  se- 
riamente, —  la  vida  está  bien  así,  á  pesar  de 
sus  sinsabores;  pero  aunque  fuera  como  di- 
ces, para  allá  me  las  aguarden,  que  lo  que 
soy  yo,  no  lo  he  de  ver  aunque  viva  cien 
años.  —  Y  tomando  á  Rodolfo  de  un  brazo, 
:se  encaminaron  hacia  tierra  para  buscar  el 
carruaje,  dejando  á  sus  espaldas  el  mar 
lleno  de  rumores,  empeñado  en  reflejar  el 
cielo,  lleno  de  sombras,  de  luz  y  de  mis- 
terio. 


CAPITULO  lí 


Rodolfo  Valmar  contaba  apenas  veintiséis 
años,  y  aunque  era  de  constitución  sana  y 
vigorosa,  la  vida  desequilibrada  que  lle- 
vara desde  niño ,  materialmente  enclaus  - 
trado  en  el  mirador  de  su  casa  y  rodeado 
de  un  extraño  montón  de  libros  polvorien- 
tos y  papeles  revueltos,  había  concluido  por 
debilitar  su  físico  y  alterar  profundamente 
su  sistema  nervioso.  Hasta  tal  punto  llegó 
á  alarmarlo  aquel  malestar  creciente  co- 
mo así  el  notable  descenso  que  acusaba 
progresivamente  en  sus  facultades  intelec- 
tuales, que,  cediendo  á  las  instancias  de  su 
madre  y  de  su  amigo  Felipe,  resolvióse  á 
consultar  el  caso  con  el  doctor  Roca, 
antiguo  condiscípulo  que  por  entonces  em- 
pezaba á  estar    de    moda  después    de    un 

2 


34  V  A  LMAR 

viaje  ele  algunos  meses  por  las  capitales 
Europeas. 

La  contestación  del  doctor,  que  fué  pre- 
viamente aleccionado  por  Felipe  y  por  la 
madre  de  Rodolfo,  con  el  fin  de  modificar 
la  existencia  de  este  último,  había  sido  ca- 
tegórica. Era  preciso  hacer  ejercicio  para 
propender  al  desarrollo  de  los  músculos  y 
equilibrar  su  organismo,  profundamente  al- 
terado por  el  perjudicial  género  de  vida  á 
que  lo  sometiera  hasta  entonces.  Había  que 
hacer  gimnasia  ó  esgrima,  distraer  el  espí- 
ritu en  cosas  amenas,  acudir  á  los  teatros, 
frecuentar  la  sociedad,  y,  sobre  todo,  renun- 
ciar por  el  momento  á  los  libros  que  eran 
los  peores  enemigos  que  debía  temer. 

Valmar,  convencido  de  lo  razonables  que 
eran  todos  los  consejos  del  facultativo,  con- 
sintió en  seguirlos,  disponiéndose  á  mar- 
char al  campo  por  uno  ó  dos  meses;  pero 
como  Felipe  protestase,  afirmando  que  los 
aires  de  Montevideo  eran  excelentes,  y  como 
hacer  un  viaje  significaba  separarse  de  su 
madre,  lo  que  le  era  muy  costoso,  aceptó 
quedar  en  Montevideo,  entregándose  á  su 
amigo  por  completo. 

Éste,  dichoso  de  ser  útil  á  su  compañero 
de  estudios,  á  quien  debía  el  haber  obteni- 


V  A  L  M  A  R  35 


do  su  título  de  abogado,  cosa  que  de  otra 
manera  no  hubiera  logrado  jamás,  se  pro- 
puso á  su  vez  saldar  aquella  deuda  de  gra- 
titud, influyendo  decisivamente  en  el  porve- 
nir de  Rodolfo. 

Siendo  como  era  uno  de  los  mayores  anhe- 
los de  la  señora  de  Valmar,  que  su  hijo 
se  casara,  Felipe  se  propuso  aprovechar 
aquella  oportunidad  para  secundar  los  pla- 
nes de  la  madre  de  su  amigo,  obteniendo 
para  éste  las  mayores  ventajas  posibles. 

Felipe  Mont,  por  su  nacimiento  y  su  for- 
tuna, formaba  en  primera  fila  en  los  salones 
más  selectos  de  la  capital,  lo  que  le  permi- 
tía introducir  á  su  amigo,  vinculándolo  y 
salvando  todas  las  resistencias,  escudado 
por  su  notorio  prestigio  social.  Así,  pues, 
su  plan  quedó  formado  en  el  acto.  Cono- 
ciendo á  fondo  el  carácter  de  su  amigo, 
comprendió  claramente  lo  que  éste  necesi- 
taba para  realizar  sin  obstáculos  el  progra- 
ma de  su  vida,  y  deseoso  de  propender  con 
eficacia  á  su  realización  trató  de  hacer  co- 
nocer á  Rodolfo  la  parte  práctica  de  aquella 
vida,  que  éste  ignoraba  por  completo,  enre- 
dándolo luego  entre  las  fuertes  mallas  de 
algunos  amoríos  convenientes  que,  conclu- 
yendo en  matrimonio,  lo  ligasen  por  ese 


36  V  A  L  M  A  R 


medio  á  una  familia  altamente  colocada,  en 
el  seno  de  la  cual  pudiese  hacer  valer  sus 
cualidades  y  su  talento. 

En  efecto:  misia  Juana  Rodríguez  de  Val- 
mar,  madre  de  Rodolfo,  solo  contaba  para 
atender  sus  necesidades  y  las  de  su  hijo, 
con  la  casita  en  que  vivía  y  con  la  mo- 
desta viudedad  que  le  dejara  su  esposo  al 
morir.  A  pesar,  pues,  de  su  vida  retirada 
y  de  los  gustos  caseros  de  Rodolfo,  la  es- 
trechez en  que  vivían  era  manifiesta,  y  si 
éste,  abstraído  en  sus  tareas,  no  se  había 
dado  cuenta  de  ello  hasta  el  presente,  po- 
dría llegar  un  momento  en  que  necesitase 
alguna  fuerte  suma  de  dinero,  y  su  falta 
inesperada  y  repentina,  trastornase  sus  pla- 
nes de  niño,  revelándole  la  estrechez  de  su 
situación  y  obligándolo  á  echar  mano  de  su 
carrera,  para  remediarse,  cuando  tal  vez  no 
estuviese  en  condiciones  de  hacerlo.  De 
modo  que  Felipe,  aunque  abiertamente  ene- 
migo del  matrimonio,  juzgaba  que  era  la 
mejor  situación  para  su  amigo  Rodolfo, 
siempre  que  le  trajese  los  medios  necesarios 
para  que  pudiera  dedicarse  en  absoluto  á 
sus  obras. 

Valmar  era  todo  un  buen  mozo,  sin  sos- 
pecharlo, y  modificando  en   parte   la  des- 


I 


VALMAR  37 


preocupación  exagerada  de  su  traje,  sus 
botines  siempre  cubiertos  de  polvo  y  el  des- 
orden de  sus  cabellos  ensortijados  que  no 
dejaba  de  mezarse  un  solo  instante,  sería 
cosa  fácil  encontrarle  una  pareja  digna  de 
su  talento  y  con  la  fortuna  necesaria  para 
que  pudiera  entregarse  libremente  á  sus 
tareas  favoritas. 

Consecuente  con  sus  propósitos,  Felipe 
empezó  por  hacerle  conocer  los  paseos  pú- 
blicos, la  calle  Sarandí  en  las  horas  de  con- 
currencia, las  plazas,  en  sus  noches  de  con- 
cierto, y  por  fin  los  escasos  teatros  que 
abrían  sus  puertas  en  la  temporada  de  ve- 
rano. 

Rodolfo  recorría  todos  estos  puntos  de 
recreo,  donde  se  reúne  la  población  ociosa 
para  matar  las  horas  de  descanso,  encon- 
'  trando  en  ello  el  agrado  de  la  novedad,  y, 
sobre  todo,  el  encanto  hasta  entonces  des- 
conocido de  la  mujer,  que  lo  atraía  sumién- 
dolo en  un  éxtasis  extraño  henchido  de  vo- 
luptuosidades desconocidas. 

Apenas  quince  días  después  de  su, prime- 
ra salida,  ya  Valmar  se  sentía  otro,  sus 
pulmones  empezaban  á  ensancharse  con 
más  facilidad,  y  sus  músculos,  hasta  enton- 
ces entumecidos,    parecían   haber   cobrado 


38  VALMAR 


nuevo  vigor,  prestándole  una  agilidad  extra- 
ordinaria. Satisfecho  de  estos  progresos  re- 
pentinos y  asistiendo  estupefacto  al  desper- 
tar de  su  naturaleza  vigorosa,  se  dejaba 
guiar  con  docilidad  por  su  amigo,  comple- 
tamente despreocupado,  entregado  en  abso- 
luto al  dulce  placer  de  vivir  en  medio  de  la 
vida. 

Una  mañana,  era  domingo,  venían  los  dos 
amigos  de  una  cita  de  amores  mercenarios, 
y  unido  al  cansancio  y  repugnancia  físicos 
que  tales  goces  llevan  aparejados,  traían  el 
espíritu  alerta,  ansioso  de  pureza,  de  ideal, 
como  sucede  siempre  que  se  le  obliga  á 
recorrer  los  bajos  fondos  de  la  vida  humana. 

Buen  rato  hacía  que  caminaban  por  las 
solitarias  y  limpias  calles,  solo  cruzadas  por 
repartidores  de  pan  y  de  leche,  en  aquella 
hora  temprana,  cuando  al  llegar  á  la  calle 
de  Canelones  esquina  de  Ibicuy,  se  detuvie-* 
ron  para  ver  entrar  en  la  capilla  de  las 
Salesas,  á  un  grupito  de  muchachas  risue- 
ñas y  frescas,  escoltadas  por  una  nube  ne- 
gra de  viejas  beatas,  que  corrían  a  ponerse 
bien  con  Dios  antes  de  trasponer  el  dintel 
de  la  eternidad. 

Allí  permanecieron  breves  instantes,  en- 
tretenidos con  el  desfile  de  los  fieles,  cuan- 


V  A  L  M  A  R  39 


do  de  pronto,  el  sol,  que  se  había  levantado 
al  final  de  la  calle  envuelto  en  espesas  y 
amenazadoras  nubes  de  un  gris  plomizo, 
rasgó  el  tupido  velo  que  empañaba  su  brillo 
y  derramó  un  haz  de  rayos  deslumbrantes, 
bañando  de  improviso  una  hermosa  rubia 
que,  toda  vestida  de  rosa,  se  adelantaba  con 
paso  rápido  hacia  la  Iglesia. 

—  ¡La  aurora!  —  exclamó  Valmar,  sedu- 
cido por  la  frescura  de  aquella  niña,  bri- 
llando al  sol  con  reflejos  de  oro. 

—  ¿No  la  conoces?  —  interrogó  Felipe. 

—  No,  ¿quién  es? 

—  Pues,  la  costurerita  que  te  mostré  los 
otros  días  en  los  Pocitos. 

—  Ah!...  ¡Qué  linda  es! 

Y  los  dos  amigos  se  quedaron  contem- 
plándola, dominados  por  su  belleza  humil- 
de, de  virgen  inconsciente  que  se  ofrece  al 
nacer  el  día  inundando  el  aire  con  su  per- 
fume, como  una  rosa  que  aún  no  ha  termi- 
nado de  expandir  su  vivísima  corola.  Y  la 
vieron  pasar  temblorosa,  encendida  hasta  el 
extremo  de  sus  orejitas  transparentes,  por 
aquellas  mortificantes  miradas  que  le  daban 
escalofríos  bajo  los  rulos  de  la  nuca,  al  su- 
bir la  escalinata  del  templo. 


40  V  A  L  M  A  R 


—  ¿Vamos  á  entrar? — propuso  Felipe,  cre- 
yendo interpretar  los  deseos  de  su  amigo. 

Pero  Rodolfo,  se  resistía,  pareciéndole  un 
crimen  ir  á  turbar  las  oraciones  de  aquella 
niña. 

Entonces  su  amigo  tuvo  que  convencerlo, 
y  tomándolo  de  un  brazo,  lo  arrastró  hacia 
el  interior  de  la  capilla. 

En  cuanto  se  traspasaba  el  umbral  de 
una  de  las  pequeñas  puertas  laterales,  sen- 
tíase la  impresión  indefinible  de  haber  pe- 
netrado en  un  mundo  nuevo,  en  una  especie 
de  refugio  antiguo,  donde  rodeados  de  mis- 
terio, algunos  seres  extraños  se  congrega- 
ban para  resucitar  el  pasado.  Todo  era 
peculiar,  raro,  ageno  al  siglo,,  exótico  bajo 
el  sol  liberal  que  baña  el  continente  ame- 
ricano. Parecía  que  algo  pesaba  sobre  las 
espaldas,  estrechando  el  espíritu  y  torturan- 
do la  razón.  Desde  el  penetrante  olor  á 
incienso  mezclado  con  la  humedad  de  las 
espesas  paredes,  hasta  los  juegos  de  luz, 
simbólicamente  pálidos,  todo  acusaba  allí  la 
detención  de  la  vida,,  la  presencia  de  algo 
que  se  quiere  sustraer  á  la  descomposición, 
pero  que  está  indefectiblemente  muerto.  . 

Sin  embargo,  los  símbolos  hacen  recor- 
dar el  objeto,  y  aquel  conjunto  impresionó 


VALMAR  41 


vivamente  á  Rodolfo,  haciéndole  pensar  en 
el  principio  desconocido  y  eterno,  en  la  su- 
prema voluntad  que  guía  las  voluntades,  en 
la  luminosa  antorcha  que  ilumina  las  con- 
ciencias, en  Dios,  en  fin,  á  quien  la  huma- 
nidad había  seguido  durante  muchos  siglos, 
por  aquella  estrecha  senda. 

Contadas  eran  las  veces  que  Valmar  ha- 
bía penetrado  en  un  templo,  así  es  que  de- 
seando darse  cuenta  exacta  de  lo  que  aún 
significaba,  comenzó  á  curiosearlo  todo. 

Los  fieles  no  eran  numerosos,  notándose 
la  ausencia  del  sexo  fuerte.  No  había  casi 
hombres,  y  las  mujeres,  en  su  mayoría  vie- 
jas, se  agrupaban  en  el  centro,  sobre  dos 
hileras  de  bancos  paralelamente  alineados 
desde  donde  oían  con  recogimiento  la  misa 
que  recitaba  el  sacerdote  ante  el  altar  ma- 
yor, alumbrado  por  multitud  de  largos  cirios 
amarillos  que  luchaban  desventajosamente 
con  algunas  hebras  de  sol  que  se  filtraban 
por  las  altas  claraboyas.  Una  claridad  de 
crepúsculo  dominaba  en  el  recinto,  y  el  hu- 
mo de  los  incensarios,  rodeando  la  casulla 
de  seda  roja  con  galones  dorados  del  ofi- 
ciante, parecía  envolverlo  «en  una  suave  au- 
reola de  santidad  que  realzaba  sus  beatíficas 
palabras,  pronunciadas  con  voz  profunda  y 


42  VALMAR 


temblorosa,  como  humilde  mortal  que  toca 
los  lindes  del  misterio. 

Del  coro,  situado  en  lo  alto,  próximo  á  la 
bóveda  pintada  con  oportunas  alegorías,  ba- 
jaba un  murmullo  de  voces  frescas  recitan- 
do á  un  tiempo  la  misma  oración,  y  aquel 
rumor  sin  origen  visible,  acrecentado  por  la 
acústica  del  templo,  parecía  un  conjunto  de 
acentos  celestiales  que  se  dignaban  bajar 
hasta  la  tierra  para  consolar  á  los  míseros 
humanos. 

De  vez  en  cuando  el  sacerdote  se  volvía, 
y  con  los  ojos  hacia  el  cielo  formulaba  una 
invocación.  Entonces  las  voces  del  coro  se 
elevaban  con  cadencia  dulcísima,  y  res- 
pondían como  un  eco  divino  á  la  sentida 
plegaria  del  oficiante. 

Eran  las  pensionistas  del  convento  que 
asistían  ocultas  en  el  coro  á  la  primera  mi- 
sa, pidiéndole  á  Dios  con  angelical  incons- 
ciencia la  ocasión  de  pecar  mucho  en  el  es- 
perado porvenir. 

Los  fieles  por  su  parte,  se  arrodillaban  ó 
sentaban  sucesivamente  según  las  exigen- 
cias del  cuito,  mientras  los  santos  recama- 
dos de  oro  conservaban  dentro  de  sus  nichos 
la  expresión  invariable  de  sus  rostros  resig- 
nados. 


VVLMAR  43 


Una  quietud  completa,  una  serenidad  bea- 
tífica se  gozaba  allí  dentro,  solo  interrumpida 
por  algunos  retardados  que  entraban  de 
pronto  seguidos  de  un  torrente  de  luz  des- 
lumbrante y  de  alguno  que  otro  ruido  pro- 
fano que  desde  la  calle  venía  á  turbar  la 
imponente  magestad  de  aquel  santo  refugio; 
pero  apenas  cerrados  los  maderos  del  cancel, 
la  luz  se  extinguía  y  desaparecían  los  ruidos 
reinando  de  nuevo  una  quietud  profunda  so- 
bre el  severo  recogimiento  de  los  fieles, 
completamente  inmóviles,  sobrecogidos  por 
la  grandeza  solemne  del  espíritu  divino  flo- 
tando en  la  penumbra. 

—  [Qué  bien  saben  rodear  su  culto  estos 
picaros  frailes !  —  observó  Felipe  en  voz  ba- 
ja, ageno  por  completo  á  las  consideraciones 
mentales  de  su  amigo  —  ¡Qué  pompa,  qué 
aspecto  misterioso  y  tranquilo  le  dan  á  to- 
do! Se  momificaría  uno  sin  sentir  aquí 
dentro. 

—  Sí,  —  contestó  Valmar  en  el  mismo  to- 
no,—  no  profundizando,  esto  podría  parecer 
un  oasis  para  descansar  de  las  pasiones  que 
agitan  la  vida;  pero  mirando  hacia  dentro, 
repugna.  Las  ideas  se  han  ido.  Ya  no  que- 
da más  que  la  crugiente  armazón  idólatra 
que  hace  las  veces  de  un  dique  puesto  á  la 


44  V  A  L  M  A  R 


razón  y  que  sería  necesario  demoler . . .  De 
cualquier  modo,  un  templo  conduce  siempre 
el  espíritu  hacia  la  meditación.  —  Concluyó 
Rodolfo  paseando  sus  miradas  por  todo  ei 
recinto,  como  buscando  algo  que  aún  pare- 
cía ocultarse  bajo  aquellas  bóvedas. 

—  Aquí  está, — dijo  Felipe  codeándolo,  cre- 
yendo que  buscaba  á  Josefina.  Y  Valmar 
que  estaba  impresionado,  se  extremeció  y 
miró  á  la  joven  que  volvió  á  sonrojarse  sin- 
tiendo que  algo  le  quemaba  las  espaldas. 

—  ¿Has  leído  lo  que  dice  en  el  medio  de 
la  última  bóveda?  —  interrogó  Felipe. 

—  Sí,  Yte  acl  Joseph, —  contestó  su  amigo. 

—  Pues  es  como  si  te  impulsase  á  ir  hacia 

ella.  ¿No  ves  que  se  llama  Josefina? 

Mira,  arrímate  para  ver  si  consigues  que 
nos  mire,  —  dijo  Felipe  escurriéndose  por 
detrás  de  una  columna. 

—  Hombre,  la  interpretación  no  es  mala, 
pero  me  parece  que  es  andar  muy  lijero. — 
Objetó  Rodolfo  protestando. 

—  No,  si  ya  me  conoce!  ¿No  ves  que  hace 
unos  meses  que  me  pastoreo  á  la  hermana?... 
Vendría  muy  bien  que  tú  lo  hicieses  con 
ella:  así  teníamos  el  triunfo  asegurado,  —  y 
como  su  amigo  no  opusiese  resistencia, 
Felipe  añadió: 


VALMAR  45 


—  Aquí  estarnos  bien Ponte  así  para 

obligarla  á  que  se  dé  vuelta  aunque  sea 
una  vez,  —  y  diciendo  y  haciendo  instaló  á 
Rodolfo  junto  á  un  confesionario,  preparán- 
dose a  esperar  que  la  joven  mirase,  hosti- 
gada por  la  curiosidad. 

A  todo  esto  la  presencia,  como  así  la  ac- 
titud indiferente  al  sacrificio  de  la  misa  que 
observaban  los  dos  jóvenes,  había  escandali- 
zado á  media  concurrencia,  irritando  á  unas 
cuantas  beatas  que  lograron  oir  algunas  con- 
sideraciones hechas  por  los  amigos,  llegando 
las  más  exaltadas  á  santiguarse  como  en  pre- 
sencia del  demonio,  cada  vez  que  sus  mira- 
das, ávidas  de  curiosidad,  á  pesar  del  frió  de 
los  años,  alcanzaban  á  divisar  sus  profanas 
siluetas  en  el  santo  recinto.  Entre  este  gru- 
po de  Euménides,  destacábase  una  viejecita 
flacucha  y  encorvada  que  con  las  manos 
crispadas  oprimía  su  misal,  temerosa  de 
que  Dios  no  se  apiadase  de  ella  por  haber 
llamado  demasiado  tarde  á  las  divinas 
puertas.  Y  como  los  jóvenes  eran  la  ima- 
jen viva  ele  sus  pasadas  tentaciones,  los 
consideraba  aterrorizada,  temiendo  que  fuese 
una  diabólica  ilusión,  surgida  allí  para  tur- 
bar sus  oraciones. 

La  pobre  mujer  los  miraba  de  hito   en 


46  VALMAR 


hito,  alarmada,  descompuesta,  golpeándose 
el  pecho  apresuradamente  y  tragando,  sin 
mascarlas,  las  oraciones  que  leía  en  su  mi- 
sal. Pero  como  Josefina  Belloni  se  hallaba 
inmediata  á  ella,  sentía  de  rechazo  aquellas 
miradas  pertinaces  fijas  sobre  sus  espaldas, 
así  es  que  no  pudo  resistir  y  se  levantó 
tastabillando,  yendo  á  continuar  sus  oracio- 
nes en  otro  extremo  del  templo. 

Entre  tanto  la  misa  continuaba  en  su  or- 
den acostumbrado  y  el  sacerdote  levantaba 
la  eucaristía  mientras  su  público  se  arro- 
dillaba bajando  la  cabeza,  advertido  por  el 
repicar  acompasado  de  la  campanilla  que 
el  sacristán  sacudía  lentamente,  mientras 
en  el  coro,  las  monjas  y  las  niñas  del  con- 
vento, entonaban  sentidamente,  con  voces 
frescas  y  armoniosas  el   O  salutaris  hostia. 

Josefina,  comprendiendo  que  en  el  acto 
de  levantar  el  divino  cuerpo,  los  jóvenes 
habían  de  mirar  hacia  el  altar  atraídos  por 
el  ruido  de  la  campanilla,  aprovechó  la 
oportunidad  para  observar  á  Rodolfo  por 
detrás  de  las  espaldas  de  su  compañera, 
recobrando,  una  vez  satisfechos  sus  deseos, 
la  actitud  atenta  y  recogida  que  mantenía 
desde  el  principio  de  la  misa.  Así,  cuando 
los  amigos  volvieron  hacia  ella  sus  mira- 


VALMAR  47 


das,  la  encontraron  profundamente  absorbi- 
da en  la  lectura  de  su  librito  de  misa  y  sin 
preocuparse  de  ellos  para  nada. 

—  Esto  está  por  concluirse,  —  dijo  Felipe 
que  empezaba  á  aburrirse  de  todo  aquello, 
mucho  más  viendo  que  sus  pronósticos  no 
se  realizaban. — ¿Vamos  á  esperarla  fuera? 

—  ¡No  te  dije  que  era  andar  muy  ligero?  — 
observó  Valmar  saliendo  detrás  de  su  ami- 
go, pero  sin  dejar  de  mirar  á  la  joven  que 
en  la  penumbra  de  la  iglesia  y  entre  las 
enlutadas  viejas  que  ocupaban  los  bancos, 
resplandecía  con  su  traje  rosa  y  sus  dora- 
dos cabellos,  como  un  punto  luminoso,  bri- 
llando en  el  fondo  de  las  tinieblas. 

Recién  un  cuarto  ele  hora  después,  salió 
Josefina  de  la  pequeña  Iglesia.  Salió  como 
había  entrado,  sin  mirar,  ruborizándose  to- 
da al  sentirse  minuciosamente  examinada 
por  los  dos  jóvenes. 

Felipe  quería  seguirla,  pero  Valmar  se 
negó. 

—  Es  muy  pronto,  —  dijo  á  su  amigo,  —  ya 
tendremos  ocasión  de  verla.  Esperemos  á 
que  se  aleje  y  después  nos  iremos  á  des- 
cansar. 

Josefina  entre  tanto,  siguió  por  la  calle 
Canelones  hasta  la  de  Yaguarón  pasando 


48  VALMAR 


por  enfrente  del  almacén  de  la  Espada  en 
cuya  puerta  estaba  su  dueño  José  García 
esperándola  para  hacerle  su  gran  saludo 
habitual,  como  en  efecto  se  lo  hizo,  una  vez 
que  la  joven  se  hubo  acercado  sonriente. 

Hacía  ya  algunos  meses  que  García  la 
cortejaba  sin  haber  obtenido  hasta  entonces 
ninguna  contestación  definitiva,  á  pesar  de 
sus  reiteradas  declaraciones.  Josefina  co- 
queteaba con  él  discretamente,  pero  no  se 
decidía.  La  verdad  es  que  el  almacenero 
tenía  una  bonita  posición,  pero  carecía  en 
cambio  de  ciertos  detalles  necesarios  para 
halagar  á  las  mujeres,  mucho  más  cuando 
como  ésta,  tienen  buen  gusto. 

En  efecto,  Josefina,  empleada  de  costu- 
rera en  casa  de  la  Vendeux,  la  modista 
de  más  tono  en  Montevideo,  tenía  ocasión 
constante  de  refinarse  en  el  contacto  dia- 
rio con  todo  lo  más  selecto  de  nuestra  so- 
ciedad, donde  era  acogida  con  extraordinario 
cariño  y  agasajo,  cuando  las  exigencias  de 
su  oficio  la  obligaban  á  presentarse  en  las 
casas  de  mayor  distinción.  La  humildad  de 
sus  modales,  como  así  la  belleza  y  bondad 
de  su  semblante,  iluminado  por  dos  grandes 
ojos  azules  y  profundos,  bajo  la  sombra  de 
sus  largas  pestañas  oscuras,  la  hacía  sim- 


VALMAR  49 


pática  á  cuantas  personas  la  conocían,  in- 
teresándolas en  el  acto  por  su  suerte. 

Josefina  vivía  con  sus  padres,  los  esposos 
Belloni  que  tenían  ungí  colchonería  en  la 
calle  de  Maldonado  entre  Yaguarón  y  Ejido. 
De  ahí  que  pasase  siempre  por  el  almacén 
de  José  García  cuando  iba  ó  regresaba  de 
su  tarea  cotidiana. 

Aquella  mañana,  después  de  saludar  al 
almacenero,  Josefina,  en  vez  de  bajar  por 
Yaguarón  para  entrar  en  su  casa,  siguió 
por  Canelones  y  se  detuvo  en  un  tambo  es- 
tablecido en  la  mitad  de  la  cuadra  donde  se 
hizo  servir  leche.  La  tambera,  que  era  quien 
proveía  este  artículo  en  la  colchonería,  la  sa- 
ludó afectuosamente,  poniéndose  á  conver- 
sar del  tiempo  y  de  sus  respectivos  negocios. 
La  crisis  duraba  mucho,  la  gente  no  tenía 
dinero  y  no  pagaba  sus  compromisos.  A  ella 
le  debían  un  sinnúmero  de  pesos  y  no  po- 
día juntarse  con  un  vintén.  Hasta  su  vecina, 
la  señora  de  Valmar  que  era  tan  cumplido- 
ra, ahora  se  había  atrasado  en  dos  meses 
porque  el  gobierno  no  le  pagaba.  Tan  bue- 
na señora  que  era,  sin  embargo.  Y  empe- 
zó á  dar  cuenta  de  la  existencia  de  aquella 
señora  y  de  su  hijo  que  era  lo  más  estudio- 
so, casi  un  sabio,  una  especie  de  hermitaño 


50  V  A  L  M  A  R 


que  no  salía  nunca,  que  siempre  estaba  me- 
tido en  casa;  pero  ¡cosa  extraña!  hacía  unos 
días  que  empezaba  á  verlo  salir,  y  hasta 
solía  entrar  a  tomar  leche  allí  con  un  se- 
ñor muy  jaranista,  pero  muy  bueno,  muy 
generoso,  que  siempre  lo  acompañaba. 

Josefina  la  dejaba  hablar  aprobando  con 
la  cabeza,  mientras  hacía  sopas  en  su  vaso 
con  un  pan  dulce. 

De  pronto,  Valmar  y  Felipe  entraron  en 
el  tambo  departiendo  alegremente,  y  sin  no- 
tar la  presencia  de  la  joven,  pidieron  á  su 
vez  dos  vasos  de  leche. 

La  tambera  los  acogió  solícita  deshaciéndo- 
se en  un  mar  de  palabras: — Cómo  !  ¿  aquellos 
señores  por  allí?  Y  ella  que  estaba  hablan- 
do de  ellos  ¡qué  coincidencia!  Precisamen- 
te era  lo  que  conversaba  con  la  señorita 
Josefina.  ¿No  la  habían  visto?  Pues  hacía 
un  momento  que  acababa  de  entrar. — Y  la 
buena  mujer  continuó  haciendo  exclamacio- 
nes, mientras  Josefina  enrojecía,  cada  vez 
más,  desconcertada  con  la  imprevista  pre- 
sencia de  los  jóvenes. 

Felipe,  que  no  desperdiciaba  oportunida- 
des, la  saludó  cortésmente,  mientras  que 
Valmar,  casi  tan  ofuscado  como  la  niña,  no 
sabía   qué   actitud  observar   y  permanecía 


V  A  L  M  A  R  51 


absorto  ante  el  vaso  de  leche  rebosante  de 
espuma  que  le  ofrecía  la  tambera,  en  medio 
de  una  locuaz  disertación,  tendente  á  de- 
mostrar las  cualidades  de  la  vaca  que  había 
dado  tan  excelente  producto. 

Aquella  situación  duró  algunos  segundos 
apenas,  pues  Josefina,  que  no  se  había  atre^ 
vido  á  concluir  sus  sopas,  se  dispuso  á  pa- 
gar para  marcharse;  pero  la  tambera  obe- 
deciendo á  un  signo  de  Felipe,  no  quiso 
admitir  el  dinero  y  entonces  la  joven,  más 
confundida  que  nunca,  se  marchó  saludando 
á  los  dos  amigos  con  la  cabeza,  aunque 
mirando  á  Rodolfo,  cuya  historia  la  había 
sorprendido.  Este,  al  encontrar  la  mirada 
dulcísima  de  Josefina,  palideció  y  apenas 
si  pudo  devolverle  su  saludo  con  extrema 
torpeza. 

—  Decididamente,  todavía  eres  muy  nova- 
to,—  exclamó  Mont,  apenas  aquella  hubo 
salido. 

—  ¿Y  qué  querías  que  hiciese?  —  Interrogó 
Rodolfo,  aún  bajo  la  impresión  de  la  mira- 
da de  Josefina. 

—  Hombre,  no  haberte  asustado  tan  feo! 
Si  estabas  más  cortado  que  ella!  —  dijo  Fe- 
lipe riéndose. 

—  Sí,  che?  ¿Estuve  muy  guiso?— Pero  Val- 


52  V  A  L  M  A  R 


mar  se  interrumpió  señalando  á  la  tambera 
que  volvía  del  fondo  de  su  tambo  adonde 
se  había  ido  discretamente. 

—  No  te  preocupes nos  entendemos, — 

le  contestó  su  amigo,  haciendo  un  gesto 
significativo.  Y  sacando  un  peso  del  bolsi- 
llo, lo  depositó  en  el  mostrador,  despidién- 
dose sin  esperar  el  vuelto. 

Josefina  había  salido  completamente  atur- 
dida del  tambo  del  Pastor,  como  le  llama- 
ban. Su  objeto  al  entrar  allí,  alterando  sus 
costumbres,  había  sido,  sin  duda  alguna, 
volver  á  mostrarse  á  los  jóvenes  amigos  que 
debían  de  haber  seguido  sus  pasos;  pero 
esto  como  una  simple  é  inocente  coquetería, 
por  el  placer  de  sentirse  admirada  una  vez 
más,  sin  presumir  que  ellos  tendrían  la  pre- 
ocupación de  su  persona,  hasta  el  punto  de 
penetrar  en  su  seguimiento.  La  actitud  res- 
petuosa de  Felipe  y  Rodolfo  en  la  puerta 
de  la  Iglesia,  justificaba  en  efecto  sus  con- 
jeturas, y  si  los  dos  amigos  habían  penetrado 
en  el  tambo,  no  era  seguramente  por  ella 
puesto  que  ignoraban  su  presencia  allí.  Á 
pesar  de  su  turbación  había  visto  bien  cla- 
ramente la  sopresa  de  Rodolfo  y  la  coac- 
ción de  sus  saludos  y  de  sus  gestos  todos 
mientras  permaneció  en  su  presencia;  así, 


V  A  L  M  A  A  53 


pues;  no  podía  considerarlo  como  á  uno  de 
los  tantos  perseguidores  callejeros.  Pero  lo 
que  verdaderamente  la  impresionaba,  era  la 
última  mirada  de  Valmar,  aquella  mirada 
completamente  inocente,  destituida  de  toda 
intención  maligna,  pero  penetrante,  llena  de 
una  admiración  profunda  que  se  había  ni- 
trado sutilmente  en  ella,  sorprendiéndola  en 
un  extraño  extremecimiento  de  todo  su  ser. 
La  joven  estaba  habituada  á  que  la  mirasen 
por  las  calles,  pues  su  belleza  y  su  frescu- 
ra llamaban  demasiado  la  atención  para  que 
pudiesen  pasar  sin  ser  notadas;  pero  aque- 
llas miradas,  ó  le  eran  absolutamente  indi- 
ferentes, ó  la  molestaban  por  lo  impertinen- 
tes, produciéndole  repugnancia  la  deprava- 
ción y  cinismo  que  casi  siempre  revelaban. 
En  cambio,  en  el  rápido  encuentro  de  sus 
ojos  con  los  de  Rodolfo,  había  sentido  una 
impresión  distinta,  completamente  nueva  pa- 
ra ella  y  que  la  conmovió  hondamente, 
como  esas  sensaciones  especiales  que  sólo 
se  producen  una  sola  vez  en  la  vida.  Le 
parecía  que  una  llama  la  abrasaba  interior- 
mente, que  la  bañaba  una  ola  de  vida  nue- 
va activando  la  circulación  de  su  sangre,  y 
al  recuerdo  de  la  mirada  del  joven,  al  re- 
presentarse  su   turbación   manifiesta   y   la 


54  VALMAR 


elocuencia  de  sus  ojos  negros  y  brillantes, 
sentíase  acometida  por  desfallecimientos  re- 
pentinos, como  si  poco  á  poco  la  invadiese 
una  embriaguez  divina  que  la  absorbía  por 
completo. 

Se  sintió  dominada  y  cedió. 

Desde  aquel  día  los  encuentros  en  el  tam- 
bo empezaron  á  repetirse  con  frecuencia. 
Josefina  acudía  con  su  hermana  Enriqueta, 
adorable  rubiecita  de  cara  risueña  y  ojos 
vivarachos,  que  parecía  tener  el  diablo  en 
el  cuerpo,  y  Valmar  lo  hacía  con  su  amigo 
Felipe  que  le  llevaba  una  buena  ventaja  en 
sus  relaciones  con  esta  última. 

Rodolfo,  por  ejemplo,  quince  días  después 
de  su  encuentro,  aún  no  se  había  atrevido 
á  manifestarse  claramente,  en  tanto  que 
Mont  ya  había  besado  más  de  una  vez  los 
rojos  labios  de  Enriqueta,  que  no  por  eso 
rompía  sus  relaciones  con  un  oficial  pelu- 
quero que  de  tiempo  atrás  la  venía  enamo- 
rando. En  cambio  Josefina,  á  pesar  de  las 
exigencias  de  sus  padres,  persistía  en  re- 
chazar al  almacenero  que  no  dejaba  pasar 
una  semana  sin  reiterar  sus  ofertas  matri- 
moniales. 

Una  noche,  Enriqueta  y  Felipe  habían 
desaparecido  por  los  fondos,  y  Valmar  con- 


Y  A  L  M  A  R  55 


versaba  respetuosamente  con  Josefina  en  el 
cuarto  de  la  tambera,  sentados  en  un  sofá 
de  esterilla.  Por  fin,  después  de  dar  mu- 
chos rodeos  y  de  buscar  palabras  adecua- 
das, Rodolfo  había  concluido  por  hacer  la 
más  cursi  de  las  declaraciones,  uno  de  esos 
discursos  de  palabras  rebuscadas  construí- 
dos  como  una  pieza  literaria,  pero  sin  un 
átomo  de  la  chispa  cálida,  luminosa  y  su- 
blime que  brilla  como  la  nota  saliente  de 
un  cuadro,  en  las  escenas  de  amor.  El  mis- 
mo, cuando  hubo  concluido  sus  palabras, 
le  parecieron  tan  frías  que  creyó  haber  caí- 
do en  ridículo,  esperando  ansioso  la  res- 
puesta. 

En  efecto,  ésta  fué  inmediata  y  reflexiva 
también.  La  joven  ponía  en  duda  el  cariño 
de  un  hombre  de  &u  clase,  comprendía  que 
no  podía  aspirar  sino  á  amar  sin  esperan- 
za; pero  se  resignaba  á  su  suerte  porque 
ella  era  muy  leal  y  no  se  consideraba  con 
fuerzas  para  mentirle  amor  á  otro  hombre. 

Entonces  Valmar,  al  oir  semejantes  pala- 
bras, sintió  despertarse  en  él  al  hombre 
apasionado  que  era,  y  tomándola  por  la 
cintura,  le  habló  con  el  ardoroso  lenguaje 
de  un  ser  enamorado.  Sus  palabras  eran 
bruscas,  sin  hilación  ni  concierto;  pero  te- 


56  V  A  L  M  A  R 


níán  vibraciones  ardientes,  que  brotaban  de 
adentro,  de  lo  más  íntimo  de  su  ser  y  que 
á  pesar  de  su  torpeza  se  imponían,  comu- 
nicando su  fuego,  recogido  en  las  mas  puras 
fuentes  de  la  vida. 

—  ¡Oh!  no  lo  dudes  ¡te  quiero! Te 

quiero  desde  que  te  vi,  desde  que  te  mos- 
traste á  mis  ojos  en  tu  traje  rosa,  desde 
que  te  llamé  mi  aurora! ...  Y  te  encuentro 
digna  de  mí,  digna  de  un  rey,  digna  de  todo! 
Serás  mi  compañera,  serás  mi  amiga,  te 
querré  como  á  mi  madre  y  compartiré  con 
las  dos,  todas  mis  caricias!  Sí,  te  quiero, 
te  quiero  con  delirio,  te  quiero  mucho!  —  Y 
Valmar  fuera  de  sí,  la  besaba  en  los  cabellos, 
teniéndola  sobre  sus  rodillas  como  una  niña* 
Pero  Josefina,  al  oir  aquella  apasionada 
avalancha  de  palabras  que  repercutían  en 
su  corazón  virgen  como  el  eco  de  sus  más 
bellos  ensueños,  había  entornado  los  ojos,  y 
semi  desvanecida  se  dejaba  arrullar  como 
por  una  música  divina.  Cuando  Rodolfo  ca- 
lló, anhelante,  un  ligero  extremecimiento  sa- 
cudió el  cuerpo  de  la  joven  y  dejó  caer  la 
cabeza  sobre  el  hombro  de  su  amado.  Val- 
mar,  sorprendido  por  aquel  gesto,  se  asustó, 
y  creyendo  que  algo  grave  le  ocurría  la  lla- 
mó con  fuerza: 


VALMAR  57 


—  Josefina!  Josefina! 

Entonces  ésta  volviendo  en  sí  repentina- 
mente., se  levantó  toda  colorada,  disponién- 
dose á  marchar,  mientras  él  la  miraba  azo- 
rado sin  acertar  á  decir  una  palabra. 

—  Qué  tal!  —  decía  Felipe  al  día  siguiente, 
entrando  alegremente  en  el  cuarto  del  mi- 
rador, donde  Valmar  trataba  en  vano  de 
descifrar  el  sentido  de  un  párrafo  que  ha- 
bía releído  infinitas  veces.  —  ¿Cómo  te  fué 

ayer? ¡Estoy  seguro  que  estás  en  las 

mismas! Pues  lo  que  soy  yo,  herma- 

nito,  ya  estoy  del  otro  lado !.....  Y  mira, 
te  aconsejo  que  no  dejes  pasar  las  cosas 
de  punto.  Piensa  que  á  las  mujeres  hay  que 
sorprenderlas  en  su  cuarto  de  hora.  Así  no 
te  duermas! 

—  No  pienso  dormirme,  pero  tampoco  ne- 
cesito estar  muy  despierto.  No  tengo  por 
qué  apurarme  puesto  que  me  caso,  —  con- 
testó Valmar  tranquilamente,  en  tono  muy 
reflexivo. 

Felipe,  estupefacto,  se  detuvo  en  su  paseo 
y  lo  miró  fijamente,  creyendo  que  se  burlaba; 
pero  como  lo  vio  tan  serio  empezó  á  bur- 
larse de  él  á  su  vez,  exclamando  á  gritos : 

—  Esto  sí  que  está  bueno !  Cuando  menos 
la  muchacha  ha  exigido  el  pasaje  por  la 


58  V  A  L  M  A  R 


iglesia  y  tú  ya  te  has  dado  por  vencido! 
¡Cáspita  con  estos  sabios,  con  estos  filósofos 
reformistas  que  habían  sido  zonzos!  Pero, 
amigo,  ¿dónde  está  toda  tu  ciencia,  dónde 
has  embolsado  tu  filosofía  acumulada  du- 
rante tantos  años?  — . . .  ¡Ba  . .  . .  ba,  ba! 
¡qué  rico  está  esto!  —  y  Felipe  se  reía  á 
mandíbula  batiente  de  las  palabras  de  su 
amigo.  Pero  al  notar  que  Rodolfo  conti- 
nuaba serio,  como  convencido  de  lo  que 
había  dicho,  se  propuso  hablar  seriamente 
y  demostrarle  que  su  propósito  era  dispa- 
ratado. Solo  que  al  ir  á  hacerlo,  cruzó  por 
su  cabeza  la  idea  de  que  aquello  pasaría 
en  cuanto  la  joven  se  entregara,  y  se  calló 
encogiéndose  de  hombros. 

—  Ba!  no  pensarás  lo  mismo  dentro  de 
poco  tiempo!  —  exclamó.  Y  viendo  que  era 
hora,  invitó  á  su  amigo  para  ir  al  baño. 

Durante  varios  días,  una  serie  no  inte- 
rrumpida de  inconvenientes,  impidió  á  los 
jóvenes  hablar  con  las  hermanas  Belloni, 
pero  al  cabo  de  ellos,  cuando  llegaron  una 
noche  al  tambo,  después  de  haber  comido 
opíparamente  en  lo  de  Charpentier,  las  en- 
contraron que  esperaban  charlando  con  la 
tambera. 

Sin  duda  algún  complot  se  había  formado 


V  A  L  M  A  R  59 


entre  ellas,  pues  contra  su  costumbre,  á  pe- 
sar de  dejarse  conducir  hasta  el  interior  del 
corralón  que  ocupaba  el  tambo,  donde  es- 
taban las  piezas  de  la  condescendiente  pa- 
traña, no  querían  de  ninguna  manera  sepa- 
rarse. Pero  Felipe  que  comprendió  la  trama 
y  que  se  había  propuesto  todo  lo  contrario, 
haciendo  valer  los  derechos  que  tenía  ad- 
quiridos sobre  Enriqueta,  pronto  la  obligó 
á  seguirlo,  contrariando  los  deseos  de  su 
hermana. 

La  conversación  entre  Valmar  y  Josefina, 
apenas  estuvieron  solos,  volvió  á  tomar  el 
mismo  giro  de  la  última  noche  que  se  ha- 
bían visto,  y  las  dudas  de  la  joven,  á  pesar 
de  la  prevención  que  traía  y  de  los  propó- 
sitos firmes  de  exigirle  que  fuera  á  su  casa 
si  quería  continuar  teniendo  amores,  se  di- 
siparon en  el  acto,  como  esas  brumas  que 
á  la  noche  se  levantan  de  la  tierra  y  que 
huyen  veloces  en  cuanto  surge,  radiante,  el 
sol.  Su  voluntad  se  eclipsó  deslumbrada 
por  la  luz  de  su  pasión  avasalladora.  Ante 
aquel  hombre,  la  costurerita  perspicaz  y 
aleccionada  desaparecía,  no  quedando  más 
que  la  mujer  indefensa,  á  merced  del  hom- 
bre apasionado  que  la  dominaba  omnipo- 
tente,   como   dueño   y   señor   absoluto.    El 


60  V  A  L  M  A  R 


poder  de  Valmar,  no  era  buscado;  él  mismo 
no  lo  deseaba,  y  precisamente  por  esa  com- 
pleta ignorancia  de  sí  mismo  es  que  tenía 
mayor  fuerza,  la  fuerza  de  su  sinceridad, 
de  la  virginidad  de  su  alma,  que  aumentaba 
la  hermosura  de  su  físico  varonil  imponién- 
dose triunfante. 

Y  la  joven,  vencida  de  antemano,  entre- 
gada sin  saberlo,  cayó  en  sus  brazos,  tem- 
blorosa, palpitante,  como  una  paloma  recién 
herida,  exclamando :  —  ¡  Oh  querido,  cómo 
te  quiero!  —  mientras  él,  obedeciendo  incons- 
ciente el  mandato  imperativo  de  la  natura- 
leza, tomaba  posesión  de  aquel  cuerpo,  sin 
escrúpulo  alguno,  como  un  príncipe  de  la 
sangre  empuñaría  por  primera  vez  el  cetro 
de  su  reinado. 


^#@^ 


CAPITULO  líí 


—  ¿Por  qué  no  he  de  casarme?  —  decía 
Rodolfo  ocho  días  después,  en  el  escritorio 
de  su  amigo  Felipe — ¿No  es   linda,  no   es 

buena,  no    ha    demostrado    quererme? 

Pues  entonces  ¿por  qué  no  he  de  ceder  á 
sus  justas  exigencias  desde  que  yo  me 
siento  enamorado,  y  me  consideraré  muy 
feliz  con  este  matrimonio?  ¿Acaso  porque 
es  de  origen  humilde  vale  menos  que  otras? 
Lo  que  es  para  mí  eso  no  tiene  importan- 
cia. 

—  Si  no  es  por  eso!  —  objetó  Felipe,  de- 
sesperado.—  Es  que  el  matrimonio  es  una 
cosa  muy  seria,  que  hay  que  pensarla  con 
detención,  puesto  que  es  para  toda  la  vida! 
¿  Quién  te  dice  á  tí  que  lo  que  tomas  por 
amor  no  es  una  ofuscación  del  momento,  un 


62  VÁLMAR 


arrebato  de  tus  sentidos  largo  tiempo  con- 
tenidos, un  hervor  de  la  sangre,  en  fin, 
que  puede  muy  bien  pasar  repentinamente, 
dando  cabida  á  otros  afectos  más  podero- 
sos que  trastornen  toda  tu  vida? 

—  Eso  tiene  forzosamente  que  suceder. 
Ya  te  he  dicho  muchas  veces  que  soy  de 
los  que  creen  que  se  ama  más  de  una  vez 
y  á  más  de  una  á  la  vez,  —  contestó  Val- 
mar  reflexivamente. 

—  Pues  por  eso  mismo,  precisamente  por- 
que tienes  esas  ideas  es  que  debías  esperar, 
por  lo  menos.    Diantre ! . . .  ¿  quién  te  corre  ? 

Da  tiempo   al   tiempo Frecuenta    otras 

mujeres,  examina,  estudia  otros  tipos  en 
otros  medios  sociales;  pero  no  te  entre- 
gues así,  atado  de  pies  y  manos,  á  la  pri- 
mera con  que  has  tropezado  al  entrar  en  la 

vida! Reflexiona  un  instante Ve  que 

eso  no  es  propio  de  un  hombre  inteligente 
que  se  las  echa  de  pensador.  —  Y  Felipe  se 
esforzaba  por  convencer  á  su  amigo,  ansio- 
so por  arrancarle  aquella  malhadada  idea 
de  matrimonio  que  venía  a  trastornar  todos 
sus  planes. 

—  Pero,  veamos, — exclamó  Rodolfo — ¿Por 
qué  quieres  hacerme  traicionar  á  esa  pobre 
niña?    ¿Por  qué  quieres  convertirme  en  el 


V  A  L  M  A  R  63 


causante  de  una  pena,  de  un  dolor,  que  es 
para  mí  lo  más  estúpido  que  puede  hacer 
un  hombre  que  piensa  sus  actos?  Yo  quie- 
ro á  Josefina Eso  lo  siento  bien  clara- 
mente. No  necesito  analizarlo.  Estoy  se- 
guro de  que  si  vuelvo  á  querer  será  en 
igual  grado,  pero  no  con  mayor  intensidad. 
Ella  me  quiere,  se  ha  entregado  sin  escrú- 
pulo convencida  de  que  yo  era  su  hombre; 
pero  se  ha  entregado  viendo  la  posibilidad 
de  ser  querida  hasta  el  extremo  de  llevarme 
al  matrimonio,  y  yo  se  lo  he  jurado,  se 
lo  he  prometido  en  premio  del  valioso  do- 
nativo de  su  amor.  Luego,  de  no  hacerlo, 
le  produciría  un  dolor  inmenso,  una  de- 
cepción muy  cruel  y  muy  angustiosa,  y 
yo  quiero  evitársela,  puesto  que  está  en 
mi  mano  el  hacerlo .  Sí ,  á  ella  y  á  to- 
dos!       Ahorrar    lágrimas ,   suprimir    el 

dolor,  derramar  la  dicha  á  manos  llenas: 
ésa  debe  ser  la  constante  preocupación  de 
los  hombres  en  general  y  mucho  más  de 
los  que  piensan,  de  los  que  aspiran  á  mo- 
ralizar. La  felicidad  da  expansión  al  hom- 
bre, lo  hace  bueno,  lo  hace  florecer  y  dar 
frutos  abundantes,  coadyuvando  así  con  éxito 
completo  á  la  marcha  triunfal  y  constante 
de  la  vida! — Y  Rodolfo  se  entusiasmaba, 


64  VALMAR 


se  embriagaba  con  sus  propias  palabras, 
extasiándose  risueño  y  feliz  ante  la  visión 
hermosa  de  la  dicha  universal. 

Pero,  Felipe  con  su  calma  invencible,  y 
con  su  práctica  por  guía,  volvía  á  la  carga 
pacientemente. 

—  Sin  embargo,  —  objetaba,  —  si  te  enga- 
ñases, si  más  tarde  fueses  absorbido  por  una 

gran  pasión ¡  cuántas  lágrimas  harías 

derramar  entonces,  obligado,  arrastrado  por 
sus  impulsos  ciegos ! 

—  No,  porque  entonces  la  mujer  que  me 
quisiese  y  me  solicitase,  lo  haría  conocien- 
do mi  estado  y  tendría  que  conformarse  con 
él  adaptándose  á  sus  exigencias,  y  sino,  no 
merecía  mi  cariño,  —  exclamó  Rodolfo  po- 
niéndose de  pié  al  formular  aquel  argu- 
mento que  creía  decisivo. 

—  Iluso ! . .  Iluso ! . .  Iluso !  —  repetía  Felipe 
agarrándose  la  cabeza .  —  Hablas  así  por- 
que no  sabes  lo  que  es  pasión,  porque  no 
conoces  á  la  mujer  sino  en  teoría... No  lo 
creas!. .  .No  lo  creas,  Rodolfo!. . .  Nada  de  lo 
que  piensas  es  realizable,  y,  pobre  de  tí  si 
te  llegaras  á  encontrar,  con  esas  ideas  y 
propósitos,  frente  á  la  práctica  implacable 
de  la  vida!. .  .Mira,  —  añadió  cambiando  de 
táctica,  viendo  que  no  convencía  á  su  amigo, 


V  A  L  M  A  R  65 


Vamos  á  hacer  una  cosa.  Tú  crees  firme- 
mente que  estás  enamorado  de  Josefina. 
Perfectamente!  En  ese  caso,  queriéndola 
como  dices,  bien  puedes  dilatar  tu  casa- 
miento unos  meses  sin  temor  de  perjudi- 
carla. .  r.  Pues  bien,  en  ese  espacio  de  tiem- 
po me  sigues,  lo  ves  todo,  haces  una  gira 
práctica  en  mi  compañía,  y  después,  cuando 
conozcas  todos  los  caminos,  tomas  por  el 
que  se  te  antoje. 

—  Pero  si  ya  me  has  mostrado  todo! — 
dijo  Rodolfo  encojiéndose  de  hombros. 

—  No  hay  tal,  has  visto  las  cosas  por 
fuera,  y  yo  ahora  te  propongo  verlas  por 
dentro.  Quiero  llevarte  á  todas  partes,  quiero 
que  estudies  en  todos  los  salones,  lujosos 
y  humildes,  que  penetres  en  algunas  fami- 
lias, empezando  por  la  mía  que  nunca  has 
querido  frecuentar  en  tu  afán  de  vivir  en- 
jaulado; quiero  hacerte  recorrer  todos  los 
escalones  sociales,  hacerte  conocer  nuestro 
pequeño  mundo  montevideano  que,  al  fin  y 
al  cabo,  tiene  tantos  dobleces  como  los 
demás,  que  veas  la  medalla  por  ambos  lados, 
que  penetres  en  la  intimidad  de  las  cosas 
para  apreciarlas  debidamente,  y  después, 
cuando  lo  hayas  visto  todo  por  tus  propios 
ojos,  cuando  tengas  una  ligera  idea  de  cómo 

3 


66  VALMAR 


se  vive  en  este  planeta,  entonces  podrás 
disponer  de  tí  y  guiar  tu  humanidad  con 
alguna  clarovidencia. 

Pero  Rodolfo  no  era  de  los  que  ceden 
inmediatamente.  Así  es  que  Felipe,  cono- 
ciéndolo, aplazó  la  discusión  para  otro  mo- 
mento más  oportuno,  cuando  ya  se  hubiese 
calmado  en  parte  el  ardoroso  entusiasmo 
de  su  amigo. 

Y  así  fué  en  efecto. 

Unos  días  después,  habiendo  reanudado 
la  discusión  en  igualdad  de  circunstancias, 
logró  encaminarla  con  tanto  acierto,  que 
Rodolfo  concluyó  por  exclamar  riendo: 

—  Pues,  señor,  quieres  renovar  las  esce- 
nas de  Fausto  y  Meflstófeles. 

—  Justo, — respondió  su  amigo; — pero  con 
la  diferencia  de  que  yo  no  exijo  pacto  al- 
guno y  te  llevo  libre  de  compromisos  para 

el  porvenir ¡  Accede,  hombre,  hazlo  por 

mí ! Siempre  estarás  en  tiempo  de  ca- 
sarte el  dia  que  te  parezca! 

—  Bien,  maestro,  vamos  allá.  Estoy  pron- 
to á  seguirte, — dijo  Valmar  condescendien- 
do, al  ver  la  creciente  aflicción  de  su  amigo. 
De  todos  modos, — añadió, — eso  no  modifica 
mis  propósitos.    Además  lo  hago  tranquilo 


VALMAR  67 


por  que  sé  que  no  adelantarás  nada,  ni  me 
harás  variar  de  resolución. 

—  Quién  sabe! — exclamó  Felipe  con  aire 
misterioso,  pensando  en  la  admiración  que 
su  amigo  había  demostrado  siempre  por 
algunas  muchachas  que  le  había  señalado. 
— Puede  que  todavía  prefieras  ir  al  infierno 
con  algún  ángel  negro,  que  al  cielo  con  tu 
rubia  Margarita.  Pero  á  propósito  ¡oh 
Fausto  empedernido !  — añadió,  plantándose 
frente  á  su  amigo. — Es  necesario  que  em- 
piece por  hacer  una  transformación  en  tu 
físico,  porque  harías  muy  mal  papel  si  te 
presentaras  con  esa  vestimenta  ante  el  ex- 
plendor  de  la  corte  de  Elena. 

—  ¡  Ah!  entonces  ¿  eso  más  ?  ¿  Tengo  tam- 
bién que  preocuparme  de  las  zonceras  del 
traje? — dijo  Rodolfo  protestando. 

—  Claro  que  sí.  Pero  conven  conmigo 
en  que  no  hay  tal  zoncera  en  vestirse.    La 

estética  jamás  fué  zoncera! Además  que 

no  veo  ningún  mérito  en  andar  todo   lleno 

de  polvo  y  con  prendas  antidiluvianas ! 

No  te  digo  que  te  acicales  como  un  dandy, 
pero  sí,  al  menos,  que  te  pongas  presen- 
table. 

—  Hombre,  en  esto  creo  que  talvez  tengas 
razón;  pero  yo  no  sé  si  es    debido  á  las 


68  VALMAR 


modas  actuales,  la  verdad  es  que  los  hom- 
bres no  me  parecen  muy  hermosos  que 
digamos. 

— ¿Sí?  pues  si  anduviesen  á  la  antigua, no 
sé  qué  parecerían.  Imajínate  á  Paquito  Stern 
en  traje  de  romano  ó  á  Hostwald  con  me- 
dia larga  y  gregüescos, —argüyó  Felipe  re- 
cordando a  un  raquítico  elegante  y  al  obe- 
so marido  ele  Sofía  Hostwald. 

—  Está  bueno,  —  contestó  Rodolfo,  riendo 
de  la  ocurrencia;  —  pero  la  verdad  es  que 
yo  no  entiendo  una  palabra  de  estas  cosas. 

—  Eso  lo  dejas  por  mi  cuenta.  Por  lo 
pronto  veamos  si  algo  mío  te  sirve,  y  des- 
pués mandaremos  hacer  lo  que  sea  necesa- 
rio.—  Y  los  jóvenes,  llenos  de  buen  humor 
y  de  alegría,  se  pusieron  á  ensayar  ropas 
y  calzados,  riendo  cuando  alguna  prenda 
extraña  sorprendía  a  Rodolfo,  no  acostum- 
brado á  vestirla. 

Desde  aquel  día,  Felipe  se  desentendió 
absolutamente  de  todo  para  no  preocuparse 
más  que  de  su  amigo.  No  había  fiesta  ni 
paseo  que  no  aprovechase,  organizando  él 
mismo,  -excursiones  de  todo  género  á  las 
que  arrastraba  á  Rodolfo  sin  darle  punto 
de  reposo. 

Precisamente  en  aquellos  días,  se  anun- 


VALMAR  69 


ciaba  un  baile  que  daría  la  señora  de  Host- 
wald, á  propósito  del  cumpleaños  de  su 
marido,  y  con  tal  motivo,  Mont,  que  ha- 
cía algún  tiempo  festejaba  á  esta  dama, 
se  apresuró  á  mandar  hacer  un  traje  de 
frac  á  su  amigo,  para  presentarlo  desde 
luego  en  uno  de  los  salones  más  selectos  y 
lujosos  de  la  alta  sociedad  Montevideana. 

Las  invitaciones  se  habían  hecho  circular 
profusamente,  con  mucha  anticipación,  y 
se  decía  que  figuraban  en  la  lista  familias 
que  no  estaban  relacionadas  con  la  señora 
de  Hostwald,  pero  á  quien  ésta  deseaba 
ver  en  sus  salones  para  asegurar  el  éxito 
de  la  fiesta,  afirmándose  que  más  de  una 
invitación  había  llegado  hasta  Buenos  Áy- 
res.  Debido  á  esta  circunstancia  los  co- 
mentarios menudeaban,  haciéndose  consi- 
deraciones sobre  el  lujo  con  que  la  vivienda 
de  la  rica  pareja  sería  decorada  el  día 
de  la  fiesta,  y  los  diarios,  enviando  sus 
repórters  á  casa  de  las  modistas  más  afa- 
madas, multiplicaban  sus  crónicas,  dan- 
do cuenta  detallada  de  las  personas  que 
asistirían  y  de  los  vestidos  encomendados 
especialmente  para  tan  señalado  día. 

El  tema  obligado  de  todas  las  conversa- 
ciones era  el  baile  de  Hostwald,  y  los  des- 


70  V  A  L  M  A  R 


ocupados  aprovechaban  esta  circunstancia 
para  anticipar  crónicas,  anunciando  sorpre- 
sas extraordinarias  creadas  en  su  imajina- 
ción. 

Todo  se  refería  al  baile,  y  los  teatros, 
los  paseos,  las  funciones  de  todo  género, 
se  relegaban  para  después  de  la  fiesta, 
temiendo  sufrir  en  ellos  algún  incidente  que 
les  privase  asistir.  Para  la  noche  del  baile 
se  habían  dado  infinitas  citas,  y  era  es- 
perado ansiosamente  por  los  novios  y  ga- 
lanteadores de  toda  especie,  algunos  de 
los  cuales  esperaban  recibir  esa  noche  una 
respuesta  favorable  á  sus  amorosos  ruegos. 

Tanto  era  el  entusiasmo,  que  hasta  el 
mismo  Rodolfo  se  sentía  contagiado  y  lleno 
de  una  vivísima  curiosidad  por  ver  una 
cosa  que  él  juzgaba  despreciativamente,  pero 
que  ponía  en  jaque  á  una  ciudad  entera. 
No  conseguía  cambiar  una  palabra  que  no 
fuese  con  relación  al  baile,  y  en  medio  de 
aquella  general  conspiración,  Josefina,  cuan- 
do lograba  hacer  una  escapada  para  verlo, 
solo  le  hablaba,  entre  dos  caricias  apresu- 
radas, de  la  magnificencia  de  los  numerosos 
vestidos  que  habían  encargado  á  la  Ven- 
deux. 

— Oh,  querido, — exclamaba, — si  vieras  qué 


V  A  L  M  A  R  71 


cosas  más  monas!  Qué  vestidos  tan  ricos 
estamos  haciendo  para  el  baile  de  la  seño- 
ra de  Hostwald! ¡Y  el  traje  de   ella! 

qué  cosa!... Se  lo  han  traído  de  Europa 
¿sabes?  pero  nosotros  se  lo  estamos  arre- 
glando..  .¡Ah!  si  yo  pudiese  vestirme  con 
él  para  que  tú  me  vieras!... Y  tu  no  vas? 
—  Y  la  joven  hablaba  apresuradamente, 
despreocupada  de  todo,  absorbida,  deslum- 
brada por  la  brillantez  de  las  cintas,  por 
los  reflejos  abigarrados  de  las  sedas,  flo- 
tando entre  tules  y  encajes  hasta  envolver- 
la en  un  torbellino  loco,  donde  se  regodea- 
ba dichosa,  con  toda  la  trivialidad  de  su 
sexo. 

Valmar  estaba  impaciente,  deseoso  de 
encontrarse  en  el  día  siguiente  del  baile. 
Tenía  como  rabia  hacia  aquello  desconoci- 
do para  él  y  que  preocupaba  tanto  a  los 
que  le  rodeaban.  En  su  vanidad  de  hombre 
inteligente,  le  mortificaba  sentirse  cohibido 
por  semejante  trivialidad  y  deseaba  salir  de 
dudas. 

Por  fin,  el  dia  llegó.  La  noche  antes  se 
había  probado  por  última  vez  su  dichoso 
frac,  bajo  la  dirección  de  Felipe,  y  esa 
mañana  se  lo  acababan  de  traer,  extendién- 
dolo sobre  su  cama.  Su  preocupación  iba  en 


72  V  A  L  M  A  R 


aumento  á  medida  que  el  tiempo  trascurría 
y  una  especie  de  temblor  nervioso  agitaba 
todo  su  cuerpo,  como  la  víspera  de  los  dias 
de  examen  cuando  empezaba  á  dudar  de  si 
sacaría  la  nota  sobresaliente. 

Como  se  sintiese  inhabilitado  para  todo, 
y  deseoso  de  matar  el  tiempo  que  se  le 
hacía  interminable,  salió  á  la  calle  dirigién- 
dose á  casa  de  Felipe  que  aún  debía  estar 
durmiendo.  En  efecto,  lo  encontró  en  la  ca- 
ma, todavía  con  los  postigos  de  su  venta- 
na totalmente  cerrados,  gozando  de  la  me- 
dia luz  que,  como  un  suave  crepúsculo, 
llenaba  toda  la  habitación. 

Felipe  vivía  solo  en  una  casita  de  la  calle 
Buenos  Ayres,  que  comunicaba  con  la  de 
sus  padres  por  los  fondos.  Así  es  que  sus 
amigos  tenían  la  entrada  libre  á  todas  ho- 
ras sin  tener  que  molestarse  en  llamar.  Al 
frente,  en  la  primera  habitación  de  la  casa, 
había  instalado  su  escritorio,  al  que  le  da- 
ba el  pomposo  título  de  estudio,  á  pesar  de 
no  haber  entrado  en  él  un  solo  pleito,  pues 
Felipe  á  la  par  de  Rodolfo,  aunque  por  di- 
ferentes motivos,  no  había  ejercido  nunca 
su  carrera.  Inmediato  al  estudio  y  tam- 
bién al  frente,  tenía  su  dormitorio  al  que 
daba   acceso    una    elegante   salita   poblada 


VALMAR  73 


de  siiloncitos  muy  blandos  que  á  su  vez 
comunicaba  con  el  comedor,  convertido  á 
la  sazón  en  sala  de  armas.  Después  seguían 
dos  pequeñas  habitaciones  ocupadas  por 
el  sirviente  y  las  demás  reparticiones  nece- 
sarias de  la  casa. 

—  ¡  Vamos,  haragán !  —  dijo  Rodolfo  al  en- 
trar. Ya  son  las  diez  y  media  y  todavía  es- 
tás empollando.  Y  á  medida  que  hablaba, 
abría  de  par  en  par  los  postigos  de  la 
ventana  que  dieron  paso  á  todo  un  torrente 
de  luz  vivísima  que  obligó  á  Felipe  á  se- 
pultar la  cabeza  bajo  las  sábanas  para  huir 
de  sus  brillantes   resplandores. 

—  ¡Vamos,  arriba! — volvió  á  decir  Val- 
mar  implacable. 

Pero  su  amigo  protestaba,  y  pedía  gracia 
con  voz  ahogada  desde  el  fondo  de  su  nido. 

—  Por  caridad!  —  imploraba,  —  ¡cierra  tan 
siquiera  la  persiana!  —  Y  como  Rodolfo  lo 
obedeciese  en  esto,  aceptando  la  transac- 
ción, consintió  en  sentarse  al  borde  de  la 
cama,  esperezándose  ruidosamente. 

—  Soñaba,  —  dijo  con  voz  soñolienta, — 
que  todas  las  mujeres  de  Montevideo  se  ha- 
bían reunido  para  idear  algún  medio  de 
ruclutar  maridos,  y  que  no  pudiendo  llegar 
á  ningún  acuerdo   se   disputaban  gritando. 


74  VALMAR 


Figúrate  qué  farra  no  sería  aquel  congre- 
so!   ¿Qué  quieres  tomar? 

—  Ya  me  desayuné,  —  contestó  Rodolfo, 
—  así  es  que  lo  mejor  que  puedes  hacer  es 
vestirte,  con  eso  nos  vamos  á  almorzar 
donde  haya  fresco,  porque  aquí  se  aho- 
ga uno. 

—  Súbito,  súbito !  — exclamó  Felipe  apre- 
surándose, —  voy  á  darme  mi  ablución  y  ya 
estoy.  —  Y  envolviéndose  en  una  gran  toha- 
Ua  rusa,  se  marchó  hacia  las  habitaciones 
interiores,  mientras  que  Valmar  ojeaba  un 
tomo  de  Banville  abierto  por  el  medio  de 
sus  páginas  sobre  la  mesa  de  luz. 

Apenas  algunos  minutos  tardó  Felipe  en 
su  baño,  al  cabo  de  los  cuales  entró  can- 
tando una  aria  del  Barbero  con  voz  bastan- 
te afinada. 

— ¿Lees  á  Banville? — dijo,  viendo  el  libro 
que  hojeaba  su  amigo. 

—  Sí,  me  encanta  este  hombre  á  pesar  de 
su  pesimismo  canallesco  é  inmoral. 

—  Por  lo  que  tenga  de  inmoral  no  me 
preocupo  mucho,  en  cuanto  á  su  pesimismo^ 
creo  que  no  hará  odiar  la  vida  á  nadie, — 
contestó  Mont  despreocupadamente.  —  Eso 
de  deleitar  el  espíritu  de  la  gente  con  la 
delicadeza   que   él  lo   hace,  no  es  lo  más 


V  A  L  M  A  R  75 


apropósito  para  demostrar  el  mal  de  la 
vida.  Es  como  mandarle  una  muchacha  de 
quince  años  á  uno  que  quisiera  abrazar  el 
oficio  de  eunuco. 

—  Siempre  esa  incurable  superficialidad! 
—  exclamó  Rodolfo  poniéndose  serio.  Pero 
como  Felipe  notase  que  iba  á  engolfarse 
en  alguna  de  las  cuestiones  filosóficas  tan 
de  su  agrado,  le  cortó  la  palabra,  arguyen- 
do que  era  preciso  ver  donde  almorzarían 
con  más  fresco. 

—  ¿Vamos  al  sótano  de  la  calle  Treinta 
y  Tres?  —  propuso  Mont,  pensando  con  ra- 
zón que  en  el  sótano  haría  fresco. — Y  como 
Valmar  aceptase,  salieron  en  busca  del  café 
indicado,  con  ánimos  de  satisfacer  el  voraz 
apetito  de  sus  estómagos  sanos. 

Caminaban  aprisa,  huyendo  de  los  ardores 
del  sol,  cuando,  al  desembocar  en  la  calle 
25  de  Mayo,  notaron  que  en  la  esquina  de 
enfrente,  de  pié  en  medio  de  la  vereda,  es- 
taba el  almacenero  José  García,  mirando 
con  insistencia  hacia  la  puerta  de  la  tienda 
de  la  Vendeux,  abierta  en  la  mitad  de  la 
cuadra  entre  dos  grandes  escaparates  que 
lucían  ricos  géneros  de  moda. 

—  ¡Tu  rival!  —  dijo  Felipe  codeando  á  su 
amigo. 


76  VALMAR 


—  Sí,  ayer  la  pidió  á  sus  padres,  y  hubo 
un  barullo  de  todos  los  diablos  en  la  col- 
chonería ,  —  contestó  Rodolfo  muy  pensa- 
tivo. 

—  ¡  Ah ! .  • .  "¿  Ya  caigo !  —  exclamó  Mont* 
—  por  eso  me  faltó  Enriqueta  anoche. 

—  Sí,  hubo  una  escena  tremenda. — Y  Val- 
mar,  ya  instalado  en  una  mesa  del  sótano 
y  mientras  Felipe  servía  rábanos  y  jamón, 
contó  lo  que  había  sucedido  en  casa  de  los 
Belloni. 

A  eso  de  la  tardecita,  se  había  presenta- 
do García,  y  después  de  algunos  rodeos 
sobre  el  tiempo  y  los  negocios,  manifestó 
claramente  sus  pretensiones  matrimoniales, 
exigiendo  de  los  padres  de  la  joven  una 
contestación  categórica.  Estos,  al  principio, 
respondieron  con  evasivas,  deseando  como 
de  costumbre  entretener  al  pretendiente,  que 
era  un  excelente  partido;  pero  como  el  hom- 
bre quisiese  dejar  concluidas  definitivamen- 
te las  cosas,  no  tuvieron  más  remedio  que 
decirle  con  franqueza  que  Josefina  se  nega- 
ba á  casarse  por  el  momento,  y  que  ellos 
ilo  podían  hacerla  variar  de  resolución. 
Que  esperase  un  tiempo,  que  ellos  lo  apo- 
yarían en  sus  pretensiones,  porque  sabían 
que  era  una  persona  muy  buena  que  haría 


VALMAR  77 


la  felicidad  de  la  niña;  pero  que  todavía  no 
era  posible. 

Entonces  el  hombre  se  había  fastidiado  y 
en  cuatro  palabras  les  había  contado  los 
amores  de  Josefina  con  Valmar  en  el  tam- 
bo del  Pastor.    . 

—  Sí,  es  por  eso  que  ahora  me  mira  por 
arriba  del  hombro,  porque  tiene  amores  con 
un  señorito  que  le  ha  hecho  creer  que  se 
va  k  casar  con  ella, — decía  García  profun- 
damente resentido. 

Pero  al  oir  una  acusación  tan  grave,  los 
padres  de  Josefina  se  habían  puesto  furio- 
sos y  se  preparaban  á  pedirle  cuentas  se- 
veras á  su  hija,  cuando  volviese  de  su  tarea. 
— ¡Pícara!  ¡Mosca  muerta!  ¡Háse  visto  una 
cosa  igual !  Tener  amores  sin  que  nosotros 
lo  supiésemos!— exclamaban  á  dúo  los  vie- 
jos Bellóni  paseándose  agitadísimos  por 
su  tienda. 

—  Dichosamente  para  ella,  —  dijo  Valmar 
concluyendo  su  historia,  conjuntamente  con 
un  bife  sangriento  que  le  habían  servido, — 
anoche  no  pudo  ir  á  su  casa  porque  la 
Vendeux  la  retuvo  en  vista  de  su  mucha 
tarea,  y  recién  momentos  antes  de  hacer 
una  escapada  para  hablar  conmigo,  es  que 


78  VALMAR 


recibió  una  cartita  de  Enriqueta  en  que  le 
contaba  todo  lo  sucedido. 

—  Diablo !  —  exclamó  Mont,  pensativo.  — 
¿Y  tú  qué  le  dijistes  que  hiciera? 

—  Que  les  dijese  la  verdad. . .  ¿A  qué  andar 
con  tapujos?  ¿No  me  voy  á  casar?  —  Felipe 
estuvo  á  punto  de  insultar  á  su  amigo,  pero 
al  ver  su  sincera  ingenuidad,  se  dominó 
proponiéndose  velar  por  que  aquello  no  su- 
cediera. Conocía  el  lado  flaco  de  Rodolfo 
y  no  desesperaba.  Además,  lo  había  vis- 
to detenerse  admirado,  como  subyugado 
por  la  belleza  de  Matilde  Rolan  y  contaba 
explotar  esta  naciente  admiración  en  pro- 
vecho de  sus  proyectos. 

Y  no  tuvo  que  esperar  mucho  para  con- 
vencerse de  la  facilidad  de  su  tarea.  Esa 
misma  noche  en  la  calle  Sarandí,  sentados 
en  un  banco  mientras  hacían  tiempo  para 
ir  á  vestirse  para  el  baile  de  Hostwald, 
pudo  convencerse  que  Matilde  Rolan  em- 
pezaba á  preocupar  seriamente  á  su  amigo. 
Eran  apenas  las  nueve  de  la  noche  y  ya, 
como  quien  no  quiere  la  tíosa,  éste  le  ha- 
bía preguntado  tres  veces  por  la  joven. — 
Hoy  no  vendrá,  seguramente,  —  había  con- 
testado Felipe,  — ¿No  ves  que  está  de  baile? 
—  Y  Valmar  se  había  puesto  más  nervioso 


V  A  L  M  A  R  79 


aún,  con  la  idea  de  que  iba  á  presentarse 
en  un  baile  de  la  alta  sociedad  y  vistiendo 
frac  por  primera  vez  en  su  vida.    Y  en  el 
fondo,    no    era  solo   el  frac  y  aquel  baile 
extraordinario  lo   que  trastornaba  del  todo 
su  sistema  nervioso.    Era    la  presentación 
que  le  iba  á  hacer  Felipe  de  aquella  mujer 
bella  y  distinguida  que  pintaba  y  cantaba  co- 
mo una  artista,  triunfando  en  todos  los  sa- 
lones  con    su    arrogante  presencia.     ¿Qué 
efecto  le  produciría  al  ser  presentado?  ¿Se 
dignaría  dedicarle  un  instante  de  atención? 
¿Lo  tomaría   siquiera  en  cuenta?     Y  Ro- 
dolfo, recordaba  las  veces  que  la  viera  por 
la  calle,  en  las  plazas  ó  en  el  Prado,    pa- 
sando arrogante  y  desdeñosa,  muellemente 
reclinada  al  lado  de  su  padre,  en  su  elegan- 
te milord,  arrastrado  como  una  flecha  por 
dos  hermosos  caballos  blancos.    La  visión 
de  la  joven  se  delineaba  claramente  en  su 
memoria  y  permanecía  deleitándolo  un  ins- 
tante, hasta  que  la  imagen  de  Josefina,  de 
su  aurora,  como  él  la  llamaba,  surgía  re- 
pentinamente, simpática,  humilde,  ofrecién- 
dose fresca  y  canclorosa,  con  la  gracia  y  la 
modestia  de  esas  florecillas  llenas  de  rocío 
que  se  hallan  por  los  campos  en  las  maña- 
nas de  primavera.    Entonces  se  encogía  de 


80  V  A  L  M  A  R 


hombros. — Es  cierto, —  pensaba,  afirmándo- 
se en  sus  teorías, —  en  el  corazón  del  hom- 
bre hay  espacio  para  muchas;  pero  cómo 
ha  de  ser!  No  se  puede  aspirar  á  la  dicha 
completa!  — Y  en  su  gran  tolerancia  por  la 
vida,  se  conformaba  con  su  destino  que  le 
negaba  la  dicha  de  poder  alcanzar  ideales 
tan  altos. 

—  Mira!  —  exclamó  Felipe  en  aquel  ins- 
tante, señalando  un  carruaje  en  que  pasaba 
la  Vencleux  y  Josefina,  casi  ocultas  bajo  los 
pliegues  infinitos  de  un  gran  vestido  de  bai- 
le que  formaba  sobre  sus  faldas  como  una 
montaña  de  sedas  y  de  tules. 

—  Sin  duda  irán  á  llevar  algún  vestido, — 
dijo  Valmar  que  se  había  puesto  de  pié 
para  saludar  cariñosamente  á  la  joven  con 
la  mano. 

—  No  te  entusiasmes  tanto,  mira  que  es- 
tamos en  público  y  es  preciso  guardar  las 
formas,  —  le  advirtió  Mont  para  contener  un 
poco  su  impetuosidad.  Pero  Valmar  pro- 
testó en  el  acto.  A  él  le  parecía  que  no 
había  ninguna  razón  seria  para  ocultar  sus 
sentimientos  aunque  fuera  ante  el  mundo 
entero.  ¿Para  qué?  ¿Por  qué?  No  había 
ninguna  razón  lógica.  Y  cuando  su  amigo 
le  objetaba  que  en  este  mundo  la  forma  era 


V  A  L  M  A  R  81 


el  todo,  increpaba  duramente  á  la  sociedad 
tachándola  de  hipócrita,  asegurando  que  so- 
lo por  un  hábito  vicioso  impedía  que  se 
exteriorizase  la  verdad. 

—  Sí,  —  exclamó  apasionándose  como  de 
costumbre,  —  unos  cuantos  seres  corrompi- 
dos, generalmente  los  más  audaces,  los  que 
llevan  la  batuta  en  el  concierto  humano,, 
abochornados,  ellos  mismos,  de  su  manera 
de  pensar  y  de  sentir,  y  convencidos  de  que 
les  conviene  la  persistencia  de  las  formas 
presentes,  por  estúpidas  que  sean,  tratan 
por  todos  los  medios  posibles  de  que  sigan 
rigiendo  el  mundo  para  medrar,  hipócritas, 
bajo  su  amplia  sombra,  aparentando  tener- 
les un  respeto  profundo  y  escandalizando 
con  grandes  manifestaciones  apenas  cual- 
quiera se  atreve  á  violarlas,  aunque  sea 
animado  de  los  mejores  propósitos  y  bajo 
el  impulso  de  los  más  sanos  sentimientos. 

—  Bueno,  yo  pienso  como  tú,  —  observó- 
Felipe,  —  pero  es  el  caso,  que  los  que  preten- 
den ponerse  en  conflicto  con  esos  menos,  á 
quien  de  paso  sea  dicho,  la  humanidad  con 
razón  ó  sin  ella,  sigue  como  un  rebaño,  ca- 
bestreando de  la  nariz,  caen  víctimas  de  su 
audacia  que  no  los  conduce  á  ningún  resul- 
tado satisfactorio.     Hay  ciertas  cosas,  que- 


V  A  L  M  A  R 


rido,  que  no  les  están  permitidas  á  nadie, 
ni  á  los  omnipotentes.  Todo  estriba  en  la 
manera  de  hacerlas  y  en  el  pretexto  que  se 
invoca.  Napoleón  tenía  licencia  para  dego- 
llar media  Europa,  y  sin  embargo,  no  le  hu- 
biesen perdonado  que  se  presentara  á  su 
corte  en  calzoncillos.  Por  ejemplo,  esta 
noche  vas  á  ver  espaldas  virginales  des- 
cubiertas hasta  la  cintura  y  escotes  que 
terminan  en  el  ombligo,  y  sin  embargo,  si 
vas  al  día  siguiente  á  casa  de  una  de  esas 
señoras  y  la  sorprendes  con  un  brazo  al 
aire,  escandalizará  y  pondrá  el  grito   en  el 

cielo si  no  le  pegas  un  mordiscón   á 

tiempo. 

—  Pero  eso  es  irritante, — contestó  Rodol- 
fo, desatendiendo  las  bromas  de  su  amigo, 
y  respondiendo  á  su  propio  pensamiento.— 
Es  insoportable,  que  un  hombre  honrado, 
guiado  por  sentimientos  puros  en  su  mar- 
cha por  la  vida,  tenga  que  ocultarlos  como 
se  oculta  un  crimen,  obligándose  á  mentir 
y  mistificar,  tan  solo  en  aras  de  una  armo- 
nía social  completamente  corrompida  y  mi- 
nada por  su  base,  llena  de  preconceptos 
ridículos ,  sostenidos  interesadamente  por 
aquellos  que  mejor  saben  violarlos!  —  Los 
jóvenes  se  habían  puesto  á  caminar  lenta- 


VALMAR  83 


tamente,  y,  mientras  Rodolfo  continuaba  su 
perorata,  Felipe  lo  encaminaba  dulcemente 
hacia  su  casa  donde  debían  vestirse  para 
el  baile. 

—  No  hay  duda  de  que  irrita  todo  eso 
que  dices,  —  respondió  Felipe  con  relativa 
seriedad  al  doblar  en  la  esquina  de  Buenos 
Aires  é  Ituzaingó, —  pero  la  verdad  es  que 
yo  no  sé  hasta  qué  punto  seria  conveniente 
abolir  esos  respetos  á  los  infinitos  precon- 
ceptos  sociales  que,  hoy  por  hoy,  son  un 
verdadero  freno  para  contener  las  pasiones. 

—  Qué  freno ! ¿Te  contiene  en  algo 

á  ti,  todo  ese  falso  andamiaje  social,  ó  te 
impulsa  por  el  contrario  á  cometer  todo 
género  de  excesos  amparado  por  la  impu- 
nidad que  te  concede?  ¿O  crees  tú  que  si 
tuvieras  todas  las  responsabilidades  harías 
la  mitad  de  lo  que  haces  ? 

—  Ah  sicuro!  ¡Si  no  tuviera  responsabili- 
dades ! . .  > .  ¡Oh  voluttá ! —  exclamó  Felipe 
imaginándose  un  mundo  de  delicias  sin  fre- 
no. Pero  en  el  acto,  se  contuvo  para  con- 
testar riendo  á  su  amigo. —  ¿Y  yo  qué  hago? 
Cualquiera  que  te  oyera,  creería  que  soy 
algún  gran  criminal! 

—  Y  lo  eres  sin  duda  alguna.  Y  un  cri- 
minal hipócrita  que  pasa  por  un  buen  mu- 


84  VALMAR 


chacho  y  á  quien  nadie  se  atrevería  á  acu- 
sar, tal  es  su  respeto  aparente  por  las 
buenas  costumbres. 

—  Es  que  no  es  aparente,  sino  que  las 
respeto  de  veras.  Pues  está  gracioso!  De- 
cir eso  de  un  hombre  que  ha  hecho  más 
matrimonios  que  el  obispo.  Y  si  no  que 
lo  digan  todas  esas  ovejas  descarriadas 
que  después  de  haber  caido  en  mis  manos 
han  ido  á  dar  en  las  de  un  buen  marido! 

—  Sí,  ahora  te  ríes,  pero  en  el  fondo  pre- 
tendes guardar  las  formas,  no  permites  que 
yo  salude  en  la  plaza  Matriz  á  una  mucha- 
cha que  quiero,  so  pretexto  de  que  es 
una  modista  que  tengo  de  querida,  y  mien- 
tras tanto  vienes  á  vestirte  de  frac  para 
dentro  de  un  rato  continuar  enamorando  á 
la  de  Hostwald  en  las  barbas  de  su  mari- 
do y  en  presencia  de  una  sociedad  numero- 
sa entre  la  que  se  cuenta  tu  novia,  de  quien 
te  burlas  hace  más  de  un  año! 

—  ¿Y  qué  tiene  eso  de  particular?  ¿Aca- 
so la  de  Hostwald  no  es  una  mujer  que 
sabe  donde  le  aprieta  el  zapato?  Si  se  tra- 
tase de  una  niña  inocente,  sería  tal  vez  una 
recriminación  muy  justa,  pero  tratándose  de 
una  mujer  experimentada,  no  veo  el  lado 
criminal  de  la  cosa. 


VALMAR  85 


—  Claro  está  que  no  ío  ves  ni  puedes 
verlo  con  el  criterio  convencionalista  que 
juzgas  los  hechos;  pero  detente  á  examinar- 
los y  lo  verás.  —  Habían  llegado  á  casa  de 
Felipe,  y  éste  después  de  prender  el  gas 
del  saloncito,  descansaba  repantigado  en  un 
sillón,  mientras  Valmar  continuaba  su  aren- 
ga moralista  de  pié  en  medio  de  la  habita- 
ción. 

Para  él  no  era  un  crimen  posesionarse 
del  amor  de  una  mujer,  por  inocente  que 
fuera,  mientras  que  ésta  no  perteneciese  á 
otro  hombre,  y  á  condición  de  que  se  sin- 
tiera por  ella  algún  afecto,  algo  más  que 
un  simple  impulso  de  sensualidad,  que  un 
apetito  vicioso  y  culpable.  Pero  en  cambio 
condenaba  en  absoluto  y  con  los  términos 
más  duros  la  persecución  de  la  mujer  ca- 
sada, la  incitación  al  adulterio  que  signifi- 
caba para  él  la  destrucción  de  ja  obra  de 
la  naturaleza,  la  anulación  de  la  mujer  en 
su  faz  más  hermosa,  en  su  soberana  cuali- 
dad de  madre.  Un  hombre  podía  hacer 
felices  á  muchas,  podía  constituir  varias  fa- 
milias, en  cambio  una  mujer  compartiendo 
su  amor  y  su  cuerpo,  lo  destruía  todo,  lo 
gangrenaba   todo,   rebajándose  al   nivel  de 


86  V  A  L  M  A  R 


una  cosa,  de  un  objeto  de  placer  que  pasa 
de  mano  en  mano. 

—  La  esposa  ó  la  querida  de  otro  hombre 
— decía,  con  acento  de  convicción  profunda, 
— me  inspira  siempre  absoluto  respeto,  y 
es  porque  no  sabría,  al  adueñarme  de  ella, 
si  destruía  la  obra  santa  de  la  creación 
turbando  con  mi  intervención  extraña,  el 
proceso  respetable  y  grandioso  de  la  ma- 
ternidad. 

—  ¿Y  perder  una  niña  inocente,  á  quien 
asaltas  por  sorpresa  para  luego  dejar  plan- 
tada con  todas  las  santidades  de  la  mater- 
nidad, te  parece  excelente?  —  objetó  Felipe 
un  poco  picado  por  las  palabras  de  su 
amigo. 

—  Es  que  no  la  dejo  plantada,  no  hay  tal! 
Eso  es  lo  que  tú  pretendes  de  mí,  pero  que 
no  conseguirás. 

—  Ah!  entonces  la  guardas  para  incluirla 

en  el  harem! —   Ba,  ba,  ba, ya  sabes 

lo  que  opino  sobre  ese  punto. . .   Teoría  . . 

pura  teoría nada  más  que  teoría ! 

en  la  práctica,  te  estrellas !  Y  si  nó,  que  al- 
gún día  te  veas  en  ese  caso  y  me  contarás 
un  cuento !  —  Pero,  á  propósito,  añadió 
Felipe  sacando  el  reloj  para  cortar  una 
conversación    que  tomaba  un  pésimo  giro, 


VALMAR  87 


—  son  las  diez  y  media  y  me  parece  hora 
muy  prudente  de  que  empecemos  á  vestirnos 
¿no  te  parece?  —  Y  empujando  cariñosa- 
mente á  su  amigo  hacia  el  interior  de  su 
cuarto,  le  impidió  que  continuase  la  discu- 
sión, alegando  que  él  no  entendía  de  aque- 
llas cosas  á  pesar  de  su  ciencia,  puesto  que 
iba  á  tener  que  vestirlo  como  á  un  niño 
para  llevarlo  á  una  fiesta. 

—  La  verdad  es  que  tienes  razón,  —  dijo 
Rodolfo  riendo  con  condescendencia, — si  no 
fuera  por  tí  no  me  entendería  con  toda  esta 
serie  de  botoncitos,  pecheras  bordadas  y 
zapatos  con  moños.  ¡Qué  cosa  bárbara! 
¡  Cuánto  tiempo  perdido  en  zonceras  !  —  Y 
los  dos  amigos,  dando  vueltas  por  el  cuarto, 
profusamente  iluminado  y  poblado  de  espe- 
jos, dieron  principio  á  la  tarea  de  acica- 
larse para  el  baile. 


V 


CAPÍTULO  IV 


Mientras  Rodolfo  y  Felipe  se  preparaban 
para  asistir  al  baile  de  Hostwald,  la  Vendeux 
y  Josefina  llegaban  al  palacete  de  Rolan  en 
la  calle  de  Convención,  suntuoso  edificio  mo- 
derno que  había  reemplazado  la  antigua  casa 
solariega  edificada  por  los  primeros  Rolan 
que  pisaron  estas  playas,  allá  por  las  épocas 
coloniales. 

Las  modistas  después  de  franquear  la  es- 
paciosa puerta  cochera  que  daba  acceso  á  un 
vastísimo  peristilo  poblado  de  columnas,  su- 
bieron por  la  gran  escalera  de  mármol 
blanco  hasta  el  vestíbulo  del  primer  piso 
donde,  entre  pinturas  lujosas  y  profusión 
de  artísticos  dorados,  se  abrían  las  puertas 
de    varias    salitas    que    comunicaban    con 


VALMAR  89 


el  gran  salón  situado  al  frente,  y  con  el 
comedor  y  el  escritorio,  elegantes  habitacio- 
nes que  ocupaban  toda  el  ala  izquierda  del 
edificio.  En  el  centro  y  separando  el  ves- 
tíbulo de  las  habitaciones  interiores,  corría 
una  espaciosa  galería  de  pinturas,  flanqueada 
por  pasillos  que  facilitaban  las  comunicacio- 
nes, y  que  formaban  en  la  parte  opuesta  como 
una  especie  de  balcón  corrido  cubierto  de 
cristales  con  acceso  al  jardín,  hermoso  in- 
vernadero de  plantas  exóticas,  en  cuyo  cen- 
tro una  fuente  de  bronce  despedía  á  gran 
altura  un  gracioso  chorro  de  agua,  que  luego 
volvía  á  caer  con  sonoridades  alegres  y  cris- 
talinas. 

Precisamente  por  aquel  pasillo  fueron  in- 
troducidas las  modistas,  y  como  las  hiciesen 
esperar  un  momento  antes  de  entrar  en  las 
habitaciones  de  la  joven,  tuvieron  tiempo  de 
examinar  curiosamente  esa  parte  íntima  de 
la  casa  que  Josefina  no  conocía  aún. 

—  Parece  que  hay  todavía  más  lujo  aquí 
adentro,  —  exclamó  ésta  asomándose  al  jar- 
dín por  entre  las  vidrieras  corridas. 

— Ah!  es  un  palacio! ¡Aquí  no  falta  nada! 

— contestó  la  Vendeux,  satisfecha  de  ser  la 
modista  de  una  persona  tan  altamente  colo- 
cada.— Ves? — continuó,  explicando  los  deta- 


90  VALMAR 


Ilesa  Josefina  que  miraba  atónita, — por  al 
redor  de  esa  fuente  es  que  dan  vuelta  los  ca- 
rruajes, y  por  aquella  puerta  de  cristales  de 
colores,  se  entra  á  la  caballeriza  que  tiene 
salida  por  la  otra  calle.  Figúrate  que  dicen 
que  hay  más  de  veinte  caballos.  Es  igual, 
igual  como  en  Francia!  Allí  todas  las  casas 
de  lujo  son  así,  tienen  entrada  de  carruajes  y 
caballerizas.  ¿Ves?  Allí  al  fondo,  están  las  co- 
cinas y  las  dependencias  del  servicio;  y  de 
aquel  lado,  á  continuación  del  comedor,  son 
las  piezas  del  Doctor  Rolan  que  también  tie- 
nen su  salida  independiente  por  la  otra  calle. 
Por  el  frente  de  la  casa  se  puede  decir  que  no 
anda  más  que  la  señorita,  y  eso  en  los  días  de 
recibo,  pues  el  resto  del  tiempo  lo  pasa  en  su 
taller  que  está  encima  de  este  gran  salón  que 
es  la  galería  de  pintura. 

— Entonces  ¿esta  pobre  señorita  vive  muy 
sola  con  todo  su  lujo? — preguntó  Josefina,  sor- 
prendida del  género  de  vida  que  llevaba  una 
tan  rica  heredera  como  Matilde — ¿No  tiene 
novio?  « 

—  Novio  no,  tiene  muchos  pretendientes; 
pero  ella  no  le  haGe  caso  á  nadie,  á  pesar  de 
que  su  padre  la  apura  por  que  se  case  de- 
seando estar  libre. — Y  la  Vendeux  se  prepa- 
raba á  contar  la  vida  íntima  del  Doctor  Rolan 


V  A  L  M  A  R  91 


cuando  una  criada  vino  á  decirles  que  podían 
pasar,  que  la  señorita  había  concluido  de  pei- 
narse. 

En  efecto,  al  mismo  tiempo  que  ellas  en- 
traban, salían  los  D'  Albert,  un  matrimonio 
cabezón  y  pequeñito  que  se  hacía  pagar  seis 
pesos  por  peinar  señoras  á  domicilio.  Pero 
á  pesar  de  esto,  al  llegar  á  la  presencia  de 
Matilde,  la  encontraron  delante  de  su  tocador 
soltándose  el  pelo  que  cayó  hasta  más  abajo 
de  la  cintura,  como  un  gran  manto  negro  con 
reflejos  azulados. 

—  ¡Cómo,  señorita  Matilde! — exclamó  la 
Vendeux. — ¿  Se  está  despeinando  ? 

—  Sí,  siempre  cometo  la  zoncera  de  llamar 
á  esta  gente  para  peinarme,  y  después  de 
fastidiarme  una  hora,  no  hacen  nada  á  mi 
gusto,  —  contestó  Matilde  desplicentemente, 
mientras  que  se  probaba  vinchas  de  todo  gé- 
nero, de  plata,  de  oro,  ó  de  cintas  de  seda  de 
variados  colores. 

Y  entre  tanto,  la  Vendeux  y  Josefina,  de 
pié  á  sus  espaldas,  aguardaban  pacientemente 
que  acabase  su  tarea,  para  empezar  á  ves- 
tirla, admirando  de  paso  el  decorado  de  aquel 
tocador  de  mujer  elegante,  lleno  de  detalles 
complicados  y  de  rebuscamientos  infinitos, 


VALMAR 


propios  para  satisfacer  todas  las  exigencias 
de  la  coquetería. 

Era  una  habitación  pequeña,  perfectamente 
cuadrada  y  que  en  la  apariencia  no  tenía  más 
que  una  sola  puerta  por  donde  entraba  de  día 
la  luz  del  sol.  Tanto  el  techo  corno  las  pare- 
des, estaban  cubiertas  de  foulard  rosa  salpi- 
cado de  botones  dorados, y  los  muebles,  enanos 
y  anchos,  de  resortes  blandos  como  plumas, 
eran  tapizadas  de  damasco  blanco  con  flores 
de  realce  formando  caprichosos  ramos.  A  un 
costado  de  la  pieza,  se  abría  un  gran  espejo 
de  tres  cuerpos,  cuyas  hojas,  unidas  entre  sí 
por  una  clase  de  goznes  complicadísimos,  tan 
pronto  se  alzaban  ó  bajaban,  como  podían 
acercarse  ó  alejarse  a  gusto  de  la  persona 
que  los  utilizase,  la  que  de  esta  manera  po- 
día multiplicar  su  imagen  hasta  lo  infinito 
contemplándola  desde  todos  los  puntos  de 
vista. 

En  frente  y  junto  á  la  puerta  que  daba 
salida  al  corredor,  en  una  mesita  cubierta  de 
tules,  de  flores  y  de  encajes,  se  agrupaban  en 
confusión  indescriptible  una  serie  infinita  de 
objetos  pequeños,  destinados  á  embellecer  la 
persona  siempre  que  fueran  manejados  con 
la  habilidad  necesaria.  Era  toda  una  batería 
de  cisnes,  pompones,  cajas  de  polvos  blancos> 


VALMAR  93 


rosados,  dorados  y  plateados,  cajitas  imper- 
ceptibles de  marfil  cifrado,  conteniendo  po- 
madas y  filtros  misteriosos,  cepillos  liliputien- 
ses de  variados  colores,  tijeras  de  todas  las 
formas,  destinadas  a  mil  usos  complicados, 
indescriptibles;  y  después,  alfileres  de  todos 
los  tamaños  y  calidades,  horquillas  de  dibujo 
inverosímil,  redes  de  cabello  finísimo,  casi 
invisible,  y  por  fin,  como  formando  una  ba- 
rrera á  todo  este  caprichoso  conjunto,  una 
muralla  de  frascos  cargados  de  perfumes  se 
apoyaba  contra  el  espejo  encuadrado  en  un 
elegante  marco  de  rosas  artificiales  entrela- 
zadas de  yedra  y  semi  cubiertas  por  una  do- 
ble cortina  de  encajes  y  de  tul. 

Delemte  de  este  mueble  y  sentada  en  un  puf 
giratorio,  que  le  permitía  volverse  en  todas 
direcciones,  Matilde  concluía  su  peinado  grie- 
go con  vinchas  de  oro,  dejando  descubierto  el 
'cuello  fino  y  esbelto,  perfectamente  destacado 
de  los  hombros  y  al  que  imprimía  movi- 
mientos rápidos  y  graciosos  de  ave  sorpren- 
dida. 

Cuando  hubo  dado  los  últimos  toques  á 
aquella  difícil  cuanto  artística  obra,  se  hizo 
soltar  por  la  camarera  los  bigodines  que 
oprimían  las  apuntas  de  su  cabello  sobre  el 
extremo  del  moño,  y  cayeron  dos  rulos  per- 


94  V  A  L  M  A  R 


fectos  sobre  la  nuca  blanca,  de  un  aterciope- 
lado mate  que  hacía  resaltar  el  ébano  de  los 
rizos.  En  el  acto  se  levantó,  y  con  paso  arro- 
gante, balanceando  suavemente  su  cuerpo 
fino,  flexible  y  ondulado,  cuyos  delicados  con- 
tornos se  adivinaban  bajo  los  pliegues  de  su 
amplia  bata,  se  dirigió  al  gran  espejo  de  tres 
cuerpos  para  examinarse  detenidamente,  y 
satisfecha  de  su  obra,  sonrió  á  su  propia  ima- 
gen, como  el  artista  que  acaba  de  dar  vida 
á  su  ideal. 

— Suis-je  bien  comme  ca? — preguntó  diri- 
giéndose en  francés  á  las  modistas  y  á  su  ca- 
marera con  quien  generalmente  hablaba  en 
ese  idioma. 

—  Oh!  Mademoiselle  est  charmante,  ra- 
vissante...! — contestaron  casi  á  coro  la 
Vendeux  y  la  camarera;  y  como  ella  se  en- 
contrase bien  á  su  vez,  dio  por  concluido  el 
arreglo  de  su  peinado,  abriendo  una  pequeña 
puerta  disimulada  en  la  pared  que  daba 
acceso  á  un  cómodo  lavatorio  incrustado  en 
el  muro  donde  se  lavó  las  manos  antes  de 
empezar  á  vestirse. 

—  ¿La  señorita  insiste  en  quitar  todo  el  bu- 
llone  de  encajes  y  tules  de  la  manga?  —  Inte- 
rrogó en  francés  la  Vendeux,  cuando  Matilde 
se  hubo  nuevamente  presentado. 


V  A  L  M  A  R  95 


—  Sí,  madame  Vendeux;  quiero  ir  lo  más 
sencilla  posible,  —  contestó  la  joven  con  su 
hermosa  voz  de  contralto. 

—  Ah !  .  entonces  tenemos  que  apurarnos 
por  que  siempre  habrá  que  arreglar  alguna 
cosita. 

—  Siempre  los  apuros,  siempre  los  apuros ! 
—  exclamó  Matilde  empezando  á  desabro- 
charse la  bata  que  la  envolvía. 

—  Ah,  señorita,  si  Vd.  no  cambiase  tan 
tarde  de  ideas,  —  respondió  la  Vendeux  ayu- 
dándola á  desvestirse,  mientras  la  camarera 
traía  de  la  habitación  inmediata  algunas  pren- 
das que  se  le  habían  pedido. 

Por  fin,  cayó  de  sus  hombros  el  amplio  ba- 
tón  de  batista,  y  la  joven  quedó  en  enaguas, 
ceñido  el  cuerpo  por  un  corsé  de  raso  blanco 
y  desnuda  la  garganta  que  despedía  reflejos 
sonrosados,  al  ser  herida  de  lleno  por  la  luz 
de  diez  lamparillas  eléctricas  hábilmente  dis- 
tribuidas por  toda  la  habitación. 

Y  en  el  acto  empezó  la  difícil  tarea  de  ves- 
tirla. 

La  Vendeux  dirigía,  y  con  mano  experi- 
mentada, daba  los  toques  definitivos  á  los 
pliegues  de  tul  ó  de  encajes;  ajustaba  un  punto 
más  los  cordones  del  corsé,  ya  en  la  cintura, 
ya  en  el  pecho  ó  en  las  caderas,  y  cambiaba 


96  V  A  L  M  A  R 


de  sitio  una  flor  ó  una  alhaja,  atribuyendo  suma 
importancia  á  dos  líneas  de  diferencia  en  su 
orientación  ó  altura.  Josefina,  aguja  en  mano, 
daba  puntadas  con  rapidez  y  habilidad  suma 
allí  donde  se  le  indicaba,  golpeando  su  labor 
con  la  punta  de  los  dedos  sonrosados  de  sus 
pequeñas  manos  de  obrera,  alejando  luego 
la  cabeza  para  juzgar  del  efecto  artístico  que 
producía  su  obra.  Y  la  camarera,  con  una  al- 
mohadilla erizada  de  alfileres,  cargados  los 
brazos  de  encajes  y  de  cintas,  y  cubierto  el 
pecho  de  agujas  enhebradas,  iba  y  venía  al- 
canzando lo  que  era  menester. 

Más  de  una  hora  duró  la  difícil  tarea,  tiempo 
más  que  suficiente  para  que  Matilde  se  impa- 
cientara repetidas  veces.  Pero  al  fin  quedó 
plenamente  satisfecha  de  sus  ayudantes,  cuan- 
do una  vez  vestida,  pudo  contemplarse  defini- 
tivamente ante  su  espejo.  Sus  propósitos  de 
sencillez  habían  triunfado,  y  el  vestido  quedó, 
por  fin,  liso,  sin  tules  ni  encajes  de  ningún 
género,  con  ql  solo  adorno  de  dos  ramos  de 
pensamientos  morados,  uno  en  la  bata  y  otro 
en  el  delantero  de  la  pollera.  El  género  era 
de  otomana,  de  un  amarillo  brillante  con  re- 
flejos de  oro,  y  sobre  aquel  fondo  luminoso, 
se  destacaban,  sombríos,  los  pensamientos 
morados,  luciendo  sus  aterciopeladas  corolas. 


VALMAR  97 


Sobre  el  seno,  temblando  en  el  borde  del  es- 
cote, otro  pensamiento  de  esmalte  obscuro, 
ostentaba  un  brillante  valiosísimo  que  des- 
pedía reflejos  multicolores,  como  una  trans- 
parente gota  de  rocío  que  hubiese  caído  en 
el  seno  de  sus  hojas,  y  en  la  base  del  cuello, 
casi  sobre  los  hombros  amarfilados,  una 
cinta  de  terciopelo  negro  era  sujeta  por  un 
pequeño  broche  de  amatistas  y  perlas  pren- 
dido hacia  un  costado. 

—  Oh,  señorita;  parece  una  reina!  —  excla- 
mó Josefina  que  hasta  entonces  no  había 
desplegado  los  labios.  Y  Matilde  que  aún  no 
había  ñjado  su  atención  en  la  joven,  al  oir  el 
expontáneo  cumplimiento  que  le  dirigía  con 
su  voz  dulce  y  humilde,  la  miró  complacida, 
encontrándola  monísima  con  su  carita  deli- 
cada é  ingenua,  iluminada  por  sus  grandes 
ojos  de  pestañas  obscuras  bajo  los  rizos  de 
oro  que  le  caían  sobre  la  frente. 

Daban  las  doce  de  la  noche  en  un  artístico 
reloj  de  ónix  que  había  sobre  un  pequeño  eta- 
gere,  cuando  entró  la  señora  de  Mont  seguida 
de  su  hija  Isabel  y  de  Ernestina  Díaz,  que  ve- 
nían en  busca  de  Matilde  á  quien  su  padre  no 
podía  acompañar  de  ninguna  manera. 

Una  ligera  sombra  de  contrariedad  cruzó 
por  la  frente  de  Matilde  al  ver  á  Ernestina 

4 


98  VALMÁR 


con  quien  no  contaba,  fastidiándole  de  ante- 
mano tener  que  entrar  al  baile  con  tanta  es- 
colta, pero  en  el  acto  se  dominó,  acogiéndo- 
las á  todas  con  una  agradable  sonrisa. 

—  Bueno,  como  el  landeau  está  pronto  y 
somos  cuatro,  será  mejor  dividirnos  de  á  dos 
en  cada  carruaje,  así  no  nos  arrugamos  los 
vestidos,  —  dijo  Matilde  para  evitar  de  algún 
modo  la  compañía  de  Ernestina  con  quien  no 
simpatizaba. 

—  Como  quieras,  mi  hijita, — contestó  con- 
descendientemente la  señora  de  Mont.  —  Y 
así  fué  en  efecto,  apenas  terminados  ios  últi- 
mos preparativos,  las  cuatro  damas  bajaron, 
instalándose  la  señora  de  Mont,  con  Ernes- 
tina, en  su  coupé,  y  Matilde  con  Isabel,  de 
quien  era  muy  amiga,  en  el  landeau,  diri- 
giéndose hacia  lo  de  Hostwald  que  quedaba 
en  la  calle  del  Cerrito. 

Una  hora  hacía  que  Felipe  y  Rodolfo  ha- 
bían llegado  al  baile. 

Valmar,  pálido  como  un  muerto,  por  la  viva 
emoción  que  sentía,  muy  á  pesar  suyo  y  de 
sus  angustiosos  esfuerzos  por  dominarse,  es- 
taba deslumbrado.  Los  consejos  de  Felipe 
no  dejaron,  sin  embargo,  de  producir  su  efec- 
to, y  el  joven,  que  por  naturaleza  era  de  físico 
y  modales  distinguidos,  logró  desempeñarse 


VALMAR  99 


bastante  bien,  aunque  con  alguna  tiesura,  so- 
bre todo,  mientras  contuvo  su  acción  en  lo  que 
tenía  de  expontánea. 

En  el  primer  momento,  cuando  recien  tras- 
pusieron los  umbrales  de  la  puerta  y  subieron 
la  escalera,  escrupulosamente  alfombrada  y 
adornada  con  plantas  puestas  eiT  macetas  de 
mármol  rosado,  temió  tropezar  en  algún  es- 
calón ó  enredarse  el  sobretodo  entre  las  hojas 
de  los  heléchos  que  crecían  junto  á  las  baran- 
das, pareciéndole  que  llamaba  la  atención,  al 
extremo  de  que  todas  las  miradas  estuvieran 
fijas  sobre  él;  pero  una  vez  que  llegó  á  los  al- 
tos y  se  desprendió  de  su  abrigo  y  de  su  som- 
brero, el  brillante  conjunto  que  se  ofreció  á 
su  vista  lo  impresionó  de  tal  modo  que,  por 
un  momento,  parecióle  que  se  aislaba  en  me- 
dio de  la  concurrencia.  La  voz  de  su  amigo, 
advirtiéndole  que  lo  dejaba  un  instante  sólo, 
lo  hizo  volver  de  nuevo  á  la  realidad. 

Entonces,  saliendo  de  la  abstracción  en  que 
se  hallaba,  caminó  unos  pasos,  recostándose 
luego  al  marco  de  una  puerta,  y  apartando 
con  la  mano  el  espeso  cortinado,  miró  hacia 
el  interior,  examinando  cuidadosamente  has- 
ta los  menores  detalles. 

Era  el  salón  del  frente,  vasta  habitación 
cuadrilonga  con  seis  balcones  que  daban  á  la 


100  VALMAR 


calle,  cubiertos  por  cortinados  de  punto  cre- 
ma y  sobrecortinas  de  damasco  celeste  que 
se  envolvían  en  ondas  caprichosas  á  las  gale- 
rías doradas  que  las  sujetaban,  donde  un  án- 
gel, con  las  alas  desplegadas,  arrojaba  zaetas 
hacia  el  piso.  En  el  mismo  frente,  y  llenando 
los  espacios  libres  entre  los  balcones,  se  er- 
guían espejos  larguísimos  que  sobrepasaban 
las  galerías  con  sus  molduras,  también  dora- 
das, apoyando  su  base  sobre  pequeños  confi- 
dentes, divididos  por  una  columna  que  soste- 
nía un  valioso  objeto  de  arte,  ya  de  mármol 
ya  de  bronce,  bajo  €uyo  capitel  finísimo  y 
gozando  de  la  muelle  blandura  de  los  asien- 
tos, las  parejas  discurrían  cambiando  apuntes 
en  los  carnets  para  señalarse  por  orden  las 
respectivas  piezas  de  baile.  Alineados  en  el 
centro  del  salón  y  correspondiendo  á  los 
dos  grandes  estrados  de  ambas  cabeceras, 
había  tres  pufs  inmensos,  de  cuyo  seno  sur- 
gían grupos  de  mármol  que  parecían  sostener 
las  enormes  arañas  de  bronce  y  de  cristal  que 
alumbraban  el  recinto.  El  primero  de  aque- 
llos grupos  representaba  á  Hércules  hilando 
á  los  pies  de  Onfalia,  mientras  el  amor,  ju- 
gueteando entre  ellos,  reía  de  su  triunfo;  del 
lado  opuesto,  y  haciendo  pendant  con  el  pri- 
mero, otro  mármol  representaba  un  náufrago 


V  A  L  M  A  R  101 


á  punto  de  ser  absorbido  por  las  olas;  y  en  el 
centro  del  salón,  como  situado  en  lugar  prefe- 
rente, una  multitud  de  mujeres  hermosas,  car- 
gadas de  frutos  y  de  flores,  reverenciaban  á 
Apolo,  que  aceptaba  sus  dones  con  altivez 
triunfante.  Y  alrededor  de  tanto  bronce  y  de 
tanto  mármol,  reproduciéndose  hasta  lo  in- 
finito en  ios  múltiples  espejos  que  cubrían  las 
paredes,  circulaban  las  parejas  en  cons- 
tante vaivén,  envueltas  las  niñas  en  tules 
vaporosos  que  trasparentaban  sus  carnes 
virginales,  y  las  damas  jóvenes  cubiertas 
de  sedas,  deslumbrantes  de  pedrerías,  al 
aire  los  brazos  y  los  hombros  redondea- 
dos, luciendo  las  vistosas  gargantas  que 
despedían  complicadas  aromas,  perfumes 
cálidos  que  espesaban  el  ambiente  tornán- 
dolo casi  irrespirable. 

Vaimar  estaba  embelesado,  fascinado  por 
aquel  espectáculo  magnífico  donde  no  ha- 
bía más  nota  discordante  que  los  fracs  se- 
rios y  enjutos  de  los  hombres,  perdidos 
como  puntos  negros  entre  aquella  inmensa 
oleada  femenina.  Mirábalos  y  comprendía 
en  el  acto  el  gran  grupo  marmóreo  que 
se  erguía  en  el  centro  del  salón.  La  in- 
mensa minoría  de  su  sexo  lo  afirmaba  de 
nuevo  en  sus   teorías   y   comprendía   per- 


102  VALMAR 


fectamente  aquella  multitud  de  bellezas  ofre- 
ciéndose, rendidas,  con  frutos  y  perfumes, 
al  victorioso  Apolo.  Y  en  el  acto  le  da- 
ban deseos  de  penetrar  allí  dentro  para 
impregnarse  en  la  mujer,  para  respirarlas 
á  todas  al  borde  de  sus  escotes  palpitan- 
tes, para  sentir  sobre  su  brazo  varonil  las 
morbideces  adorables  de  aquellos  innúmeros 
brazos  femeninos.  Pero  su  natural  timidez 
le  impedía  moverse  y  continuaba  abarcan- 
do, gozándolo  todo  con  la  mirada.  Su 
admiración  crecía  por  momentos,  conforme 
iba  descubriendo  nuevos  detalles,  nuevos 
refinamientos  de  la  civilización  que  le  ha- 
cían reconstruir  en  su  imaginación  viva  y 
fecunda,  las  luchas  de  la  humanidad  á  tra- 
vés de  los  siglos,  para  llegar  á  alcanzar 
aquel  resultado  asombroso,  donde  él  leía 
como  en  un  libro  abierto.  A  su  vista  se 
desarrollaba,  como  en  un  panorama  vastí- 
simo, la  sucesiva  evolución  de  las  razas, 
bifurcadas  por  todos  los  ámbitos  de  la  tie- 
rra en  ramificaciones  infinitas  y  combina- 
das de  nuevo  con  rebuscada  selección  bajo 
el  cielo  purísimo  de  esta  parte  de  América. 
Tan  pronto  veía  la  distinción  británica  lle- 
vada por  una  bizarra  morena  de  pupila 
renegrida,    como    la   gracia    andaluza   con 


V  A  L  M  A  R  103 


ojos  azules  y  doradas  trenzas.  Aquí  la 
sensualidad  italiana,  allá  el  ehie  francés, 
más  acá  un  perfil  austríaco  sobre  un  cuer- 
po criollo,  y,  finalmente,  en  la  mayor  parte 
de  las  mujeres  que  examinaba,  algo  de 
inglés,  de  italiano,  de  español  y  de  francés. 
Todas  las  subdivisiones  de  las  razas  indo- 
europeas y  parte  de  las  semíticas  estaban 
allí  representadas  dignamente,  figurando 
hasta  la  belleza  antigua  con  toda  su  pu- 
reza histórica.  La  mujer  griega,  la  belle- 
za helénica  con  su  perfil  severo,  su  óvalo 
perfecto  y  sus  extremidades  finas  y  alar- 
gadas; el  tipo  romano  representando  la 
fuente  de  las  subdivisiones  neo-latinas,  con 
su  nariz  recta,  casi  unida  á  la  frente,  de 
gesto  algo  sañudo,  aspecto  dominante  y 
desdeñoso  porte;  luego  pasaba  exhuberante 
y  macizo  el  tipo  germánico  luciendo  toda 
su  lozanía  y  frescura  tan  simpática  por  la 
brillantez  del  colorido  y  por  la  plástica  de 
la  forma,  al  pincel  de  Rubens;  y,  por  fin, 
como  remate  de  aquel  desfile  de  razas, 
también  surgía  la  mujer  semita,  con  su 
rostro  moreno  y  su  ardiente  indolencia  de 
harem,  expresada  en  sus  grandes  ojos  de 
mirada  dulce  y  cejas  arqueadas,  robados 
en  los  campos  de   Judea.    Y   así   seguían 


104  VALMAR 


pasando  continuamente  todas  lindas,  toads 
frescas  y  atrayentes,  reunidas  en  una  mis- 
ma patria,  reconstruyendo  en  la  imagina- 
ción excitada  de  Rodolfo,  como  una  visión 
mágica  de  los  pasados  tiempos  y  de  las 
civilizaciones  muertas.  Y  cuando  sus  ojos, 
cansados  de  presenciar  aquel  desfile  ina- 
cabable, trasunto  fiel  de  la  obra  de  los  si- 
glos á  través  del  tiempo,  en  busca  siempre 
de  la  perfección  soñada,  se  volvían  para 
examinar  el  gran  salón  celeste  en  sus  más 
ínfimos  detalles,  quedaba  de  nuevo  deslum- 
brado  ante  el  hacinamiento  elegante  de  ob- 
jetos luxuarios,  allí  presentes  como  símbolo 
de  la  civilización  de  nuestro  siglo,  sosteni- 
da y  alentada  por  el  esfuerzo  humano  en 
su  acción  constante.  Los  ricos  espejos  de 
Nuremberg,  artísticos  y  valiosos  como  jo- 
yas, los  de  luna  veneciana,  caprichosamente 
biselada,  los  espesos  tapices  de  Bruselas, 
de  Tournay,  de  Nottingham  ó  de  Aubusson, 
los  muebles  Luis  XVI  con  su  corte  serio 
y  elegante,  recordando  el  esplendor  de  un 
régimen  para  siempre  caído;  los  mármoles 
estatuarios  que  al  ser  heridos  por  el  cincel 
de  artistas  notables,  recibieron  el  sello  per- 
durable de  su  genio;  los  bronces  de  Bar- 
bediene   con   sü   elegancia  severa,    perpe- 


V  A  L  M  A  R  105 


tuando  en  el  tiempo  la  historia  del  arte;  y 
en  las  consolas,  sobre  las  mesas,  llenando 
todos  los  huecos,  una  multitud  de  peque- 
ños objetos  de  un  valor  inestimable,  talla- 
dos en  marfil,  en  oro  ó  en  plata,  sosteniendo 
bomboneras  de  Sax,  tarjeteras  de  Cévres. 
chucherías  infinitas  de  vieux  Rouen  ó  del 
Japón,  todo,  en  fin,  lo  que  puede  agrupar 
la  fortuna  unida  al  gusto  en  nuestro  siglo, 
expuesto  ante  sus  atónitos  ojos,  lo  impre- 
sionaba hondamente,  como  el  descorrimiento 
de  un  velo  que  le  hubiese  impedido  ver 
aquel  mundo  nuevo  y  desconocido. 

Rodolfo,  en  sus  variadas  lecturas,  había 
curioseado  todas  esas  manifestaciones  anti- 
guas y  modernas  de  las  artes  decorati- 
vas, pero  atribuyendo  su  existencia  sólo  al 
viejo  continente,  tanto  que  muchas  veces 
se  había  prometido  hacer  algún  día  una 
escursión  por  aquellos  países  cuya  civili- 
zación presumía  que  aún  no  hubiésemos 
alcanzado;  pero  al  encontrarse  con  la  rea- 
lidad de  todos  aquellos  refinamientos,  per- 
manecía absorto,  como  víctima  de  un  en- 
sueño inesperado  y  radiante.  Le  parecía 
imposible  que  todo  un  mundo  hubiese  acu- 
mulado pacientemente,  á  través  del  tiempo 
y  en  medio  de  luchas  cruentas  y  asolado- 


106  V  A  L  M  A  R 


ras,  una  suma  tan  grande  de  progreso, 
para  verterla  á  los  pies  de  la  joven  Amé- 
rica; niña  mimada  que  obtenía  al  nacer,  la 
experiencia  y  la  resultante  del  trabajo  de 
los  siglos,  para  lanzarse,  apoyándose  en 
tan  sólida  base  y  dotada  de  la  frescura 
de  sus  savias,  á  la  grandiosa  conquista  de 
su  brillante  porvenir. 

—  Caramba!  creí  que  te  habías  ido! — ex- 
clamó Felipe,  cortando  repentinamente  el 
hilo  de  sus  ideas. — Hace  media  hora  que 
te  busco  inútilmente. 

—  Pues,  hombre,  yo  no  me  he  movido 
de  aquí, — contestó  su  amigo. 

—  Sí,  pero  no  es  aquí  donde  yo  te  dejé... 
Y  bien,  ¿qué  te  parece  todo  esto? 

—  ¡Ah,  magnífico,  magnífico! — exclamó 
Valmar  expandiendo  su  admiración  conte- 
nida.—Comprendo  que  estas  cosas  preocu- 
pen á  todo  el  mundo.  Es  el  conjunto  de 
todas  las  bellezas,  es  el  arte  en  todas  sus 
manifestaciones. 

■  — Así  me  gusta!  Pero  ven  por  acá,  con 
eso  te  presento  á  la  dueña  de  casa.  To- 
davía no  has  visto  nada, — dijo  Felipe,  pro- 
fundamente satisfecho. 

Y  tomando  á  su  amigo  de  un  brazo, 
atravesó  el  vestíbulo,  pasando  por  un  cor- 


VALMAR  107 


to  corredor  situado  entre  dos  pequeñas 
piezas  donde  se  habían  instalado  respecti- 
vamente el  tocador  de  las  damas  y  el  de 
los  caballeros,  y  entró  en  el  único  salón 
donde  se  bailaba. 

Valmar  se  creyó  asistiendo  á  una  ines- 
perada excena  de  magia  que  su  amigo  le 
ofrecía.  Su  admiración  por  la  sala  azul 
que  durante  up  largo  espacio  de  tiempo 
había  estado  contemplando,  le  hizo  presu- 
mir que  el  baile  estaba  circunscripto  á  aquel 
solo  local.  De  modo  que  al  encontrarse 
de  pronto  ante  la  magnificencia  de  otra 
sala  más  vasta  y  doblemente  alumbrada, 
donde  habían  sido  cuidadosamente  rebus- 
cados todos  los  efectos,  quedó  asombrado. 
Pero  en  el  acto,  comprendiendo  el  ridículo 
que  podía  acarrearle  la  manifestación  de 
sus  sentimientos,  afectó  no  sorprenderse 
de  nada,  mirando,  sin  embargo,  atentamente, 
el  hermoso  espectáculo  que  se  ofrecía  á  su 
vista. 

Era  el  gran  patio  de  la  casa  convertido 
en  salón  para  aquella  fiesta  excepcional, 
y  si  bien  el  gusto  y  la  elegancia  no  es- 
taban allí  tan  cuidadosamente  selecciona- 
dos, en  cambio  la  impresión  era  doble,  re- 
sultando de  un  efecto  deslumbrante. 


108  VALMAR 


Todo  estaba  dispuesto  para  brillar  en 
conjunto,  aunque  aisladamente  no  hubiese 
resistido  el  análisis.  El  salón  azul  era  algo 
sólido,  permanente;  en  cambio  éste  tenía 
todos  los  caracteres  de  la  improvisación 
transitoria. 

Por  lo  mismo  resultaba  más  extraordi- 
nario. Parecía  una  fantasía  voluptuosa  de 
esas  que  se  anhelan  cuando  el  espíritu 
está  en  delirio. 

Las  paredes,  totalmente  tapizadas  de  seda 
punzó,  daban  la  nota  pasional,  dominando 
el  conjunto,  y  el  techo  cubierto  de  ondas 
de  tul  vaporoso,  sostenidas  por  cordones 
dorados  y  salpicadas  de  estrellitas  de  luz, 
representaba  la  vaguedad  de  los  anhelos 
del  alma. 

Por  una  parte  la  nota  cálida,  la  sensa- 
ción apetitosa,  y  por  otra  el  llamado  dulce, 
el  goce  infinito,  las  ansias  de  lo  descono* 
cido. 

La  orquesta,  oculta  en  paraje  invisible, 
dejaba  oir  el  cadencioso  compás  de  sus 
acordes  suaves,  y  mientras  las  niñas  vapo- 
rosamente vestidas,  semejaban  en  sus  rápi- 
dos giros  que  iban  á  esfumarse  en  espi- 
rales ascendentes,  como  trozos  de  ilusión, 
los  hombres  parecían  retenerlas  oprimidas 


V  A  L  M  A  R  109 


con  sus  negros  brazos  sobre  la  alfombra 
roja  como  el  fuego  que  más  tarde  habría 
de  marchitar  sus  galas. 

En  el  medio,  una  Venus  de  mármol,  sur- 
giendo de  las  aguas,  se  estremecía  toda 
con  las  menudas  gotitas  que  le  arrojaba  una 
bizarra  turba  de  esbeltas  y  flexibles  ondinas 
que  caracoleaban  á  sus  pies;  y  repartidos  aquí 
y  allá,  llenando  todos  los  huecos  y  perfuman- 
do con  selectas  aromas  el  cálido  ambiente, 
una  profusión  inmensa  de  ramos  enormes 
y  de  plantas  exóticas  aumentaban  la  ale- 
gría con  la  viveza  de  sus  variados  colores, 

—  Sofía, — dijo  Felipe,  familiarmente,  diri- 
giéndose á  la  señora  de  Hostwald — Voy  á 
tener  el  gusto  de  presentarle  á  mi  amigo 
el  doctor  Rodolfo  Valmar,  un  excéntrico. — Y 
señalaba  á  Rodolfo,  que,  á  pesar  de  las 
recomendaciones  que  anteriormente  le  ha- 
bía hecho,  estiró  buenamente  la  mano,  des- 
orientado por  completo,  como  caído  en  un 
mundo  fantástico  cuya  existencia  no  había 
sospechado. 

Pero  Sofía  Hostwald  á  quien  Felipe  ha- 
blara más  de  una  vez  de  su  amigo,  acogió 
al  joven  hasta  con  ternura,  favorablemente 
impresionada  por  su  belleza  varonil  y  en- 
cantada por  su  turbación  que,  al  par    que 


110  VALMAR 


la  divertía,  la  interesaba,  por  revelar  cla- 
ramente su  ingenuidad  completa. 

— Ustedes  son  unos  ingratos  y  unos  preten- 
ciosos. Se  esconden  como  joyas  en  vez 
de  venir  á  nuestras  fiestas  para  animarlas 
y  hacerlas  agradables. — Dijo  la  señora  de 
Hostwald  con  su  voz  argentina,  haciendo 
un  delicioso  mohín  de  fingido  enojo. 

—  Oh,  señora! — contestó  Valmar  balbu- 
ciente y  mezándose  los  cabellos  tan  cuida- 
dosa como  inútilmente  peinados  horas  an- 
tes.— Qué  pobre  contingente  debe  ser  el 
mío! 

—  Es  demasiada  modestia;  la  ilustración 
y  el  talento  brillan  siempre  en  todas  par- 
tes.— Y  como  Rodolfo  se  atreviese  apenas 
á  contestar  cada  vez  más  confundido,  como 
•un  niño  que  ha  olvidado  su  lección,  empe- 
zó á  animarlo  dulcemente,  con  ese  secreto 
tacto  de  la  mujer  cuando  se  propone  agra- 
dar á  un  hombre. 

Breves  momentos  después  había  produ- 
cido todos  sus*  efectos  la  gracia  seductora, 
desplegada  por  ella,  y  Valmar  tierno  y  con- 
fiado, la  hacía  partícipe  de  todas  sus  im- 
presiones. Veía  á  su  lado  una  mujer  de 
boca  expresiva  y  mirada  angelical  bajo  la 
cascada  brillante   de  sus  cabellos   de  oro, 


VALMAR  111 


respiraba  el  aroma  embriagador  de  su  cuer- 
po perfumado,  y  sumergía  la  vista  en  las 
niveas  morbideces  de  su  garganta  palpi- 
tante, y  sin  embargo  en  aquel  momento 
desaparecía  de  su  mente  la  idea  del  sexo, 
para  no  pensar  más  que  en  la  amiga  dulce 
que  lo  había  alentado  acogiéndolo  cariño- 
samente. Así,  pues,  á  pesar  de  la  preven- 
ción que  tenía  hacia  aquella  esposa  que 
juzgaba  infiel  por  las  apreciaciones  de  Fe- 
lipe, la  disculpaba  con  tolerancia  extrema, 
tan  solo  porque  le  parecía  buena,  porque 
era  bella  y  porque  desde  ya  la  quería  fra- 
ternalmente: La  circunstancia  de  ser  rubia 
le  recordaba  á  cada  instante  á  Josefina,  y 
aquel  recuerdo  de  su  aurora  lo  vinculaba 
más  estrechamente,  haciéndole  pensar  al 
propio  tiempo  en  lo  bien  que  hubiese  es- 
tado su  querida,  reinando  como  Sofía  en 
aquel  salón,  por  la  fortuna  y  por  la  belleza. 
De  pronto  un  ligero  estremecimiento  re- 
corrió la  sala,  del  uno  al  otro  extremo;  las 
voces  cesaron  un  instante  y-  todos  los  ros- 
tros se  volvieron  hacia  la  puerta  del  pasillo 
que  conducía  al  tocador.  Sofía  Hostwald 
se  había  levantado  de  su  asiento  y  se  ade- 
lantaba con  paso  ligero  para  saludar  á  Ma- 
tilde Rolan  que  acababa  de    entrar   triun- 


112  V  A  L  M  A  R 


fante,  destacándose  en  el  cuadrado  de  la 
puerta  con  la  arrogancia  de  una  estatua 
griega.  Su  talle  esbelto  y  flexible  como  un 
junco,  ajustado  entre  las  sedas  de  su  ves- 
tido amarillo  con  reflejos  de  oro,  resaltaba 
con  toda  la  pureza  de  las  líneas  sobre  el 
fondo  rojo  de  las  colgaduras  del  salón. 
Una  sonrisa  de  reina  animaba  su  semblante 
hermoso,  sus  ojos  negros  despedían  fulgo- 
res extraños  que  parecían  iluminar  la  frente 
sombreada  por  sus  rizos  de  ébano,  y  bajo 
la  ligera  corva  de  su  nariz  perfecta  en- 
treabría, anhelante,  la  boca  sensual,  cuyo 
labio  inferior,  algo  caído,  parecía  un  cáliz 
donde  el  amor  había  depositado  sus  más 
exquisitos  perfumes. 

Con  la  cabeza  levantada,  algo  inclinada 
sobre  el  hombro  derecho,  y  jugando  sua- 
vemente con  un  «diminuto  abanico  de  enca- 
jes, Matilde  paseó  una  mirada  investigadora 
por  todos  los  ámbitos  del  salón,  detenién- 
dola un  instante  sobre  la  Venus  que  surgía 
de  las  aguas,  como  cambiando  un  reto  con 
aquella  diosa  de  la  forma  que  parecía  im- 
ponerse con  su  victoriosa  desnudez.  Había 
adelantado  algunos  pasos  y  como  viera  á 
Sofía  que  se  acercaba  sonriendo  y  formu- 
lando un  cariñoso  cumplido,  fué  á  su  en- 


VALMAR  113 


cuentro  extendiéndole  la  mano  con  su  gra- 
ciosa altivez  de  reina  condescendiente. 

Por  un  instante,  las  dos  mujeres  perma- 
necieron unidas,  sonriéndose  mutuamente 
bajo  las  miradas  de  casi  toda  la  concu- 
rrencia. Sofía,  pequeña,  de  formas  escul- 
turales, pero  menuda,  vaporosa,  bellísima 
bajo  su  cabellera  rubia,  vestida  con  un  traje 
verde  luz,  cubierto  de  tules  del  mismo  color 
salpicados  de  chispas  de  plata,  y  cruzado  dia- 
gonalmente  en  la  parte  delantera  por  una 
guía  de  racimos  maduros  entrelazados  con 
sus  hojas,  semejaba  a  una  bacante  brindando 
todas  las  voluptuosidades,  todas  las  em- 
briagueces terrenas;  y  Matilde,  alta,  fina,  con 
su  expresión  soberbia  y  sus  gestos  reposados, 
envuelta  aparentemente  en  una  malla  de  oro, 
con  el  brillo  sombrío  de  sus  ojos  negros  y  de 
las  aterciopeladas  corolas  de  los  pensamien- 
tos que  adornaban  su  vestido,  parecía  el  sím- 
bolo de  la  sensualidad,  la  viva  encarnación 
de  todas  las  pasiones  humanas.  Y  al  cabo 
de  un  instante,  después  de  haberse  exami- 
nado mutuamente,  á  satisfacción,  se  sepa- 
raron siempre  sonrientes,  aceptando  el  tácito 
convenio  de  dividirse  el  dominio  de  aquel 
reinado. 

En  el  acto,  y  mientras  Sofía  se  alejaba 


114  VALMAR 


del  brazo  de  Felipe,  Matilde  era  asediada 
por  un  numeroso  grupo  de  fracs  negros, 
que,  formando  á  su  alrededor  estrecho 
círculo,  se  disputaban  su  carnet  angustio- 
samente. 

Valmar,  entretanto,  después  de  haber  per- 
manecido en  éxtasis,  contemplando  á  las 
dos  mujeres  como  quien  asiste  á  la  repro- 
ducción de  un  ensueño,  se  paseaba  con 
Ernestina  Díaz,  á  quien  Felipe  lo  había 
presentado.  Y  con  ella  permaneció  por 
largo  espacio  de  tiempo,  recorriendo  todos 
los  salones,  gozando  de  aquel  lujo  elegante, 
sintiéndose  feliz  por  hallarse  en  medio  de 
aquella  esplendorosa  pompa,  mientras  su 
compañera  le  hablaba  de  Felipe,  á  quien 
acusaba  de  frío  y  desamorado.  Entonces, 
el  joven,  que  no  podía  con  su  genio,  ni 
sabía  ocultar  sus  sentimientos,  manifestó 
su  manera  de  sentir  con  su  habitual  vehe- 
mencia, en  tanto  que  Ernestina  lo  escu- 
chaba estremecida. 

Recién  á  las  dos  de  la  mañana  consiguió 
Felipe  tomar  el  brazo  de  Matilde  y  solici- 
tar su  asentimiento  para  presentarle  á  Ro- 
dolfo, consecuente  con  sus  premeditados 
proyectos  de  influir  en  el  destino  de  su 
amigo  y  maestro. 


V  A  L  M  A  R  115 


—  Mire,  Mont,  que  no  tengo  pieza  ni  in- 
termedio que  darle  á  su  amigo !  —  exclama- 
ba Matilde  mostrando  su  carnet. 

—  Se  escamotea  alguna  cosa, — contestaba 
Felipe, — y  en  último  caso,  es  tanto  mi  in- 
terés que  le  sacrificaría  mi  turno. 

—  ¿Es  tan  extraordinario  su  amigo? — pre- 
guntó la  joven  picada  por  la  impertinen- 
cia de   Felipe. 

—  Único!  casi  tan  extraordinario  como 
usted.  Con  esto  le  digo  todo. — Y  Mont  se  es- 
forzaba por  mortificar  á  la  joven  con  quien 
tenía  aún  algunas  cuentas  pendientes. 

Por  fin,  en  el  salón  de  enfrente,  sentado 
en  el  gran  puf  central,  encontraron  á  Ro- 
dolfo que,  habiéndosele  arrebatado  la  com- 
pañera, conversaba  con  Isabel  Mont  y  Sofía 
Hostwald,  rodeados  por  un  grupo  de  se- 
ñores formales. 

—  Rodolfo  Valmar. .  .Matilde  Rolan, — dijo 
Felipe  presentándolos. — Luego  dirigiéndose 
á  Rodolfo,  añadió  irónicamente:  —  Voy  á 
darte  la  mayor  prueba  de  amistad  que  se 
puede  dar  en  este  mundo.  Voy  á  cederte 
mi  turno  con  Matilde. — Y  apartándose  de 
la  joven,  cedió  el  puesto  á  su  amigo,  mien- 
tras que  Sofía  Hostwald  se  reía  pérfida- 
mente de  la  ocurrencia. 


116  VALMAR 


Valmar,  sin  comprender  el  sentido  de 
aquellos  sutiles  alfilerazos  de  salón,  cami- 
naba llevando  á  la  joven  de  su  brazo  sin 
acertar  á  decirle  una  palabra,  tal  era  su 
emoción  al  sentirse  junto  á  la  mujer  que 
había  admirado  tanto.  Y  Matilde,  que  por 
Isabel  Mont,  estaba  al  corriente  de  los  an- 
tecedentes de  Rodolfo,  esperaba  que  éste 
hablase  para  ver  el  giro  que  imprimía  á 
la  conversación.  Pero  como  á  Valmar  no 
se  le  ocurría  nada  ó  se  le  ocurría  dema- 
siado, y  la  joven  empeñada  en  sus  trece 
no  rompía  el  silencio,  recorrieron  el  salón 
y  volvieron  sobre  sus  pasos,  hasta  llegar 
de  nuevo  al  punto  de  donde  habían  parti- 
do, sin  que  ninguno  de  los  dos  manifestase 
su  pensamiento.  Entonces  Matilde,  no  pu- 
diendo  contenerse  más,  inició  la  conversa- 
ción con  el  más  atrevido  de  los  temas,  se- 
ñalando con  un  gesto  el  grupo  de  mármol 
donde  Apolo  erguía  su  hermosa  talla  reve- 
renciado por  una  multitud  de  mujeres  her- 
mosas. 

—  Qué  grupo  tan  impertinente! — dijo. 

—  ¿Por  qué? — preguntó  Rodolfo  sorpren- 
dido de  aquella  salida  repentina. 

—  Porque  es  el  mundo  al  revés,— contes- 
tó Matilde. 


V  A  L  M  A  R  117 


—  No  me  parece;  yo  encuentro,  por  el 
contrario,  que  es  un  simbolismo  muy  na- 
tural. , 

—  Pero  eso  es  horriblemente  pretencioso! 

—  No  hay  tal,  y  estoy  seguro  que  usted  ha 
de  pensar  como  yo, — dijo  Rodolfo  ya  due- 
ño de  sí  y  satisfecho  de  aquel  tema. 

—  Le  juro  que  no  comprendo, — exclamó 
Matilde  sorprendida.— Me  han  dicho  mu- 
chas cosas  extraordinarias  de  usted,  pero  le 
aseguro  que  no  lo  creía  tan  original. 

—  Es  que  no  hay  tal  originalidad.  Lo 
que  yo  afirmo  es  lógico,  simplemente.  La 
historia  de  ese  grupo  se  impone.  El  hom- 
bre es  quien  solicita  á  la  mujer,  pero  por 
abdicación  consciente  de  su  fuerza,  por 
galantería,,  para  mostrarle  el  mérito  que 
le  atribuye,  haciéndole  sentir  su  importan- 
cia y  la  grandeza  de  la  misión  que  le  está 
confiada  como  su  natural  compañera  sobre 
la  tierra;  pero  la  mujer,  interpretando  mal 
esta  actitud,  se  cree  de  una  superioridad 
aplastadora;  piensa  que  todo  se  le  debe  en 
absoluto,  y  entonces,  los  hombres  de  mé- 
rito, los  que  verdaderamente  valen,  le  hu- 
yen, abandonándosela  á  los  necios  que,  no 
sabiendo  comprenderla,  la  rebajan  en  su 
dignidad,  desconociendo  su   grandiosa   mi- 


118  V  A  L  M  A  R 


sión.  Esto  acaba  por  aburrirla  y  ahuyen- 
tarla, al  extremo  de  que  se  ve  obligada  á 
correr  sumisa,  brindando  el  fruto  de  su 
amor  impregnado  de  perfumes,  á  los  que 
tienen  suficiente  corazón  para  amarla  so- 
bre todas  las  cosas. 

Matilde  lo  había  escuchado  sorprendida 
al  principio;  pero  interesándose  poco  á  poco 
á  medida  que  el  joven  hablaba,  concluyó 
por  oírlo  con  verdadero  placer,  seducida 
por  la  vehemencia  que  imprimía  a  sus 
palabras  y  por  el  apasionamiento  sincero 
que  ellas  revelaban  con  respecto  á  la  mujer. 

—  ¿  Quiere  decir,  entonces,  que,  lo  que 
nosotras  buscamos  y  ante  quien  nos  ren- 
dimos á  discreción,  es  ante  el  hombre  ex- 
cepcional que  sabe  sentir  y  comprender- 
nos?— Interrogó  la  joven  examinando  á  su 
compañero  con  mirada  excrutadora, 

—  No,  no  es  al  hombre  excepcional,  es 
al  hombre  simplemente,  pero  al  hombre  en 
toda  su  omnipotencia,  no  á  las  deformida- 
des contrahechas  que  generalmente  se  ofre- 
cen en  las  sociedades  modernas. — Y  al  ha- 
blar de  esta  suerte,  Valmar  hacía  un  gesto 
corno  abarcando  el  salón  entero,  mientras 
que  un  joven  pequeñito  y  flacucho,  de  es- 
caso pelo  y  fisonomía  cansada,  pero  irre- 


VALMAR  119 


prochablemente  vestido,  les  interceptaba  el 
paso  en  apostura  que  pretendía  ser  ga- 
lante. 

—  Matilde,  es  mi  pieza!- dijo  con  voz  me- 
losa y  aflautada,  enseñando  su  carnet. 

Rodolfo,  sorprendido  por  aquella  inespe- 
rada interrupción,  no  pudo  contener  una 
exclamación  de  disgusto,  aunque  preparán- 
dose á  ceder  el  puesto. 

—  ¡  Caramba !  Cuando  recién  empezába- 
mos á  conversar !  — exclamó  con  brusca 
espontaneidad,  y  sin  fijarse  en  la  extrañeza 
con   que  lo  miraba  el  joven  irreprochable, 

Pero  Matilde  ya  había  tomado  una  reso- 
lución, encantada  por  la  ingenua  sinceridad 
de  Valmar,  y  oprimiéndole  el  brazo  signi- 
ficativamente, exclamó  con  su  voz  sonora: 

—  ¡  Cuánto  lo  siento,  Paquito  !  pero  acabo 
de  cederle  la  mesa  al  señor.  —  Y  pasando 
de  largo,  con  una  profunda  reverencia,  de- 
jaron plantado  al  joven  irreprochable,  mien- 
tras se  dirigían  á  la  mesa,  conversando  del 
grupo  de  mujeres  rendidas  á  los  pies  del 
Apolo  triunfante. 

Entre  tanto,  y  mientras  Rodolfo  discurría 
con  Matilde,  Felipe  andaba  dado  á  los  dia- 
blos pareciéndole  que  todas  las  mujeres  se 
habían  confabulado  para  no  hacerle  caso 


120  VALMAR 


hablándole  tan  solo  de  su  amigo.  En  efec- 
to; su  novia  lo  había  abrumado  por  espacio 
de  media  hora  afeándole  sus  procederes,  y 
luego,  como  remate  de  sus  impertinencias, 
le  había  puesto  como  ejemplo  vivo  y  pal- 
pable el  apasionamiento  de  Valmar,  que 
era  todo  ternura  y  sentimiento,  y  que  jamás 
sería  capaz  de  proceder  con  una  niña  de 
aquella  manera.  Poco  después,  cuando  pu- 
do deshacerse  de  Ernestina,  solicitada  por 
otro  compañero,  y  dirigirse  á  la  dueña  de 
casa  para  invitarla  á  bailar  unas  cuadrillas, 
ésta,  fuera  por  mortificarlo,  ó  porque  en 
realidad  lo  sintiera,  es  el  caso  que  no  le 
habló  más  que  de  Rodolfo,  ponderando  su 
fisonomía  expresiva,  su  natural  distinción 
y  su  físico  hermoso  y  atrayente. 

—Debe  ser  un  hombre  muy  vehemente! — 
exclamó  Sofía  con  el  mayor  interés. 

—  Vehementísimo!  —  contestó  Felipe  car- 
gado. Y  viendo  entrar  á  su  amigo  en  el 
comedor  del  brazo  de  Matilde,  añadió:  — 
Tan  vehemente  que  mírelo  cómo  interesa 
á  Matilde,  que  no  es  muy  fácil  de  contentar 
que  digamos. 

—  Ba !  Eso  no  sería  una  prueba,  —  contes- 
tó la  señora  de  Hostwald  contrariada. — A 
una  niña  se  le  interesa  de  cualquier  modo. 


V  A  L  M  A  R  121 


—  No !  Es  que  Matilde  es  toda  una  mujer, 
y  de  las  más  complicadas  que  he  conocido! 
—  exclamó  Felipe. 

—  Parece  que  hablamos  doloridos  ¿eh? — ■ 
dijo  Sofía  Hostwald  sonriendo  maliciosamen- 
te. 

—  Pero,  no,  Sofía!  Siempre  está  usted  con 
esas:  ya  le  he  dicho  que  yo  no  tengo  más 
pensamiento  que  para  usted,  ¡  única  y  ex- 
clusivamente para  usted!  — respondió  Feli- 
pe con  apasionado  acento,  oprimiendo  fuer- 
temente su  mórbido  brazo. 

Pero  la  señora  de  Hostwald,  que  gene- 
ralmente aceptaba  los  galanteos  de  Felipe 
y  aun  los  alentaba,  se  puso  repentinamente 
seria,  y  con  acento  un  poco  contrariado  le 
dijo: 

—  Mire,  Mont,  es  la  segunda  vez;  durante 
esta  noche  que  le  pido  que  no  me  hable 

así Espero  que  no  tenga  que  pedírselo 

una  tercera. 

Entonces  Felipe  no  tuvo  más  remedio 
que  guardar  silencio,  mientras  pensaba  pa- 
ra sus  adentros  que  decididamente  su  ami- 
go Valmar  lo  había  desbancado  por  com- 
pleto. Pero  donde  la  medida  acabó  de 
colmarse,  fué  después  que  dejó  á  Sofía  Hos- 
twald y  se  encontró  con  su  hermana  Isabel 


122  VALMAR 


que  lo  llamaba  para  decirle  admirada: — 
¡  Qoé  mono  es  tu  amigo,  che ! —  ¡  Vete  al 
infierno !  —  le  había  contestado  groseramen- 
te. Y  en  la  imposibilidad  de  que  nada  le 
saliese  bien,  se  fué  en  busca  de  su  novia 
para  invitarla  á  cenar,  lo  que  verificaron 
con  el  mejor  de  los  apetitos. 

Dos  horas  más  tarde,  cuando  ya  empe- 
zaba á  nacer  el  día,  los  dos  amigos  salían 
de  la  fiesta,  donde  aún  continuaban  bailan- 
do un  interminable  cotillón,  sinnúmero  do 
parejas. 

—  ¡No  te  podrás  quejar!  —  exclamó  Feli- 
pe alegremente  mientras  se  desnudaban  para 
acostarse.  —  Me  has  quitado  la  novia,  has 
flechado  á  mi  hermana  que  está  á  punto 
de  romper  su  proyectado  casamiento  y,  por 
fin,  has  destruido  todas  mis  esperanzas  con 
Sofía  Hostwald. 

—  ¡Ah!  en  cuanto  á  eso,  me  alegraría 
que  así  fuese,  —  dijo  Rodolfo.  —  Por  lo  de- 
más, puedes  dejarte  de  historias. 

—  No,  formal,  las  has  flechado  a  todas; 
te  garanto  que  á  la  de  Hostwald  no  tienes 
más  que  llegar  y  descolgarla  del  árbol:  es 
una  fruta  madura. 

—  Lo  que  es  por  mí,  bien  puede  secarse 
si  no  hay  otro  que  la  descuelgue, — contestó 


V  A  L  M  A  R  123 


Valmar  muy  seriamente,  ya  estirado  sobre 
la  cama  que  su  amigo  le  hiciera  improvi- 
sar.— Ya  sabes  que  respeto  profundamente 
á  las  mujeres  casadas. 

—  ¡Hum. . !  —  gruñó  Felipe  metiéndose  en- 
tre sábanas, —  me  parece  que  ahí  entra  pa- 
ra algo  Matildita! 

—  Sin  duda.  Ella  y  la  otra  y  las  mil  mu- 
jeres libres  que  andan  por  el  mundo.. pero 
aunque  así  no  fuese,  obraría  del  mismo 
modo. 

—  Y  bien,  ¿qué  efecto  te  ha  producido 
Matilde  ?  —  preguntó  Mont  interesadísimo, 
pero  aparentando  no  darle  importancia  á  la 
cosa, 

—  No  lo  sé,  —  contestó  Valmar  perplejo, 
—  solo  puedo  decirte  que  todavía  estoy  des- 
lumhrado. . .  ¡  Qué  mujer  ! 

Y  como  Felipe,  satisfecho  del  éxito  de 
su  empresa  con  relación  á  Rodolfo,  apaga- 
se la  vela  con  intención  de  dormir  algunas 
horas,  éste  con  la  imaginación  demasiado 
excitada  para  conciliar  el  sueño,  seguía  con 
la  vista  los  primeros  rayos  de  luz  que  en- 
traban por  las  rendijas  de  la  ventana, 
mientras  con  la  imaginación  reconstruía 
las  excenas  de  la  noche. 


CAPITULO  V 


Al  día  siguiente  del  espléndido  baile  ofre- 
cido por  la  señora  de  Hostwald,  en  festejo  del 
cumpleaños  de  su  marido,  Matilde  Rolan  se 
levantó  recién  á  las  tres  de  la  tarde,  bajando 
en  el  acto  de  dejar  la  cama  al  jardín  que 
ocupaba  el  patio  principal,  cubierto  en  aque- 
lla hora  por  un  gran  toldo  de  lona  que,  al  par 
de  procurar  una  agradable  sombra,  lo  con- 
vertía en  el  sitio  más  fresco  de  la  .casa  por 
aquel  hermoso  cuanto  ardiente  día  de  Enero. 

La  joven,  negligentemente  vestida  con  un 
matine  de  batista  adornado  con  encajes,  sen- 
tóse en  una  mecedora  de  mimbre  que  había 
junto  á  una  mesa,  y  después  de  comer  con 
muestras  de  buen  apetito  algunos  fiambres 
que  trajo  un  criado,  por  su  orden,  empezó  á 


VALMAR  125 


hamacarse  nuevamente,  con  las  piernas  cru- 
zadas, los  brazos  caídos  sobre  las  faldas,  y  la 
mirada  perdida  en  el  vacío,  como  siguiendo 
la  visión  de  un  mundo  impalpable  poblado  de 
fantasmas  que  solo  adquirían  formas  en  su 
imaginación  ardiente. 

El  criado,  casi  en  puntillas  de  pié,  había  le- 
vantado los  platos  y  el  servicio,  dejando  en  su 
lugar  una  taza  finísima  llena  de  café  hu- 
meante que  despedía  una  exquisita  aroma; 
pero  Matilde,  completamente  distraída,  no  lo 
había  reparado,  y  el  sirviente  se  permitió  ob- 
servarle que  se  iba  á  enfriar. 

—  Ah ! . . . .  Es  verdad !  —  exclamó  la  joven. 
Y  volviéndose  para  tomar  la  taza,  añadió: — 
Mira,  Pedro,  vete  al  escritorio  del  patrón  y 
tráeme  los  diarios  de  hoy Los  de  la  ma- 
ñana y  de  la  tarde,  —  agregó  levantando  la 
voz,  cuando  ya  Pedro  franqueaba  la  puerta 
que  conducía  á  la  escalera.  Y  á  la  espera 
de  los^  diarios,  empezó  á  beber  poco  á  poco,  el 
café  queJe  hablan  servido. 

Cuando  tomaba  el  último  sorbo,  llegaba 
el  sirviente  con  los  diarios,  y  la  joven  se  puso 
á  revisarlos  cuidadosamente,  buscando  las 
crónicas  de  la  fiesta. 

Estaba  entretenida  en  esa  tarea,  cuando 
apareció,  apoyándose  en  su  grueso  bastón  de 


126  VALMAR 


ébano,  la  tía  Anita,  centenaria  rugosa,  pero 
fuerte,  que  había  criado  á  Matilde  desde  la 
tierna  edad  de  dos  años,  cuando  apenas  em- 
pezaba á  dar  pasitos  por  la  alcoba  de  su 
madre  moribunda. 

—  ¿Cómo  estás  hijita?  ¿Ya  descansaste  de 
los  bochinches  de  anoche?  —  preguntó  la  vie- 
jecita  con  su  voz  cascada  y  temblorosa,  dete- 
niéndose frente  á  la  joven. 

—  ¡Bochinches,  tía  Anita! ¡Qué  palabra 

tan  fea!  ¡Cómo  me  extraña  que  una  señora  de 
su  clase  diga  cosas  semejantes!  —  exclamó 
Matilde,  cómicamente,  sin  interrumpir  su 
tarea. 

—  Sí,  bochinches  y  bochinches!  —  continuó 
rezongando  la  tía  Anita.  —  En  mi  tiempo  si 
se  hubiese  hablado  de  bailar  hasta  el  día, 
se  hubiesen  hecho  cruces  las  personas  ho- 
nestas y  sensatas ¡Bailar  hasta  el  día!. . . 

¡Háse  visto  una  perversión  mayor!  ¡Hombres 
y  mujeres  juntos  toda  la  noche!  ¡Qué  barbari- 
dad!  En  mi  tiempo,  á  las  doce  se  acababa 

todo,  y  eso  cuando  era  una  gran  fiesta.. 
jQué  cosas  se  ven  en  este  mundo! 

—  Mire,  tía  Anita,  siéntese  ahí,  y  oiga  las 
descripciones  del  baile  que  traen  los  diarios; 
verá  que  cosas  tan  lindas;  —  dijo  Matilde  sin 
prestar  atención  á  las  razones  de  su  tía,  y 


V  A  L  M  A  R  127 


señalándole  un  sofacito  rústico  que  se  apo- 
yaba en  el  tronco  de  una  palmera  enana,  del 
otro  lado  de  la  mesa. 

—  ¡  Eso  más ! . , .  —  exclamó  agriada  la  an- 
ciana señora  —  ¡  Ni  siquiera  me  ofreces  el 
sillón ! 

—  ¡ Ah!  es  verdad!  Me  había  olvidado  de  su 
afición  á  los  sillones  de  hamaca. — Y  Matilde, 
muy  contrariada  de  tener  que  abandonar  la 
cómoda  posición  que  había  adoptado,  se  le- 
vantó para  cederle  el  asiento  a  su  tía,  yendo 
á  ocupar  el  sofá. 

Una  vez  instalada  allí,  y  con  los  diarios 
amontonados  á  su  lado,  empezó  á  leer  las 
crónicas  de  la  fiesta  con  voz  pausada,  mien- 
tras la  tía  Anita,  después  de  sorber  varias  na- 
rigadas de  rapé,  se  dejaba  invadir  por  una 
dulce  somnolencia. 

Las  crónicas  decían  casi  todas  la  misma 
cosa,  como  si  los  diarios  se  las  hubiesen  co- 
piado los  unos  á  los  otros.  Una  fiesta  brillan- 
te, una  animación  estupenda,  un  lujo  des- 
comunal, una  mesa  extraordinaria,  Rovera  y 
Gharpentier  se  habían  excedido,  y  después, 
la  lista  de  los  concurrentes:  Fulanita  de  rosa, 
Menganita  de  blanco,  Zutaniía  de  celeste;  la 
de  A,  una  amapola,  la  de  B.  una  ilusión 
y  la  de  C.  una  reina;  en  fin,  palabras  y  cum- 


128  VALMAR 


piídos  de  cliché;  pero  donde  se  podía  ver  la 
nota  original  y  saliente,  era  en  los  párrafos 
donde  se  ocupaban  de  Matilde  y  de  Sofía. 
Qué  describir  sus  portentosas  bellezas,  la 
elegancia  de  sus  trajes,  la  distinción  de  su 
porte  y  de  sus  maneras.  Se  habían  agotado  los 
adjetivos,  y  la  mitología  y  la  historia  paga- 
ban su  tributo  para  ofrecer  símiles  acepta- 
bles que  diesen  idea  exacta  de  la  impresión 
que  producían  aquellas  dos  criaturas.  Y  Ma- 
tilde, convencida  de  que  su  tía  dormía  profun- 
damente, seguía,  sin  embargo,  leyendo  en 
voz  alta,  para  darse  el  gusto  de  oir  todos 
aquellos  elogios  dirigidos  á  su  persona.  El 
unánime  reconocimiento  de  su  belleza  que  la 
hacía  reinar  como  soberana  cada  vez  que 
se  presentaba  en  público,  era  uno  de  los  ma- 
yores halagos  de  su  vida,  tal  vez  la  causa 
única  que  la  impulsaba  á  asistir  á  aquel  gé- 
nero de  fiestas. 

En  efecto:  al  concluir  todas  aquellas  lectu- 
ras, que  por  un  momento  animaron  su  sem- 
blante, dibujando  en  él  una  sonrisa  de  triunfo, 
volvió  á  sumergir  la  mirada  en  el  vacío,  per- 
siguiendo con  la  imaginación  algo  muy  sutil 
que  parecía  escapársele  á  pesar  suyo,  y  que, 
sin  embargo,  era  la  verdadera  razón  de  sus 
afanes  por  ser  muy  bella.  Y  como  le  fuese 


VALMAR  129 


imposible  fijar  aquella  forma  fugaz,  tormento 
de  su  mente  inquieta,  comprendió  que  lo  que 
no  podía  alcanzar  en  aquel  momento,  no  lo 
alcanzaría  nunca,  que  jamás  obtendría  lo  que 
no  había  obtenido  ya,  lo  que  constituía  una 
laguna  inmensa  en  el  florido  campo  de  su 
vida.  Entonces,  cediendo  al  deseo  de  cono- 
cer las  secretas  causas  de  aquel  misterio, 
se  refugió  en  el  pasado,  reconstruyendo  su 
existencia  día  por  día. 

En  frente  de  ella,  la  tía  Anita  dormida  pro- 
fundamente, con  el  grueso  bastón  de  ébano 
caído  á  sus  pies  y  un  enorme  gato  blanco 
acurrucado  sobre  las  faldas,  le  recordaba  los 
primeros  días  de  su  niñez,  cuando  aún  existía 
la  vieja  casa  solariega  y  ella  jugueteaba  por 
el  jardín  ó  por  los  grandes  patios  con  las 
amiguitas  del  barrio,  burlándose  de  aquella 
anciana  cancerbera  que  no  podía  seguir  sus 
^locadas  correrías.  La  recordaba,  más  tarde, 
algunos  años  después,  antes  de  que  la  man- 
daran al  convento,  mascullando  oraciones  á 
los  pies  de  su  camita,  ó  contándole  cuentos 
extraordinarios  que  la  aterrorizaban  poblan- 
do de  visiones  extrañas  su  agitado  sueño. 
Veía  á  su  padre,  joven,  de  elevada  talla, 
siempre  vestido  de  negro  y  acompañado  por 
numerosos  amigos,  que  á  lo  sumo  una  vez  al 

5 


130  VALMAR 


día  la  tomaba  en  brazos  para  acariciarla 
rápidamente,  como  cumpliendo  con  un  de- 
ber imprescindible.  Después,  el  día  que  cum- 
plió siete  años,  la  tía  Manuela,  la  parienta 
más  cercana  que  tenía,  y  que  parecía  intere- 
sarse mucho  por  su  educación,  se  la  había 
llevado  en  un  carruaje  al  convento  de  las  Sa- 
lesas,  dejándola  allí  confiada  con  mil  reco- 
mendaciones á  la  madre  superiora.  Los  pri- 
meros tiempos,  aquella  absoluta  privación  de 
su  libertad  la  fastidió  muchísimo,  pero  pron- 
to se  hizo  de  muchas  amiguitas  y  empezó  á  to- 
marle gusto  al  estudio,  sobresaliendo  en  la 
clase  de  las  menores  por  su  contracción  é  in- 
teligencia, Su  padre  la  visitaba  una  vez  por 
mes,  llevándole  siempre  muchos  regalos,  y  la 
tía  Manuela,  )&  más  de  ir  á  verla  todos  los 
jueves  y  domingos  en  compañía  de  otras  pa- 
rientas,  era  la  que  se  hacía  cargo  de  ella  los 
días  de  salida,  llevándola  á  pasear  en  coche 
por  los  alrededores  de  la  ciudad.  Un  buen 
día  su  padre  se  había  despedido  de  ella  em- 
barcándose para  Europa  en  viaje  de  recreo,  y 
desde  entonces  no  vio  más  que  á  la  tía  Ma- 
nuela y  á  la  tía  Anita  que  habitaba  con  esta 
última,  por  estarse  demoliendo  la  vieja  casa 
rodeada  de  jardín  de  la  calle  Convención. 
Así  había  pasado  su  niñez  y  se  había  em- 


VALMAR  131 


pezado  á  formar  precozmente,  llegando  á  ser 
una  hermosísima  mujer  á  los  dieciseis  años. 
Sus  estudios  en  el  convento  habían  concluido, 
y  como  la  tía  Manuela  no  tenía  orden  de  sa- 
carla de  la  pensión,  hacía  las  veces  de  ayu- 
dante en  la  clase  de  las  menores. 

Por  entonces  empezaron  á  entrarle  furio- 
sos deseos  de  salir  de  aquel  encierro,  donde 
solían  llegarle  los  ecos  vibrantes  de  los 
amores  de  sus  amigas,  todas  ellas  ya  mujeres 
y  en  estado  de  casarse. 

Fué,  pues,  con  inmensa  satisfacción  que  re- 
cibió una  carta  de  su  padre  anunciándole  su 
inmediata  vuelta. 

En  efecto:  dos  meses  después,  abandonaba 
con  placer  aquel  convento  donde  había  pasa- 
do sucesivamente  muchas  tristezas  y  alegrías, 
y  se  instalaba  con  su  padre  y  latía  Anita  en  una 
casa  de  la  calle  Sarandí,  mientras  se  edificaba 
el  palacete  de  la  calle  Convención,  para  cuyo 
alhajamiento  el  Doctor  Rolan  había  traído  ma- 
ravillas de  la  vieja  Europa.  Pero  la  novedad  de 
aquella  vida  que  inauguraba  fué  encanto  pa- 
sagero  que  apenas  duró  algunos  meses,  cayen- 
do la  joven  en  una  profunda  crisis  de  tristeza. 
Nada  la  distraía,  todo  le  parecía  monótono  é 
insustancial,  echando  de  menos,  al  lado  de  su 
padre,  el  cariño  frío  de  aquellas  monjas  que 


132  VALMAR 


la  educaron.  Matilde  recordaba  cómo  se  ha- 
bían desvanecido  una  á  una  las  esperanzas 
que  concibiera  en  el  convento  y  la  decepción 
amarga  que  su  nueva  vida  le  había  produ- 
cido. Recordaba  que  entonces,  su  padre  le 
había  tomado  maestros  de  todo  género  para 
perfeccionar  su  educación,  y  que  en  la  ne- 
cesidad de  expandir  sus  sentimientos  apasio- 
nados, empezó  á  dedicarse  con  extraordina- 
rio entusiasmo  á  la  pintura  y  al  canto,  donde 
encontraba  espacio  suficiente  para  dar  liber- 
tad á  su  ardiente  fantasía. 

La  muerte  repentina  de  su  tía  Manuela,  acae- 
cida pocos  meses  después  de  su  salida  del 
convento,  por  la  doble  razón  de  enlutar  su 
hogar  y  arrebatarle  toda  compañía,  la  priva- 
ron de  salir  en  absoluto,  no  disfrutando  desde 
entonces,  otro  aire  libre  que  el  que  corría  por 
su  balcón.  Así  se  había  pasado  un  año,  com- 
partiendo su  tiempo  entre  sus  maestros,  las 
novelas  de  Feuillet,  que  era  su  autor  favorito, 
y  los  extraños  consejos  de  la  tía  Anita  que  le 
pintaba  el  mundo  como  un  horrible  antro  po- 
blado de  miseria,  donde  era  necesario  temerlo 
todo,  hasta  lo  que  parecía  más  dulce  y  atra- 
yente  recubierto  por  las  apariencias  engaño- 
sas de  la  vida.  Sobre  todo,  contra  quien  se 
desfogaba  la  vieja  señora  era  contra  los  hom- 


VALMAR  133 


bres,  que,  según  ella,  eran  todos  una  cáfila  de 
malvados  incapaces  del  bien,  que  vivían  sin 
afectos,  siempre  defendidos  contra  cualquier 
buen  impulso,  por  la  espesa  coraza  del  más 
atroz  de  los  egoísmos. 

Por  fin,  la  conclusión  del  nuevo  palacete 
que  había  reemplazado  á  la  vieja  casa  so- 
lariega poblada  de  recuerdos,  vino  á  cambiar 
por  completo  el  curso  de  su  existencia.  El 
Doctor  Rolan  había  distribuido  de  tal  mane- 
ra la  nueva  casa,  consultando  sus  gustos  in- 
dependientes de  hombre  joven  aún,  pues 
apenas  contaba  cuarenta  y  cinco  años,  que 
Matilde,  en  cuanto  se  hubieron  mudado,  que- 
dó dueña  absoluta  de  la  mayor  parte  de  su 
morada,  y  gozando  de  una  libertad  completa 
en  el  manejo  de  su  persona. 

Por  esta  fecha  su  padre  quiso  presentarla 
é  inaugurar  su  palacete  con  un  gran  baile,  y 
con  ese  motivo  la  joven  se  había  relacionado 
con  todo  lo  más  selecto  de  la  sociedad  Mon- 
tevideana  que  acudió  presurosa  á  rendir  el 
merecido  tributo  á  su  inteligencia,  á  su  fortu- 
na y  á  su  belleza.  Desde  entonces  su  vida  ha- 
bía sido  una  especie  de  desenfreno,  una  gira 
constante  por  los  salones,  paseos  y  teatros 
tanto  de  Montevideo  como  de  Buenos  Aires, 
á  donde  había  ido  varias  veces  con  la  familia 


131  VÁLMAR 


de  Mont,  que  era  donde  tenía  sus  amistades 
favoritas  por  ser  Isabel  su  más  antigua  com- 
pañera de  convento. 

Matilde  había  permanecido  inmóvil  mien- 
tras seguía  con  la  imaginación  las  distintas 
faces  de  su  existencia,  saltando  de  un  hecho  á 
otro  con  la  rapidez  nerviosa  de  su  activo  pen- 
samiento. Pero  en  todas  las  situaciones  de  su 
vida,  que  progresivamente  iba  recordando, 
tanto  en  los  momentos  de  su  fría  niñez  desti- 
tuida de  afectos  y  cruzada  en  compañía  de 
aquella  vieja  extraordinaria  que  odiaba  todo 
lo  existente,  como  en  medio  de  sus  mayores 
triunfos  de  mujer  mimada  en  el  seno  de  socie- 
dades elegantes,  sentía  un  vacío  profundo,  un 
hielo  interno  que  paralizaba  las  palpitacio- 
nes de  su  corazón  ardiente,  perfectamente 
preparado  para  todas  las  formas  del  amor 
humano,  y  que,  sin  embargo,  un  destino  im- 
placable condenaba  al  más  cruel  de  los  si- 
lencios. 

Amar  y  ser  amada,  era  el  grito  interno  que 
sentía,  era  la  voz  constante  que  como  un  eco 
triste  salía  del  fondo  de  su  alma,  conmovién- 
dola hasta  las  lágrimas,  en  sus  horas  de  cri- 
sis, cuando  su  naturaleza,  cansada  de  tan 
cruel  espectativa,  se  dejaba  vencer  llena  de 


V  A  L  M  A  R  135 


ansiedades,  cayendo  como  aplastada  por  una 
tristeza  infinita. 

Muchos  eran  los  hombres  que  en  el  espacio 
de  seis  años  habían  llamado  empeñosamente 
á  las  puertas  de  su  corazón,  pero  hasta  el  pre- 
sente ninguno  había  sabido  herirlo  en  lugar 
oportuno  para  hacer  vibrar  con  éxito  sus  ex- 
quisitas fibras.  Matilde  había  tentado  más  de 
una  vez  fortuna,  deseosa  de  procurarse  el  pla- 
cer de  amar,  é  impulsada  por  su  padre  que  te- 
nía grandes  deseos  de  deshacerse  de  ella  pa- 
ra volver  á  Europa,  su  residencia  favorita; 
pero  la  joven  solo  había  conseguido  espesar 
la  capa  de  hielo  que  como  una  lápida  pesaba 
sobre  el  delicado  á  la  vez  que  exhuberante 
tesoro  de  sus  afectos.  Cada  pretendiente  era 
un  -nuevo  desengaño,  y  la  idea  de  que  su  for- 
tuna era  la  causa  principal  de  atracción, 
sobre  todas  sus  cualidades,  se  había  ido  apo- 
derando de  ella  insensiblemente  hasta  do- 
minarla por  completo.  Contribuían  podero- 
samente á  este  resultado,  las  opiniones  cons- 
tantemente reiteradas  de  la  tia  Anita  y  de  su 
padre.  La  primera,  instándola  á  que  renun- 
ciase al  matrimonio  donde  no  encontraría  más 
que  sinsabores;  y  el  segundo,  diciéndole  que  lo 
que  tenía  que  pensar  principalmente  era  en  un 
marido  juicioso  que  no  fuese  á  malbaratar  su 


136  VALMAR 


fortuna.  Este  último  consejo  era  el  que  más  la 
desesperaba,  pues  su  razón  no  alcanzaba  á 
comprender  las  ventajas  de  pagarse  un  buen 
administrador  al  inusitado  precio  de  su 
cuerpo. 

Obedeciendo,  pues,  al  poderoso  influjo  de 
tan  extrañas  ideas,  la  resolución  de  la  joven 
había  sido  cruzar  la  vida  sin  dar  expansión  al 
mundo  de  tiernísimos  afectos  que  dormían  en 
su  alma  virgen,  por  temor  de  verlos  desapa- 
recer tristemente,  perdiendo  hasta  el  consuelo 
de  las  lágrimas  en  sus  frecuentes  horas  de 
duda,  cuando  su  dedicación  al  arte  ó  su  refu- 
gio en  la  religión,  no  eran  bastantes  poderosos 
para  calmar  sus  legítimos  anhelos  de  mujer 
sedienta  de  amor  y  de  vida. 

Aquella  tarde,  sin  embargo,  Matilde  se  sen- 
tía invadida  por  una  rara  sensación  de  bien- 
estar, y  á  pesar  del  largo  viaje  que  acababa 
de  hacer  por  el  mundo  de  los  recuerdos,  bus- 
cando en  toda  su  existencia  algún  dominio 
afectivo  que  la  hubiese  interesado,  su  corazón, 
que  de  ordinario  volvía  abatido  después  de 
este  género  de  excursiones,  palpitaba  gozoso 
como  en  sus  horas  de  mayor  alegría. 

La  lectura  misma  de  las  crónicas  que 
tantas  veces  la  habían  nombrado  para  ala- 
barla   sin   conseguir   otra    cosa    que    sa- 


V  A  L  M  A  R  137 


tisfacer  su  vanidad,  aquel  día  la  impresiona- 
ron hondamente,  como  en  sus  primeras  apa- 
riciones, haciéndola  experimentar  una  sensa- 
ción de  goce  inmenso,  la  noticia  reiterada  y 
mil  veces  repetida  del  triunfo  de  su  belleza. 

Tan  alegre  se  sintió  de  pronto  al  compren- 
der su  alegría,  por  una  causa  tan  nimia  que, 
levantándose  en  puntillas  de  pié,  se  colocó  de- 
trás del  sillón  de  mimbre  que  ocupaba  la  tia 
Anita  y  formando  un  rollo  aguzado  con  su 
pañuelo,  le  hizo  cosquillas  en  la  oreja,  agaza- 
pándose luego  bajo  la  mesa  para  ocultarse. 
La  vieja  señora  despertó  sobresaltada  y  em- 
prendiéndola furiosa  con  el  gato  blanco  que 
había  hecho  nido  sobre  sus  faldas,  lo  corrió 
tastabillando,  con  su  grueso  bastón  enarbo- 
lado,  mientras  Matilde,  con  el  pelo  desali- 
ñado y  la  cara  encendida  escapó  corrien- 
do como  una  niña  hacia  la  pequeña  escalera 
interior  que  comunicaba  con  sus  habita- 
ciones. 

Una  hora  más  tarde  entre  la  doble  hilera 
de  columnas  finamente  esculpidas  que  ador- 
naban el  peristilo,  piafaba  un  hermoso  tordi- 
llo enganchado  á  un  pequeño  milord,  salido 
de  los  talleres  de  Binder,  que,  con  su  respec- 
tivo cochero  en  el  pescante,  escrupulosamente 
vestido  de  negro  con  finísimos  vivos  amari- 


138  V  A  L  M  A  R 


líos,  esperaba  á  Matilde  que  hacía  un  mo- 
mento así  lo  había  dispuesto. 

No  tardó  ésta  en  bajar.  Breves  momentos 
después  destacábase  su  elegante  silueta  so- 
bre la  rica  alfombra  punzó,  flanqueada  de 
guardas  griegas,  que  cubría  los  suaves  pel- 
daños de  la  amplia  escalera  de  mármol. 

— A  lo  de  Mont,  Jacinto! — dijo  la  joven  su- 
biendo al  milord,  mientras  el  portero,  con  la 
misma  librea  que  el  auriga,  y  la  gorra  en  la 
mano,  se  asomaba  á  la  puerta  de  la  calle  para 
advertir  á  los  descuidados  transeúntes  la  sa- 
lida del  carruaje. 

El  brioso  caballo,  vigorosamente  contenido 
por  el  cochero,  tomó  un  pequeño  trote  y  des- 
embocó por  la  calle  18  de  Julio  en  dirección 
á  la  plaza  Independencia.  Pero  aún  no  había 
llegado  á  la  esquina  de  Andes,  cuando  Matil- 
de, que  miraba  hacia  la  vereda  sud,  vio  á  Isa- 
bel Mont  que  venía  en  sentido  opuesto  con  su 
madre,  por  lo  que  hizo  detener  el  carruaje 
para  saludarlas  cariñosamente. 

— Para  allá  iba, — dijo  Matilde  tendiéndoles 
la  mano  desde  el  coche  que  se  había  aproxi- 
mado á  la  vereda. 

— Qué  lástima  que  no  lo  hubiésemos  sabi- 
do!— exclamaron  á  coro  las  de  Mont. 

—No,  si  es  lo  mismo,— agregó  Matilde.- 


VALMAR  139 


Yo  iba  á  buscar  á  Isabel  para  que  me  acom- 
pañase hasta  el  Prado.  Hace  tanto  calor  que 
tengo  deseos  de  tomar  aire  de  campo;  pero  ya 
que  ha  salido  con  usted  misia  Isabel,  pode- 
mos ir  las  tres. 

— No,  mi  hijita,  yo  no  puedo  hoy;  pero  todo 
se  arregla  fácilmente, — añadió  la  señora  con 
su  habitual  condescendencia. — Dame  el  co- 
che para  ir  hasta  casa  y  ustedes  se  van  cami- 
nando hasta  la  tuya,  y  esperan  allí  á  que  yo 
se  lo  mande. 

— ¡Eso  es,  eso  es! — exclamaron  las  dos  jó- 
venes alegremente. — Y  mientras  la  señora  de 
Mont  subía  por  un  costado,  Matilde  bajaba 
por  el  otro  para  reunirse  con  su  amiga. 

Picó  el  carruaje  en  dirección  á  la  casa  de 
Mont,  y  Matilde  con  Isabel  empezaron  á  su- 
bir la  calle  lentamente. 

Cuando  ya  estaban  próximas  á  la  esquina 
de  Convención,  sintieron  los  pasos  varoniles 
de  dos  jóvenes  que  caminaban  á  sus  espaldas 
y  que  al  pasar  junto  á  ellas  les  hicieron  un 
cortés  saludo,  profundo  y  elegante  el  de  uno 
de  ellos  y  nervioso  y  breve  el  del  otro,  reco- 
nociendo á  Felipe  y  á  Rodolfo  que  seguían  la 
misma  dirección  que  ellas. 

—Qué  mono  el  amigo  de  Felipe  ¿eh?— dijo 
Isabel  cuando  hubieron  doblado  la  calle. 


140  VALMAR 


— Sí,  es  buen  mozo, — contestó  Matilde  con 
el  gesto  indiferente  que  adoptaba  cuando  se 
hablaba  de  hombres. 

— ¿No  te  ha  llamado  la  atención? — pregun- 
tó su  amiga  sorprendida. — Pues  me  pareció 
que  te  había  interesado  mucho,  anoche  en  el 
baile. 

— Sí,  es  muy  ameno  en  su  conversación; 
sobre  todo,  parece  muy  apasionado...  muy 
sincero. . .  pero  es  muy  guaranguito;  y  des- 
pués... ha  de  ser  como  todos,  hija! — Y  Ma- 
tilde al  hablar  de  aquella  manera,  era  conse- 
cuente con  su  modo  de  pensar  al  respecto  de 
los  hombres;  pero  en  el  fondo,  no  lo  sentía 
así,  pues  Valmar  la  había  impresionado  muy 
favorablemente,  aun  que  talvez  sin  ella  darse 
cuenta  exacta  de  la  clase  de  sentimientos  que 
le  había  sugerido.  Rodolfo  era  un  tipo  com- 
pletamente nuevo  para  ella,  no  tanto  por  su 
inteligencia  y  su  saber,  como  por  la  pureza 
de  sentimientos  y  la  rectitud  de  carácter  que 
lo  distinguían.  Así,  pues,  aunque  no  fuera 
sino  por  la  natural  curiosidad  que  tenía  que 
despertar  en  su  espíritu  de  mujer,  la  novedad 
de  aquel  caso  para  ella  desconocido,  tenía 
forzosamente  que  incitarla  á  estudiarlo,  pe- 
netrando sutilmente  en  aquel  corazón  que  se 


VALMAR  141 


ofrecía  ingenuo,  con  toda  la  inocencia  que  lo 
caracterizaba. 

No  fué,  pues,  sin  un  secreto  placer  que 
Matilde,  una  vez  en -el  coche  y  ya  en  dirección 
al  Prado,  dejó  que  su  amiga  hiciese  la  histo- 
ria completa  de  la  vida  de  Rodolfo,  y  de  su 
padre  el  coronel  Valmar,  muerto  en  los  cam- 
pos de  pelea. 

Aquel  encierro  entre  libros  durante  toda  la 
primera  edad,  y  luego  aquella  iniciada  escur- 
sión  á  través  de  la  vida,  guiado  cual  nuevo 
Fausta  por  un  taimado  Mefistófeles  de  la  talla 
de  Felipe,  le  parecía  novelesco  en  sumo  gra- 
do, atrayéndola,  sobre  todo,  la  virginidad  de 
corazón  que  forzosamente  sería  la  principal 
virtud  de  tan  extraño  personaje.  Así  es  que, 
teniendo  en  cuenta  la  monotonía  de  su  vida, 
&  pesar  de  rodearla  todos  los  lujos  y  comodi- 
dades apetecibles,  como  así  la  horfandad  de 
alma  en  que  había  permanecido  hasta  aquel 
instante,  la  impulsaban  á  emprender  una 
aventura  de  la  que,  al  fin  y  al  cabo,  saldría 
ganando  al  menos  unos  días  de  distracción  y 
una  curiosidad  satisfecha. 

El  coche  había  llegado  al  puente  del  Prado 
y  Matilde  mandó  detenerlo,  invitando  á  su 
amiga  á  caminar  un  poco  por  la  enarenada 


142  V  A  L  M  A  R 


calle  de  eucaliptos  que  sube  en  línea  recta 
hasta  el  hotel. 

Caía  la  tarde,  y  una  ligerísima  brisa  acari- 
ciaba blandamente  las  hojas  de  los  árboles, 
donde  trinaban  en  confusión  ruidosa,  multitud 
de  abigarradas  avecillas;  jugaban  por  los  ca- 
minos que  bordan  los  contornos  del  hotel 
algunos  niños,  cuidados  por  sirvientes,  y  cir- 
culaba por  las  avenidas  uno  que  otro  carrua- 
je que  atravesaba  desde  el  camino  de  Castro 
en  dirección  á  Montevideo. 

Las  jóvenes  continuaban  hablando  tranqui- 
lamente del  próximo  casamiento  de  Isabel, 
cuando  de  pronto,  una  victoria  que  cruzó  rui- 
dosamente el  puente  del  Miguelete,  se  detuvo 
delante  de  ellas,  bajando  Felipe  y  Rodolfo  que 
venían  en  su  interior. 

— Qué  casualidad! — exclamó  Felipe  adelan- 
tándose hacia  Matilde,  mientras  Rodolfo  sa- 
ludaba cariñosamente  á  la  hermana  de  su 
amigo. 

— ¿Cómo  es  que  no  han  ido  á  la  playa,  uste- 
des que  no  faltan  nunca? — interrogó  Isabel, 
mirando  intencionadamente  á  Rodolfo  que 
no  pudo  menos  de  enrojecer. 

— Pues  es  muy  sencillo,  nos  bañamos  esta 
tarde  en  casa,  al  levantarnos,  y  quisimos  va- 
riar por  hoy  de  panorama  comiendo  aquí  al 


VALMAR  143 


claro  de  la  luna,— contestó  Felipe  campecha- 
namente.— Lo  que  sí, — añadió, — no  pensaba 
encontrar  tanto  bueno  por  estas  alturas. 

— ¿Deveras? — volvió  á  interrogar  Isabel  con 
sorna,  mirando  á  Matilde. 

— Sí,  creíamos  ser  los  únicos  románticos  de 
Montevideo  á  esta  fecha;  pero  vemos  que  hay 
quien  nos  haga  compañía. — Y  al  decir  esto, 
Mont  acentuó  la  frase,  haciendo  enrojecer  un 
poquito  á  Matilde  que  se  manifestaba  impa- 
ciente, sin  decir  una  palabra. 

—Qué  lástima  que  esto  no  sea  más  concu- 
rido!— dijo  Valmar  por  decir  algo,  mientras 
Felipe  daba  á  Isabel  un  ramo  de  violetas  que 
traía  en  el  bolsillo  del  pañuelo. 

— ¿A  usted  le  gustaría  más  concurrido? — 
Interrogó  Matilde  con  su  sonora  voz  de  con- 
tralto, mirando  al  joven  fijamente. 

Pero  Valmar  no  contestó,  y  levantando  so- 
bre ella  una  mirada  inteligente  y  expresiva, 
pareció  leer  en  los  ojos  de  la  joven.  Y  Matil- 
de, acostumbrada  a  dominar  con  la  expresión 
altiva  de  su  semblante,  tuvo  que  bajar  la  vista 
ante  la  imponente  sencillez  de  aquella  mirada 
sincera  que  por  primera  vez  le  dirigía  un 
hombre. 

Pero  aquello  solo  fué  un  relámpago  que  pa- 
só por  completo  inadvertido,  permitiendo  que 


144  VALMAR 


la  joven  se  repusiese,  recobrando  en  el  acto  su 
habitual  gesto  dominador  y  desdeñoso. 

Habían  caminado  lentamente  y  llegaban  de 
nuevo  al  arroyo,  conversando  sobre  el  baile 
de  la  víspera  y  las  crónicas  sociales  que  ya 
corrían  al  respecto.  Felipe,  por  mantener  la 
nota  alegre,  hablaba  de  un  premio  que  se  ha- 
bía de  discernir  á  la  más  bella;  pero  añadien- 
do que  el  jurado  no  sabía  con  quién  quedarse^ 
si  con  una  rubia  ó  con  una  morena. 

— ¿Usted  forma  parte  del  jurado? — le  pre- 
guntó Matilde. 

— Sí  ¿por  qué?— exclamó  Felipe. 

— Entonces  pierde  la  morena,  porqué  á  us- 
ted yo  sé  que  le  gustan  las  rubias, — dijo  Ma- 
tilde alusivamente. 

Pero  Felipe,  no  queriendo  darse  por  aludi- 
do, contestó  en  el  acto: 

— Bueno,  pero  Rodolfo  también  es  del  ju- 
rado. 

— Ah  ¿también?  Pero  falta  saber  cuáles 
serán  las  simpatías  del  señor. — Y  Matilde 
mientras  hablaba,  miraba  altiva  y  fríamente 
á  Valmar  que,  no  habituado  á  dominarse,  to- 
davía no  había  vuelto  de  su  sorpresa  al  ver 
el  rápido  cambio  de  fisonomía  de  la  joveny 
cuando  él  le  dirigió  la  palabra. 


VALMAR  145 


— Che!  . .  te  hablan, — le  dijo  Felipe  viendo 
|  qu^no  se  daba  por  aludido. 

-hAW.  • .  Á  mí  me  gustan  las  mujeres  de 
bien  corazón, — contestó  respondiendo  á  su 
propio  pensamiento.— Y  como  todos  riesen  de 
salida  tan  extraña,  exclamó,  reponiéndose 
<por  completo — ¡Cómo?  ¿no  he  estado  bien? 
Yo  creo  que  en  presencia  de  dos  damas,  una 
rubia  como  Isabel  y  otra  morena  como  Ma- 
tilde, no  se  debe  opinar  sobre  cuestión  de 
coloridos. 

— Muy  bien!...  Muy  bien! — exclamáronlas 
jóvenes. — Ya  está  haciéndose  falso  y  embus- 
tero. 

—Puede  ser, — contestó  Rodolfo, — pero  si 
así  fuese,  sería  aprovechando  las  lecciones 
de  éste,  que  es  sin  duda  el  que  tiene  razón. 

Y  al  concluir  sus  palabras,  se  acercó  á 
la  baranda  del  puente  y  dejó  caer  un  ramito 
igual  al  que  Felipe  dio  á  su  hermana,  con  el 
que  jugaba  hacía  un  buen  rato  entre  las 
manos. 

— ¡Ah!. .  ¿Por  qué  tiró  ese  ramito  tan  lin- 
do?— exclamó  Isabel  muy  compungida. 

—Por  darle  una  tumba  digna.  ¿No  le  pare- 
ce bien?  —  contestó  Rodolfo  con  sus  puntillos 
de  amargura. 

—Se  lo  hubiese  dado  á  Matilde  que  no  lie- 


X^U  V  A  JL  M  A  Jti 


va  flores, — añadió  la  hermana  de  Felipe  inge- 
nuamente. 

Pero  Valmar  al  oir  aquello,  miró  á  la  jo- 
ven que  había  cobrado  su  jesto  altivo  y  su 
expresión  desdeñosa,  y  palideció  sin  decr 
una  palabra,  mientras  ella,  so  pretexto  de 
que  se  hacía  tarde,  saludó  para  dirigirse  al 
carruaje. 

— Decididamente,  está  picada, — decía  Felipe 
momentos  después,  mientras  se  dirigían  al 
restaurant. 

— Nunca  será  mujer  ele  fijarse  en  mí! — ex- 
clamó Rodolfo  con  profunda  amargura. 

— Pero,  entonces  ¿tú  te  sientes  enamorado 
de  ella?  —  interrogó  Felipe  casi  sin  poder 
ocultar  su  alegría,  ante  aquella  semi  con- 
fesión de  su  amigo. 

— Oh  sí!.  .  ejerce  sobre  mí  una  atracción 
profunda!  —  exclamó  Valmar  con  arreba- 
to. Y  los  dos  amigos,  cogidos  del  brazo,  se 
fueron  á  comer  junto  á  la  fuente,  bajo  los  pla- 
teados rayos  de  una  clarísima  luna. 


CAPITULO  VI 


Al  día  siguiente  de  la  visita  que  José  Gar- 
cía hizo  á  los  padres  de  Josefina,  denun- 
ciándoles los  amores  de  ésta  con  Rodolfo 
Valmar  en  el  tambo  del  Pastor,  la  joven 
llegó  á  su  casa  muy  tarde,  pues  recién  á 
las  doce  pasadas  de  la  noche  la  Vendeux 
la  condujo  en  su  carruaje  al  salir  del  pa- 
lacete de  Rolan,  donde  habían  ido  para 
vestir  á  Matilde.  Así,  pues,  por  lo  avanza- 
do de  la  hora,  y  por  hallarse  ya  acosta- 
dos sus  padres,  el  momento  de  las  expli- 
caciones se  postergó  hasta  el  día  si- 
guiente. 

Y  así  fué;  al  otro  día  de  mañana,  ape- 
nas la  joven  salió  de  su  cuarto,  fué  llama- 
da por  los  esposos  Belloni  que  le  exi- 
gieron una  explicación  clara  y  terminante 
de   su    conducta,    haciéndolo    en    términos 


148  VALMAR 


bastante  duros  y  expresivos.  Pero  como 
Josefina  tenía  la  promesa  de  casamiento 
de  Rodolfo,  lejos  de  inmutarse,  repelió  con 
firmeza  todo  cuanto  argumento  ofensivo  se 
le  hizo  y  declaró  que  Valmar  se  casaría 
dentro  de  breve  tiempo,  y  que  hasta  ven- 
dría á  visitarla  allí  mismo  si  ella  se  lo 
exigiese. 

Pero  los  viejos  Belloni,  á  pesar  de  ser 
honestos  y  muy  sencillos,  no  quisieron  dar 
crédito  á  las  palabras  de  su  hija,  dudando 
siempre  de  que  aún  en  el  caso  de  que  fue- 
sen exactas,  el  tal  Valmar  cumpliera  sus 
promesas  de  casamiento,  tan  fácilmente  con- 
cedidas. Así,  pues,  instaron  por  todos  los 
medios  posibles  para  que  Josefina  acepta- 
se el  pedido  del  almacenero  García  que 
era  un  partido  brillante. 

— ¡  Má per    Dio    santo !  —  exclamaba 

Belloni  enjugándose  la  cabeza  calva  — 
Perqué  ó  mai  fatto  una  figlia  cosi  stúpida! 
Echar  un  marito  que  porta  la  fortuna  in 
casa! Guarda! Guarda  un  poco  cues- 
ta tesíolina!  —  Y  el  pobre  hombre,  jurando 
en  su  media  lengua  como  siempre  que  se 
alteraba,  recorría  á  grandes  pasos  la  ha- 
bitación contigua  á  la  colchonería,  mien- 
tras la  vieja  Belloni,  más  desesperada  aún 


VALMAR  149 


que  su  marido  insultaba  á  su  hija  con  pa- 
labras nada  limpias. 

— Per  un  compadrito  cualquiera  vas  á  per- 
der un  marito  que  ti  hace  dueña  di  un  aruia- 
cen  y  de  dos  casa!  Eso  es  lo  que  aprenden 
ostede  por  ahí,  en  esas  casa  de  modista 
en  que  tú  estás.  Mira  un  poco  tu  hermana 
si  no  le  dico  que  sí  al  peluquiero!  ¡Aprende 
de  ella  al  meno  que  no  es  una  sonsa  co- 
me tú!  Ella  es  una  muchacha  honrada  y 
no  se  deja  fumar!  —  Y  la  vieja  Belloni  se- 
guía desahogando  la  ira  inmensa  que  te- 
nía contra  su  hija  que  le  privaba  de  aquel 
yerno  almacenero,  saboreado  durante  tan- 
to tiempo. 

Pero  Josefina,  con  la  cabeza  sobre  el 
pecho,  tranquila,  convencida  con  firme- 
za de  mujer  enamorada,  los  dejaba  decir 
sin  contestar  una  palabra,  esperando  que 
el  tiempo  le  diera  la  suficiente  razón  para 
confundir  á  todos  con  su  victoria.  Valmar 
la  había  convencido,  se  había  adueñado  de 
su  espíritu  y  de  su  cuerpo  con  la  sola 
fuerza  de  su  sinceridad,  y  la  joven,  some- 
tida desde  entonces,  era  una  esclava  sumi- 
sa que  acepta  los  caprichos  de  su  dueño. 
Ya  no  se  pertenecía,  era  una  cosa  de  él, 
le  la  que  él   podía   servirse  á   su    antojo, 


150  V  A  L  M  R  A 


cómo  y  cuando  lo  quisiera.  Y  aquella  cria- 
tura débil  y  modesta,  cuya  humildad  y 
mansedumbre  fueron  siempre  las  prendas 
salientes  de  su  carácter,  resistía  en  aquel 
momento  valientemente,  admirando  á  sus 
padres  con  la  firmeza  de  su  resolución 
declarada  inquebrantable.  Fué  inútil  cuan- 
to hicieron,  estéril  cuanto  intentaron.  Las 
amenazas,  los  ruegos,  la  convicción  y  las 
promesas  de  todo  género,  nada  produjo 
efecto:  Josefina  se  mantuvo  inflexible,  con- 
cluyendo por  hacerle  exclamar  al  viejo 
Belloni,  en  un  tremendo  acceso  de  ira. 

—  ¡Per  Dio!  está  bien!...  tu  lo  vuoli,  es- 
tá    bien ¡Per    Dio! ¡Ma.,..     per 

Dio ! si  ti    suchede    ina  disgracia 

ti  pongo  fuori  á  punta  di  palo...  ¡sacre- 
mento!...  Ba!  —  Y  haciendo  un  gesto  te- 
rrible despidió  á  su  hija  que  salió  impa- 
sible, convencida  de  la  sin  razón  de  aque- 
llas amenazas,  y  llena  de  fé  en  la  justi- 
cia de  su  amor. 

Ese  mismo  día,  á  la  noche,  Rodolfo,  des- 
pués de  haber  comido  con  Felipe  en  el 
Prado,  se  acordó  de  que  tenía  una  cita  con 
Josefina  á  las  ocho  en  punto  en  el  tambo 
del  Pastor.  Consultó  su  reloj,  y  al  ver  que 
marcaba  las  ocho  menos  dos  minutos,   se 


VALMÁR  151 


manifestó  muy  contrariado,  proponiéndole 
á  su  amigo  ponerse  en  el  acto  en  marcha. 

Felipe,  que  se  encontraba  muy  bien  en 
aquel  sitio,  empezó  á  discutirle  el  punto, 
diciéndole  que  era  muy  tarde  y  valía  más 
que  lo  dejase,  pues  ya  no  llegaría  á  tiem- 
po; pero  luego,  viendo  á  su  amigo  tan  al- 
terado por  aquella  primera  falta,  y  temien- 
do echarlo  todo  á  perder  por  precipitar 
demasiado  las  cosas,  se  dispuso  á  seguir- 
lo, poniéndose  en  el  acto  en  marcha. 

A  las  ocho  y  media  en  punto,  debido  á 
la  buena  propina  que  se  le  ofreció  al  co- 
chero, Valmar  bajaba  de  la  victoria  en  la 
esquina  de  Ejido  y  Canelones. 

Cuando  entró  en  el  tambo,  Josefina  me- 
dio llorosa  se  preparaba  á  marchar,  así 
es  que  fué  grande  la  alegría  de  ambos 
cuando  llegaron  á  verse;  la  de  él  por  ha- 
ber llegado  á  tiempo,  y  la  de  ella  por 
sentir  una  vez  más  sus  palabras  amoro- 
sas y  apasionadas  caricias,  precisamente 
cuando  ya  no  esperaba  ver  al  dueño  de 
su  corazón  sencillo. 

— ¡Cuánto  tardastes! ya  me  creí  que 

no  venías!  —  exclamó  la  joven  apenas  es- 
tuvieron solos  en  el  cuarto  de  la  tambera, 
que  era  el  punto  de  sus  citas. 


152  VALMAR 


—  Comí  en  el  Prado,  y  cuando  quise  acor- 
dar ya  eran  las  ocho, — contestó  Rodolfo 
simplemente,  temeroso  de  que  la  joven  le 
pidiese  una  explicación  que  le  hubiera  cos- 
tado dar. 

—  Si  vieras  como  estuvieron  esta  maña- 
na los  viejos! — dijo  la  joven,  sin  pensar  en 
hacer  reconvenciones,  toda  temblorosa  aún, 
al  recordar  la  excena  de  la  mañana — ¡casi 
me  pegan!  — Y  con  voz  conmovida,  im- 
pregnados de  lágrimas  los  párpados  y  sen- 
tada sobre  las  faldas  de  su  amante,  empezó 
á  contarle  la  excena  de  la  mañana  con 
todos  sus  detalles,  exclamando  al  concluir 
su  narración: 

—  Oh!  si  vieras  cómo  he  gozado,  al  su- 
frir por  tí  que  me  quieres  tanto! — Y  al 
pronunciar  estas  palabras  brillaba  al  través 
de  sus  lágrimas  y  en  el  fondo  de  sus  pu- 
pilas, una  franca  sonrisa  de  alegría,  como 
brillan  los  rayos  luminosos  de  un  sol  ar- 
diente, á  través  de  esas  nubes  vaporosas 
que  siguen  las  huellas  de  la  tempestad. 

Y  Rodolfo,  olvidado  del  mundo,  seducido 
por  el  dulcísimo  cariño  de  aquella  niña,  la 
adoró  de  rodillas,  borrando  en  un  instante, 
con  la  ternura  de  sus  caricias,  la  huella 
de  aquellas  lágrimas  ardientes,  reconocidas 


VALMAR  153 


como  venturosas  tan  solo  por  tener  su  orí- 
gen  en  las  fuentes  inagotables  del  amor. 


Una  hora  más  tarde,  Rodolfo,  en  su 
cuartito  del  mirador,  sentado  frente  á  una 
mesa  donde  ardían  dos  velas  entre  monto- 
nes de  libros  ordenados  cuidadosamente  por 
su  madre,  pensaba,  con  la ,  cabeza  apoyada 
entre  las  manos,  sobre  las  formas  extrañas 
del  amor  humano.  De  un  solo  golpe  repro- 
ducía en  su  imajinación  sorprendida,  las 
excenas  de  su  vida  en  los  últimos  seis  me- 
ses, desde  que  su  amigo  Felipe  lo  había 
sacado  de  su  voluntario  encierro,  por  con- 
sejo del  doctor  Roca. 

¡  Seis  meses  apenas !  Y  sin  embargo,  á 
él  le  parecía  un  siglo,  tal  era  el  mundo  de 
sorpresas  recibidas  en  ese  corto  espacio  de 
tiempo. 

Primero  aire,  luz,  horizontes  dilatados 
brillando  al  sol  como  espolvoreados  de  oro 
ó  esbozándose  vagamente,  tachonados  por 
reflejos  de  nácar  desprendidos  de  la  luna; 
después  el  amor  brindándose  generoso  en 
su  expresión  más  sencilla;  luego,  la  vida 
elegante,  el  arte,  la  riqueza,  la  civilización 
más  refinada  surgiendo  deslumbrante  ante 


154  VALMAR 


sus  miradas  atónitas;  y,  por  fin,  coronán- 
dolo todo  como  una  luminosa  aparición,  el 
amor  pasional,  la  mujer  soñada  en  horas 
de  fiebre,  la  mujer  de  formas  esculturales, 
de  mirada  de  águila,  ardiente  y  penetrante, 
reflejando  en  su  pupila  los  secretos  tesoros 
de  ternura  ocultos  en  su  seno,  como  se  ocul^ 
ta  en  el  fondo  de  la  tierra  el  fuego  abrasa- 
dor que  alimenta  los  volcanes.  Y  Rodolfo, 
mareado  por  la  rápida  sucesión  de  sus 
nuevas  impresiones,  no  acertaba  á  desem- 
brollarlas para  ponerlas  en  orden  y  clasi- 
ficarlas en  las  cavidades  de  su  cerebro.  Su 
estado  era  el  de  un  hombre  que  acaba  de 
despertar  y  no  consigue  aún  explicarse  las 
complicaciones  de  un  largo  ensueño.  Ama- 
ba la  ciencia,  pero  por  amor  á  la  vida; 
y  al  entrar  en  la  vida,  lo  comprendía  así, 
sintiéndose  dominado  por  sus  halagos  infi- 
nitos con  una  fuerza  de  atracción  inmen- 
sa, irresistible. 

Aquella  gira  constante  que  apenas  data- 
ba de  seis  meses,  pero  tan  bien  apro- 
vechados que  no  había  desperdiciado  un 
solo  instante,  viéndolo  todo,  penetrando 
por  todas  las  puertas  con  la  facilidad  del 
que  posee  un  eficaz  salvo  conducto,  gra- 
cias   á    la   posición    social    de    su   amigo 


V  A  L  M  A  R  155 


Felipe,  no  solo  lo  encantaba  con  el  aspec- 
to brillante  que  ofrecía  su  superficie  tersa, 
sino  que  le  daba  un  engañoso  concepto 
de  la  vida,  atribuyéndole,  por  el  hecho, 
cualidades  y  virtudes  extraordinarias.  Su 
opinión  filosófica  se  iba  modificando  sen- 
siblemente, dudando  de  la  exactitud  de  su 
manera  de  pensar  hasta  entonces,  y  co- 
brando mejor  concepto  de  la  inteligencia 
humana  en  el  nivel  común  de  las  socie- 
dades. A  la  inversa  de  lo  que  acontece 
generalmente,  Rodolfo,  al  ver  de  cerca  el 
mundo  que  había  estudiado  desde  lejos, 
tuvo  mejor  opinión  de  él,  y  dudó  de  que 
sus  llagas  fueran  tantas  como  le  atribuían 
los  innumerables  autores  que  había  leído. 
Así,  pues,  reconociendo  siempre  en  la  ig- 
norancia y  miopía  intelectual,  la  causa  de 
los  mayores  males  terrenos,  continuaba  en 
su  afán  de  ilustrar  á  las  masas,  para  lle- 
varlas dichosas  hacia  el  linde  de  sus  des- 
tinos. 

Sobre  todo,  lo  que  más  le  preocupaba 
€ra  la  mujer,  cuya  situación  con  respecto 
al  hombre  le  parecía  equívoca  y  por  con- 
siguiente digna  de  un  estudio  especial,  que 
resolviese  este  punto  de  vista  fundamental 
para  la  armonía  de  las  sociedades. 


156  VALMAR 


Examinaba  su  propio  caso,  y  cada  esta- 
do de  espirita  que  lograba  esclarecer  en 
sí  mismo,  era  una  nueva  confirmación  de 
su  tesis  sobre  la  posibilidad,  en  el  cora- 
zón del  hombre,  de  sentimientos  amorosos 
sumamente  compartidos. 

Josefina,  por  una  parte,  atrayéndolo  con 
todas  las  dulzuras  del  primer  amor,  sedu- 
ciéndolo con  su  belleza  humilde,  con  su 
mansedumbre  de  cervatilla  resignada,  su- 
misa, gozando  con  sus  propios  dolores, 
siempre  que  fuese  por  el  dueño  de  su  vi- 
da, por  el  señor  fuerte  y  arrogante  que 
se  dignara  interrumpir  su  viaje  para  be- 
sarla con  transporte  en  las  orillas  del  ca- 
mino. Después,  Matilde,  surgiendo  de  pronto 
como  una  reina,  desdeñosa, .  altiva,  due- 
ña de  sí  misma,  conocedora  de  su  belleza, 
con  sus  formas  de  estatua  y  su  cabeza  de 
diosa  griega,  donde  se  ocultaba  como  un 
misterio,  su  pensamiento  profundo  é  im- 
penetrable, lo  impresionaba  con  una  fuerza 
extraña  y  para  él  desconocida,  dominándo- 
lo con  toda  la  omnipotencia  de  su  sexo.  Y 
ante  esta  última  visión,  Rodolfo  quedaba 
perplejo,  deslumhrado,  vencido  sin  luchar, 
comprendiendo  con  el  solo  poder  del  ins- 
tinto, que  el  rechazo  de  su  amor  por  aque- 


V  A  L  M  A  R  157 


lia  mujer,  abriría  una  era  de  amargura  in- 
curable en  el  porvenir  de  su  existencia, 
herida  para  siempre. 

Sí,  las  quería  á  las  dos,  pero  las  dos 
exigirían  seguramente  todo  su  cariño,  do- 
minadas por  el  egoismo  inmenso  del  amor. 
Luego  ¿cómo  hacer,  para  conciliar  sus 
sentimientos  sin  herir  profundamente  los 
de  aquellas  criaturas?  ¿Cómo  adaptar  aque- 
llos criterios  sentimentales,  hijos  de  la 
educación  de  los  siglos,  con  su  manera  de 
pensar  razonado,  partiendo  de  las  frías 
especulaciones  filosóficas?  ¿Era,  pues,  ne- 
cesario mentir,  engañar,  caer  en  el  delito 
común  de  los  hombres  para  vivir  tran- 
quilo en  medio  de  la  vida  ?  Pero  ante  es- 
ta hipótesis  su  corazón  sincero  se  revela- 
ba enérgicamente.  No,  no  se  debía  mentir, 
había  que  mostrarse  tal  como  se  era,  sin 
mistificaciones  ni  engaños;  si  no  era  posible 
triunfar  con  la  verdad,  tanto  peor,  sería  la 
demostración  evidente  del  error  en  que 
vivía. 

Pero  casi  al  instante  mismo,  la  imagen 
de  las  dos  mujeres  surgía  de  nuevo  ante 
su  vista,  haciéndole  comprender  que  si  Jo- 
sefina era  fácil  de  someter  a  un  orden  de 
exigencias  tan  extraordinario,  por   su    ca- 


158  VALMAR 


rácter  humilde  y  la  índole  sumisa  de  sus 
tiernos  sentimientos  de  esclava  agradecida, 
Matilde  en  cambio,  con  el  apasionamiento 
absorbente  de  su  sangre  y  con  la  altura 
dominante  de  su  inteligencia  poderosa,  que- 
rría reinar  con  todo  el  despótico  exclusi- 
vismo del  amor,  erguida  sobre  el  magnífi- 
co pedestal  de  su  belleza. 

Y  en  el  acto  invadían  su  mente  las 
recientes  promesas  de  matrimonio  hechas 
á  Josefina. 

Y  volvía  á  dudar,  y  á  maldecir  las  leyes 
sociales,  en  desacuerdo  con  la  naturaleza 
íntima  de  las  cosas,  impulsando  por  esta 
sola  circunstancia  á  la  comisión  del  cri- 
men. 

Después,  analizando  con  más  detenimien- 
to su  doble  situación  efectiva,  creía  ver  en 
Matilde  el  reverso  de  la  medalla  de  su 
felicidad,  mientras  Josefina  era  el  cielo 
purísimo  donde  podía  gozar  de  mayores 
dichas  serenas.  Recordaba  á  Matilde  en 
sus  primeros  encuentros,  altanera,  despre- 
ciativa, sin  dignarse  mirarlo,  sin  notar 
siquiera  el  rastro  de  impresiones  que  iba 
dejando  á  su  paso;  mientras  que  Josefina 
desfilaba  temblorosa  ante  sus    ojos,    enro- 


VALMAR  159 


jeciendo  como  la  grana  bajo  la  acción   de 
sus  miradas  investigadoras. 

Una  se  le  aparecía  envuelta  en  los  rayos 
del  sol  y  vestida  con  los  colores  de  la 
aurora;  y  la  otra  surgía  de  pronto  hecha 
una  ascua  de  oro,  destacándose  sobre  el 
fondo  de  los  cortinados  rojos  como  llamas 
del  infierno.  Y,  sin  embargo,  en  aquel 
momento,  sentía  inclinarse  la  balanza  de 
sus  afectos  hacia  aquel  peligro,  hacia 
aquella  figura  misteriosa,  cuya  visión  le 
procuraba  dulzuras  de  sabor  amargo,  cuya 
posesión,  ansiada  desde  ya  con  violencia 
extrema,  le  parecía  una  ilusión  inalcanza- 
ble. 


CAPÍTULO  VIÍ 


Ocho  dias  después  verificábase  una  co- 
mida íntima  en  casa  de  la  señora  de  Mont, 
á  la  que  había  sido  invitado  Rodolfo  y 
Matilde  Rolan,  por  iniciativa  de  Felipe. 
Este,  consecuente  consigo  mismo,  asocian- 
do á  su  madre  en  sus  proyectos,  se  em- 
peñaba en  ligar  de  una  vez  á  su  amigo 
con  la  rica  y  bella  heredera. 

La  comida  tuvo  lugar  en  medio  de  la  más 
franca  alegría.  Valmar  había  sido  colocado 
entre  Isabel  Mont  y  Matilde  Rolan,  que 
lejos  de  mostrar  contrariedad  alguna,  pa- 
recía cada  vez  más  favorablemente  impre- 
sionada por  la  conversación  y  el  carácter 
de  su  compañero,  mientras  Felipe,  sentado 
en  frente,  entre  su  madre  y  Ernestina  Diaz, 


VALMAR  161 


se  entretenía  en  hacer  poner  colorada  á 
esta  última  haciéndole  cosquillas  en  la  pan- 
torrilla  con  la  punta  de  su  pié  por  debajo 
de  la  mesa.  Por  otra  parte  y  debido  á  la 
presencia  del  señor  Mont  en  la  cabecera, 
guardaba  la  mayor  circunspección  en  sus 
palabras  y  en  sus  gestos,  limitándose  á  ha- 
cer rabiar  á  su  hermana  Isabel  y  á  Rodolfo 
con  guiñadas  significativas.  Matilde,  á  pe- 
sar de  ver  los  juguetes  de  Felipe,  y  com- 
prender los  que  se  relacionaban  con  ella, 
sonreía  sin  mayor  preocupación,  reconci- 
liada con  este  antiguo  enemigo  á  quien  no 
había  forma  de  tomar  á  lo  serio.  Y  entre 
los  dueños  de  casa,  hablando  del  precio  de 
las  lanas  y  de  los  trigos,  el  padre  de  Er- 
nestina ostentaba  su  grueso  abdomen  cu- 
bierto por  un  inmaculado  chaleco  blanco. 

Un  sirviente  de  frac,  con  una  servilleta 
en  la  mano,  giraba  sin  cesar  por  alrededor 
de  la  mesa  cuadrilonga,  sirviendo  á  los 
comensales,  mientras  una  criadita  vestida 
de  negro  con  cofia  y  delantal  blanco,  lleva- 
ba y  traía  las  fuentes  humeantes  entre  el 
comedor  y  la  cocina. 

La  conversación  mantenida  desde  el  prin- 
cipio de  la  comida  con  temas  generales, 
había  ido  poco  á  poco  particularizándose, 

6 


162  V  A  L  M  A  R 


hasta  limitarse  cada  uno  á  su  pareja;  pero 
después  de  los  postres,  con  motivo  del 
champagne  y  en  medio  de  una  discreta 
alegría,  todos  opinaban  casi  á  un  tiempo 
sobre  los  diversos  temas  palpitantes. 

—  Brindemos  por  que  haya  otro  baile, 
próximamente,  que  rivalice  con  el  de  Host- 
wald,  —  propuso  Isabel  levantando  su  copa. 

—  Eso  es  difícil,  —  contestó  su  novio,  un 
joven  con  cara  de  viejo  que  aspiraba  a  vis- 
ta de  aduana.  —  No  hay  muchas  casas  en 
Montevideo  que  se  presten  como  la  de 
Hostwald  para  una  fiesta  de  esas  propor- 
ciones, ni  fortunas  que  resistan  á  tales 
avances. 

—  Quién  sabe!  —  exclamó  Ernestina  con 
un  airecito  impertinente,  —  hay  casas  de 
mucho  más  tono. 

—  Como  no  sea  la  de  la  señorita  de  Ro- 
lan,—  insistió  el  novio  de  Isabel,  —  yo  no 
conozco  ninguna. 

—  Claro,  la  de  Matilde  es  muy  superior- 
dijo  Felipe  interviniendo. 

—  Pero  aunque  así  fuera,  —  contestó  la 
aludida,  yo  estoy  demasiado  sola  para  dar 
bailes. 

—  Sí,  pero  talvez  con  motivo  de  alguna 
gran  solemnidad!... — dijo  nuevamente  Er- 


VALMAR  163 


nestina,  mirando  á   Matilde  y  subrayando 
la  frase. 

—  En  casa  no  festejamos  ninguna  fecha, 
—  contestó  Matilde  seriamente. 

—  Podía  no  ser  fecha,  —  insistió  Ernestina 
en  el  mismo  tono. 

—  Cualquier  cosa  que  fuese !  —  exclamó 
Felipe  interviniendo  de  nuevo,  y  apagando 
con  su  voz  la  contestación  de  Matilde. —  La 
verdad  es,  que  sería  una  bellísima  idea. 
Así  tendríamos  ocasión  de  volver  á  ver 
esos  hermosos  salones  con  luz  artificial, 
pues  ahora  no  se  abren  más  que  de  día. 

—  Es  verdad!  —  dijo  Isabel  dirigiéndose  á 
Matilde,  —  hace  un  siglo  que  no  recibes  de 
noche,  y  cuando  lo  haces  es  á  personas  ín- 
timas en  la  salita  azul  ó  en  tu  tocador. 

—  Claro,  aquello  es  tan  grande  que  solo 
para  una  fiesta,  —  dijo  Ernestina. 

—  Y  para  una  fiesta  se  necesita  motivo, — 
contestó  Isabel,  viendo  que  Matilde  guarda- 
ba silencio. 

—  Pronto  ■  ha  de  haber  motivo,  —  insistió 
Ernestina,  mirando  intencionalmente  á  Val- 
mar.  Y  éste  que  no  había  comprendido  la 
broma  que  encerraban  todas  aquellas  alu- 
siones apenas  esbozadas,  se  unió  á  los  de- 


164  V  A  L  M  A  R 


más    para   insistir   sobre    la    cuestión    del 
baile. 

—  Si  usted  quiere  hacerlo, — dijo,  dirigién- 
dose á  Matilde,  —  estoy  seguro  de  que  no 
le  ha  de  faltar  motivo. 

—  No  lo  decía  yo!  —  exclamó  Ernestina 
batiendo  palmas,  mientras  todos  reían  á 
coro  y  Matilde  palidecía  ligeramente. — Val- 
mar  afirma  que  habrá  motivo ! . . .  Afirma 
que  habrá  motivo!  —  Y  el  pobre  Rodolfo, 
comprendiendo  al  fin  de  lo  que  se  trata- 
ba, enrojecía,  completamente  desconcertado, 
mucho  más  por  la  expresión  disgustada  del 
rostro  de  Matilde  que  por  la  jarana  de  los 
asistentes. 

Felizmente  para  él,  la  señora  de  Mont 
invitó  á  las  jóvenes  á  tomar  el  café  en  un 
saloncito  contiguo,  y  los  hombres  pasaron 
á  fumar  al  escritorio,  ocupándose  en  el 
acto  de  temas  políticos  ó  comerciales. 

Recién  á  las  diez  y  media,  y  por  iniciati- 
va de  Felipe,  pudieron  emanciparse  de  la 
enojosa  compañía  de  aquellos  señores  for- 
males que  llevaban  trazas  de  no  acabar 
con  sus  preguntas  al  doctor  Valmar,  sobre 
las  ventajas  y  desventajas  de  los  diversas 
sistema  electorales  adoptados  en  distintas 
partes  del  mundo. 


VALMAR  165 


—  Caray!  —  dijo  Felipe  cuando  hubieron 
salido  del  escritorio,  y  mientras  se  lavaban 
las  manos  en  una  de  las  piezas  interiores. 
—  ¿Tú  no  acabarás  de  conocer  á  la  gente? 

—  ¿Por  qué? — interrogó  Rodolfo. 

— Por  que  si  sigues  dando  cuerda  á  estos 
viejos,  te  tienen  hasta  mañana. 

—  Pero,  hombre,  trataban  un  tema  muy 
interesante.  Nada  menos  que  la  cuestión 
electoral. 

—  ¡Déjate  de  embromar  con  la  cuestión 
electoral,  en  un  país  donde  no  hay  electo- 
res!—  exclamó  Felipe  encogiéndose  de  hom- 
bros. 

—  No  hay  electores  por  que  tú  nunca  lo 
has  sido . . .  ¡  Miren  qué  pretensión !  —  con- 
testó Rodolfo,  que  se  desesperaba,  siem- 
pre que  tenía  ocasión  de  constatar  el  incu- 
rable escepticismo  de  su  amigo. 

—  Yo.no  he  sido  elector,  pero  tú  tampo- 
co,—  argüyó  éste  riendo. 

—  ¡ Yo    tampoco ! ¡Yo    tampoco ! 

Ya  sé  que  yo  no  he  cumplido  estrictamente 
con  mis  deberes  de  ciudadano,  pero  he  teni- 
do grandes  preocupaciones  en  ese  sentido, 
y  me  había  propuesto  tratar  detenidamente 
esa  interesante  cuestión.  —  Y  Valmar,  hasta 
cierto  punto  herido  por  el  reproche  de  su 


166  V  A  L  M  A  R 


amigo,  trataba  de  justificarse  ampliamente, 
cuando  entró  el  novio  de  Isabel  á  decirles 
que  fuesen  al  salón  que  acababa  de  entrar 
la  de  Hostwald. 

—  ¡  Diablo !  —  exclamó  Felipe ,  —  corro  á 
darle  mi  voto.  —  Y  acercando  sus  labios  al 
oído  de  Rodolfo,  añadió.  —  Y  tú  cumple  tus 
deberes  de  ciudadano  con  Matilde,  ya  que 
en  otro  sentido  no  has  hecho  más  que 
pura  teoría. 

Pero  Valmar  al  entrar  en  el  salón,  ape- 
nas si  se  atrevió  á  saludar  á  Sofía  Host- 
wald que,  en  medio  del  coro  que  á  su  al- 
rededor habían  formado  las  jóvenes,  con- 
taba anécdotas  del  baile,  recalcando  con 
orgullo  en  las  que  podían  de  alguna  mane- 
ra hacer  resaltar  el  efecto  que  en  todos  los 
ánimos  había  producido  su  esplendor. 

—  Estoy  contenta ,  —  decía ,  —  contenta  y 
muy  agradecida  á  mis  amigas  y  amigos 
que  me  han  ayudado  mucho. . .  ¡  Ah  !. . . 
¿usted  por  aquí? — exclamó,  sorprendida,  al 
ver  á  Rodolfo,  mientras  miraba  intenciona- 
damente á  Matilde. 

—  Estamos  conspirando  por  robárselo  á 
la  ciencia,  —  dijo  Isabel  Mont,  prendida  ya 
de  su  novio. 

—  Será  un   verdadero  triunfo.    ¿Y  usted, 


VALMAR  167 


Matilde,    no    contribuye?  —  Interrogó    Sofía 
mirando  á  la  joven. 

— No  sé  si  tendrá  algún  valor  mi  in- 
fluencia; pero  en  el  caso  de  que  lo  tuvie- 
ra, sería  muy  poca  cosa  comparado  con 
lo  que  todos  ustedes  podrían  hacer, — contes- 
tó Matilde  sonriendo,  pero  deseando  en  el 
fondo  vengarse  de  todas  aquellas  bromas. 

—  Ah!  por  mi  parte,  espero  conseguir 
que  Valmar  sea  uno  de  mis  habitúes  du- 
rante el  próximo  invierno,  —  exclamó  la 
señora  de  Hostwald  amablemente,  dirigien- 
do una  de  sus  miradas  más  tiernas  á  Ro- 
dolfo. 

—  Seguro !  seguro !  —  dijo  Felipe  acer- 
cándose al  grupo,  después  de  haber  lleva- 
do al  señor  Hostwald  al  escritorio  de  su 
padre. — En  invierno  y  en  verano,  en  otoño  y 
en  primavera,  en  las  cuatro  estaciones  está 
usted  adorable,  Sofía  ¿No  era  de  eso  que 
estaban    hablando  ?  —  Añadió,    alegremente. 

—  Misia  Isabel,  —  dijo  Sofía,  volviendo  li- 
geramente la  cabeza  hacia  el  sofá  don- 
de estaba  sentada  la  señora  de  Mont,— 
mire  lo  que  me  dice  su  hijo Es  nece- 
sario que  usted  lo  reprenda  para  que  no 
se  burle  de  esta  manera. 

—  Felipe,   ¿qué  le  dices  á  Sofía?  —  inte- 


168  V  A  L  M  A  R 


rrogó  la   señora    siguiendo    la   broma    con 
su  voz  dulce  y  su  aire  condescendiente. 

—  No  le  hagas  caso,  mamá,  se  queja  por 
que  le  digo   linda. 

—  Y  tiene  razón,  has  debido  decir  lindí- 
sima,—  contestó  Misia  Isabel  mirando  en- 
ternecida á  su  hijo,  que  era  para  ella  el 
Benjamín  de  la  familia. 

En  aquel  instante,  la  entrada  de  Paqui- 
to  Stern  y  de  su  hermana  Edelmira,  que 
parecía  disfrazada  de  palito  de  dientes,  di- 
solvió el  grupo  que  se  había  formado  en 
el  centro  de  la  sala,  y  las  conversaciones 
empezaron  á  particularizarse  paulatina- 
mente. 

Debido  al  fuerte  calor  reinante,  los  bal- 
cones se  habían  dejado  abiertos  en  su  ma- 
yoría, emparejando  tan  solo  las  celosías 
para  evitar  que  desde  la  calle  pudiese  verse 
hasta  el  interior  de  la  sala.  Así  es  que 
las  parejas  fueron  agrupándose  junto  á  és- 
tos, aumentados  progresivamente  por  las 
personas  que  iban  entrando.  La  señora  de 
Mont  en  el  sofá  del  centro,  atendía  á  las 
mamas  y  á  los  señores  serios,  mientras 
Isabel,  sin  soltar  á  su  novio  del  brazo, 
acudía  hacia  todas  partes  con  extrema  so- 
licitud.   Stern,    intrigado    por    la   presencia 


VALMAR  169 


del  tal  Valmar  en  aquella  sala,  corría  de 
un  grupo  al  otro  queriendo  indagar  la 
historia  de  aquel  aparecido  misterioso  que 
se  le  antojaba  poco  chic,  y  su  hermana, 
armada  de  un  impertinente,  lo  examinaba 
todo,  criticando  á  la  gran  mayoría  de  la 
sociedad. 

Después  de  mucho  insistir,  Felipe  obtu- 
vo de  Sofía  Hostwald  que  tocase  la  Paté- 
tica de  Bethowen,  la  que  fué  brillantemente 
ejecutada  llegando  á  impresionar  vivamen- 
te á  todo  el  auditorio,  menos  á  la  hermana 
de  Paquíto,  que  no  podía  soportar  á  esas 
dilettantis,  con  pretensiones  de  maestras, 
cuya  música  aturdía  repicando  monótona 
en  todos  los  salones.  Y  en  el  acto  de 
concluir  las  manifestaciones  de  admiración 
hechas  á  Sofía,  un  murmullo  unánime  se 
levantó  pidiendo  que  cantase  Matilde.  La 
joven  que,  aunque  no  le  gustaba  mucho 
exhibirse,  tampoco  se  hacía  de  rogar  cuan- 
do era  instada  para  hacerlo,  levantóse  len- 
tamente de  su  asiento,  y  mientras  Isabel 
Mont,  que  había  de  acompañarla,  ensaya- 
ba los  dedos  sobre  el  teclado,  empezó  á 
buscar  unas  músicas  con  ayuda  de  Felipe. 

La  elección  recayó  por  fin  en  el  «Ideal» 
de  Tosti,  cuyo  preludio  empezó  Isabel  len- 


170  V  A  L  M  A  R 


tamente,  hasta  que  Matilde,  de  pié  á  sus 
espaldas,  irguiendo  con  distinción  su  airo- 
so busto,  atacó  la  sentida  partitura  del  cé- 
lebre romancista  italiano  con  voz  suave  y 
fraseo  rápido,  como  un  susurro  acariciador 
que  todos  oyeron  con  religioso  silencio. 

lo  ti  seguü  come  iride  di  pace 

Decía  la  joven  despidiendo  las  palabras 
como  pequeños  suspiros  nacidos  en  la  flor 
de  sus  labios  y  con  la  mirada  perdida  en 
el  vacío,  persiguiendo  una  visión  pasage- 
ra,  de  contornos  apenas  esfumados.  "Y  así 
continuó  un  intante,  hasta  empezar  á  dar- 
le vibraciones  extrañas  y  más  robustas  á 
su  hermosa  voz  de  contralto,  diciendo  con 
toda  la  pasión  de  su  alma,  como  en  éxta- 
sis ante  queridos  recuerdos: 

E  tí  seniii  ne  la  luce,  ne  Varia, 
Nel  profumo  dei  fiori; 
E  fu  piena  la  stanza  solitaria 
Di  te,  dei  tuoi  splendori. 
Un  murmullo  de  admiración    acogió    las 
últimas  notas,  y  los  aplausos  de  la  concu- 
rrencia apagaron  el  preludio  de  la  segun- 
da estrofa,  hasta  que    Matilde    empezó    de 
nuevo,  como  un   suspiro: 

In  te  rapitOy  al  suon  de  la  tua  voce 
Lungamente  sognai. . . 


VALMAR  171 


Y  su  voz  y  sus  ojos  parecían  quejarse 
de  la  espera  prolongada  á  que  la  tuviera 
sugeta  su  ideal  irrealizable,  y  que,  sin  em- 
bargo, la  absorbía,  la  dominaba  como  due- 
ño absoluto,  perdido  en  las  vaguedades  del 
cielo,  ó  envuelto  en  el  misterioso  velo  de 
la  noche. 

Un  extremecimiento  recorría  la  sala,  sus- 
pensa ante  aquellos  tiernísimos  acentos,  has- 
ta que  Matilde,  desatando  el  raudal  de  su 
poderosa  voz,  como  un  ardiente  llamado 
del  alma,  cantó  la  última  estrofa  de  Car- 
melo Errico. 

Torna,  caro  ideal,  torna  un  instante 
A  sorridermi  ancora, 
E  a  me  risplenderá,  nel  tuo  semblante 
Una  novelice  aurora. 

Un  estallido  de  aclamaciones  coronó  co- 
mo un  estruendo  los  últimos  agudos,  per- 
diéndose los  dos  postreros  y  desfallecientes 
llamados  á  su  ideal,  entre  el  murmullo  de 
las  felicitaciones  y  el  ruido  de  las  sillas 
que  se  entrechocaban  al  levantarse  los 
hombres  y  las  mujeres,  poseídos  de  entu- 
siasmo y  deseosos  de  aproximarse  á  la 
joven  para  contemplarla  de  cerca  rodeán- 
dola en  estrecho  círculo. 

—  ¡  Insuperable,   Matildita ! ¡  Insupera- 


172  VALMAR 


ble !  —  exclamaba   Paquito    haciendo    reve- 
rencias. 

—  De  veras,  Matilde,  nunca  la  he  oído 
cantar  como  hoy!  —  decía  Sofía  Hostwald. 

—  ¡  Qué  gusto  ! . . .  ¡  Qué  interpretación !  — 
murmuraba  el  novio  de  Isabel. 

—  ¡Y  qué  sentimiento!  —  exclamó  Felipe, 
completando  las  ponderaciones  de  su  futuro 
cuñado  y  examinando  atentamente  á  la 
joven. 

—  ¡  Cuándo  yo  decía  que  no  faltaría  mo- 
tivo !  —  recalcó  Ernestina. 

—  ¿Motivo  de  qué?  —  preguntó  ávidamen- 
te la  hermana  de  Paco  Stern. 

—  Pues!  . . .  motivo  para  cantar  con  senti- 
miento,—  contestó  Ernestina,  paralizada  de 
pronto  por  una  mirada  de  Felipe,  que  veía 
el  disgusto  que  á  Matilde  producían  aque- 
llas bromas. 

Pero  Edelmira  Stern,  no  satisfecha  con 
aquella  respuesta,  se  le  pegó  á  un  costado 
abrumándola  con  [sus  preguntas,  mientras 
que  Felipe  tomaba  del  brazo  á  Matilde,  pa- 
ra sustraerla  al  fastidio  de  aquellas  ponde- 
raciones. 

Valmar,  invadido  por  una  serie  de  im- 
presiones, desconocidas,  con  la  cabeza  ar- 
diendo y  el  pecho  anhelante,  como  si  fuera 


VALMAR  173 


víctima  de  una  opresión  violenta,  abrió  una 
celosía  y  se  escurrió  hasta  el  balcón,  res- 
pirando allí  con  avidez  el  aire  relativamen- 
te fresco  que  corría  por  las  calles.  Matilde 
acababa  de  darle  el  golpe  de  gracia.  Aque- 
lla romanza  que  por  completo  respondía  á 
su  título,  cantada  por  la  joven  con  todo  el 
sentimiento  de  su  alma,  henchida  de  secre- 
tas ternuras,  había  repercutido  hondamente 
en  su  corazón  apasionado,  revelándole  con 
sus  acentos  misteriosos,  el  estado  íntimo 
de  aquella  mujer,  que,  después  de  esperar 
durante  tantos  años  al  dueño  de  sus  afectos, 
al  ideal  soñado  durante  tanto  tiempo,  lo 
llamaba,  por  fin,  con  la  seguridad  de  ser 
oída,  de  que  su  voz  no  se  perdería  como  el 
lamento  de  un  náufrago  que  cree  ver  un 
barco  cuando  se  alza  una  pequeña  nube  en 
el  lejano  horizonte.  No,  ahora  había  visto 
bien  claramente  que  aquel  fantasma,  perse- 
guido casi  desde  la  cuna,  tomaba  formas 
tangibles,  adquiría  proporciones  reales,  y 
se  ofrecía  á  su  vista,  deseoso  de  ser  llama- 
do á  su  vez  para  fundir  en  una  sola  la 
corriente  de  sus  destinos.  Y  él  había  oido, 
y  había  contestado.  Sí,  se  lo  había  dicho 
todo  de  una  vez  al  cambiar  la  última  mi- 
rada, cuando  repetía  con  voz   desfalleciente 


174  V  A  L  M  A  R 


el    estribillo    de   su    canción :   Torna,  caro 

ideal ! Torna  ! Torna  !  Se  lo  había 

dicho,  y  ella  había  comprendido. 

En  ese  mismo  punto  de  sus  pensamien- 
tos, Matilde  aparecía  en  el  balcón  del  bra- 
zo de  Felipe  que,  al  ver  á  Rodolfo,  excla- 
mó: 

—  ¡Pues,  señor,  estamos  en  plena  edad 
media!  ¿Quieres  que  te  traiga  una  guitarra? 

—  Me  ahogaba  de  calor,  —  contestó  Ro- 
dolfo balbuceando  una  disculpa. 

—  Sí,  está  haciendo  mucho  calor,  —  dijo 
Matilde  por  decir  algo. 

—  Bien,  entonces  los  dejaré  tomando  el 
fresco  y  les  traeré  un  helado,  —  dijo  Felipe 
saludando  y  marchándose  hacia  adentro, 
dejando  solos  á  Rodolfo  y  á  Matilde  en  el 
cuadrado  del  balcón  que  coincidía  con  el 
piano. 

Pasaron  unos  instantes  de  embarazoso 
silencio  hasta  que,  al  fin,  Valmar  se  decidió 
á  romperlo  aunque  fuera  con  alguna  bana- 
lidad. 

—  Pero  qué  calor!  —  volvió  á  decir. 

—  Sí,  no  son  noches  apróposito  para  re- 
uniones,—  contestó  Matilde  displicente- 
mente. 


VALMAR  175 


—  ¡  Cómo  ha  cantado,  señorita !  —  exclamó 
Rodolfo  después  de  otra  pausa,  sin  atre- 
verse á  decir  nada  sustancial. 

—  Y  usted  ¿  cómo  puede  juzgar  si  canto 
bien,  habiendo  oído  cantar  muy  poco  ó  ca- 
si nada,  como  decía  hace  un  momento?  — 
Interrogó  la  joven. 

—  Porque  lo  he  sentido,  —  contestó  Val- 
mar  sencillamente. 

—  ¿Y  usted  cree  que  estas  cosas  se  sien- 
ten? Cantar  bien  es  cuestión  de  escuela. 
Si  se  sintiera  verdaderamente  lo  que  se 
dice,  no  se  podría  expresar  cantando;  habría 
que  hacerlo  de  otro  modo!  —  Y  Matilde,  al 
hablar  de  aquella  manera,  se  encojía  lijé— 
ramente  de  hombros  adquiriendo  su  habi- 
tual gesto  desdeñoso. 

Pero  Rodolfo  al  oírla,  le  pareció  que,  á 
pesar  del  calor,  caía  en  el  fondo  de  un  po- 
zo helado,  mientras  una  onda  amarga,  des- 
pués de  oprimirle  el  corazón  le  subía  has- 
ta la  garganta.  Las  ideas  se  le  embrolla- 
ban confusamente  en  el  cerebro,  y  su  ros- 
tro cambiaba  de  color  á  cada  instante. 
Los  pensamientos  más  raros  y  extraordi- 
narios lo  asaltaban  con  rapidez  vertiginosa 
dándole  deseos  de  gritar  furiosamente  y 
obligándolo,   sin    embargo,    á    permanecer 


176  V  A  L  M  A  R 


callado.  ¡Cómo!  ¿Entonces  aquella  mira- 
da había  sido  un  sueño?  ¿Matilde  no  ha- 
bía sentido,  no  lo  había  llamado  como  al 
hombre  que  encarnaba  su  ideal,  al  hombre 
capaz  de  comprenderla,  al  que  podría  apre- 
ciar y  corresponder  todos  sus  tiernísimos 
afectos  ?  Y  anonadado,  sintiéndose  pequeño 
y  creyéndose  corrido,  deseaba  una  catástro- 
fe, sucesos  imposibles  surgiendo  repentina- 
mente para  mostrarse  en  toda  su  talla. 
Deseaba  un  hombre  que  cometiese  alguna 
acción  impropia  para  abofetearlo,  ó  una 
criatura  que  se  desplomase  de  la  azotea 
para  precipitarse  á  salvarla  con  riesgo  de 
su  vida. 

—  Pero,  señorita  ¿usted  no  ha  sentido 
nada?  —  exclamó,  por  fin,  en  el  colmo  de  la 
admiración. 

—  Nada,  —  contestó  la  joven,  simplemente. 

—  Entonces  ¿por  qué  me  miró  usted  de 
aquella  manera  al  concluir  ?  —  interrogó 
Valmar,  aproximándose  á  Matilde,  sin  po- 
der someterse  á  ninguna  consideración,  á 
ningún  fingimiento. 

—  ¿De  qué  mirada  me  habla  usted?  — ex- 
clamó la  joven  aparentando  sorprenderse,  y 
afectando  conservar  su  gesto  despreciativo. 

—  ¿De  qué  mirada?...  ¡De  la  suya  tier- 


V  A  L  M  A  R  177 


nisima,  como  un  ruego ! . . .  ¡  De  esa  en  la 
que  aparecía  su  alma  al  espirar  en  los  la- 
bios Jas  últimas  notas  de  su   canto ! . . .  j  De 
toda  su  ternura  desbordante,  ofreciéndoseme 
á  mí,  que  estaba  allí  para  comprenderla ! . . 
Hablcj  de  su  mirada  amorosa  como  no  he 
visto  hinguna,  Matilde,  de  esa  mirada  que 
aunque  intente  ahora  desconocer,  he  sabo- 
read^ en  toda  su  dulzura  exquisita,  y   con- 
servaré como  una  visión  santa,  en  el   san- 
tuario de  mis  recuerdos!  —  Y  al  hablar  así 
arrebatado,  loco  de  amor  y  de  amargura, 
miraba  á  la  joven  intensamente.   Pero  és- 
ta, invadida  por  sensaciones    extrañas,   en 
absoluto    desconocidas,   bajó    la   vista    sin 
contestar,  como  para  que  Rodolfo  no   leye- 
ra en  la  expresión  de  su  ojos  lo  que  pasa- 
ba en  el  fondo  de  su  alma.  Entonces   Val- 
mar,  interpretando  erróneamente   aquel   si- 
lencio, dejó  caer  su  mano  como  una  zarpa 
sobre  el  antebrazo  de  la  joven,  oprimiéndo- 
selo con  extraordinaria  fuerza  y  diciéndole 
con  voz  temblorosa  y  ronca: 

—  ¡  Ah,  Matilde,  nunca  juegue  asi  con  el 
corazón  de  un  hombre! 

—  Matilde !. .  .¿De  crema,  ó  de  damasco? — 
dijo  Felipe  apareciendo  en  aquel  mismo 
instante  con  un  helado  en  cada  mano. 


178 


VALMÁR 


—  De  damasco,  contestó  la  joven.  Y  te- 
mando un  platito  de  manos  de  Felipe,  en- 
tró hacia  el  interior  del  salón,  mientras 
Rodolfo,  tembloroso  y  aturdido,  tomaba  rápi- 
da é  inconscientemente  el  sorbete  de  crema 
que  le  ofreció  su  amigo. 


CAPITULO  VIII 


Recién  después  de  las  dos  de  la  maña- 
na llegó  Matilde  á  su  casa  acompañada 
por  su  padre.  El  doctor.  Rolan,  á  pesar 
de  tener  su  tiempo  dedicado  en  absoluto, 
pudo  hacer  un  momento  aquella  noche  pa- 
ra ir  en  busca  de  su  hija;  pero  no  por 
eso  dejó  de  mencionar  el  sacrificio  que  le 
había  costado,  tener  que  abandonar  á  sus 
amigos  del  club  Uruguay  en  lo  más  inte- 
resante de  una  partida  de  cartas. 

—  Pero,  no  los  hubieses  dejado,  papá!— 
dijo  la  joven  contestándole,  cuando  iban  en 
el  coupé  hacia  su  casa,  — bien  sabes  que 
misia  Isabel  me  hubiese  acompañado,  co- 
mo lo  hace  siempre. 

—  Lo  hice  porque  tú  te  quejas  constante- 


180  VALMAR 


mente  de  que  no  te  acompaño, — respondió 
su  padre,  picado  por  aquella  indiferencia. 

—  ¡  Ah ! . . . .  Hace  ya  mucho  tiempo  que 
no  me  quejo!  —  exclamó  Matilde  con  visi- 
ble amargura.  Y  en  seguida,  como  si  sus 
pensamientos  se  transportasen  repentina- 
mente al  pasado,  guardó  silencio  hasta  lle- 
gar á  la  puerta  del  palacete,,  donde  su 
padre  exclamó: 

—  Vamos,  mimosa!  ¿Ya  te  has  puesto 
triste? 

—  No,  papá,  —  contestó  la  joven  con  voz 
velada.  Pero  su  padre,  que  á  pesar  de  to- 
do la  quería  mucho,  la  acarició,  prome- 
tiéndole mil  cosas,  y  concluyendo  sus  ofer- 
tas, dijo: 

—  Tú  necesitas  casarte,  mi  hijita.  Esas 
tristezas  repentinas  no  son  sino  la  falta 
de  un  buen  marido  que  te  quiera    mucho. 

—  Siempre  me  dices  lo  mismo,  —  mur- 
muró Matilde,  con  cierto  aire  de  contra- 
riedad. Y  como  el  carruaje  hubiese  atra- 
vesado el  arco  de  la  gran  puerta  cochera, 
y  se  detuviese  al  pié  de  la  escalinata  de 
mármol,  bajó  apoyándose  en  la  mano  de 
su  padre,  que  en  el  acto  le  ofreció  el  bra- 
zo para  subir  hasta  sus  habitaciones. 

Matilde  apenas  sola,  despidió  á  la  cria- 


VALMAR  181 


<la  y  corrió  á  contemplarse  delante  de  su 
•espejo  para  juzgar  exactamente  de  la  im- 
presión que  debió  producir  momentos  an- 
tes. Luego,  sin  dejar  de  mirarse,  sonriendo 
á  su  propia  imagen,  y  plenamente  satisfecha 
de  aquel  control  de  su  belleza,  empezó  á 
desnudarse  lentamente,  agitando  los  labios, 
como  empeñada  en  una  auto-conversación 
de  interés  grandísimo.  Sucesivamente,  y 
mientras  sus  dedos  soltaban  cintas,  ó  des- 
prendían broches  con  exactitud  automática, 
reconstruía  en  el  pensamiento  las  excenas 
de  la  noche,  juzgando  la  actitud  de  Ro- 
dolfo y  su  inesperada  cuanto  extraña  de- 
claración de  amor.  Y  en  el  acto,  como 
consecuencia  de  su  vida  reconcentrada  y 
de  la  educación  que  recibiera  en  su  ho- 
gar, casi  despoblado,  se  estableció  una  lu- 
cha interna  entre  su  antiguo  modo  de  pen- 
sar y  la  alborada  de  su  nuevo  modo  de 
sentir.  Mientras  que  en  su  corazón  domi- 
naba Rodolfo  con  toda  la  fuerza  del  amor 
naciente,  en  su  cabeza  surgían  dudas  amar- 
gas que  la  atormentaban  con  crueldad  ex- 
trema. Sentía  el  amor  y  la  sinceridad  de 
aquel  hombre,  que  se  había  impuesto  des- 
de el  principio,  con  la  sola  fuerza  de  su 
impetuoso  apasionamiento,  y  pensaba,   sin 


182  VALMAR 


embargo,  que  todo  aquello  podía  ser  hijo 
del  cálculo,  podía  ser  una  comedia  bien 
representada  para  apoderarse  de  su  fortu- 
na y  de  su  belleza.  Por  una  parte,  encon- 
traba natural  que  un  corazón  sano  se  di- 
rigiese al  suyo,  impulsado  por  un  amor 
sincero,  desde  que  esa  misma  pureza  de 
sentimientos  destruía  toda  suposición  de 
miras  interesadas;  y  por  otra,  dada  las 
condiciones  de  fortuna  y  la  posición  de 
Valmar,  comparativamente  con  su  posición 
elevada  y  su  fortuna  inmensa,  le  hacían 
dudar  de  aquella  pasión  repentina  que  el 
joven  había  revelado  casi  involuntariamen- 
te, en  un  momento  de  arrebato.  Pero  á  la 
inversa  de  lo  que  hasta  allí  le  había  ocu- 
rrido en  análogas  circunstancias,  la  idea 
de  que  Valmar  obedeciese  á  móviles  inte- 
resados y  mezquinos,  desaparecía  ante  la 
convicción  del  amor  triunfante,  como  al 
cruzar  el  disco  del  sol  desaparece  la  man- 
cha negra  de  un  astro  pequeño,  absorvido 
por  el  resplandor  brillante  de  sus  rayos 
de  oro. 

Aquella  noche,  Matilde  se  sentía  queri- 
da, y  su  espejo,  que  tantas  veces  oyera 
sus  confidencias  y  reflejara  su  supremo 
desaliento,  entonces  parecía  dejarla   satis- 


VALMAR  183 


fecha  con  el  dato  de  su  belleza,  justifican- 
do que  fuese  sincera  y  apasionadamente 
querida. 

La  joven  se  había  despojado  de  todas 
sus  ropas,  y  solo  conservaba  una  transpa- 
rente camisa  de  finísima  batista  adornada 
con  encajes  y  apenas  sujeta  sobre  los  res- 
balados hombros  por  dos  moños  pequeños 
de  cinta  rosa.  A  sus  pies,  arrojadas  con 
descuido,  é  impregnadas  aún  de  los  tibios 
vapores  de  su  cuerpo,  yacían  las  ricas 
prendas  de  su  vestido  revueltas  confusa- 
mente sobre  la  alfombra,  como  fragmen- 
tos de  su  organismo  aún  palpitantes,  mien- 
tras que  ella,  con  los  brazos  desnudos  y 
levantados,  concluía  de  quitarse  las  últi- 
mas horquillas  del  peinado. — No  hay  duda, 
—  pensaba,  —  éste  me  quiere,  me  lo  dice 
el  corazón,  y  si  alguien  le  hablase  de  mi 
fortuna,  se  sorprendería  de  no  haber  pen- 
sado en  ella.  —  Y  al  mismo  tiempo,  acer- 
cándose al  espejo,  miraba  su  antebrazo 
izquierdo  para  ver  si  quedaba  alguna  se- 
ñal querida,  de  la  presión  violenta  que  em- 
pleara el  joven,  cuando  la  interrogó  sobre 
sus  sentimientos,  al  cantar  la  inspirada 
romanza  de  Tosti. 

Media  hora  más  tarde,  Matilde  se  dejaba 


184  VALMAR 


caer  sobre  su  pequeño  lecho  Luis  XV  y 
sin  tan  siquiera  preocuparse  de  cubrir  su 
cuerpo,  de  formas  alargadas  y  extremidades 
finas,  dio  rienda  al  mundo  de  pensamientos 
que  bullía  en  su  mente,  preñada  de  impre- 
siones. 

Le  parecía  despertar  de  un  letargo  pro- 
longado y  asistir  al  renacimiento  de  todas 
sus  fuerzas,  anhelosas  por  entrar  en  la 
actividad  de  la  vida.  Su  sangre  hablaba 
con  todo  el  ardor  de  la  raza,  impelién- 
dola con  violencia  al  cumplimiento  de  su 
destino  de  mujer,  y  mientras  los  senti- 
dos se  extremecían  ante  el  anuncio  miste- 
rioso y  secreto  de  futuros  espasmos,  su 
alma  desbordante  de  ternura  se  fundía  en 
lágrimas  de  gratitud  inmensa,  extasiándose 
ante  aquella  repentina  irrupción  de  dicha. 
Sintió  que  el  amor  había  hecho  su  llama- 
do difinitivo. 

Le  parecía  que  flotando  entre  las  som- 
bras, se  agitaba  una  visión  bienhechora 
que  avanzaba  hacia  ella  lentamente,  adqui- 
riendo, poco  á  poco,  formas  humanas  y  ten- 
diendo los  brazos  como  para  tomarla  entre 
ellos  y  oprimirla  con  fuerza.  Luego  sentía 
la  dulcísima  presión  de  aquel  abrazo  vi- 
goroso y  tendía  su  boca  con  los  labios  en- 


VALMAR  185 


treabiertos,  buscando  otra  boca  de  labios 
invisibles  que  le  quemaba  el  rostro  con  su 
aliento.  Y  sacudida  por  un  fuerte  extreme- 
cimiento  nervioso  que  recorrió  todo  su  cuer- 
po, tendió  las  manos  hacia  aquella  visión 
murmurando  un  nombre. 


Mientras  tanto,  Valmar,  desencajado  y 
ojeroso,  con  las  inequívocas  señales  de 
haber  pasado  una  noche  de  insomnio,  salía 
á  la  puerta  ele  su  cuartito  del  mirador,, 
para  contemplar  el  nacimiento  de  la  aurora. 

Aquel  corazón  sincero  había  sufrido  un 
terrible  desencante  al  sentir  el  lenguaje 
frío  de  Matilde,  afirmando  que  la  interpre- 
tación más  ó  menos  apasionada  del  Ideal 
de  Tosti,  era  solo  cuestión  de  escuela  y  en 
manera  alguna  el  eco  de  un  sentimiento 
que,  en  el  caso  de  ser  expresado,  sería  in- 
dudablemente en  otra  forma  muy  distinta. 
Pero  en  rigor,  si  aquella  explicación  pudo 
dejarlo  un  instante  suspenso,  su  instinto 
de  enamorado  y  el  recuerdo  de  las  miradas 
elocuentes  de  la  joven,  le  hicieron  suponer 
en  el  acto  que  había  sido  víctima  de  la 
más  refinada  coquetería,  y  su  carácter  no- 


186  V  A  L  M  A  R 


ble  y  sincero  se  rebeló  iracundo  contra  quien 
de  tal  manera  obraba  así  con  él.  Por  eso 
había  tenido  aquel  impulso  repentino,  y 
violando  todas  las  leyes  de  la  urbanidad, 
con  una  grosería  salvaje,  increpó  á  Ma- 
tilde estrujando  brutalmente  su  delicado 
brazo.  Cierto  que  al  propio  tiempo  que 
cometió  aquella  irreparable  falta,  reveló  su 
amor  poderoso,  poderoso  al  extremo  de  ha- 
cerle desconocer  todos  sus  deberes  y  sus 
respetos  hacia  la  joven;  pero  así  mismo > 
mientras  examinaba  fríamente  su  actitud, 
se  juzgaba  completamente  desacreditado 
con  Matilde,  perdido  para  ella.  Ni  siquiera 
lo  autorizaría  á  dirigirle  la  palabra  en 
el  caso  de  que  tuviese  el  coraje  de  mos- 
trarse en  su  presencia  —  ¡Maldita  impe- 
tuosidad !  —  exclamaba  —  ¡  Qué  nunca  ha  de 
poder  uno  hacer  lo  que  quiere  y  debe, 
teniendo  que  fiarse  incondicionalmente  á  la 
impresión  del  momento,  á  las  combina- 
ciones de  los  hechos  y  oportunidades  en 
que  uno  se  encuentra!  ¡No  poder  marchar 
en  la  vida  con  relación  á  propósitos  y 
orientaciones  prefijadas! — Y  arrepentido  de 
su  acción,  convencido  de  lo  irreparable  de 
su  falta,  se  desesperaba  contra  la  fuerza 
fatal  de  los  acontecimientos  que  obligan  al 


VALMAR  187 


hombre  á  someterse  en  absoluto  á  su  des- 
tino. 

—  Claro!  Yo.no  podía  preveer  los  suce- 
sos,—  pensaba,  casi  en  voz  alta. — Y  aun- 
que los  hubiera  previsto  ¿cómo  adivinar 
las  vivas  sensaciones  que  me  produjeron  ? 
¿Cómo  podía  presumir,  que  la  quería  ya 
de  esta  manera;  que  por  el  solo  hecho  de 
decirme,  muy  naturalmente,  que  cantaba 
sin  sentir,  había  de  trastornarme  por  com- 
pleto? Porque  al  fin  y  al  cabo  ella  no  tu- 
vo la  culpa  de  que  yo  interpretase  tan  en 
favor  mío  sus  miradas,  atribuyéndole  una 
expresión  que  no  tenían. —  Y  agrupando  to- 
dos sus  recuerdos,  empezaba  paulatinamente 
á  evolucionar  en  el  orden  de  las  ideas, 
disculpando  á  la  joven  del  crimen  que  le 
había  imputado  durante  toda  la  noche. 

—  No  hay  duda,  soy  un  cretino,  —  conti- 
nuaba pensando,  — ¿Qué  vínculos  me  unen 
con  esa  mujer  para  pretender  que  me  mire 
con  afecto,  si  apenas  la  conozco  hace  un 
par  de  meses  y  nunca  le  he  dicho  una 
palabra  de  amor  ?  ¿  O  acaso  podía  exigir 
que  hubiese  adivinado  lo  que  me  pasaba 
por  dentro?  Soy  realmente  un  estúpido,  un 
soñador  incurable,  como  dice  Felipe.  Esa 
joven  ni  siquiera  há  pensado  un  minuto  en 


188  VALMAR 


mí,  y  si  ahora  lo  ha  hecho,  habrá  sido» 
para  conceptuarme  loco. — Y  al  pensar  de 
esta  manera,  una  amargura  inmensa  lo 
invadía,  constatando  lo  lejos  que  se  encon- 
traba de  un  ser  que  había  surgido  ante 
él  para  convertirse  desde  luego  en  el  due- 
ño de  su  vida.  Examinaba  atentamente 
todos  los  hechos,  y  cuanto  más  se  de- 
tenía en  tan  prolijo  análisis,  más  honda 
le  parecía  su  amor,  enardecido  por  lo  que 
juzgaba  un  imposible.  Sin  embargo,  en 
medio  de  su  dolor,  la  imagen  de  Josefina 
surgía  en  su  mente  como  ofreciendo  un 
refugio  lleno  de  ternura  y  de  consuelos 
infinitos,  y  aquella  visión  dulce  y  querida, 
mitigaba  en  parte  el  desaliento  dé  Rodolfo, 
por  más  que  ya  no  fuese  bastante  intensa 
para  borrarlo  todo. 

La  constatación  de  este  hecho  fue  ma- 
yor causa  de  amargura  para  el  joven, 
que  pudo  apreciar  más  que  nunca  los  es- 
tragos que,  talvez  sin  quererlo,  Matilde  ha- 
bía hecho  en  su  corazón  tan  crédulo  coma 
apasionado. 

Todo  el  día  pasó  Rodolfo  sometido  á  es- 
te género  de  pensamientos,  y  en  los  cortos 
instantes  que  intentó  dormir,  tuvo  ensueños 
agitados,  alucinaciones    repentinas,   en  que 


VALMAR  189 


le  parecía  rodar  con  violencia  por  una  rá- 
pida pendiente,  ó  que  hablaba  con  nerviosa 
elocuencia  para  salvar  su  vida  de  extraor- 
dinarios peligros. 

Recién  á  las  cinco  de  la  tarde  apareció 
Felipe  en  su  busca,  deseoso  de  saber  lo 
que  había  sucedido  la  noche  anterior  en- 
tre Matilde  y  su  amigo,  pues,  aunque  éste 
no  le  habia  dicho  nada,  comprendió  per- 
fectamente en  su  manera  de  despedirse  que 
algo  extraño  le  ocurría. 

—  Y  bien  ¿qué  pasa? ¡ Desembuche, 

amigo!  —  exclamó  con  su  acostumbrada  jo- 
vialidad, apenas  se  hubo  sentado  en  un  si- 
llón de  hamaca. 

— No  te  puedes  imaginar  la  barbaridad 
que  hice  anoche.  Yo  mismo  no  sé  cómo  pu- 
de hacer  semejante  cosa.  Soy  un  inútil  para 
estas  cuestiones,..  Decididamente,  yo  no 
debo  salir  de  mis  libros...  No  sirvo  más 
que  para  eso !  —  contestó  Rodolfo ,  d^ndo 
rienda  á  su  desesperación. 

—  Pero  habla,  hombre,  di  de  una  vez  que 
ha  sido  eso,  —  dijo  Felipe  impaciente  por 
saber  de  lo  que  se  trataba. 

—  Figúrate, — empezó  Valmar, — que  cuan- 
do Matilde  cantó  la  romanza  aquella..... 

—  Sí,  el  Ideal. . . 


190  V  A  L  M  A  R 


— Eso  es,  el  Ideal.   Pues  se  me  puso 

que  me  miraba  y  cantaba  de  aquella  ma- 
nera porque  estaba  enamorada  de  mí. — Y 
Rodolfo,  con  su  acostumbrado  apasiona- 
miento, comenzó  á  narrar  los  detalles  de 
su  curiosa  declaración-,  arrancada  en  un 
instante  de  cruel  despecho  y  que  tanto  le 
había  dado  que  pensar  hasta  aquel  mo- 
memto. 

—  ¡  Ya  puedes  imaginarte  el  efecto  que 
me  producirían  semejantes  palabras!  excla- 
mó concluyendo  su  desalentado  discurso. — 
Yo  que  esperaba  verla  enternecida  para 
aprovechar  la  oportunidad,  la  veo  fria  é 
indiferente.  En  vez  de  sentirla,  como  la 
suponía,  vibrante  y  apasionada,  la  encuen- 
tro en  guardia,  dura  como  una  roca,  insen- 
sible  por    completo ! Como    es  natural, 

aquello  me  desconcertó;  fui  acometido  por 
un  fuerte  arrebato  de  cólera,  y  olvidando 
toda  consideración,  le  agarré  una  muñeca 
y  se  la  sacudí  con  fuerza,  diciendo  al  pro- 
pio tiempo:  ¡Ah!  Matilde ,  nunca  juegue 
así  con  el  corazón  de  un  hombre  ! . . .  ¡  Fi- 
gúrate qué  barbaridad!  Qué  habrá  dicho 
de  mi  esa  criatura,  y  cómo  vuelvo  a  mos- 
trarme en  público  en  los  lugares  que  ella 
frecuente!. . . 


VALMAR  191 


— ¡Ja,  Ja,  Ja!....  ¡magnífico! — exclamó  Feli- 
pe, riéndose  estrepitosamente.— Has  estado 
impagable!...  ¡Ni  que  lo  hubieras  hecho  á  pro- 
pósito!... Ahora  caigo  por  qué  estaba  tan 
contenta  cuando  se  despidió  de  Isabel... 
Vaya,  hombre,  al  fin  has  hecho  una  cosa 
buena! 

— Pero,  cómo? — Interrogó  Valmar  suspen- 
so, y  sin  saber  como  tomar  las  palabras  de  su 
amigo. 

— Pues  es  claro,  hijo.  Eso  que  has  hecho  es 
la  más  linda  y  original  de  las  declaraciones. 
Es  la  verdadera,  la  única  declaración  que  de- 
be hacer  un  hombre.  Entendidos  por  las  mi- 
radas y  otras  pequeñas  manifestaciones  que 
no  dejan  lugar  á  duda,  se  establece  un  com- 
promiso tácito,  y  á  la  más  leve  falta  se  piden 
explicaciones,  de  manera  que  la  primera  de- 
claración de  palabra  es  á  la  vez  un  primer 
enojo,  dulcísimo  por  cierto,  y  que  viene  á  ma- 
nifestar la  sumisión  completa  del  ser  queri- 
do  ¿A  que  no  te  fijaste  en  lo  que  hizo  ella? 

—Interrogó  Felipe,  victorioso. 

— Bajó  los  ojos,  simplemente,  y  como  en 
ese  momento  tu  traías  los  helados,  se  fué  pa- 
ra dentro, — contestó  Rodolfo  meditando. 

— Pues  ¡ya  lo  ves!... ¡Es  una  victoria,  un 
triunfo  completo  é  inesperado!    Te  juro  que 


192  VALMAR 


cuando  venía  para  acá  no  soñaba  con  un  re- 
sultado semejante!  Te  felicito!. ...Te  felicito  de 
todo  corazón,  has  nacido  de  pié!  —  Y  Felipe 
que  se  había  levantado,  daba  grandes  voces 
palmeando  y  abrazando  á  su  amigo,  que  por 
no  estar  aún  muy  convencido,  lo  escuchaba 
reflexivamente,  preguntándole  al  cabo  de 
un  momento: 

—¿Entonces  tú  crees  que  no  ha  sido  una 
caída,  mi   actitud   de  anoche? 

— ¡De  ninguna  manera!...  ¡Telo  garanto! 
Es  un  triunfo  completo,  el  que  has  obteni- 
do, y  si  te  hubiesen  enseñado  el  papel  no 
lo  hubieses  hecho  mejor! 

Desde  aquel  día,  Felipe  no  hizo  más  que 
hablar  con  su  amigo  de  Matilde,  admi- 
tiendo como  seguro  el  supuesto  de  que  ésta 
estaba  enamorada.  En  el  afán  de  conseguir 
su  objeto,  facilitaba  las  cosas  y  apuraba 
los  acontecimientos  para  desviar  totalmente 
á  Rodolfo  de  sus  malhadados  proyectos 
de  matrimonio  con  Josefina.  Felipe  había 
tomado  la  cosa  con  verdadero  empeño;  era 
una  batalla  la  que  libraba,  y  á  toda  costa 
quería  triunfar. 

Asi,  una  tarde  que  conversaba  con  su 
amigo,  queriendo  salir  de  dudas  respec- 
to  de   sus    intenciones,  y  en   vista   del  si- 


VALMAR  193 


leacio  que  este  guardaba  con  relación  á 
sus  primeros  amores,  decidió  abordar  cla- 
ramente el  arduo  tema  de  su  proyectado 
matrimonio. 

El  amor  de  Matilde  fué  comentado  de 
todas  maneras  y  Felipe  afirmó  rotunda- 
mente que  la  joven  lo  quería,  así  es  que, 
aprovechando  la  satisfacción  que  sus  pa- 
labras producían,  exclamó  de  pronto,  ob- 
servando como  ellas  impresionaban  á  Ro- 
dolfo: 

— -Pero,  á  propósito  ¿Qué  piensas  hacer 
con  Josefina?. ..  Porqué,  supongo  que  note 
vas  á  casar  con  las  dos!  —  Es  un  procedi- 
miento ese  que  no  tenemos  la  dicha  de  em- 
plearlo por  estos  mundos! — Exclamó  pene- 
trando á  fondo  en  lo  más  delicado  de  la 
cuestión. 

— Con  Josefina? — Contestó  Valmar  triste- 
mente— ¡Qué  quieres  que  haga!....  ¿Lo  se  yo 
acaso?....  ¡Pobre!....  Hace  unos  dias,  al  creer- 
me perdido  para  Matilde,  su  recuerdo  era 
un  consuelo,-  y  ahora  con  lo  que  tú  me 
dices,  es  una  causa  de  pesar  inmenso... 
Y  no  hay  remedio,  — añadió  exaltándose, — 
porque  si  Matilde  me  corresponde  me  le 
entrego  en  absoluto,  en  cuerpo  y  alma;  y 
si  me  rechaza,  me  aniquila,  me  hunde  irre- 

7 


194  V  A  L  M  A  R 


misiblemente!. . .  Esa  es  una  mujer  que  ab- 
sorbe amando  y  mata  con  el  desprecio . . . 
Es  un  arrastramiento  tan  poderoso  el  mió, 
que  creo  haber  estado  en  un  error  profun- 
do al  afirmar,  como  afirmaba,  que  podían 
haber  dos  sentimientos,  dos  amores  reuni- 
dos en  el  corazón  de  un  hombre ¡Oh,  no! 

¡imposible!  No  se  quiere  más  que  á  una 
sola.  Todo  lo  que  decía  en  contrario  era  el 
producto  de  mi  inexperiencia.  Por  un  gesto 
de  esa  mujer,  por  cumplir  una  voluntad 
suya  lo  sacrificaría  todo,  todo!...  hasta  el 
amor  de  mi  madre!...  ¡No  te  imajinas  lo 
que  he  sufrido,  á  la  sola  idea  de  haber  es- 
tado ridículo  en  su  presencia!. ..  ¡Ah,  si  yo 
pudiera  expresarle  mis  sentimientos,  hacer- 
le sentir  el  estado  de  mi  alma,  cómo  la 
convencería!. . .  ¡Si  tan  siquiera  fuesen  exac- 
tas tus  suposiciones,  Felipe! 

— ¡No  lo  dudes  un  momento!  Lo  que  es 
por  ese  lado  puedes  estar  tranquila,  y  sino 
ya  lo  verás  el  viernes  en  la  quinta  de  Hos- 
twald. 

— ¡  Dios  te  oiga!  porque. . .  mira. . .  si  no 
me  hace  caso,  hago  una  barbaridad! — Y  Ro- 
dolfo con  los  ojos  inyectados  de  sangre,  y 
mezándose  los  cabellos  con  gesto  febril,  se 


VALMAR  195 


paseaba  nervioso  á  lo  largo  de  su  habita- 
ción de  estudiante. 

— Decididamente,  no  eres  de  este  mundo, — 
dijo  Felipe,  contemplándolo  atentamente. 

— ¿Por  qué?. ..  ¿Porque  sé  querer? — Inte- 
rrogó su  amigo  con  violencia,  deteniéndose 
en  su  paseo. 

—No;  porque  no  sabes  querer.  Yo  quiero 
más  que  tú,  puesto  que  las  quiero  á  todas;  pe- 
ro no  por  eso  me  enloquezco  como  tú  con  ca- 
da una  de  las  que  veo, -contestó  Mont  tran- 
quilamente. 

— Lo  que  tú  sientes  no  es  amor,  son  apeti- 
tos!—  exclamó  Valmar  con  despreciativo 
acento; — pero  cuando  se  quiere  de  la  manera 
que  yo  quiero,  es  imposible  intentar  poner  un 
freno  al  amor  desbordante.  Matilde  para  mí 
sintetiza  toda  la  ventura  de  la  tierra;  es  la  vi- 
da que  tú  has  pretendido  mostrarme,  brin- 
dándose en  su  expresión  más  hermosa;  es  el 
donjunto  de.todos  mis  ideales,  en  fin,  reunidos 
en  ella  como  si  fuera  un  modelo  de  la  crea- 
ción!— Y  Rodolfo  exaltado,  empezó  á  enume- 
rar todas  las  cualidades  de  la  joven,  su  belle- 
za física,  su  elevación  moral,  las  dotes  no  co- 
munes de  su  privilegiada  inteligencia,  su  ta- 
lento de  artista  en  la  pintura  y  en  la  música, 
y  por  fin,  su  exquisito  sentimiento,  revelado 


196  V  A  L  M  A  R 


en  el  más  insignificante  de  sus  actos.  Para  él, 
Matilde  lo  poseía  todo,  y  queriendo  demostrar 
hasta  qué  punto  estaba  enamorado,  contó  á 
su  amigo  el  efecto  que  ella  le  había  produci- 
do en  la  playa  cuando  se  la  mostró  por  vez 
primera;  luego  sus  encuentros  en  la  calle  Sa- 
randí  y  en  el  Prado,  cuando  pasaba  altiva  y 
desdeñosa,  fingiendo  notarlo  apenas;  y  des- 
pués, la  impresión  que  recibió  la  noche 
del  baile,  al  verla  destacarse  como  una  reina 
cubierta  de  oro,  bajo  un  dosel  de  púrpura 
centelleante.  Todo  había  palidecido  para  él 
desde  aquel  momento,  y  como  apagan  su  luz 
las  estrellas  más  brillantes  ante  la  apari- 
ción del  sol,  así  los  pequeños  y  dulces 
sentimientos  que  abrigaba  su  alma,  se  habían 
dejado  absorber  desapareciendo  humilde- 
mente ante  el  fulgor  de  su  mirada  de  fuego. 

—Oh,  sí!  Este  es  el  amor  omnipotente,  el 
que  lleva  á  la  cumbre  de  la  perfectibilidad,  el 
que  salva  la  humanidad  en  medio  de  sus  vie- 
jos vicios,  velando  al  propio  tiempo  por  la. 
conservación  de  la  existencia  en  >su  eterna 
marcha  hacia  el  futuro  desconocido  y  henchi- 
do de  promesas! — Y  mientras  tanto,  Felipe  lo 
oía  callado,  con  la  cabeza  apoyada  entre  las 
manos  y  pensando  en  el  lado  exacto  y  positi- 
vo de  todo  aquel  apasionamiento.  Para  él,  to- 


VALMAR  197 


das  aquellas  palabras  eran  como  fuego  de  ar- 
tificio, y  en  el  fondo  de  aquel  amor  exhube- 
rante  que  se  decía  único,  veía  el  aguijón  de 
los  apetitos  no  satisfechos  excitando  las  pa- 
siones de  su  amigo  con  afilada  púa. 

Recordaba  las  palabras  entusiastas  de  Ro- 
dolfo al  tratarse  de  Josefina,  y  comprendía 
que  si  ésta  había  perdido  su  puesto,  era  por- 
que se  había  dado  toda  y  no  tenía  más  que 
^ofrecer,  mientras  Matilde,  además  de  su 
incontestable  superioridad,  ofrecía  todos  los 
,  encantos  de  lo  nuevo,  todo  el  misterio  de  lo 
desconocido,  brindándose  al  hombre  en  su 
afán  de  más  allá. — Cuando  sea  tuya,  cuando 
conozcas  todas  sus  faces  de  mujer,  cuando  ya 
no  tenga  misterios  para  tí, — pensaba, — en- 
tonces veremos  si  no  te  impresiona  más 
cualquier  modistilla,  talvez  la  misma  Jose- 
fina, si  la  vuelves  á  encontrar  en  tu  cami- 
no.— Pero  la  manifestación  de  estos  pensa- 
mientos no  convenía  á  los  planes  de  Felipe, 
así  es  que  dejaba  hablar  á  su  amigo,  feli- 
citándose de  aquel  ardor  que  aseguraba  el 
éxito  de  su  empresa. 

— No  eres  de  este  mundo, — volvió  á  excla- 
mar, repitiendo  sus  anteriores  palabras; — pe- 
ro eso  mismo  te  favorece  para  el  triunfo. . . 

— ¿Por  qué  dices  eso?  -interrogó  Valmar. 


198  VALMAR 


— Porque  inconscientemente  te  posesionas 
de  tu  papel  en  las  comedias  de  la  vida, — con- 
testó Felipe  levantándose  y  tomando  su  som- 
brero. 

— ¡Ah,  excéptico  incurable!— exclamó  Ro- 
dolfo con  amargura. 

— Vamos,  creyente,  vamos  á  bañarnos  que 
hace  mucho  calor, — dijo  Felipe  riéndose  pa- 
ra no  entristecer  á  su  amigo.  Y  bajando  á 
saltos  la  escalera  de  la  azotea,  salieron  en 
busca  del  tren  de  los  pocitos. 


*4^@^ 


CAPITULO  IX 


La  tarde  aquella  era  una  hermosa  y 
perfumada  tarde.  La  señora  de  Hostwald 
reunía  á  sus  íntimos  en  su  quinta  del 
puente  de  las  Duranas  para  que  gozasen 
de  los  favores  del  campo.  Con  tal  motivo, 
hacía  preparar  una  mesa  junto  al  arroyo, 
próxima  á  la  escalinata  de  granito  que  se 
hundía  en  las  tranquilas  aguas  de  superfi- 
cie bruñida,  sombreada  por  variadas  y  tupi- 
das enredaderas.  Desde  allí  veíase  la  gran 
calle  de  pinos  que  subía  hasta  la  casa,  y 
hacia  la  derecha,  un  ombú  centenario  que 
ocultaba  entre  sus  venerables  ramas,  una 
pintoresca  plataforma,  cuya  rústica  escalera 
enroscábase  en  espirales  ascendentes  al  ro- 
busto y  sinuoso  tronco. 


200  VALMAR 


Sofía  Hostwald  en  persona,  presenciaba 
los  últimos  preparativos  del  mayordomo, 
cuidando  especialmente  del  alumbrado  que 
había  de  ser  una  verdadera  sorpresa. 

—  ¿Y  los  músicos,  Tomás?  —  preguntó 
de  pronto  á  su  criado. 

—  Vendrán  á  las  seis,  señora,  —  contestó 
el  interpelado,  deteniéndose  respetuosa- 
mente en  su  tarea.  ; 

—  ¿Vendrán  todos?  —  Y  como  el  criado 
respondiese  afirmativamente,  continuó:  — 
Que  toquen  durante  toda  la  comida,  y  que 
el  programa  siga  el  orden  que  yo  indi- 
qué... Las  luces  se  encenderán  en  cuanto 
anochezca,  pero  para  encender  las  antor- 
chas esperarás  que  yo  te  haga  una  seña, 
porque  es  preciso  que  sea  bien  de  noche. . . 
¡Ah!  cierra  bien  las  puertas  de  la  glorie- 
ta con  el  linó  que  te  di,  para  que  no  en- 
tren moscas.  No  olvides  el  orden  de  los 
vinos.  Cuida  bien  de  todo  . .  que  no  falte 
nada!  —  Y,  por  fin,  dando  un  vistazo  á  su 
alrededor  para  ver  si  olvidaba  algo,  sa- 
lió de  la  glorieta  y  dirigióse  á  la  casa, 
mientras  el  mayordomo  quedaba  murmu- 
rando con  los  otros  criados,  de  lo  fastidio- 
sa que  estaba  aquella  tarde  la  señora. 

Las  cinco  y  media  serían,  próximamen- 


V  A  L  M  A  R  201 


te,  cuando  Rodolfo  y  Felipe  eran  introdu- 
cidos en  el  salón  donde  Sofía  Hostwald 
en  compañía  de  una  prima  suya  esperaba 
á  sus  convidados. 

—  ¡  Qué  puntuales !  —  exclamó  Sofía,  sa- 
liendo á  recibir  á  sus  amigos  hasta  la 
puerta. 

—  A  una  invitación  de  este  género  se- 
ría un  crimen  faltar  ó  hacerse  esperar, 
aunque  fuera  un  momento,  —  contestó  Fe- 
lipe galantemente.  Y  como  notase  á  la 
prima  de  Sofía  que  también  se  adelantaba 
hacia  ellos,  corrió  á  saludarla,  mientras 
Valmar  preguntaba  á  la  dueña  de  casa  por 
el  señor  Hostwald. 

—  Todavía  no  ha  llegado.  ¡Tiene  tantas 
tareas!  —  dijo  Sofía  con  su  más  graciosa 
sonrisa. — Es  uno  de  los  fastidios  del  cam- 
po. Como  los  hombres  siempre  tienen  que 
hacer,  lo  pasa  uno  completamente  sola.  Pe- 
ro, á  propósito,  —  dijo,  variando  de  con- 
versación,—  saldremos  al  jardín  a  caminar 
un  poco,  porque  eso  de  estar  adentro,  en 
el  campo,  es  poco  divertido. 

—  Muy  bien!  —  dijo  Felipe,  —  entregado  por 
completo  a  la  prima  de  Sofía,  que  unidos 
á  una  reputación  dudosa  poseía  numerosos 
atractivos.    Y    ofreciendo    el    brazo    á    su 


V  A  L  M  AR 


compañera,  para  darle  tiempo  á  Sofía  de 
que  se  desengañase  de  Rodolfo,  exclamó 
alegremente,  — ¡En  marcha!  ¡A  la  conquis- 
ta de  las  flores! — Y  bajando  las  gradas 
de  una  pequeña  escalinata  de  mármol,  em- 
pezaron á  pasear  por  el  jardín,  arrancan- 
do sin  piedad  cuanta  flor  bonita  se  ofre- 
cía á  su  vista. 

Felipe  marchaba  adelante  con  su  com- 
pañera del  brazo,  y  más  atrás,  Valmar 
caminaba  algo  separado  de  Sofía,  que  se 
esforzaba  por  atraerlo  con  temas  por  de- 
más sugestivos. 

—  Mire  qué  lindos  ramos  ha  hecho  Fe- 
lipe. ¿Usted  no  es  amante  de  las  flores? 
—  dijo,  viendo  que  su  compañero  no  arran- 
caba ninguna. 

—  Mucho,  —  contestó  Rodolfo,  —  pero  me 
pasa  al  respecto  lo  que  con  las  cacerías.  Me 
gusta  ver  arrullarse  las  palomas  entre  las 
ramas,  y  me  encanta  ver  las  flores  pren- 
didas de  sus  tallos.  Tirarles  á  las  prime- 
ras ó  arrancar  las  segundas,  me  parece 
un   crimen. 

—  Eso  prueba  que  tiene  muy  buen  co- 
razón,—  argüyó  Sofía;  —  pero  supongo  que 
cuando  el  crimen  está  hecho  no  tiene  es- 
crúpulos en  gozar  de  sus  ventajas. 


VALMAR  203 


—  Ah,  seguramente,  no  llego  á  esos  ex- 
tremos !  —  exclamó  Valmar. 

Entonces  la  señora  de  Hostwald,  despren- 
diéndose un  gracioso  ramo  que  traía  en  el 
pecho,  quitó  de  él  un  hermoso  clavel  rojo, 
y  ofreciéndolo  á  su  acompañante,  dijo: 

En  ese  caso,  acepte  esta  flor  para  ador- 
nar su  ojal,  puesto  que,  de  todos  modos, 
ya  ha  sido  sacrificada.  —  Y  al  hablar  así, 
acariciaba  al  joven  con  sus  grandes  ojos 
celestes  y  parecía  tenderle  los  labios  en- 
treabiertos, más  rojos  que  el  clavel  que  le 
brindaba  con  sus  dedos  amarfilados,  de 
uñas  sonrosadas  y  blancas. 

Por  un  momento,  Valmar  creyó  que  se- 
ría imposible  resistir  el  ruego  ardiente  de 
todos  aquellos  atractivos;  pero  logrando 
sobreponerse  al  cabo  de  un  instante,  tuvo 
el  heroísmo  de  contestar  fríamente,  aunque 
con  suma  galantería: 

—  Es  doloroso  que  al  dármela,  la  sa- 
crifique doblemente, — mientras  Sofía  des- 
pechada, se  mordía  los  labios  hasta  hacerse 
sangre  con  sus  menudos  dientes. 

En  aquel  mismo  instante,  el  lando  de 
Matilde,  totalmente  descubierto  y  con  su 
cochero  y  lacayo  de  gran  librea,  franquea- 
ba la   verja  de  hierro  internándose  por  la 


204  VALMAR 


avenida  de   pinos  'en  dirección  á  la  casa. 

—  Pare,  pare!  —  gritó  Sofía  al  cochero, 
saludando  al  propio  tiempo  á  Matilde  que 
venía  acompañada  por  la  hermana  y  la 
madre  de  Felipe. 

Detuvo  el  cochero  el  poderoso  tronco 
y  antes  que  lo  hubiese  hecho  totalmente, 
ya  el  lacayo  se  había  arrojado  del  pescante 
y  abría  la  portezuela  con  el  sombrero  en 
la  mano. 

La  señora  de  Mont  seguida  de  Isabel  y 
Matilde  Rolan,  bajaron  del  carruaje  ale- 
gres y  decidoras,  contagiadas  por  aquella 
tarde  risueña  y  perfumada  que  invitaba  á 
gozar  de  los  dones  de  la  vida. 

Sonaron  besos  incrustados  en  risas,  las 
palabras  brotaron  fáciles  y  expontáneas, 
como  el  agua  de  una  fuente,  y  Valmar, 
estrechando  con  efusión  la  mano  de  Ma- 
tilde que  lo  acogió  con  una  benévola  son- 
risa, se  preguntaba  por  qué  había  tenido 
pensamientos  tan  extraños  respecto  de  su 
no  menos  extraña  declaración. 

— No  hay  duda, —  pensaba,  —  Felipe  tenía 
razón.  Esta  mujer  me  quiere,  sino  no  me 
hubiera  acogido  de  esta  manera. — Y  absorbi- 
do en  la  contemplación  de  Matilde,  mientras 
pensaba  de  tal  suerte,  sentía  una  impresión 


VALMAR  205 


de  bienestar  inmenso.  Una  gratitud  sin  lí- 
mites lo  invadía,  impulsándolo  á  manifes- 
tarla arrojándose  á  sus  pies  y  besándose- 
los efusivamente.  Y  no  poder  traducir  aquella 
natural  manifestación  de  ternura,  lo  con- 
trariaba casi  hasta  hacerlo  desgraciado. 

La  llegada  ele  Paquito  Stern  y  su  her- 
mana Edelmira,  volvió  á  producir  animación 
en  el  grupo,  y  tocios  juntos,  confundidos  y 
en  desorden,  dirigiéronse  por  la  gran  ave- 
nida de  pinos  hacia  las  orillas  del  arroyo. 

El  alegre  y  parlero  bando  llegó  á  su  des- 
tino aumentado  por  el  señor  Hostwald,  el 
doctor  Mont  y  el  novio  de  Isabel  que  se 
plegaron  por  el  camino.  Una  vez  allí,  mien- 
tras unos  se  trepaban  á  la  plataforma  del 
ombú  y  otros  tomaban  posesión  del  bote 
para  recorrer  una  parte  del  arroyo,  Ma- 
tilde, invadida  por  la  melancolía  de  la  ho- 
ra, sentóse  en  el  peldaño  superior  de  la 
escalera  del  muelle  donde  Valmar  fué  á 
hacerle  compañía,  situándose  en  el  inme- 
diato. 

Caía  la  tarde  lenta  y  magestuosa.  El  cie- 
lo ostentaba  el  lujoso  atavío  de  sus  inimi- 
tables colores,  los  pájaros  se  recogían  pian- 
do, en  busca  de  sus  amorosos  nidos,  y 
mientras  que  una  brisa  espesa  y  suavemente 


206  V  A  L  M  A  R 


cálida  agitaba  las  hojas  con  el  leve  con- 
tacto de  sus  alas,  las  flores  se  desvanecían 
en  el  aire,  trocadas  en  perfumes. 

Desde  su  puesto,  Valmar  contemplaba  á  la 
joven  como  á  una  imagen  santa,  destacándo- 
se en  el  centro  de  la  calle  de  pinos  sombríos 
erguidos  con  arrogancia  entre  los  destellos 
rojos  que,  como  un  incendio  colosal,  seña- 
laban en  el  cielo  las  huellas  de  fuego  que 
imprimiera  el  sol  á  su  paso.  Y  agiganta,- 
do  por  su  situación  y  por  la  hora,  Rodol- 
fo sentía  crecer  su  amor  de  una  manera 
inmensa,  inexpresable! — ¡  Oh ! — pensaba,  sin 
atreverse  á  separar  la  vista  de  aquella  de- 
leitosa visión, —  ¡Cómo  te  querría  si  tú  me 
quisieras!  ¡Cómo  te  haría  dichosa  derro- 
chando á  tus  pies  toda  mi  ternura! — Y  po- 
niendo el  alma  en  los  ojos,  que  por  mo- 
mentos amenazaban  inundarse  de  lágrimas, 
parecía  pedirle  con  la  mirada  que  se  des- 
prendiese de  aquel  sitio  y  viniese  hasta  él 
para  confiarle  sus  sentimientos  y  hacerle 
oir  las  palpitaciones  irregulares  de  su  co- 
razón enamorado.  Deseaba  verla  caer,  pre- 
cipitarse sobre  él  por  obra  de  magia,  y 
confundidos  en  un  abrazo  suavísimo,  rodar 
hasta  el  arroyo  y  quedar  flotando  sóbrelas 
aguas.  Su  imaginación  soñadora  se  fingía, 


VALMAR  207 


rápida,  situaciones  imposibles,  y  cuanto  más 
imposibles  más  bellas,  buscando  al  propio 
tiempo  palabras  inauditas  para  expresar  su 
amor  de  una  manera  original  y  clara.  La 
idea  de  que  ya  estaban  entendidos,  se  fi- 
jaba cada  vez  más  en  su  espíritu,  y  le  pa- 
recía una  ineptitud  no  aprovechar  aquella 
oportunidad  para  provocar  la  explicación 
apetecida.  Pero  por  más  que  torturaba  su 
imaginación  las  palabras  no  acudían  tan 
selectas  como  las  deseaba,  y  temiendo  rom- 
per el  encanto  de  aquella  mutua  contem- 
plación permaneció  silencioso,  hablando  tan 
solo  con  la  mirada. 

Las  interrogaciones  y  las  respuestas  se 
trasmitían  rápidas  y  silenciosas,  pero  no  por 
eso  menos  elocuentes,  repitiéndose  los  mis- 
mos versos  al  final  de  cada  estrofa. 

— ¡  Quiéreme ! — parecía  gemir  Rodolfo  en 
un  ruego  ardiente. 

■ — Más  tarde  te  querré,  consigúelo,  con- 
quista mi  corazón  ávido  de  amor.  —  Pare- 
cía responder  ella  á  través  de  su  pupila 
y  tendiendo  los  labios  como  para  mitigar 
su  ardor  en  la  humedad  de  la  tarde. 

Pero  las  palabras  no  consiguieron  con- 
formarse al  pensamiento  y  el  silencio  con- 
tinuaba;   un    silencio    lleno    de    elocuencia, 


208  VALMAR 


una  quietud  desfalleciente,  perezosos  de- 
seos de  morir  de  goce  para  alcanzar  ese 
dulce  más  allá  entrevisto  á  través  de  los 
intensos  resplandores  del  amor  en  su  mag- 
nífica aurora. 

La  presencia  de  los  excursionistas,  que 
un  instante  después  atracaban  su  bote  al 
muelle  con  extraordinaria  algazara,  vino  á 
poner  término  al  misterioso  coloquio,  tan 
solo  inteligible  para  los  iniciados  en  el  se- 
creto lenguaje  del  amor. 

Durante  la  comida  la  animación  no  de- 
cayó un  instante.  Parecía  como  que  una 
ráfaga  de  dicha  acariciase  con  su  soplo  ha- 
lagador todas  las  frentes,  y  jóvenes  y  vie- 
jos daban  rienda  á  las  expansiones  fran- 
cas y  expontáneas,  hijas  de  un  oculto  anun- 
cio de  felicidad  ignorada,  pero  ciertamente 
presentida. 

La  señora  de  Hostwald  que  ocupaba  el 
centro  de  la  mesa,  entre  el  doctor  Mont  y  Ro- 
dolfo, hacía  esfuerzos  por  atraer  á  este  úl- 
timo, luciendo  todas  las  finezas  de  su  es- 
píritu en  el  transcurso  de  la  conversación 
y  colmándolo  de  atenciones  que,  por  otra 
parte,  el  joven  no  parecía  notar,  abstraído 
en  las  dulzuras    infinitas  de  su  amor    na- 


V  A  L  M  A  R  209 


cíente.  Frente  á  ella,  el  señor  Hostwald  no 
trataba  más  que  de  complacer  á  misia  Isa- 
bel Mont  y  á  Matilde,  mirando  de  vez  en 
(juando  á  su  mujer  para  adivinarle  en  la 
expresión  del  semblante  si  aprobaba  su 
conducta.  Y  matizados  á  lo  largo  de  la  me- 
sa, el  resto  de  los  comensales  reía  de  las 
gracias  de  Paquito  Stern  á  quien  Felipe  se 
había  propuesto  poner  en  ridículo. 

La  música,  bajo  una  especie  de  carpa  ocul- 
ta detrás  de  la  glorieta,  dejaba  oir  los  suaves 
acordes  de  sus  instrumentos  ejecutando  wal- 
ses  y  trozos  de  operetas  picantes,  propios 
para  alegrar  el  espíritu  y  preparar  favora- 
blemente el  estómago  á  la  admisión  de  los 
selectos  manjares  que  se  servían.  En  el 
centro  de  la  glorieta  y  repartidos  por  los 
ángulos,  infinidad  de  farolillos  de  porcelana 
imitando  frutas,  alumbraban  con  luz  profusa 
al  par  que  discreta,  el  pintoresco  recinto> 
mientras  que  los  criados  iban  y  venían  si- 
lenciosos, escanciando  los  vinos  ó  repar- 
tiendo los  platos  que  el  mayordomo  lle- 
naba sobre  una  mesa  de  trinchar  instalada 
en  un  ángulo. 

A  los  postres  y  mientras  la  orquesta  eje- 
cutaba la  habanera  de  Carmen,  Sofía  re- 
dobló sus    coqueterías  con  Valmar,  gozan- 


210  VALMAR 


do  en  la  manifiesta  contrariedad  de  Matil- 
de que,  colocada  enfrente,  no  podía  dejar  ¿e 
notarlas. 

Uamour  est  enfant  de  bohéme 
Qui  ría  jamáis  connu  de  loi. 
Si  tu  ne  tríaimes  pas,  je  taime 
Et  si  jje  taime y  prends  garde  á  toi! 
Los  violines  hablaban  de  esta  suerte,  ma- 
nejados con  arte  y  sentimiento,  y  la  señora 
de  Hostwald,  envolviendo  á  Rodolfo  en  el 
fluido  traidor  de  sus  miradas  acariciadoras, 
rozándole  la  piel  de  la  mano  con  sus  dedos 
tibios  y  amarfilados  al  pasarle  un  plato  de 
ananá  bañado  en  Jerez,  y  haciéndole  res- 
pirar el  perfume  cálido  de  su  cuerpo  y  de 
sus  rizos  de  oro,  parecía  también  amena- 
zar al  audaz  que  despreciase  la  regia  do- 
nación de  todos  aquellos  encantos.  Pero 
Rodolfo,  á  pesar  de  sentir  un  poderoso  arras- 
tramiento físico,  y  de  verse  acometido  por 
repentinos  mareos,  producidos  por  la  mez- 
cla de  los  vinos  y  licores  que  bebiera  en 
abundancia,  como  así  por  la  variedad  de 
aromas  suavísimas  y  excitantes  que  brotaban 
como  un  deleitoso  baho,  de  aquella  mujer 
hermosa,  consiguió  responder  con  indife- 
rencia á  su  última  tentativa  y  refugiarse 
en  la  mirada  de  Matilde  que,  centelleante,  á 


V  A  L  M  A  R  211 


causa  de  una  exitación  extraña,  parecía  bri- 
Uaí  con  reflejos  de  fuego. 

Felipe  entretanto,  aparentando  estar  com- 
pletamente dedicado  á  la  primita  de  Sofía, 
observaba,  sin  embargo,  los  manejos  de  ésta, 
gozando  con  la  indiferencia  y  sangre  fría 
de  su  amigo.  Y  Edelmira  Stern,  á  coro  con 
su  hermano  Paco,  hacía  las  delicias  de 
misia  Isabel,  al  mortificar  á  lsabelita  y  á  su 
novio,  que  apenas  lograban  disimular  su 
disgusto. 

Cuando  llegó  el  café,  la  conversación  se 
había  generalizado,  reinando  en  apariencia 
la  mejor  armonía,  mientras  todos  lucían  las 
fuerzas  de  su  espíritu  construyendo  frases 
superficiales  y  amenas;  pero,  no  obstante, 
en  el  fondo,  cada  palabra  era  una  alusión, 
un  alfilerazo  sutil  que  hería  en  el  punto 
preciso,  sublevando  los  ánimos  interior- 
mente, por  más  que  se  manifestasen  al  ex- 
terior por  medio  de  una  agradable  sonrisa. 

Felipe  mortificaba  á  Sofía  por  los  des- 
denes de  Rodolfo;  Matilde  afirmaba  que  no 
comprendía  cierto  género  de  competencias 
en  materia  de  amor.  Y  esto  lo  decía  con 
su  gran  aire  desdeñoso,  de  reina  condes- 
cendiente, que  tanto  irritaba  á  la  señora 
de  Hostwald.     En  el  otro  extremo    de   la 


VALMAR 


mesa,  la  lucha  continuaba  entre  Isabel  y 
su  novio  y  los  hermanos  Stern,  que  no 
cesaban  de  hablar  mal  de  los  que  aspi- 
raban á  ciertos  puestos  para  enriquecer  la 
bolsa.  Á  lo  que  el  novio  de  la  señorita  de 
Mont  contestaba  que  la  gente  sensata  no 
debía  preocuparse  de  ciertas  opiniones  com- 
pletamente despreciables.  Sofía  Hostwald, 
por  su  parte,  mordiéndose  los  labios  de  des- 
pecho, hablaba  con  lástima  de  las  mujeres 
que  estaban  expuestas  á  no  ser  queridas 
sino  por  su  fortuna,  y  al  concluir  sus  pa- 
labras miraba  á  Matilde  con  su  más  fina 
sonrisa.  Y  en  medio  de  esta  batalla  sin 
sangre,  pero  sin  cuartel,  solo  dos  personas 
permanecían  agenas  é  indiferentes:  el  se- 
ñor Hostwald,  por  su  excesiva  miopía  en 
todo  lo  que  no  fuesen  operaciones  de  bolsa, 
y  Rodolfo,  cuya  absoluta  buena  fé  y  ex- 
tremada elevación  intelectual  y  moral,  lo 
colocaban  muy  por  encima  de  todas  aque- 
llas pequeneces  sociales,  dándole  ocasión 
de  arrobarse  más  y  más  en  la  profundi- 
dad de  la  mirada  de  Matilde,  sentada  á  su 
frente. 

Por  fin,  la  señora  de  Hostwald,  muy  so- 
focada por  la  ira  y  la  impotencia,  se  le- 
vantó, proponiendo  á  sus  invitados  salir  á 


VALMAR  213 


caminar  por  la  orilla  del  arroyo,  propuesta 
que  en  el  acto  fué  calurosamente  apoyada 
por  la  mayoría  de  los  concurrentes. 

En  efecto;  todos  se  levantaron,  y  al  llegar 
á  la  puerta  de  la  glorieta  prorrumpieron  en 
exclamaciones  de  alegría  y  sorpresa,  des- 
lumhrados por  la  vivísima  claridad  de  un 
sinnúmero  de  antorchas  de  bengala,  azula- 
ladas  y  rojas,  que  á  una  seña  de  la  señora  de 
Hostwald,  el  mayordomo  había  hecho  en- 
cender, en  el  extremo  de  elevadas  cañas 
repartidas  artísticamente  entre  los  árboles. 

— ¡Oh!  Qué  hermoso  espectáculo! — excla- 
mó Rodolfo,  seducido  por  la  novedad  del  que 
presenciaba.  Y  como  un  eco  de  sus  palabras, 
casi  todos  los  presentes  prorrumpieron  en 
Idénticas  exclamaciones,  deleitándose  en  me- 
dio de  aquella  naturaleza  fantásticamente 
iluminada,  á  la  que  las  damas,  con  sus  vesti- 
dos claros  y  su  airoso  porte,  deslizándose  so- 
bre la  fina  arenilla  de  los  senderos  ó  sobre  el 
césped  cortado  como  una  mullida  alfombra, 
daban  el  carácter  de  un  voluptuoso    ensueño. 

Por  algunos  instantes,  las  señoras  y  los 
hombres  se  habían  dividido;  pero  aquella  se- 
paración, por  no  ser  lógica  no  podía  ser  du- 
radera, asi  es  que  media  hora  después,  los  jó- 
venes   arrojaban  sus    cigarros  aún   sin  con- 


214  VALMRA 


cluir,  impacientes  por  reunirse  con  ellas,  que 
á  la  vez  aguardaban  su  llegada. 

No  tardaron  en  formarse  grupos  y  en  los 
grupos  parejas,  que  poco  á  poco  empezaron 
á  circular  lentamente  alrededor  del  corpu- 
lento ombú, — viejo  monarca  en  medio  de  los 
sauces  que  lo  rodeaban  reverenciándolo  hu- 
mildemente. 

— ¡Cet  féerique! — Decía  Paquito  Stern  po- 
niéndose el  monóculo  y  ofreciendo  su  brazo  á 
la  viudita,  prima  de  Sofla,  mientras  ésta,  en 
apariencia  conforme  con  su  suerte,  aceptaba 
el  de  Felipe  que  había  creído  oportuno  apro- 
vechar aquel  momento  de  despecho. 

Isabel,  prendida  de  su  novio,  trataba  de 
alejarse  todo  lo  posible  del  resto  de  la  socie- 
dad, maldiciendo  interiormente  aquel  exceso 
de  luz  que  parecía  hacer  las  delicias  de  los 
otros.  Y  la  señora  de  Mont,  seguida  de  Edel- 
mira  Stern  que  no  quería  correr  el  riesgo  de 
quedarse  sola,  volvió  nuevamente  hacia  la 
glorieta  para  evitar  el  sereno  y  hacerle  tertu- 
lia á  su  marido  y  al  señor  Hostwald  que  no 
habían  querido  moverse  de  allí  por  no  turbar 
el  proceso  de  una  digestión  laboriosa. 

Así,  pues,  frente  á  la  escalera  que  daba  ac- 
ceso á  la  plataforma  construida  entre  las  ra- 
mas del  ombú,  quedaron  Matilde  y   Rodolfo, 


VALMAR  215 


mudos,  contemplándose;  sin  querer  ella  decir 
una  palabra,  esperándolo  todo  de  él;  y  él  sin 
poder  articular  la  palabra  esperada,  sin  sa- 
ber cómo  iniciar  la  explicación  de  su  ex- 
traña conducta  la  noche  de  su  violenta  de- 
claración. 

— ¿Subiremos? — preguntó  Matilde  ponien- 
do un  pié  sobre  el  primer  peldaño  de  la  esca- 
lera de  caracol  que  daba  acceso  á  la  plata- 
forma. 

— Bueno, —  contestó  Rodolfo  siguiéndola 
mansamente.  Y  como  durante  la  ascensión, 
llegase  á  ver  el  nacimiento  de  la  pierna  de 
Matilde,  apareciendo  bajo  la  orla  de  su  ves- 
tido, enrojeció  como  un  niño  y  su  emo- 
ción creció  de  punto,  hasta  hacerlo  tem- 
blar. Su  cabeza  ardía  y  giraba  con  velo- 
cidad extraordinaria,  pareciéndole  que  las 
espirales  de  la  escalera,  en  vez  de  subir 
lo  hacían  descender  al  fondo  de  un  abis- 
mo con  rapidez  vertiginosa.  Tuvo  que  de- 
tenerse un  momento,  y  agarrándose  con 
fuerza  á  la  baranda,  se  pasó  la  mano  por  el 
rostro  mesándose  los  cabellos  con  nervioso 
gesto,  mientras  tomaba  aliento  con  respira- 
ción fatigosa  y  anhelante. 

— ¡Ah!. .  .Aquí  se  respira! — exclamó  Matil- 


216  VALMAR 


de  cuando  hubo  llegado  á  lo  alto  de  la  plata- 
forma. 

— Y  á  mí  me  parece  que  se  respira  menos, 
— contestó  Rodolfo,  pálido  entonces  por  la  re- 
solución tomada. 

— Usted  siempre  opina  á  la  inversa  de  los 
demás. 

— No,  yo  soy  como  todos,  y  pienso  como  to- 
dos; solo  que  no  sé  fingir,  no  puedo  ocultar  lo 
que  siento  y...  ahora  estoy  sofocado! 

— Sí,  se  ve  que  no  sabe  fingir!  En  la  mesa 
estuvo  muy  imprudente.  Porque,  al  fin  y  al- 
cabo,  el  dueño  de  casa  merecía  más  respe- 
tos!— exclamó  Matilde  con  sorna. 

— No  entiendo, — contestó  Valmar  sorpren- 
dido. 

— ¡Ah!. . .  Muy  bien. . .  No  sabe  fingir  con 
los  demás  y  conmigo  lo  hace  á  las  mil 
maravillas. 

— Matilde!. .  .mire  Matilde  qué  no  se  puede 
jugar  conmigo!. .  .¿Yo  fingirle  á  usted?  ¡Si  ya 
le  he  abierto  mi  corazón  de  par  en  par!. .  .Si 
soy  suyo  con  toda  el  alma  y  se  lo  he  dicho 
mil  veces,  Matilde!  ¡Oh,  por  caridad!  dígame 
lo  que  piensa  de  mí,  dígame  lo  que  soy  para 
usted,  que  una  sola  palabra  suya  bastará 
para  iluminarme  y  resolver  mi  destino. . . . 

—  ¿Y  eso  me  lo  viene  usted  á  decir  á 


V  A  L  M  A  R  217 


mí? — interrumpió  Matilde  de  pronto,  lan- 
zando tras  estas  palabras  una  carcajada 
sonora  y  cristalina  que  el  eco  repitió  en- 
tre los  árboles  y  sobre  la  superficie  del 
arroyo. 

Rodolfo  quedó  un  instante  suspenso,  sor- 
prendido por  aquella  risa  extemporánea  que 
no  lograba  interpretar;  pero  cuando  ella  cesó 
de  reir,  había  tal  fuego  en  su  pupila,  que  pudo 
oír  la  voz  del  amor  que  se  anunciaba  sin  pa- 
labras traicionándola  á  despecho  de  su  risa 
fingida,  con  la  que  había  querido  ocultar  la 
emoción  que  le  producía  el  encuentro  de  su 
pareja  en  el  intrincado  laberinto  de  la  vida.  ¡ 

Matilde  estaba  palpitante  y  él  extremecido. 
Por  un  momento  volvieron  á  quedarse  mu- 
dos, contemplándose  en  los  ojos,  fascinados, 
sin  quererlo  ni  comprenderlo.  Matilde  ya 
no  reía  y  en  su  semblante  retratábase  el 
asombro  que  le  producía  el  mundo  de  senti- 
mientos extraños  que  la  invadían  desbor- 
dantes, como  un  torrente  que  todo  lo  ava- 
salla. Y  Rodolfo,  indeciso,  sin  comprender 
bien  aún,  torturaba  su  mente  con  angustia 
para  buscar  el  arma  que  había  de  herir  la 
fibra  sentimental  de  aquel  corazón  tan  re- 
belde como  amado. 

En  ese  instante,  la  antorcha  que  iluminaba 


218  VALMAR 


la  plataforma  del  ombú  se  apagó  repentina- 
mente, y  los  jóvenes,  deslumhrados  por  sus 
vivísimos  resplandores,  quedaron  sumidos 
en  tinieblas  relativas. 

— Matilde,  por  caridad!. .  .'una  palabra  de 
amor! — gimió  Rodolfo  atreviéndose  á  todo, 
favorecido  por  las  sombras. — ¡Una  esperan- 
za!.. .  ¡Siquiera  una  esperanza! — repetía  bus- 
cando con  las  suyas  las  manos  de  Matilde 
que  guardaba  silencio— ¡Oh,  no  me  desespere! 
¡Concluya  conmigo,  pero  sáqueme  de  esta 
duda! — Y  como  Matilde,  aunque  callada  le 
abandonaba  sus  manos,  temblorosa  y  desfa- 
lleciente, Rodolfo  insistía  cada  vez  con  más 
elocuencia  en  su  apasionado  ruego. 

—Bajemos, — murmuró  la  joven  débilmente. 

— ¡Oh,  no!. .  .¡así  no! — insistió  Rodolfo  con 
ímpetu,  atrayéndola  hacia  sí. 

Callaron  por  un  lijerísimo  instante,  hasta 
que  un  peón  déla  quinta  levantó  otra  caña 
sosteniendo  una  antorcha  de  luz  roja.  Enton- 
ces, separándose  violentamente,  sorprendi- 
dos por  aquellos  vivísimos  reflejos,  pudo  ver- 
se la  expresión  triunfal  de  Rodolfo,  en  cuyos 
labios  vagaba  aún  el  ardiente  aroma  de  un 
beso  que  había  sido  devuelto. 


CAPITULO  X 


Entretanto,  y  mientras  Rodolfo  Valmar 
se  olvidaba  de  todo  lo  existente,  absorbi- 
do por  el  amor  apasionado  que  le  inspi- 
raba Matilde  Rolan,  la  pobre  Josefina,  con 
quien  no  se  veía  desde  su  entrevista  á  la 
noche  siguiente  del  baile  de  Hostwald,  llo- 
raba tristemente  su  repentino  abandono. 
La  tierna  y  bondadosa  niña  se  empeñaba 
en  no  dar  crédito  de  ninguna  manera  á 
la  lamentable  desgracia  que  comenzaba  á 
pesar  sobre  ella. 

Ansiosa  por  hallar  una  explicación  sa- 
tisfactoria á  la  conducta  de  su  amante,  ya 
lo  suponía  ocupado  en  urgentes  tareas, 
como  víctima  de  alguna  enfermedad  que 
lo  inhabilitase  para  salir  á  la  calle.    Pero 


220  VALMAR 


bien  pronto,  sin  necesidad  de  recurrir  á 
ningún  género  de  investigaciones,  supo  que 
Rodolfo  gozaba  de  buena  salud  y  con- 
servaba toda  su  animación  para  acudir  á 
fiestas  y  paseos  en  compañía  de  su  amigo 
Felipe. 

Sin  embargo,  Josefina  no  podía  habi- 
tuarse á  la  idea  de  que  aquel  hombre  la 
hubiese  engañado  tan  vilmente,  y  una  voz, 
secreta  parecía  confirmar  su  confianza  di- 
ciéndole  que  era  querida.  Todos  sus  pen- 
samientos tendían  á  disculpar  á  Rodolfo, 
y  cuando  los  días  iban  pasando  conven- 
ciéndola que^  en  efecto,  éste  la  había  aban- 
donado, trataba  de  recordar  alguna  falta 
por  ella  cometida  que  justificase  la  acti- 
tud del  joven,  concluyendo  casi  siempre 
por  encontrar  aquello  natural,  dados  sus 
escasos  méritos  de  mujer,  para  satisfacer 
las  amorosas  ambiciones  de  semejante 
hombre.  —  Soy  indigna  de  él, — pensaba,  — 
¿Cómo  puedo  aspirar  á  que  se  case  con- 
migo ?  —  Y  luego,  agobiada  por  una  tris- 
teza inmensa,  tornaba  á  llorar  desespera- 
da aquel  su  gran   infortunio. 

Pero  de  todos  modos,  el  tiempo  volaba  y 
con  él  las  esperanzas  concebidas,  á  pesar  de 
la  evidencia  de  los  hechos.    El  otoño  de  su 


YALMAR  221 


primer  amor  empezaba  para  la  desdicha- 
da, y  cada  día  veía  correr  arrebatadas  por 
el  viento,  las  hojas  secas  de  sus  ilusiones 
muertas.  Doquiera  iba  la  seguía  su  des- 
ventura. Su  casa  era  un  martirio,  y  allá, 
en  su  puesto,  en  el  taller  de  la  Vendeux 
rodeada  por  sus  compañeras  de  trabajo 
que  contaban  frivolamente  sus  coqueterías 
callejeras  y  sus  amoríos  de  una  hora,  la 
pobre  niña  lloraba  silenciosa,  inclinada  so- 
bre su  costura  y  tratando  de  disimular  el 
origen  de  su  tristeza. 

Para  sustraerse  á  las  incesantes  bromas 
y  curiosas  investigaciones  de  las  mucha- 
chas del  taller,  Josefina  había  inventado 
una  enfermedad  al  corazón;  pero  este  ino- 
cente embuste  solo  había  servido  para  au- 
mentar sus  burlas,  al  extremo  de  hacerle 
insoportable  la  tarea. 

En  esta  situación,  como  remate  de  sus 
penas,  algunos  síntomas  extraordinarios  em- 
pezaron á  inquietarla.  Previo  la  posibili- 
dad de  estar  embarazada,  y  ante  semejan- 
te acontecimiento  quedó  sobrecogida  de 
estupor.  Anhelante,  desesperada,  la  joven 
empezó  a  indagar,  á  tomar  datos,  á  re- 
gistrar en  el  fondo  de  su  memoria,  los 
síntomas    que    recordaba    haber    visto    en 


222  VALMAR 


amigas  ó  parientas,  interrogando  á  todas 
las  que  se  encontraban  en  aquella  situa- 
ción, para  luego  establecer  comparaciones 
y  confirmar  ó  desechar  sus  temores.  Pe- 
ro la  certidumbre  no  tardó  en  venir,  solo 
que  en  vez  de  aumentar  su  martirio  fué 
por  el  contrario  el  término  de  su  ansie- 
dad al  respecto.  La  nave  se  había  hundi- 
do totalmente  vencida  por  la  borrasca,  y 
ella  quedaba  flotando  sobre  una  tabla  en 
medio  del  mar  tranquilo,  segura  de  su  sal- 
vación. El  hecho  estaba  consumado  y 
su  espíritu,  débil  y  bondadoso,  aceptaba 
los  hechos.  Además  el  hijo  le  pareció  un 
aliado,  una  nueva  fuerza  de  atracción  pa- 
ra el  amante.  Creyó  ver  en  él  un  premio 
del  destino,  un  lazo  que  le  procuraba  la 
divina  providencia,  para  unirla  al  hombre 
querido  por  medio  de  aquel  vínculo  de 
amor. 

Sus  propósitos  inmediatos  fueron  buscar 
á  Rodolfo  y  decirle  que  era  madre,  que  sus 
relaciones  habían  dado  fruto,  que  la  obra 
inmensa  y  salvadora  de  la  concepción  se 
había  realizado,  justificando  y  purificando  el 
beso  ardiente  del  amor  dado  en  horas  de 
delirio.  Pero  casi  en  el  acto  un  sentimien- 
to de  vergüenza  la  contuvo,  despertóse  en 


VALMAR  223 


ella  el  segundo  pudor  de  la  mujer,  el  pu- 
dor sublime  de  la  madre,  y  esperó  aún,  pre- 
sumiendo que  algún  mensagero  misterioso 
le  haría  saber  á  Valmar  el  resultado  de  su 
obra. 

No  quería  ni  podía  creer  en  su  abandono. 
La  indiferencia  después  del  amor  no  se 
amoldaba  á  su  razón.  Para  su  criterio,  entre 
Rodolfo  y  ella  había  algo  que  no  podía  ter- 
minar. ¿Cómo?  ¿Después  de  todo  no  había 
nada  entre  ellos?  ¿Acaso  se  verían,  se  en- 
contrarían por  la  calle  y  pasarían  rozándo- 
se sin  tan  siquiera  decirse  adiós?  ¿Los  lazos 
estaban  rotos,  su  amor  desaparecido?. . .  ¿Y 
ninguno  de  los  dos  había  muerto?  Dios,  ese 
Dios  de  bondad  y  de  justicia  que  había  des- 
pertado su  alma,  ¿permitiría  la  desaparición 
de  aquel  amor  que  era  obra  suya? — Y  la 
pobre  niña  en  aquel  balbuceo  inconsciente 
de  su  espíritu,  era  llevada  á  pensar  con- 
fusamente en  la  realidad  de  las  vinculacio- 
nes eternas. 

Mientras  tanto  el  almacenero  García  no 
cejaba  en  sus  propósitos  de  casamiento. 
Sabedor  del  abandono  en  que  se  hallaba 
Josefina  por  el  constante  espionaje  que  ejer- 
cía sobre  ella,  quiso  tentar  fortuna  nueva- 
mente, y    con    tal  motivo    se  presentó   un 


224  V  A  L  M  A  R 


domingo  de  tarde  en  la  colchonería,  en  mo- 
mentos en  que  toda  la  familia  Belloni  es- 
taba reunida  festejando  la  noticia  oficial  del 
casamiento  de  Enriqueta  con  el  peluquero 
de  la  calle  Yaguarón. 

La  reunión  se  había  formado  en  la  pieza 
inmediata  á  la  colchonería,  que  hacía  las 
veces  de  sala  y  comedor  en  el  hogar  de 
los  Belloni.  Los  concurrentes,  sentados  con 
toda  gravedad  en  círculo,  y  dando  frente  á 
los  viejos  dueños  de  casa,  tomaban  mate 
con  galletitas. 

Josefina,  para  evitarse  el  estar  allí  quieta 
bajo  las  miradas  constantemente  investi- 
gadoras de  sus  padres,  que  desconfiaban  ya 
de  su  abandono;  había  tomado  á  su  cargo 
la  tarea  de  servir,  yendo  y  viniendo  cons- 
tantemente de  la  sala  á  la  cocina. 

Hasta  aquel  momento  la  reunión  había 
sido  muy  cordial  y  amena.  El  peluquero, 
que  era  algo  músico  y  muy  cantor,  ras- 
gueando suavemente  una  guitarra  bien  tem- 
plada, hizo  oir  varias  canciones  napolitanas 
del  mejor  gusto,  donde  demostró  que,  al  par 
de  su  habilidad,  tenía  sus  puntillos  de  sen- 
timiento; y  Enriqueta,  no  queriendo  ser  me- 
nos que  su  novio,  recitó  unos  versos  que 
había  aprendido  en  el  colegio  y  que  á  pe- 


VALMAR  225 


sar  del  tiempo  transcurrido  aún  recordaba. 
Pero  la  entrada  imprevista  de  José  García^ 
vino  á  nublar  repentinamente  las  alegrías 
de  todos,  renovando  en  unos,  dolorosos  re- 
cuerdos ,  y  en  otros ,  dando  ocasión  á  que 
pensasen  en  las  tristezas  de  Josefina,  en  la 
parte  de  que  eran  sabedores. 

Desde  aquel  momento  la  conversación  se 
hizo  difícil,  arrastrada  penosamente  sobre 
asuntos  sin  interés,  hasta  que  García,  en  el 
acto  de  tomar  un  mate  de  manos  de  Josefina 
y  aprovechando  que  los  novios  hablaban 
para  sí,  dijo,  dirigiéndose  a  los  viejos  Be- 
Uoni: 

— Yo  me  he  dispuesto  á  venir,  porque  me 
creo  que  la  señorita  Josefina  no  ha  de  pensar 
hoy  lo  mismo  que  antes...  y  por  ese  con- 
cepto desearía  saber  sobre  cuales  son  sus 
nuevas  intenciones. 

A  lo  que  la  joven  contestó  brevemente  an- 
tes que  lo  hicieran  los  padres:  que  ella  no  ha- 
bía variado  de  manera  de  pensar,  y  que  se 
mantenía,  por  consiguiente,  en  lo  que  antes 
había  dicho. 

Entonces  se  siguió  una  excena  dolorosa. 

La  vieja  Belloni,  no  pudiendo  sufrir  que  se 
desairase  de  nuevo  y  de  manera  tan  termi- 
nante, un  tan  buen  partido,  empezó  á  perorar 

8 


226  V  A  L  M  A  R 


de  una  manera  deplorable,  haciendo  la  apo- 
logía de  los  méritos  del  almacenero. 

— Ma,  en  qué  pensa,  mica?. .  .¡Dio  mío!. . . 
Per  qué  decir  no,  al  siñor,  que  es  ina  buona 
persona  que  te  ha  de  tener  come  una  siñora, 
bien  vestita  y  regalada?. . .  ¡No  compriendo 
come  tiene  la  testa  cosi  dura  cuesta  mucha- 
cha!... Antes  era  buona  é  mansa,  y  dispués 
que  impezó  in  amore  con  ese  demontre, 
que  Dio  maldica,  me  sale  perversa  y  alta- 
nera. .  .¡Oh!. .  .yo  siempre  lo  dique,  esas  casa 
de  modista  son  casa  de  perdición!. ...Mas  va- 
liera que  no  supiese  hacer  nada  y  que  nunca 
hubiese  ganao  un  rial! 

—  No  se  canse  usted,  doña  Josefa,  no  se 
canse  usted! — contestaba  José  García  con  ai- 
res de  hombre  conocedor  en  la  materia. — 
Ella  se  niega  todavía  porque  tiene  alguna  es- 
peranza, pero  en  cuanto  comprenda  que  ya 
se  le  acabó  el  dotorcito,  ha  de  volver  á 
la  razón,  que  para  eso  es  una  buena  mu- 
chacha. 

— Está  bueno!— dijo  á  esta  razón  el  viejo 
Belloni  dirigiéndose  á  Josefina  con  mani- 
fiestas señales  de  ira— ¿Antunce  che  una  ver- 
goña dipiú?...¿Ti  plantó  il  musitu?— Y  co- 
mo la  joven,  continuando  en  su  tarea  de  ce- 
bar mate,   con  la  cabeza  gacha  para   ocultar 


VALMAR  227 


su  tristeza,  no  contestaba  una  palabra,  el  vie- 
jo exasperado  dio  un  tremendo  puñetazo  so- 
bre la  mesa,  exclamando  con  voz  de  trueno: 
—¡Per  Dio  santo!. .  .¿Nun  me  cuntesta? 

~  ¡Sí,  papá!— pudo  decir  la  joven  como  im- 
pulsada por  un  resorte.  Pero  luego,  fué  tan 
abundante  el  raudal  de  lágrimas  que  brotó  de 
sus  ojos,  que  tuvo  que  marcharse  á  las  piezas 
interiores  sin  más  explicaciones,  mientras  su 
padre  seguía  renegando  y  maldiciendo,  y  el 
almacenero  trataba  de  demostrar  á  la  vieja 
Belloni  que  nada  se  había  perdido,  pues  la 
joven  cedería,  al  fin,  cuando  se  convenciera 
definitivamente  de  la  defección  del  doctor 
Valmar. 

Y  acto  continuo,  sin  esperar  á  que  se  lo  pi- 
diesen, contó  lo  que  sabía  al  respecto.  Ello 
era  que  Rodolfo  no  paraba  en  su  casa  ni 
un  momento  y  jamás  se  detenía  como  an- 
tes en  el  tambo  del  Pastor,  ni  en  el  de  la 
calle  del  (Derrito  donde  también  solía  tener 
entrevistas  con  la  joven. 

La  verdad  es  que  ustedes  deben  de  felici- 
tarse, pues  esto  prueba  que  el  mocito  ese, 
viendo  que  no  podía  conseguir  nada,  en  cuan- 
to á  sus  torcidas  intenciones,  se  ha  marcha- 
do aburrido,  y  ahora  será  cosa  de  esperar  á 
que  el  amorcico  de  la  niña  se  pase,  que  ha  de 


228  V  A  L  M  A  R 


ser  pronto,  Dios  mediante.— Y  convencido  de 
que  á  pesar  de  haber  estado  oportuno,  su 
presencia  en  aquella  casa  tenía  que  ser  por 
el  momento  inconveniente,  se  levantó  para 
saludar,  marchándose  luego  seguido  del  pe- 
luquero y  moviendo  á  compás  los  puños 
enormes. 

Enriqueta,  que  los  había  acompañado  has- 
ta la  puerta  para  hacerles  los  honores  de  ca- 
sa, apenas  los  hubo  despedido  corrió  á  con- 
solar á  su  hermana  de  la  mejor  manera  que 
pudo,  aconsejándole  que  siguiera  su  ejemplo,, 
pues  así  no  tendría  nada  que  lamentar. 

— No  ves,  zonza! — le  decía— A  mí  Felipe 
me  ha  dejado  lo  mismo  y  yo  no  lloro.  ¿Por 
qué  no  haces  como  yo  y  te  casas  con  don 
José?  Estarías  mejor  con  él  que  yo  con  mi 
napolitano.  Serías  rica,  podías  poner  casa 
de  gorras,  como  te  gustaba  antes. .  .¡Sos  muy 
pava!. . .  ¿Qué  vas  á  hacer  con  llorar  así?. . . 
Lo  que  vas  á  ganar  es  que  te  vas  á  arrugar 
toda,  y  vas  á  venir  vieja. 

-¡Oh,  tú  no  sabes! — contestó  Josefina,- tú 
no  sabes  lo  que  me  pasa.— Y  como  sus  lágri- 
mas y  su  desesperación  eran  tan  grandes,  su 
hermana  toda  asustada,  la  besaba  con  trans- 
porte, llorando  con  ella  sin  saber  por  qué. — 
¡Estoy  embarazada!— Exclamó,  por  fin,  José- 


V  A  L  M  A  R  229 


fina,  ansiosa  de  expansión  y  agradecida  por 
la  parte  que  tomaba  Enriqueta  en  su  dolor. 

Esta,  sin  acertar  á  decir  una  palabra,  se  se- 
paró un  instante  de  los  brazos  de  su  herma- 
na y  la  contempló  con  estupor.  Luego  sin 
articular  palabra  volvió  á  caer  en  ellos  so- 
llozando más  ruidosamente  que  nunca. 

La  noticia  de  la  desgracia  de  Josefina  le 
pareció  monstruosa,  y  no  pudo  hacer  más 
que  lamentarla. 

Y  así  continuaron  llorando,  abrazadas, 
hasta  que  la  presencia  de  la  madre,  llamán- 
dolas á  preparar  la  mesa  para  comer,  abrió 
un  paréntesis  á  sus  tristes  expansiones,  que 
recién  volvieron  á  reanudarse  á  la  horade 
dormir,  cuando  estuvieron  reunidas  en  su 
cuartito  y  acostadas  las  dos  en  sus  respecti- 
vas camitas  de  hierro. 

— ¿Y  qué  vas  á  hacer  ahora? — Preguntaba 
Enriqueta,  abriendo  mucho  los  ojos  y  frun- 
ciendo los  labios  en  punta. 

— Yo  qué  sé! — contestó  su  hermana  casi 
repitiendo  el  mismo  gesto. 

— Hay  que  hacer  de  modo  que  papá  no  se- 
pa nada,  sino  te  mata. 

— Ya  lo  creo  que  hay  que  esconderlo! 

y  á  mamá  también! 


230  V  A  L  M  A  R 


— ¿Y  cuando  no  puedas  más?  —  preguntó 
Enriqueta. 

— Entonces  me  voy. . . .  me  escapo  de  casa. 

— ¿Y  por  qué  no  se  lo  dices  á  Rodolfo  á 
ver  que  te  aconseja,  al  menos? 

— Ya  lo  pensé pero  no  lo  veo  nunca! 

— exclamó  Josefina  tristemente. 

—  ¿Quieres  que  yo  se  lo  diga? 

—¿Cómo? 

— Déjame  á  mí,  que  yo  me  arreglaré. 

— ¡Oh. . . .  qué  buena  serías! Pero  no  se 

lo  vayas  á  escribir,  mira  que  yo  no  quiero 
que  esto  se  sepa,  y  el  papel  puede  caer  en 
manos  de  otro! 

— Déjame  á  mí,  déjame  á  mí,  que  yo  te 
prometo  que  lo  sabrá  sin  escribirle.  ¿Te- 
nemos mucho  tiempo? 

— Sí,  ya  lo  creo! — exclamó  Josefina — No 
hace^  más  que  unos  días  que  estoy,  segura. 

— Á  ver,  mostrame  la  barriguita — dijo  de 
pronto  Enriqueta,  en  un  arranque  de  cu- 
riosidad infantil. 

— No  quiero! — contestó  su  hermana  enco- 
giéndose en  la  cama  y  poniéndose  colorada 
hasta  el  extremo  de  sus  orejitas  transpa- 
rentes.— Y  aferrándose  á  aquella  nueva  es- 
peranza, sugerida  por  Enriqueta,  se  dejó 
vencer  por  la  fatiga  de  aquel  dia  fuerte  en 


V  A  L  M  A  R  231 


emociones  de  todo  género,  tan  pronto  des- 
esperantes y  abrumadoras,  como  henchidas 
de  visiones  magníficas  en  las  que  le  parecía 
alcanzar  la  modesta  felicidad  deseada  en  sus 
más  bellos  ensueños. 

El  proyecto  de  Enriqueta  consistía  sim- 
plemente en  buscar  á  Felipe  y  contarle  los 
hechos  para  que  éste  intercediese  con  Ro- 
dolfo en  favor  de  Josefina. 

A  pesar  de  haber  roto  sus  relaciones  amo- 
rosas, Enriqueta  conservábase  en  buena 
amistad  con  Felipe,  pues  éste,  se  maneja- 
ba de  tal  manera,  que  jamás  perdía  un  ápi- 
ce en  el  concepto  de  las  mujeres  con  quien 
había  tenido  relaciones.  Nunca  exigía  ni 
prometía  nada;  lo  esperaba  todo  de  ellas,  y 
dándole  un  carácter  frivolo  á  sus  amoríos, 
sabía  aguardar  el  cuarto  de  hora  que  las 
arrojaba  fatalmente  en  sus  brazos  sin  que 
él  lo  hubiese  pedido.  Después,  aconsejaba, 
analizaba  la  situación,  fria.  al  par  que  ga- 
lantemente, concluyendo  por  ponerle  punto 
á  la  ligazón  sin  que  su  actitud  produjese 
la  más  mínima  extrañeza. 

Esto  había  pasado  con  Enriqueta.  Entre- 
gada ella  misma,  sin  condiciones,  y  oyen- 
do hablar  de  su  enlace  futuro  con  el  pelu- 
quero, como  de  una  cosa  [natural  y  lógica, 


232  V  A  L  M  A  R 


por  el  hombre  que  la  poseía  como  due- 
ño, no  pudo  extrañarse  el  dia  que  éste  le 
dijo  que  era  preciso  formalizar  el  casamiento, 
pues  él  tenía  que  emprender  un  viaje  á  Eu- 
ropa y  quería  dejarla  establecida  antes  de 
irse.  Espíritu  alegre,  refractario  á  la  tristeza 
prolongada,  é  inhabilitado  para  profundizar 
con  el  pensamiento,  tomó  aquello  como  un 
episodio  natural  de  la  vida,  y  se  adaptó  á 
la  brutalidad  de  los  hechos,  gozando  de  las 
canciones  de  su  napolitano,  como  llamaba 
á  su  futuro  marido,  y  adornándose  toda  con 
los  regalos  de  su  antiguo  amante  que  no  le 
había  dejado  sino  gratos  recuerdos  y  de- 
seos de  renovar  el  género  de  vida  que  le  hi- 
ciera pasar  durante  algunos  meses.  Así  pues, 
para  Enriqueta  fué  una  fiesta  ir  á  la  propia 
casa  de  Felipe,  que  era  donde  tenían  que 
verse,  justificada  por  un  motivo  tan  extra- 
ordinario como  el  acontecimiento  que  le  re- 
velara su  hermana,  la  noche  antes,  en  un 
momento  de  cruel   desesperación. 

Felipe  la  recibió  con  el  mismo  cariño  y 
galantería  acostumbrada.  Le  hizo  tomar 
Oporto  con  galletitas,  sentada  sobre  sus  fal- 
das, y  le  mandó  traer  bombones  y  flores : 
pero  siempre,  entre  sus  caricias  y  sus  ob- 
sequios, no  dejaba  de  hablarle  de  su  próxi- 


V  A  L  M  A  R  233 


mo  casamiento  con  el  peluquero  y  del  her- 
moso regalo  que  le  haría  para  entonces. 

Por  fin,  Enriqueta  pudo  explicar  el  motivo 
de  su  visita. 

— Es  preciso  que  me  hagas  un  gran  fa- 
vor,— dijo   de  pronto  poniéndose  muy  seria. 

— ¿De  qué  se  trata? — preguntó  Felipe  ad- 
mirado del  extraño  tono  que  empleaba  la 
joven. 

— Te  voy  a  pedir, — contestó  Enriqueta, — 
que  le  des  á  tu  amigo  Valmar  un  recado 
de  Josefina —  No,  no  me  puedes  decir  que 
no,  figúrate  que  la  pobre  está. . . — y  no  atre- 
viéndose á  decir  la  palabra,  hizo  un  gra- 
cioso gesto  con  las  dos  manos,  simulando 
un  globo  sobre  el  vientre  y  conteniendo  los 
sollozos  que  le  oprimían  la  garganta. 

—¡Embarazada!. . .  ¡Diablo! — exclamó  Fe- 
lipe, muy  contrariado.  Y  luego  contenién- 
dose para  no  dejar  traslucir  sus  impresio- 
nes, añadió  con  aire  tranquilo  y  bondadoso. 
— ¿Ves  lo  que  siempre  te  he  dicho?  Si  Jo- 
sefina fuese  otra,  ahora  estaría  casada  ó 
por  casarse  con  el  almacenero  y  no  tendría 
nada  que  lamentar. 

— Pero  si  él  le  prometió  que  se  casaría 
cop  ella!  -contestó    Enriqueta  lloriqueando. 
—Hizo  mal pero,  en  fin —  Vamos 


234  VALMAR 


cálmate,  mi  hijita...  no  pierdas  tú  también 
la  cabeza No  debió  prometer Sé  razo- 
nable ¡vamos!. ..  Josefina  sería  una  desgra- 
ciada, si  se  hubiese  casado  con  Rodolfo 

Eso  es  imposible. — Y  conforme  hablaba, 
Felipe  jugueteando  con  los  rizos  de  la  jo- 
ven, la  besaba  en  los  párpados  para  secar 
sus  lágrimas.  Por  fin,  comprendiendo  que 
era  conveniente  destruir  toda  esperanza,  y 
evitar  así  nuevas  tentativas  hechas  direc- 
tamente cerca  de  su  amigo  dijo,  cortando  por 
lo  sano:— Si  Rodolfo  está  comprometido  y  se 
casa  para  este  invierno!, . .  Tú  comprendes 
que  no  puede  hacer  nada!-- Y  como  Enriqueta 
ante  esta  noticia  rompiese  á  llorar  como  una 
Magdalena,  le  ofreció  su  concurso,  prome- 
tió todo  el  dinero  que  se  necesitase  para 
ocultar  las  cosas,  y  se  manejó  de  tal  mo- 
do y  con  tanta  zalamería  para  borrar  aque- 
llas lágrimas,  que  la  joven  al  despedirse,  á 
pesar  de  ir  convencida  de  que  el  mal  de  su 
hermana  no  tenía  remedio,  se  retiró  con- 
tenta y  risueña,  oprimiendo  con  avaricia  de 
niña  un  rico  anillo  de  brillantes  que  lle- 
vaba en  el  bolsillo  y  que  Felipe  le  había 
dado  como  argumento  decisivo  para  hacer- 
la reir. 
Josefina  recibió  la  noticia  del  casamiento 


V  A  L  M  A  R  235 


de  Rodolfo  en  silencio,  sin  decir  una  pa- 
labra, ni  derramar  una  lágrima  más.  Toda 
su  tristeza  y  desesperación,  al  perder  el  úl- 
timo rayo  de  esperanza  se  transformó  en 
,  estupor.  Quedó  como  muda,  con  la  mirada 
fija  siempre  en  el  suelo  ó  en  el  vacío.  Des- 
de aquel  momento  dejó  de  ser  un  vínculo 
de  amor  el  hijo  que  se  desarrollaba  en  sus 
entrañas  y  solo  sintió  una  constante  sen- 
sación de  miedo.  Contaba  los  meses  es- 
crupulosamente y  á  la  idea  de  la  proximi- 
dad del  momento  en  que  tendría  que  descu- 
brirse su  falta,  temblaba  extremecida  de 
horror  y  acudía  al  espejo  para  cerciorarse 
de  que  aún  no  se  conocía  su  estado.  La 
visión  de  su  padre,  irritado  y  vengativo, 
con  la  mirada  centellante  y  el  puño  amena- 
zador, flotaba  constantemente  ante  sus  ojos 
y  hasta  se  le  aparecía  en  sueños,  hacién- 
dola despertar  con  sobresalto,  ó  sacudirse 
toda  la  noche,  víctima  de  pesadillas  te- 
rribles. 

Su  vida  se  convirtió  en  una  larga  ago- 
nía. Era  una  prolongada  é  infinita  tristeza, 
un  amargo  abandono.  Noches  de  insomnio 
interminables,  prestando  atento  oído  á  to- 
dos los  rumores  perceptibles,  para  tratar 
de    distinguir  los   movimientos  de    la   vida 


236  VALMAR 


agitándose  en  su  seno.  Era  un  sarcasmo 
de  maternidad,  imponiéndose  como  un  goce 
por  los  instintos  y  el  sentimiento  y  aci- 
barado por  la  razón  y  el  cálculo.  Era  la 
continuación  'encarnada  de  un  amor  des- 
aparecido. Y  ella  que  hubiese  sido  tan  bue- 
na madre,  que  hubiese  cuidado  aquel  hijo 
tan  lindo,  aquel  algo  de  su  amante,  de  su 
Rodolfo  querido,  cuya  reproducción  sería 
indudablemente.  Y  sin  embargo,  no  podía 
pensar  en  aquel  fruto  de  su  amor  sin  pre- 
veer  horas  de  amargura  y  de  llanto,  sufri- 
mientos extraordinarios  que  tal  vez  no  ten- 
dría fuerzas  para  resistir  y  ante  los  cuales 
sucumbiría  sacrificada.  Mientras  que  él, 
unido  á  otra,  reproduciendo  las  excenas 
que  pasara  con  ella,  gozando  de  los  ha- 
lagos del  amor  y  de  la  fortuna  ¿no  pen- 
saría siquiera  una  vez  en  la  pobre  aban- 
donada, en  la  tierna  y  humildísima  aman- 
te que  compartiera  sus  caricias,  y  que  lle- 
vaba en  su  seno  fecundo  la  primer  obra  vi- 
viente que  habría  de  continuarlo  sobre  la 
tierra? 

Y  la  pobre  niña,  abrumada  por  estos  pen- 
samientos, veía  correr  las  horas  y  los  días 
que  habían  de  aproximarla  al  momento  fatal 


VALMAR  237 


en  que  asistiría  al  desenlace  de  su  presente 
martirio. 

Había  algo,  sin  embargo,  en  su  interior,  que 
tendía  con  fuerza  á  disculpar  al  amante,  pa- 
reciéndole  imposible  que  el  Rodolfo  que  ella 
había  conocido  tan  apasionado  y  tan  bueno, 
tan  enemigo,  sobre  todo,  de  hacer  sufrir,  y 
pugnando  siempre  por  evitar  el  ageno  dolor, 
fuese  capaz  de  abandonarla  á  solas  con  su 
tristeza,  exponiéndola  á  perecer  junto  con  el 
legado  de  su  amor  y  de  su  sangre. 

Una  tarde,  pues,  en  que  sus  pensamientos 
habían  sido  más  dolorosos  que  de  costumbre 
y  que  su  afán  de  encontrarle  disculpas  al 
hombre  querido  estuvo  en  razón  directa  del 
aumento  de  sus  penas,  tomó  una  resolución 
atrevida,  que  rompía  con  la  humildad  y  apo- 
camiento de  su  carácter.  Al  efecto,  sa- 
liendo más  temprano  que  de  costumbre 
del  taller,  fuese  al  tambo  del  Pastor,  para 
desde  allí  ponerse  en  observación  de  la  ca- 
sa de  Valmar,  dispuesta  á  participarle  á 
su  amante  el  estado  en  que  se  encontraba, 
por  si,  como  ella  creía,  Felipe  no  hubiese 
cumplido  la  promesa  hecha  á  Enriqueta 
de  comunicárselo  é  interceder  por  ella.  Sí, 
él  no  podía  saberla  embarazada,  no  lo  sa- 
bía seguramente,  y  era  necesario  decírselo, 


238  VALMAR 


presentarse  á  él,  hablarle  de  su  hijo,  recor- 
darle sus  promesas  y  su  amor. 

Pero  este  propósito  que  se  le  representó, 
sino  fácil,  al  menos  realizable,  cuando  lo 
pensó  en  la  soledad  y  el  silencio  de  una 
larga  noche  de  insomnio,  al  ponerlo  en 
práctica,  en  plena  calle,  continuamente  tran- 
sitada é  inundada  de  sol,  por  aquella  her- 
mosa tarde  de  estío,  le  pareció  una  empresa 
enorme,  erizada  de  obstáculos,  inmensamen- 
te superior  á  sus  débiles  fuerzas  de  mujer 
abandonada. 

Cuando  llegó  el  momento,  su  tierno  co- 
razoncito  palpitaba  convulso  bajo  el  redon- 
do seno,  y  su  respiración  anhelosa,  casi 
jadeante,  se  sucedía  irregular  y  entrecorta- 
da, como  si  acabase  de  hacer  una  larga 
carrera  con  un  peso  enorme.  A  medida 
que  pasaba  el  tiempo  y  que  la  espera  se 
prolongaba,  su  emoción  iba  en  aumento 
hasta  trocarse  en  angustia  indescriptible 
que  trastornaba  todas  sus  ideas,  y  parecía 
vaciarle  la  cabeza  haciendo  girar  los  ob- 
jetos en  torno  suyo. 

En  este  estado,  con  las  extremidades  hela- 
das á  pesar  del  calor,  y  la  vida  toda  recon- 
centrada en  el  corazón  y  en  los  nervios, 
la  sorprendió  la  presencia  de  Valmar.  Pero 


VALMAR  239 


éste  que  salía  de  su  casa  para  visitar  á 
Matilde,  apenas  miró  hacia  la  puerta  del 
tambo,  y  percibió  á  la  joven,  volvió  el 
rostro  violentamente  y  cruzó  la  calle  con 
paso  rápido,  desapareciendo  en  la  prime- 
ra esquina. 

Sus  miradas  se  habían  cruzado:  por  un  ins- 
tante, un  fugaz  destello  de  esperanza  iluminó 
la  pupila  de  aquella  niña,  inundando  todo  su 
ser;  pero  luego,  al  ver  la  actitud  del  hombre 
amado;  ante  la  evidencia  brutal  de  su  desgra- 
cia infinita,  parecióle  que  la  vida  la  abando- 
naba huyendo  al  castigo  de  tanto  dolor. 

Y  así  fué:  hubo  un  paréntesis  en  su  existen- 
cia, tales  fueron  las  tremendas  dimensiones 
de  su  estupor.  Y  cuando  al  volver  en  sí,  con 
la  brusquedad  de  una  sacudida,  quiso  correr, 
gritar,  para  llamarlo  y  demostrarle  su  situa- 
ción desgarradora,  solo  consiguió  agitarse, 
extremecerse  intermitentemente,  víctima  de 
las  descargas  nerviosas  que  amenazaban 
destruirlo  todo  en  su  organismo. 

Felizmente,  la  tambera  notó  su  estado, 
y  asustada  por  sus  convulsiones  y  la  palidez 
de  su  semblante,  la  tomó  por  la  cintura, 
cargándola  como  á  una  muñeca  hasta  de- 
positarla sobre  un  banco  donde  empezó  á 
regarle  el  rostro  con  agua  fresca. 


240  V  A  L  M  A  R 


Las  sacudidas  que  recibió  Josefina  por 
los  robustos  brazos  de  la  tambera,  como 
así  la  frescura  del  agua  con  que  ésta  le  regó 
el  semblante,  la  hicieron  volver  en  sí,  y  rena- 
cer en  su  mente  la  imajen  de  la  excena  que 
acababa  de  producirse.  Así  es  que,  dando  un 
fuerte  y  prolongado  sollozo,  olvidada  de  to- 
do lo  existente,  abrió  la  fuente  de  sus  lágri- 
mas, gritando  su  dolor,  entregándose  al  pla- 
cer inmenso  de  llorar  sin  reservas  su  infinita 
desventura. 


CAPÍTULO  XI 


Lo  que  había  motivado  la  actitud  incons- 
cientemente cruel  de  Rodolfo  al  encontrarse 
de  pronto  con  Josefina  en  la  puerta  del  tambo 
del  Pastor,  fué  la  intervención  hábil  de  Feli- 
pe para  conseguir  alejarlo  de  su  querida  y 
evitar  la  realización  de  sus  aventurados  pro- 
yectos de  matrimonio.  Sin  duda  que,  de  no 
haber  surgido  Matilde  en  medio  de  su  cami- 
no, ofreciendo  con  su  exhuberante  belleza 
otro  porvenir  de  amor  y  de  dicha  muy  distin- 
to al  que  hasta  entonces  había  soñado,  no  hu- 
biese sido  suficiente  la  actitud  de  Felipe,  para 
torcer  la  corriente  de  su  destino;  pero  tenien- 
do en  cuenta  su  apasionamiento  por  la  linda 
y  distinguida  heredera  y  la  impetuosidad  pro- 


242  VALMAR 


pia  de  su  carácter,  su  amigo  supo  sacar  par- 
tido de  las  circunstancias,  aún  de  las  menos 
propicias,  para  llevarlo  hábilmente  á  la  con- 
sumación de  sus  preconcebidos  proyectos. 

Así,  pues,  el  dia  que  Enriqueta,  resuelta  á 
favorecer  á  su  hermana,  lo  visitó  en  su  pro- 
pia casa,  participándole  la  desgracia  de  Jo- 
sefina, apenas  terminada  la  entrevista,  Mont 
tomó  su  sombrero  y  fuese  en  busca  de  su 
amigo  para  tratar  de  ponerlo  en  guardia  con- 
tra cualquier  sorpresa. 

— ¿Sabes  una  cosa? — le  dijo  al  entrar  en  su 
cuarto  del  mirador — Josefina  está  furiosa 
contigo  y  dice  que  en  cualquier  parte  que  te- 
encuentre  te  ha  de  decir  las  verdades  del  bar- 
quero ¡Fíjate  qué  nena! 

— ¿Quién  te  ha  contado  esa  historia?. . .  res- 
pondió Valmar,  sin  dar  crédito  á  lo  que  oía. 

— Hombre,  Enriqueta  en  persona  que  aca- 
ba de  salir  de  casa! 

— Cómo  es  eso?  ¿no  era  que  ya  no  se  veían 
más? 

— Sí,  ya  no  nos  veíamos,  pero  hoy  la  en- 
contré por  casualidad,  y  no  me  pareció  ino- 
portuno recordar  un  poco  i  tempi  felice. — 
Contestó  Felipe,  tomándose  tiempo  para  hil- 
vanar bien  la  trama  de  su  asunto. 

— ¿Y   ella  fué  la  que    dijo  que  Josefina  me 


V  A  L  M  A  R  243 


iba  á  armar  un  escándalo  por  la  calle?— pre- 
guntó Rodolfo  admirado. 

— ¡Hombre,  precisamente  un  escándalo,  no! 
Lo  que  me  dijo  es  que  Josefina  estaba  furiosa 
contigo  y  que  te  lo  iba  á  manifestar  donde 
quiera  que  te  encontrase. 

— Deben  ser  historias  de  Enriqueta,  porque 
la  cosa  no  condice  con  el  carácter  de  Josefi- 
na—replicó Rodolfo  pensativo. 

— Pues  te  garanto  que  no  tenía  cara  de  em- 
bromar. Y  á  más,  me  dijo  que  te  andaba  bus- 
cando,— agregó  Felipe  para  confirmar  su 
acertó. 

— ¡No  lo  creo,  qué  quieres. . .  no  lo  creo! — 
repetía  Rodolfo. — Todo  eso  es  fábula  de  la 
chiquilina. 

— Bueno,  fábula  ó  no,  no  estará  de  más 
que  andes  prevenido  y  evites  encontrarte 
con  ella.  Al  menos,  por  si   acaso! 

— ¡Ah,  eso  sí! Ya  la  evitaba  antes,  po- 

brecita,  cuanto  más  ahora!  Pero  la  verdad 
es  que  temo  más  sus  lamentos  y  mi  concien- 
cia que  sus  enojos, — concluyó  Rodolfo  levan- 
tándose y  recorriendo  su  cuarto  con  paso  rá- 
pido y  nervioso. 

— También  supe  que  el  almacenero  ha  vuel- 
to á  pedirla  y  parece  que  ella  no  se  muestra 
tan  dura  como  antes. — Añadió  Mont,  después 


244  VALMAR 


de  una  pausa,  en  el  deseo  de  calmar  la  excita- 
ción de  su  amigo  y  alejarlo  de  las  ideas  sen- 
timentales que  al  respecto  de  Josefina  pare- 
cían invadirlo. 

— Tampoco  lo  creo;  pero  de  ser  verdad  me 
disgustaría  profundamente,  por  más  que  ra- 
zonadamente lo  deseara. 

— No  te  entiendo. 

— ¡Pues!  Sería  para  mí  una  gran  desilusión 
saber  que  su  amor  no  era  sincero.  Y  por  otra 
parte  sería  un  cargo  de  conciencia  menos  y 
una  profunda  satisfacción  saber  que  realiza- 
ba su  felicidad  formando  una  familia. 

— ¡Mira  que  eres  raro,  Rodolfo! 

— ¡Qué  quieres. . .  es  así! — Contestó  éste  con- 
vencido. Y  los  amigos,  sentado  el  uno  y  pa- 
seando el  otro,  continuaron  discutiendo  sobre 
la  calidad  de  sus  respectivos  sentimientos, 
tratando  de  ayudarse  mutuamente  para  es- 
clarecer sus  nebulosidades  afectivas,  difí- 
ciles de  resolver  en  el  intrincado  laberinto 
de  las  ideas. 

Para  Rodolfo  era  imposible  renunciar  al 
amor  de  Matilde  que  se  había  adueñado  de  él 
con  la  facilidad  que  las  mujeres  de  su  clase 
absorben  los  caracteres  vehementes  y  apa- 
sionados. Toda  su  vida  estaba  reconcen- 
trada en  aquel  ideal,   cuya   realización   se 


V  A  L  M  A  R  245 


había  hecho  posible  como  por  milagro;  pero, 
sin  embargo,  en  los  raros  momentos  que 
podía  libertar  su  pensamiento  del  dulcísi- 
mo yugo  que  lo  dominaba,  caía  en  tristezas 
profundas,  invadiéndolo  ideas  tenebrosas,  pe- 
simistas, inspiradas  todas  por  el  abandono 
de  su  primer  amor,  por  la  rotura  violenta  de 
aquella  ligazón  dulcísima  é  intensa,  aunque 
pasagera,  que  ahora  dormitaba  en  el  fondo 
de  su  ser  como  un  ensueño  interrumpido,  en 
el  que  tal  vez  volvería  á  caer,  apenas  qui- 
siese reposar  de  las  sacudidas  violentas  de 
su  pasión. 

Quería  á  las  dos;  pero  había  una  de  la  que 
aún  no  era  dueño,  y  creía  que  para  serlo  era 
necesario  sacrificar  la  primera.  Y  la  sacrifi- 
caba. Sufría,  torturaba  su  corazón  repleto  de 
bondades,  pasaba  momentos  angustiosos  ai 
verse  obligado  á  verter  el  veneno,  á  producir 
el  dolor,  que  tanto  execraba  en  la  vida;  pero 
sus  angustias  y  torturas  desaparecían  venci- 
das, eclipsadas,  apenas  el  recuerdo  de  Ma- 
tilde surgía  radiante  como  el  estallido  de  una 
aurora  en  la  noche  de  sus  pensamientos.  Por 
eso  también  prefería  ser  él  el  culpable,  él  á 
quien  se  debía  vituperar  como  el  causante  de 
aquel  crimen  de  amor. 

— Si! — decía  á  su  amigo. — Prefiero  tener  to- 


246  VALMAR 


da  la  culpa,  y  me  dolería  tenerla  que  com- 
partir con  Josefina.  Su  casamiento  sería  para 
mí  la  demostración  de  la  bajeza  humana,  de 
la  incorrejible  falta  de  vigor  en  los  afectos  fe- 
meninos. Quiero  ser  yo  sólo  el  verdugo,  con- 
servar sólo  yo  la  lucha  con  mi  conciencia; 
pero  verla  sufrir  por  amor  á  mí,  saber  que  no 
ha  perecido  ese  algo  inmenso  que  ella  juraba 
sentir  con  acento  sincero.  Quiero  que  el  mal 
sea  la  excepción  y  que  la  excepción  sea  mía 
para  poder  limitarlo.  Si  ella  obra  como  yo. . . 
¡no!  peor  que  yo,  pues  no  puede  existir  en  ella 
afecto  ninguno  hacia  ese  hombre. .  .sería  la 
prueba  de  la  generalización  de  un  mal  sin 
remedio. — Y  Rodolfo  al  hablar  de  tal  modo 
quizá  sospechaba,  allá  en  la  parte  crepuscu- 
lar de  su  conciencia,  que  algún  día  podría 
recobrar  á  Josefina  y  resarcirla  de  los  dolo- 
res que  ocasionábale  al  presente. 

Felipe,  en  cambio,  lo  consideraba  un  so- 
ñador, tal  vez  un  egoísta  inconsciente  y 
apenas  si  insistía.  Y  ¿para  qué?  ¿No  había 
triunfado?  ¿Su  plan  no  había  sido  coronado 
por  el  más  satisfactorio  de  los  éxitos?  ¿Á 
qué,  pues,  había  de  entrar  en  disquisicio- 
nes filosófico-sociales  que  á  nada  práctico 
conducían? — Al  hecho,—  pensaba  para  su  ca- 
pote,—estás  vencido  soñador!  Dentro  de  poco 


VALMAR  247 


tiempo  te  casas  con  una  mujer  millonada  que 
te  quiere  y  á  quien  tú  quieres  con  todo  el 
ardor  de  que  eres  capaz.  Pues,  bien,  allá 
en  tu  buen  despacho,  podrás  escribir  tu  obra 
y  estampar  tus  ideas  estrambólicas,  que  ten- 
drán seguramente  más  éxito  en  la  teoría 
que  en  la  práctica.  Por  lo  demás  desahógate, 
que  ya  te  escucho. 

Pero  los  desahogos  de  Rodolfo  no  eran 
largos.  Generalmente,  en  la  mitad  de  su  dis- 
curso el  tema  recaía  sobre  alguna  conver- 
sación con  Matilde,  y  ya  todo  lo  olvidaba 
para  hablar  tan  solo  de  ella. 

— Qué  linda  estaba  anoche  en  la  playa! 
— exclamaba  de  repente. — Qué  modo  de  lle- 
var el  traje,  qué  gracia  seductora  al  hablar, 
y,  sobre  todo,  qué  penetración  de  espíritu ! 
Te  garanto  que  apenas  hablo  cuando  estoy 
á  su  lado.  Me  siento  cohibido,  dominado  en 
absoluto  como  ante  una  cosa  excelsa.  Me 
parece  que  puedo  decir  algo  que  sea  indig- 
no de  sus  oidos  y  temo  parecerle  ridículo. 
Me  siento  inclinado  á  la  contemplación  más 
bien  que  á  la  acción  cuando  estoy  en  su 
presencia. 

— Ya  accionarás!  Ya  accionarás! — le  con- 
testaba Felipe  con  su  habitual  socarronería. 
— Cada  cosa    á  su  tiempo,  querido.   Ahora 


248  VALMAR 


estás  en  el  capítulo  de  las  contemplacio- 
nes. Ya  llegarás  al  de  los  arrebatos.  Pero 
cuidado  con  el  fuego,  mira  que  ésa  ha  de 
ser  de  las  que  queman! — Y  Felipe,  sal- 
picando sus  discursos  con  bromas  de  este 
ó  parecido  estilo,  daba  consejos  á  su  ami- 
go sobre  la  actitud  que  debiera  observar 
con  Matilde,  como  así  sobre  el  género  de 
vida  que  convenía  seguir  una  vez  casado. 

En  efecto:  el  casamiento  había  sido  fija- 
do para  mediados  de  Marzo.  Las  resisten- 
cias del  doctor  Rolan  en  aceptar  á  Rodol- 
fo, habían  desaparecido  en  cuanto  vio  la  fir- 
me resolución  de  su  hija  y  oyó  las  expli- 
caciones de  la  señora  de  Mont  que,  hosti- 
gada por  Felipe,  tomó  aquella  tarea  casa- 
mentera con  el  mayor  empeño.  Además,  eran 
muchas  las  ganas  que  tenía  el  padre  de  Ma- 
tilde de  marcharse  libremente  para  Europa, 
y  esta  circunstancia  no  influyó  poco  en  su 
decisión,  como  así  en  el  apuro  con  que  quiso 
llevar  á  cabo  el  casamiento. 

— Ustedes  comprenden  que  yo  no  puedo 
consentir  que  mi  hija  tenga  amores  largos.  En 
mi  situación  es  una  cosa  incómoda  tener  que 
andar  cuidando  novios  ó  buscando  personas 
amigas  á  quien  legarles  ese  petardo. — Decía 
el  doctor  á  sus  relaciones  cuando  se  mostra- 


VALMAR  249 


ban  sorprendidas  de  la  rapidez  con  que  se 
había  resuelto  el  casamiento  de  Matilde. 

Como  es  consiguiente,  todo  Montevideo  se 
ocupaba  del  asunto,  haciendo  variados  co- 
mentarios sobre  la  sorpresa  que  les  ciaba  la 
rica  y  hermosa  heredera,  casándose  repenti- 
namente con  un  misterioso  desconocido,  so- 
bre el  que  se  contaba  todo  género  de  histo- 
rias extravagantes,  que  tan  pronto  lo  ensal- 
zaban, haciéndolo  aparecer  como  un  genio 
desconocido,  como  lo  denigraban  tratándolo 
de  aspirante  vulgar  que  había  tenido  la  suer- 
te ó  la  habilidad  de  poder  realizar  un  negocio 
redondo. 

Entre  los  que  de  esta  última  manera  ex- 
presábanse, figuraba  toda  una  falanje  com- 
puesta de  los  antiguos  pretendientes  de 
Matilde,  que,  después  de  haber  guerrea- 
do mortalmeníe  entre  sí,  con  esa  guerra 
cruel  de  la  difamación  mutua,  se  unían 
para  luchar  contra  el  enemigo  común  que 
les  arrancaba  la  presa  sin  esfuerzo,  triun- 
fando inconsciente,  de  una  contienda  que 
no  sospechaba. 

Era  aquella  una  verdadera  agrupación,  que, 
con  Paquito  Stern  á  la  cabeza,  esgrimía  sus 
armas  en  calles  y  plazas,  salones  y  teatros,  y 
en  todas  partes,  en  fin,  donde  hubiese  reunión 


250  Y  A  L  M  A  R 


de  gente.  Tenía  que  ver  lo  ridículo  de  la  si- 
tuación cuando  la  lucha  se  verificaba  en  pre- 
sencia de  Rodolfo  que,  ageno  á  esos  detalles 
de  la  vida,  cruzaba  entre  aquel  grupo  de  ene- 
migos sin  darse  cuenta  de  lo  que  significaban. 

— Qué  cínico! — exclamaba  Paquito  Stern 
cada  vez  que  lo  veía  en  público  con  Matilde. 
— ¿De  dónde  habrá  sacado  ese  pobretón  gua- 
ranguito  para  comprarse  ropa  presentable? 

— Probablemente  Mont  le  habrá  prestado 
dinero  á  interés  para  cobrarlo  después  con 
creces, — contestaba  algún  otro  miembro  de 
la  falange   histórica. 

Matilde  era  la  única  que  solía  darse  cuenta 
de  aquella  lucha  desesperada  é  inútil  de  la 
impotencia  contra  el  éxito;  pero  convencida 
de  lo  despreciable  que  era  la  actitud  de  los 
elementos  que  atacaban  á  su  prometido,  y  ha- 
lagada por  la  franca  ignorancia  de  tales  ba- 
jezas que  éste  manifestaba,  guardábase  muy 
bien  de  iniciarlo  en  los  secretos  de  aquella 
rastrera  política  social  que  no  lo  habría  de 
alcanzar  jamás. 

Así  las  cosas,  la  época  fijada  para  la  boda 
fué  aproximándose  rápidamente. 

Matilde,  transformada  por  el  amor,  des- 
pertando recién  á  la  animación  y  á  la 
vida,   esperaba   febril    y   anhelosa    el    dia 


VALMAR  251 


déla  consagración  suprema.  Su  existencia 
entera  aparecía  á  sus  ojos  como  un  dilatado 
y  nebuloso  horizonte  donde  le  parecía  no 
haber  sentido  más  que  frío  y  miseria.  Era 
un  viaje  á  través  de  un  mar  en  calma.  Con- 
sideraba su  pasado  como  un  camino  llano, 
sin  obstáculos  ni  accidentes;  pero  sin  un 
rayo  de  sol,  apenas  alumbrado  por  tibios 
y  débiles  afectos.  En  cambio,  el  despertar 
era  hermoso,  y,  como  esas  golondrinas  reza- 
gadas que  invenían  inertes  y  ateridas  en  el 
fondo  de  su  nido,  esperando  el  sol  de  prima- 
vera que  saludan  con  sus  mejores  cantos, 
batiendo  alegres  las  entumecidas  alas,  ella 
también,  conociendo  por  fin  el  mérito  de  vivir, 
saludaba  el  lujurioso  sol  de  sus  amores,  re- 
bosante de  gracia,  admirada  de  sus  ingenuas 
sorpresas,  y  llena  el  alma  de  gozo  infinito,  de 
reconocimiento  inmenso  hacia  Dios,  por  ha- 
bérsele ocurrido  el  amor  y  la  vida. 

En  medio  de  sus  ansiedades,  veía  correr  las 
horas  rápidas,  y  las  veía  correr  cantando,  re- 
cordando la  última  entrevista  con  su  amado 
y  pensando  en  la  próxima,  que  había  de  ser 
más  fecunda  en  sorpresas  agradables,  en 
sondajes  afectuosos,  que  la  primera. 

Con  él,  al  lado  de  él  se  sentía  pequeña,  y 
aquel  su  añejo  desprecio   por  los  hombres, 


252  VALMAR 


completamente  olvidado  ya,  se  había  trocado- 
en  admiración  profunda,  en  veneración  y  re- 
ligioso respeto  por  el  sexo  que  tenía  un  re- 
presentante como  Rodolfo.  Aquel  espíritu 
elevado  á  quien  ningún  hombre  había  podido 
satisfacer;  aquella  hermosa  cabeza  llena  de 
peligrosas  curiosidades  y  atrevidas  sutilezas, 
que  desconcertaban  á  todos  los  que  se  acer- 
caron á  ella,  reduciéndolos  á  contestar  ba- 
nalidades á  sus  atrevidas  preguntas,  se  sen- 
tía domada,  rendida  á  discreción  por  la 
fuerza  imperiosa  del  talento  y  por  la  acción 
sencilla  pero  incontrastable  de  un  corazón 
sano  y  sincero. 

Es  cierto  que  Rodolfo  se  sentía  desfallecer 
en  presencia  de  aquella  mujer  de  sus  sueños; 
pero  en  cambio,  apenas  engolfados  en  cual- 
quier asunto,  en  algún  debate  frecuente  sobre 
cuestiones  afectivas,  se  erguía  inmediata- 
mente, y  su  corazón  y  su  inteligencia  brilla- 
ban centellantes  en  su  mirada  de  fuego  y  en 
su  palabra  vibrante  y  apasionada.  Entonces 
la  joven  lo  veía  crecer  y  crecer  hasta  agigan- 
tarse, pareciéndole  un  ídolo  inmenso,  una 
divinidad  bienhechora  que  estaba  allí  para 
protejerla,  para  brindarle  la  dicha  y  privar- 
la de  todo  mal,  permitiéndole  en  cambio  de 
tanto  bien,   adorarlo    de  rodillas. 


V  A  L  M  A  R  253 


Y  Rodolfo,  sin  tiempo  para  pensar,  deslum- 
hrado por  la  brillantez  de  su  destino,  acepta- 
ba y  devolvía  aquella  veneración  religiosa, 
olvidado  de  todo,  anhelando  tan  solo  la  llega- 
da del  momento  en  que  tomaría  posesión 
absoluta  de  su  amor. 


Y  asi  fué:  una  hermosa  tarde  de  Otoño,  en 
el  acolchado  fondo  de  un  elegante  landeau 
tirado  por  dos  hermosos  Orlof  blancos  que 
llevaban  las  escarapelas  adornadas  con 
simbólicos  azahares,  corrían  los  novios  á 
esconder  su  felicidad  en  una  de  las  pinto- 
rescas quintas  que  poseía  Matilde  en  las 
orillas  del  Miguelete. 

Burlando  la  espectativa  de  sus  amigas  y 
numerosas  relaciones,  la  joven  se  opuso  á 
dar  fiesta  alguna  en  su  palacio  de  la  calle 
Convención  y  el  matrimonio  se  había  efec- 
tuado en  pequeño  comité,  en  la  capilla  de 
las  Salesas. 

Sin  embargo,  á  pesar  del  número  relativa- 
mente corto  de  las  personas  invitadas,  la 
nave  había  resultado  pequeña  para  re- 
cibir la  cantidad  de  personas  que  acudieron 
á  presenciar  el  matrimonio,  y,  cuando  los  no- 
vios hubieron  de  retirarse,  una  vez  concluida 


254  Y  A  L  M  A  R 


la  ceremonia,  viéronse  obligados  á  desfilar 
ante  un  numeroso  público  que  pudo  hacer 
constar  la  felicidad  que,  como  una  aureola 
de  luz  desprendían  á  su  paso. 

La  novia,  rebosante  de  dicha  por  haber  en- 
contrado el  hombre  que  encarnaba  el  vago 
ideal  que  construyera  en  sus  horas  de  triste 
desaliento,  cuando  juzgaba  imposible  y  qui- 
mérico realizar  en  la  vida  el  más  modesto  de 
sus  sueños.  Y  Rodolfo,  francamente  orgullo- 
so por  su  triunfo  sobre  el  amor,  exteriori- 
zaba su  inmensa  dicha,  sonriendo  á  todas  las 
sonrisas,  respondiendo  á  la  adulación  que 
empezaba  á  producir  por  su  repentina  for- 
tuna, con  la  inconsciencia  del  que  ignora 
la  fuerza  del  dorado  cetro  que  empuñaba, 
como  no  fuera  para  servir  á  la  belleza,  al 
arte  ó  al  amor! 

Sin  embargo,  como  nota  discordante  en  el 
concierto  de  la  dicha,  al  trasponer  la  porte- 
zuela del  carruaje,  un  grito  agudo,  penetrante 
intenso,  hizo  volver  el  rostro  á  Rodolfo  y  al- 
canzó a  distinguir  un  tumulto  hacia  la  iz- 
quierda, donde  una  mujer  había  caído  presa 
de  un  accidente.  Esto  solo  bastó  para  que  una 
lijera  nube  oscureciera  por  un  rápido  mo- 
mento su  fisonomía  radiante,  ocurriéndosele, 
sin  saber  la  razón,  el  deseo  de  acudir  en   so- 


VÁLMAR  255 


corro  de  aquella  desventurada,  pero  al  volver 
el  rostro  hacia  su  esposa,  vio  que  ésta 
le  decía  a  su  padre  con  acento  cariñoso. 

— Papá,  que  protejan  á  esa  desgraciada! — 
Y  aquel  acento  de  bondad,  aquellas  pala- 
bras que  parecían  ser  dichas  completando 
su  pensamiento,  disiparon  en  el  acto  la  som- 
bra que  veló  su  frente,  y  cuando  los  caballos 
arrancaron  con  brioso  empuje,  el  carruaje 
arrastraba  un  nido  donde  el  amor  reunía  dos 
almas  fundidas  en  un  solo  voto  de  ternura. 


-=íp^^Á 


VALMAR 


POR 


MATEO  MAGARIÑOS  SOLSONA 


EcLitacLa  por  la 
IMP.  Y  LITOGRAFÍA  «ORIENTAL»  CALLE  33,  N.°  112 

MONTEVIDEO 

1896 


SEGUNDA  PARTE 


CAPITULO  I 


Sentado  frente  á  su  elegante  escritorio, 
estilo  Enrique  II,  y  con  la  mirada  sumer- 
gida en  la  buena  fogata  de  leña  que  ardía 
en  una  magnífica  estufa  colocada  hacia  la 
izquierda,  entre  grandes  bibliotecas  repletas 
de  selectos  libros,  buscaba  Rodolfo,  por  una 
fría  mañana  de  Julio,  las  palabras  con  que 
debía  empezar  el  segundo  capítulo  de  su 
obra  sobre  la  mujer. 

Cuatro  meses  hacía  que  se  había  unido 
con  Matilde,  y  á  pesar  de  encontrarse  en 
plena  luna  de  miel,  ya  llevaba  dos  entre- 
gado á  sus  tareas,  las  que,  por  otra  parte, 
no  lo  alejaban  de  su  querida  mujercita,  que 
se  complacía  en  acompañarlo  mientras  es- 
cribía, ayudándolo  repetidas  veces   á  sor- 


VALMAR 


prender  sutiles  y  ocultos  sentimientos  en  el 
eterno  misterio  femenino. 

Sorprendíase  Matilde,  no  poco,  de  las 
extrañas  teorías  de  su  marido,  sin  acertar 
á  comprender  sus  afirmaciones  contunden- 
tes sobre  la  posibilidad  de  un  doble  afecto 
en  el  corazón  del  hombre.  Discutíale  con 
natural  inteligencia  cuando  de  semejante  tó- 
pico se  hablaba,  y  si  bien  llegaba  á  conce- 
derle la  variedad  de  afectos  en  el  tiempo, 
en  manera  alguna  admitía  que  pudiesen 
coexistir,  ni  aún  en  el  supuesto  de  que  ellos 
fuesen  de  distinta  índole.  Era  Matilde  de 
esas  mujeres  absorbentes  que  no  quieren 
nada  compartido,  y  así  como  ella  se  sentía 
capaz  de  abandonarlo  todo  por  su  amante, 
exigía  de  éste  que  todo  lo  subordinase  á  ella, 
gustos  y  afectos,  aún  los  más  respetables 
y  generalmente  aceptados,  como  ser  los  fi- 
liales, cuanto  más  aquellos  que  pudieran 
ser  inspirados  por  otra  mujer. 

Con  tal  motivo,  suscitábanse  entre  mari- 
do y  mujer  curiosísimas  y  amenas  discu- 
siones en  las  que  Rodolfo  trataba  con  su 
natural  vehemencia  de  demostrar  las  afir- 
maciones que  antes  hiciera;  pero  á  sus  me- 
jores y  más  claros  discursos,  anteponía  la 
joven,  como  ultimo  y  eficaz  recurso,  la  fir- 


VALMAR  9 


me  convicción  de  su  apasionamiento   ciego. 

—  ¿Tu  no  me  quieres  á  mi  sobre  todas 
las  cosas? — -Exclamaba,  mirando  intensa- 
mente á  Rodolfo,  como  para  penetrar  su 
verdadera  respuesta  antes  que  ella  fuera 
formulada. 

—  ¡  Oh !  Yo  te  quiero  con  delirio !  —  con- 
testaba Rodolfo  sinceramente  arrebatado. 

—  ¿Y  serías  capaz  de  querer  á  otra  del 
mismo  modo?  —  Insistía  la  joven  con  son- 
risa entre  niimosa  y  burlona,  convencida 
de  la  imposibilidad  de  semejante  cosa. 

Y  Rodolfo,  que  cuando  estaba  bajo  la  in- 
fluencia de  las  miradas  de  Matilde,  dudaba 
de  si  sería,  en  efecto,  capaz  de  compartir 
aquel  amor  con  otra,  quedaba  perplejo  un 
instante,  hasta  que,  por  fin,  sin  fuerza  para 
contestar  afirmativamente,  ni  aún  por  con- 
vicción, se  echaba  en  brazos  de  la  joven 
asegurándole  que  era  la  única  querida. 

En  efecto,  asi  también  lo  creía  Matilde, 
tanto  por  reflexión  como  por  imposición  de 
sus  sentimientos.  —  Piensa  asi  cómo  filóso- 
fo. Vé  eso  en  la  mayoría  de  los  hombres  y 
lo  afirma;  pero  él  está  muy  lejos  de  sentir 
así.  Me  quiere  con  toda  la  vehemencia  de 
que  es  capaz,  y  sin  saberlo  constituye  una 
excepción. — Y  al  par  que  pensaba  de  aque- 


10  V  A  L  M  A  R 


lia  manera,  la  joven  sentíase  penetrada  por 
el  gran  cariño  de  su  esposo. 

Este,  por  su  parte,  después  de  semejan- 
tes discusiones,  volvía  á  interrogarse  minu- 
ciosamente, cayendo  como  siempre  en  la 
duda  respecto  de  sus  teorías. 

El  recuerdo  de  Josefina  solía  en  estas 
ocasiones  surgir  repentinamente  en  su  es- 
píritu, pero  si  algún  llamado  hacía  á  sus 
sentimientos  amorosos,  era  como  el  eco  de 
una  voz  simpática  y  dulce  que  oyera  á  lo 
lejos,  algo  así  como  el  recuerdo  de  un  muer- 
to querido  cuya  imajen  lo  asaltara  después 
de  mucho  tiempo,  en  medio  de  la  plenitud 
del  goce  de  la  vida.  Aquel  amor  tranquilo 
y  sereno,  recordado  al  calor  de  los  apasio- 
nados besos  de  Matilde,  se  fundía  con  la 
rapidez  de  un  copo  de  nieve  que  por  extra- 
ño encanto  cayera  en  medio  de  la  lujuriosa 
vida  de  los  trópicos. 

Por  otra  parte,  se  la  figuraba  casada,  feliz 
y  risueña  en  medio  de  un  hogar  tranquilo,  y 
esto,  que  lo  mortificaba  en  un  tiempo,  con- 
vertíase ahora  en  el  más  eficaz  lenitivo  para 
acallar  sus  escrúpulos  de  conciencia. — Se  ha- 
brá casado  como  Enriqueta  y  ya  tal  vez  ni 
pensará  en  mí, — se  decía  cada  vez  que  tales 
ideas  acudían  á  su  mente.  Pero,  sin  embargo, 


VALMAR  11 


en  el  fondo,  muy  en  el  fondo  de  su  espíritu, 
una  extraña  curiosidad  lo  aguijoneaba,  sugi- 
riéndole el  deseo  de  saber  la  suerte  de  su 
aurora,  y  formulaba  el  propósito  de  averi- 
guarla algún  dia,  cuando  tuviese  ocasión  pa- 
ra ello. 

Aquella  mañana,  Rodolfo,  sin  darse  ni 
remota  cuenta  del  por  qué,  estaba  inquieto. 
Por  más  esfuerzos  que  hacía,  no  lograba 
concluir  la  primera  cuartilla  que  con  tanto 
entusiasmo  había  empezado.  Su  vista  á  cada 
instante  corría  á  engolfarse  entre  las  gran- 
des llamas  de  la  estufa,  como  si  aquellas 
luminosas  y  fantásticas  siluetas  se  herma- 
nasen con  las  ideas  que  bullían  en  tropel 
ardiente  dentro  de  las  cavidades  de  su 
cerebro. 

Pensaba  en  su  destino,  en  su  vida  pasada 
y  en  su  vida  presente.  Miraba  en  torno  suyo, 
y  aquel  lujo  confortable  que  lo  rodeaba,  ha- 
cíale establecer  comparaciones  con  su  exis- 
tencia de  otros  tiempos.  Transportábase  á  los 
inviernos  en  que  leía  y  escribía  durante  días 
y  noches  consecutivas  en  la  frialdad  de  su 
mirador,  donde  solo  algunas  veces  la  solici- 
tud materna  colocaba  un  brasero  encendido 
para  corregir  la  humedad  del  aire;  recorda- 
ba los  días  de  temporal,  cuando  el  viento  sin 


12  VALMAR 


vallas  azotaba  el  agua  contra  su  puerta,  ha- 
ciéndola penetrar  á  chorros  dentro  de  la 
habitación,  sin  cortinados  ni  alfombras;  y 
luego,  surgían  uno  á  uno  todos  los  detalles 
de  su  vida,  que  entonces  parecía  ignorar,  y 
que  ahora  aparecían  como  personajes  ínti- 
mos de  una  comedia  que  ya  no  representaba. 

Afuera  la  lluvia  caía  torrencial  y  el  viento 
mugía  con  fuerza,  y,  sin  embargo,  en  el  in- 
terior de  su  despacho,  apenas  se  sentía  otro 
ruido  que  el  alegre  chisporroteo  de  la  leña 
en  la  estufa,  reflejándose  con  vivaces  res- 
plandores en  las  doradas  molduras  que,  en- 
cuadrando riquísimas  telas,  se  destacaban 
sobre  el  papel  verde  obscuro  que  cubría  las 
paredes.  Y  aquella  sensación  de  bienestar 
procurábale  un  goce  íntimo,  un  orgullo  in- 
consciente, por  su  absoluto  y  rápido  triun- 
fo en  la  vida. 

Ya  más  de  una  vez  la  había  sentido,  esa 
sensación  inmensa  de  bienestar,  esa  plena 
satisfacción  del  éxito,  solo  posible  en  él  por 
la  completa  ausencia  de  cálculo  en  los  mó- 
viles que  inspiraron  sus  actos.  Su  goce  en 
ese  sentido  era  absoluto,  y  al  detener  la  vis- 
ta sobre  su  selecta  cuanto  costosa  bibliote- 
ca, sobre  un  valioso  Ripari,  representando 
una  campesina   que   asomaba   su   alegre  y 


V  A  L  M  A  R  13 


desgreñada  cabeza  entre  flores  silvestres  y 
en  pleno  sol,  ó  bien  sobre  un  ánfora  de  Cé- 
vres  antiguo  con  pinturas  de  Boucher  que 
adornaba  su  mesa,  sentía  toda  la  satisfac- 
ción artística  de  un  hombre  que  ha  nacido 
para  eso,  y  encontraba  que  todos  aquellos 
encantos,  coronados  por  el  amor  de  Matilde, 
eran  la  compensación  lógica  de  su  vida  vir- 
tuosa, de  la  rectitud  de  sus  intenciones  y  de 
la  laboriosidad  de  su  talento. 

En  todas  partes  le  ocurría  lo  mismo.  Ra- 
ro, era  el  día  que  no  tuviese  que  establecer 
comparaciones,  y  tanto  al  abrir  sus  ojos  al 
día,  que  le  llegaba  por  entre  las  ricas  sede- 
rías y  encajes  de  su  alcoba,  como  en  la  es- 
pléndida mesa  servida  por  criados  que  ves- 
tían librea,  ó  en  el  paseo  que  verificaba  de 
tarde  en  distintos  y  lujosos  carruajes,  tira- 
dos por  troncos  de  inestimable  valor,  en  to- 
das partes,  en  fin,  constataba  las  ventajas  de 
su  nueva  existencia  y  de  los  múltiples  en- 
cantos de  su  felicidad. 

Pero  decididamente,  aquella  mañana  su 
imajinación  se  mostraba  más  poderosa  que 
él,  y  á  pesar  de  sus  esfuerzos  por  vencerla 
y  entregarse  á  la  tarea,  lo  transportaba  á 
cuestiones  distintas  de  las  que  tenía  que 
tratar. 


14  VALMAR 


No  pudiendo  materialmente  escribir  y  que- 
riendo huir  la  visión  de  las  llamas  de  la  es- 
tufa que  lo  molestaban,  comenzó  á  pasearse 
regularmente  á  lo  largo  de  la  vasta  habita- 
ción, pensando  en  todos  los  detalles  de  aque- 
llos últimos  cuatro  meses  de  dicha. 

Recordaba  con  fruición,  su  noche  de  bo- 
das, su  entrada  en  la  alcoba  de  Matilde, 
donde  ésta,  sin  esperarlo  aún,  dudaba  de 
cómo  debía  de  hacerlo,  si  vestida  y  cu- 
bierta con  el  velo  simbólico,  ú.  oculta  en- 
tre los  cobertores  de  su  amplio  lecho.  Se 
extremecía  aún  al  recordar  su  apasiona- 
miento, su  triunfo  sobre  la  virginidad,  sin 
acudir  al  brutal  dominio  del  varón  impe- 
tuoso, ni  esperar  en  actitud  equívoca  la 
oferta  del  ambicionado  tesoro  de  su  amor. 
No,  Matilde  se  había  entregado  vencida  por 
sus  ruegos,  sin  conciencia  de  aquel  acto 
supremo,  con  el  espíritu  flotando  en  el 
azulado  cielo  de  su  dicha,  y  con  el  cuerpo 
desmayado  por  el  calor  de  sus. besos. 

Más  tarde,  se  veía  intimamente  unido  á 
ella  paseando  por  las  enarenadas  calles  de 
la  quinta  bajo  espesos  túneles  de  verdura, 
ya  causando  la  envidia  de  los  pájaros,  que 
se  amaban  entre  las  ramas  arrullándose 
con  alegres  y   sonoros    trinos,  ya  contení- 


VALMAR  15 


piando  las  murmuradoras  aguas  del  arro- 
yo ó  deleitándose  en  ver  morir  la  tarde, 
mientras  confundía  sus  ansias  de  más  allá, 
con  el  perfume  que  las  flores  prodigan  en 
esa  hora  de  misterio. 

Ah!  El  se  hubiera  quedado  eternamente 
allí !  Pero  al  mes  el  frió  era  demasiado 
intenso,  y  había  sido  necesario  despedirse 
de  aquel  paraíso  en  busca  de  las  comodida- 
des de  la  ciudad.  Con  tal  motivo,  las  ex- 
cenas de  su  noche  de  boda  casi  se  habían 
reproducido,  al  estrenar  la  nueva  alcoba 
del  palacete  de  la  calle  Convención,  aque- 
lla hermosa  alcoba  gris,  tendida  de  da- 
masco, con  una  alfombra  mullida,  reforza- 
da á  trechos  por  valiosas  pieles  que  apa- 
gaban en  absoluto  el  ruido  de  los  pasos, 
como  queriendo  convertir  la  lujosa  habi- 
tación en  un  santuario  donde  el  sacrificio 
del  amor  se  hacía  en  secreto. 

Después  había  empezado  á  regularizar 
su  vida.  Su  espíritu  activo  había  encontra- 
do la  manera  de  armonizar  su  amor  á  la 
mujer  con  su  amor  al  trabajo,  á  la  gloria, 
que,  al  fin  y  al  cabo,  había  de  ser  una 
ofrenda  más  que  depositaría  algún  día  á 
los  pies  de  su  adorada. 


16  VALMAR 


Sin  embargo  la  quietud  no  había  podido 
durar. 

A  pesar  de  sus  protestas,  poco  después 
del  segundo  mes  de  su  matrimonio,  Ma- 
tilde pasó  parte  á  sus  numerosas  relacio- 
nes, señalando  los  viernes  como  días  de 
recibo. 

Era  feliz    y  quería  ostentar  su  felicidad. 

Rica,  bella,  dueña  de  un  palacio  digno 
de  ser  admirado,  y  casada  con  un  hombre 
de  talento,  quería  convertir  su  casa  en  un 
centro  social  de  primer  orden,  donde  al 
mismo  tiempo  de  reinar  en  absoluto,  ofre- 
cía campo  al  desarrollo  de  la  inteligencia 
de  su  marido. 

Al  principio,  Rodolfo,  ageno  á  tales  con- 
sideraciones, esto  lo  había  contrariado  mu- 
cho; pero  á  la  segunda  ó  tercera  reunión, 
una  vez  comprendido  el  alcance  que  tenían, 
y  su  importancia  para  un  hombre  como  él 
que  pretendía  figurar  en  su  país,  preocu- 
póse tanto  como  Matilde  de  dar  brillo  á 
las  pequeñas  fiestas  semanales  que  ésta 
última  había  organizado. 

En  sus  comienzos,  la  concurrencia  ha-- 
bíase  limitado  á  los  parientes  de  Matilde 
y  á  un  pequeño  número  de  íntimos  que  no 
dejaron    de   visitarlos   ni  un   solo  instante; 


VALMAR  17 


pero  apenas  transcurrido  un  mes,  ya  to- 
do Montevideo  se  había  pasado  la  palabra 
y  la  salita  azul,  destinada  á  las  reuniones 
de  los  viernes,  fué  por  demás  pequeña, 
viéndose  Matilde  en  la  necesidad  de  ha- 
bilitar el  gran  salón  Luis  XVI  que,  total- 
mente tendido  de  blanco  y  oro,  daba  un 
aspecto  regio,  a  las  fiestas  que  en  él  se 
realizaban. 

Jamás  había  estado  tan  concurrido  el 
palacete  de  los  Rolan,  y  aquel  gran  salón 
á  que  solo  una  vez  animara  el  esplendor 
de  una  fiesta,  veía  turbada  ahora  su  quie- 
tud solemne  por  repetidos  conciertos  é  im- 
provisados bailes,  que  Matilde  permitía  al 
finalizar  de  la  noche  por  mostrarse  ama- 
ble con  los  jóvenes  y  mientras  las  per- 
sonas serias,  reunidas  en  el  escritorio,  se 
engolfaban  en  intrincadas  cuestiones  polí- 
ticas de  interminable  debate. 

Esta  última  parte  era  la  que  más  entu- 
siasmaba á  Rodolfo,  pues,  á  pesar  ele  serle 
agradable  en  extremo,  la  sección  musical  de 
sus  reuniones,  tan  hábilmente  organizadas 
por  Matilde  y  en  la  que  ésta  descollaba  en 
primera  línea,  donde  podía  tener  verdadera 
expansión  y  sobresalir  por  su  inteligencia 
y  sus  conocimientos,  era  al  tratarse  de  asun- 


18  VAL  M  A  R 


tos  políticos  ó  sociales  con  los  persona/es 
que  componían  su  círculo.  Entre  éstos  figu- 
raban periodistas,  diputados,  militares  de  al- 
ta graduación,  ministros  extranjeros,  y  has- 
ta ministros  de  estado,  que  sentían  verdade- 
ro placer  en  oirlo,  adivinando  en  él  una  futu- 
ra eminencia  que,  con  la  ayuda  de  su  for- 
tuna, no  reconocería  límites  en  el  camino 
de  los  triunfos. 

Y  asi  era,  en  efecto,  tal  como  Rodolfo  lo 
pensaba. 

Su  situación  en  casa  de  Matilde  no  era, 
la  de  un  marido  que  vive  la  vida  refleja 
del  prestigio  de  su  mujer,  sino  la  del  hom- 
bre que  verdaderamente  vale  por  sí  y  apa- 
rece más  grande  al  lucir  aquello  que  ha 
conquistado  por  sus  méritos.  Matilde  al 
entregarse  á  su  marido  no  lo  había  hecho 
á  medias.  No  solo  dio  todo  su  amor,  sino 
que  se  sometió  ella  y  su  fortuna  al  imperio 
de  aquel  hombre,  que  quería  ver  siempre 
muy  alto,  y  al  que,  no  suponía  capaz  de  so- 
metimiento, lo  que  aumentaba,  si  es  posible, 
sus  atractivos,  exhibiéndolo  como  un  varón 
fuerte,  al  que  podía  venerar  como  una 
sierva. 

Antes  de  su  partida  para  Europa,  el  doc- 
tor Rolan  había  hecho  entrega  á  Rodolfo,  por 


VALMAR  19 


indicación  de  Matilde,  de  los  cuantiosos  bie- 
nes que  ésta  había  heredado  de  su  madre,, 
asi  es  que  desde  aquel  día  Valmar  era  quien 
manejaba  la  fortuna  de  su  mujer,  como 
cosa  propia,  lo  que  sin  él  saberlo  aumen- 
taba su  prestigio,  figurando  por  el  hecho 
entre  los  principales  manejadores  de  dinero 
de  la  capital. 

Con  tal  motivo,  Rodolfo  era  objeto  de  todo 
género  de  cumplidos,  de  sonrisas  afectuo- 
sas y  hasta  de  adulaciones  manifiestas,  por 
parte  de  los  infinitos  especuladores  que  se 
le  acercaban  y  lo  acosaban  con  ofertas  de 
negocios,  ya  claros  y  convenientes,  ya  ne- 
bulosos y  amenazadores  como  trampas.  Era 
una  lluvia  diaria  de  corredores  que  ofrecían 
casas,  terrenos,  campos,  títulos  de  deuda,  ó 
bien  que  solicitaban  dinero  proponiendo  es- 
pléndidas colocaciones  con  intereses  altos 
aunque  con  poca  ó  ninguna  garantía. 

Rodolfo,  poco  acostumbrado  a  semejantes 
tratos,  se  limitaba  á  atender  á  todos  con  la 
mayor  cortesía;  pero  les  rechazaba  sus  ne- 
gocios invariablemente,  limitándose  á  admi- 
nistrar los  bienes  que  se  le  habían  confiado 
sin  arriesgarlos  en  empresas  aventuradas 
de  ningún  género. 

El  Rodolfo  Valmar,  modestísimo  estudian- 


20  VA  L  M  A  R 


T 
te,  más  ó  menos  talentoso,  encerrado  qón 
sus  sueños  en  el  mirador  de  su  pobre  ca- 
sita de  la  calle  de  Canelones,  se  había 
transformado  de  pronto  en  el  millonario  y 
respetado  doctor  Valmar  cuyo  nombre  era 
pronunciado  con  envidia  ó  con  admiración 
por  la  masa  de  las  gentes. 

Ni  una  sombra  obscurecía  la  vida  de  Ro- 
dolfo, y  á  no  ser  las  manifestaciones  osti- 
les  de  la  tía  Anita,  que  no  podía  verlo  sin 
proferir  amenazas  y  murmuraciones  sordas, 
que,  por  otra  parte,  él  jamás  oía,  no  hubie- 
se podido  encontrar  un-  solo  lunar  en  su 
dicha. 

Pero  opuestamente  á  lo  que  le  ocurría  con 
la  tía  Anita,  acontecíale  con  los  parientes 
y  con  Jas  relaciones  de  Matilde.  Para  to- 
dos, sin  distinción,  era  sumamente  simpá- 
tico, llegando  á  suceder,  con  algunas  de 
estas  relaciones,  que  la  simpatía  excesiva 
convertíase  en  un  peligro.  Ocurría  esto  con 
Sofía  Hostwald  que  no  desperdiciaba  oca- 
sión de  atraerlo,  no  respetando  para  esgri- 
mir las  sutiles  armas  de  su  coquetería,  ni 
la  casa  ni  la  presencia  de  Matilde. 

Esta  última,  sin  embargo,  observando  con 
perspicacia  la  actitud  de  su  marido  con 
respecto  á  aquella  que  pretendía  robárselo 


V  A  L  M  A  R  21 


á  su  afecto,  en  vez  de  ofenderse  se  afir- 
maba en  el  convencimiento  de  la  lealtad 
de  Rodolfo.  Si  éste  despreciaba  á  una  mu- 
jer como'  Sofía,  Matilde  no  podía  dudar 
que  estaba  verdaderamente  apasionado  de 
ella. 

Sin  embargo,  si  tal  juego  era  una  ven- 
taja para  Rodolfo  en  el  sentido  de  las  ob- 
servaciones que  ofrecía  á  su  esposa,  era 
en  cambio  un  peligro  gravísimo  por  la 
enemistad,  ó  mejor  dicho  el  odio  que  su 
actitud  despreciativa  tenía  que  producir  en 
una  mujer  como  Sofía  Hostwald,  que  ja- 
más podría  perdonar  un  tan  marcado  de- 
saire al  donativo  valioso  de  sus  encantos. 
Claro  es  que  esto  último,  en  nada  moles- 
taba á  Valmar,  sino  más  bien,  en  el  fon- 
do, halagaba  su  vanidad  de  hombre,  de- 
mostrándole el  dominio  que  ejercía  sobre 
el  mundo  femenino,  tan  apreciado  por  él 
en^  sus  variadas  faces. 

A  este  respecto,  Matilde  solía  embromar 
con  él  al  salir  de  casa  de  Sofía  ó  cuando 
ésta  se  retiraba  de  sus  salones,  los  días 
de  recibo;  pero  sus  bromas  terminaban 
casi  siempre  en  manifestaciones  de  satis- 
facción por  la  conducta  que  Rodolfo  había 
observado,  aprobando    la    manera    galante 


VALMAR 


con  que  éste  rehuía  las  coqueterías  mani- 
fiestas de  la  joven  dama. 

Rodolfo  había  continuado  sin  interrup- 
ción su  largo  paseo  de  un  extremo  al  otro 
del  escritorio,  recordando  las  diversas  fa- 
ces de  su  reciente  vida  de  triunfos,  cuan- 
do, de  pronto,  sintió  unos  golpes  en  la  puer- 
ta y  se  extremeció. 

Era  el  criado  que  traía  el  anuncio  de 
un  mandadero  que  aguardaba  en  la  puerta. 

— Hágalo  entrar,—  contestó  simplemente. 
Pero  el  fámulo,  luego  de  dudar  un  mo- 
mento, dijo  que  el  hombre  venía  empapa- 
do y  que  iba  á  enlodarlo  todo. 

— ¿Qué  es  lo  que  quiere? — Interrogó  Ro- 
dolfo. 

— Trae  una  carta  que  desea  entregar  en 
mano  propia, —  contestó  el  criado. 

— Bueno,  voy,  —  dijo  el  joven  saliendo 
atrás  de  su  interlocutor. 

En  efecto,  un  changador  de  detestable 
traza,  chorreando  agua  de  todas  sus  ro- 
pas, después  de  asegurarse  que  aquel  se- 
ñor era  la  persona  á  quien  buscaba,  en- 
tregó un  sobre  que  traía  oculto  en  la  ca- 
misa y  cuidadosamente  envuelto  en  un  gran 
pañuelo  de  colores. 

Valmar  profundamente  agitado,  sin  saber 


V  A  L  M  A  R  23 


por  qué,  y  temblando  de  emoción,  volvió 
á  encerrarse  en  su  despacho. 

Apenas  solo,  rompió  el  sobre  con  un  mo- 
vimiento nervioso  y  leyó. 

Era  una  carta  de  Josefina  en  que  le  comu- 
nicaba que  próxima  á  ser  madre,  carecía 
de  recursos.  Concluía  la  breve  misiva,  dan- 
do las  señas  de  su  casa  y  llamando  al 
antiguo  amante  para  que  asistiera  á  presen- 
ciar su  indudable  muerte. 

Algo  indecible  pasó  en  aquel  momento 
por  el  ánimo  de  Rodolfo.  Aquel  suceso  im- 
previsto, produciéndose  en  medio  de  la  re- 
capitulación de  su  dicha,  fué  un  choque  re- 
pentino, inmenso. 

Sin  embargo,  su  piedad  fué  por  esa  mis- 
ma razón,  mucho  más    intensa. 

Sintió  desde  tan  alto  el  misericordioso  lla- 
mado que  hacía  aquel  ser  humilde,  caído  tan 
bajo,  que  no  pudo  menos  de  acusar  la  injus- 
ticia del  destino.— %  Cómo  ?  ¿  En  un  tiempo 
estábamos  iguales,  y  unidos  por  el  amor 
gustábamos  de  la  dicha,  y  ahora  yo  estoy  en 
la  suprema  altura,  siendo  el  traidor,  y  tú  es- 
tás en  el  fondo  de  las  tinieblas  por  haberte 
conservado  fiel  á  tu  culto? — El  velo  se  había 
descorrido,  y  la  fábula  del  casamiento  de 
Josefina  que  acallaba  su  conciencia,  desmo- 


24  V  A  L  M  A  R 


roñábase  como  un  castillo  de  naipes.  ¿En- 
tonces para  ella  no  había  habido  compen- 
sación? Y  ante  esta  hipótesis,  Rodolfo  se 
sentía  responsable. 

Toda  la  bondad  de  su  alma  tomando  for- 
mas como  un  ser  vivo,  irguióse  ante  su 
conciencia  para  culparlo  de  aquel  abandono 
sin  nombre.  La  imajen  de  Josefina,  de  su  au- 
rora, reapareció  brillante,  luminosa  como 
el  día  de  su  aparición  primera,  prestigiada 
ahora  por  la  venerada  calidad  de  madre.  La 
niña  dulce  amorosa  y  sumisa,  que  tantas  di- 
chas serenas  le  había  procurado,  arrojada 
al  más  cruel  de  los  olvidos  en  un  momento 
de  excitación  y  delirio,  volvía  ahora  ofre- 
ciendo el  fruto  de  su  amor  fecundo. 

Y  Valmar,  extremecido  de  horror  á  la  so- 
la idea  de  las  condiciones  en  que  podía  ha- 
ber venido  al  mundo  la  reproducción  de  su 
ser,  el  hijo  de  sus  primeros  amores,  conce- 
bido en  los  más  puros  arrebatos  de  su  vida, 
en  el  magnífico  despertar  de  sus  ternuras, 
se  sentía  invadido  por  una  sensación  de  go- 
zo y  de  miedo,  de  orgullosa  satisfacción  y  de 
ansiedad  extrema.  Era  el  gozo  y  el  orgullo 
de  la  paternidad  mezclado  con  el  miedo  in- 
consciente de  aquel  nuevo  factor  que  hacía 
irrupción  en  su  vida,  y  de  que  la  sangre  de 


V  A  L  M  AR  25 


su  sangre  hubiese  quedado  perdida  en  el 
olvido  si  no  llegaba  á  tiempo  para  repa- 
rar su  falta. 

Veía  á  la  pobre  Josefina,  á  la  hermosa  y 
tiernísima  criatura  que  en  otro  tiempo  caye- 
ra confiada  en  sus  brazos,  brindándole  pró- 
diga el  tesoro  de  sus  caricias  virginales, 
ocultarse  llorosa  ahora  ¡  quien  sabe  donde ! 
para  dar  á  luz  á  su  hijo,  á  la  encarnación  de 
sus  besos  palpitantes,  á  la  única  justifica- 
ción, en  fin,  del  amor  terreno.  Y  la  veía  po- 
bre, sola,  llena  de  sufrimientos  y  de  dudas, 
envuelta  en  las  espesas  tinieblas  de  la  más 
horrible  orfandad,  talvez  sin  tener  siquiera 
el  aliento  de  la  esperanza  en  aquella  hora 
de  suprema  angustia.  Mientras  él,  opulento, 
grande,  gozando  de  todas  las  dichas,  la  de- 
jaba morir  sin  ofrecerle,  para  cobijarse,  ni 
siquiera  un  extremo  de  su  rico  manto. 

— Pobre!  pobre!  pobre! — exclamaba  casi  en 
voz  alta,  oprimiéndose  la  cabeza  con  ambas 
manos. — ¡Cómo  he  podido  abandonarte!  ^Có- 
mo sin  quererlo  he  estado  á  punto  de  come- 
ter la  mayor  de  las  infamias!. . .  ¡Tu  único  ca- 
riño! Toda  tu  alegría,  toda  tu  parte  de  ven- 
tura en  la  tierra,  quitártela  en  un  momento, 
sin  pensar  en  sus  terribles  consecuencias! 
¡Oh  que  bárbaro!  ¡Que  infame! — Y  enternecí- 


26  VAL  M  A  R 


do  hasta  las  lágrimas,  removiéndose  con  fre- 
cuencia en  su  sillón,  continuaba  desesperado 
por  haber  sido  capaz  de  ocasionar  tantos 
sufrimientos  y  tantas  lágrimas,  tan  luego  á 
su  pobre  Josefina. 

Con  su  imajinación  poderosa,  Valmar  re- 
construía las  excenas  de  la  vida  de  su  auro- 
ra en  los  últimos  ocho  meses  que  habían 
transcurrido  sin  verla  ni  saber  noticias  su- 
yas. Comprendía  su  amargura  inmensa  al 
no  verlo  aparecer  más  en  su  presencia  sin 
darle  explicación  alguna;  comprendía  sus 
noches  de  insomnio  y  de  tristeza,  como  así 
su  estupor  al  sentirse  madre  de  un  hijo  que 
la  condenaba  á  la  miseria  y  á  la  vergüenza.. 

Veía  todo  el  dolor  de  aquel  ser  crédulo 
y  confiado,  en  presencia  del  desengaño  bru- 
tal que  le  daba  su  destino. 

Luego,  calculando  las  épocas,  veíala  obli- 
gada á  descubrir  su  secreto,  humillada,  arro- 
jada de  su  casa,  teniendo  que  hacer  pública 
su  deshonra,  talvez  brutalmente  golpeada 
por  su  terrible  padre.  Y  por  fin,  marchar  á 
ocultar  su  deshonra  en  el  fondo  de  un  cuarto 
devorando  silenciosa  sus  lágrimas,  á  la  es- 
pera del  desenlace  fatal. 

— ¡Oh!  ¡pobrecita,  pobrecita! — Volvió  á  ex- 
clamar levantándose  de  su  asiento.  Y  resuel- 


VALMAR  27 


to,  aturdido,  olvidado  de  todo,  sin  más  pen- 
samiento que  el  de  reparar  su  falta,  tomó  su 
sombrero  y  salió  á  la  calle  sin  preocuparse 
de  la  lluvia  torrencial  que  sin  interrupción 
descargaba  el  cielo. 


JAM&M 


CAPITULO  II 


Desde  el  día  que  Josefina  tuvo  la  evi- 
dencia del  abandono  en  que  la  dejaba 
Rodolfo,  por  haberlo  visto  huir  de  su  pre- 
sencia como  de  un  objeto  odiado,  ó  por  lo 
menos  temido,  entregóse  á  lamentar  sin 
reservas  su  dolor  y  su  desgracia,  despreo- 
cupada de  todo,  olvidada  del  respeto  que 
le  inspiraran  sus  padres,  como  así  del 
concepto  en  que  pudiera  tenerla  el  peque- 
ño mundo  donde  hasta  alli  había  sido  tan 
apreciada.  Tanto  en  su  casa  como  en  el 
taller,  donde  trabajaba  con  torpeza  y  des- 
gano, pasaba  las  noches  y  los  días  sin 
despegar  los  la,bios,  con  la  mirada  torva, 
clavada  en  su  labor  ó  en  el  vacío  y  la  mente 
fija  en  una  idea  que  la  absorbía  por  entero 


VALMAR  29 


reconcentrando  en  ella  toda  la  savia  de  su 
vida.  La  situación  en  que  se  hallaba  le  pa- 
recía tan  horrible,  era  tal  la  tortura  en  que 
vivía,  que,  sin  fuerzas  para  luchar  contra 
aquel  su  destino  adverso  y  sin  alcance  para 
comprender  la  razón  de  injusticia  tanta,  ce- 
gada por  aquella  repentina  caída  en  las  ma- 
yores tenebrosidades  humanas,  se  dejaba  ir 
indiferente,  abstraída,  como  bajel  abandona- 
do y  sin  timón  que  boga  al  acaso  siguiendo 
el  vaivén  caprichoso  de  las  olas. 

Después  del  casamiento  de  su  hermana 
Enriqueta ,  que  era  su  única  confidente ,  la 
sola  persona  que  recibía  sus  expansiones,  la 
joven  había  decaído  más  aún  si  cabe,  y 
aquella  felicidad,  constatada  al  lado  suyo, 
aumentando  su  abandono,  acrecentaba  su 
misantropía. 

El  cambio  radical  operado  en  su  carác- 
ter tuvo  necesariamente  que  llamar  la  aten- 
ción, tanto  en  su  casa  donde  no  se  cansa- 
ban de  mortificarla,  presumiendo  que  su 
actitud  era  solo  producida  por  la  rotura  de 
relaciones  con  el  doctor  Valmar,  como  en 
los  talleres  de  la  Vendeux,  donde  ésta,  des- 
pués de  interrogarla  un  millón  de  veces  sin 
obtener  otra  respuesta  que  el  más  obstina- 
do de  los  silencios,  empezaba  á  observarla 


30  VALMAR 


cuidadosamente,  desconfiada   de  sus  verda- 
deras  causas. 

Las  excenas  que  sus  padres  le  provoca- 
ban eran  casi  diarias  y  cada  día  más  vio- 
lentas, pero  por  crueles  que  se  mostrasen 
como  ocurría  cada  vez  que  eran  visitados 
por  el  obstinado  almacenero  de  la  Espada 
apenas  si  conseguían  rozar  á  la  joven  que 
los  oía  impávida,  traspasada  por  sus  dolo- 
res, deseando  tan  solo  la  muerte  y  mirando 
á  su  alrededor  con  el  desprecio  de  los  que,  á 
fuerza  de  ser  castigados  en  la  tierra,  no  tie- 
nen más  esperanza  de  ver  la  luz  que  pasar 
á  esa  mejor  vida  que  el  espíritu  nos  brin- 
da como  supremo  consuelo  de  la  humana 
desventura,  y  que  no  tiene  acceso  sino  fran- 
queando el  dintel  inapelable  de  la  muerte. 

No  era  el  frío  é  invencible  gesto  de  des- 
dén que  produce  la  indiferencia  filosófica,  ni 
el  resignado  sometimiento  de  la  debilidad  y 
la  desgracia;  era  la  absoluta  insensibilidad 
á  las  manifestaciones  del  dolor  externo,  pá- 
lidas, pequeñas,  casi  ridiculas  comparadas 
con  la  rudeza  de  sus  constantes  agonías  ín- 
timas. 

Era  el  supremo  egoísmo  del  dolor. 

¿A  qué  luchar?  ¿A  qué  defenderse?  ¿Cabe 
acaso,  mayor  infelicidad? 


VALMAR  31 


Dejándose  rodar  al  fondo  obscuro,  cada 
vez  más  obscuro,  del  pozo  que  el  destino 
abriera  á  sus  pies,  aguardaba  sin  esperan- 
za, la  solución  del  problema  de  su  vida,  sin 
otro  deseo  que  ella  se  produjera  pronto  y  que 
fuera  el  deseado  fin. 

Sin  embargo,  una  tarde,  la  sacudida  fué 
tan  violenta  que  todo  su  ser  se  conmovía 
hondamente  y  pareció  recobrar  el  aspecto 
de  la  vida. 

Así  como  un  exceso  de  felicidad  repen- 
tino puede  ser  fatal  por  la  violencia  de  su 
sorpresa  en  un  organismo  sobrexitado  T 
ciertos  dolores,  por  su  agudeza  extrema, 
pueden  ser  causa  inmediata  de  renacimien- 
to. Son  punzadas  horribles  que  conmue- 
ven y  levantan.  Es  la  comprobación  de  la 
existencia  de  una  sensibilidad  que  creía- 
mos muerta.  Se  sacude  el  sopor  del  su- 
frimiento y  la  vida  se  sobrepone  triunfante- 
Josefina  se  encontró  en  este  caso. 
El  acontecimiento  que  al  principio  tanto 
había  temido,  dándole  extraordinarias  pro- 
porciones, se  produjo  al  fin. 

Sus  padres  conocieron  su  estado,  que 
ella  no  tuvo  fuerzas  para  negar,  y  airados 
por  aquella  vergüenza  que  los  deshonraba 
y  destruía  para  siempre  su  acariciada  es— 


32  VALMAR 


peranza  de  realizar  el  casamiento  de  la  jo- 
ven con  José  García,  la  despidieron  brutal- 
mente de  su  hogar,  llegando  en  su  exalta  - 
tación  hasta  arrojarle  objetos  á  la  cara. 

Llorosa,  golpeada,  cubierta  de  insultos 
oprobiosos,  llevando  tan  solo  el  producto 
de  sus  últimos  tres  meses  de  trabajo,  que 
debido  á  la  desarmonía  en  que  vivía  con 
sus  padres,  aún  no  se  lo  había  entregado 
como  era  su  costumbre  hacerlo.  Salió  de 
aquella  vivienda  donde  había  nacido  y 
se  había  desarrollado  risueña  y  feliz,  de 
aquel  hogar  que  un  tiempo  iluminó 
con  su  presencia,  decorándolo  con  su  be- 
lleza y  su  frescura,  y,  si  embargo,  al  ale- 
jarse lentamente,  le  parecía  sentir  un  alivio 
inmenso,  el  descargo  de  un  peso  enorme 
que  la  agobiaba,  como  si  la  mano  de  hie- 
rro que  le  oprimía  rudamente  el  corazón, 
se  hubiese  abierto  magnánima,  permitién- 
dole que  se  ensanchara  á  su  antojo. 

El  trance  amargo  del  descubrimiento  de 
su  falta  se  había  producido  y  al  producir- 
se ponía  término  á  la  extrema  ansiedad 
que  el  temor  constante  de  tal  suceso  le 
ocasionaba.  Podía  exclamar:  ¡Ya  pasó!  ¡El 
vínculo  está  roto !  El  mal  que  había  de 
hacer  á  mis   padres    ya  está    hecho    ¡Soy 


VALMAR  33 


libre!  Tengo  el  derecho  de  llorar  á  solas 
mi  dolor. 

Caminaba  absorta,  completamente  abs- 
traída en  sus  pensamientos  y  sin  rumbo 
cierto,  cuando  la  voz  de  su  hermana  En- 
riqueta, llamándola,  ahogada  en  lágrimas, 
la-hizo  volver  en  sí. 

— ¿Adonde  vas  á  ir  ahora? — le  preguntó 
la  joven  deteniéndola  de  un  brazo. 

— No  sé.  Todavía  no  he  pensado  nada, — 
contestó  Josefina. 

— ¿Por  qué  no  vas  a  lo  de  Felicia,  la  mu- 
jer de  aquel  mozo  que  puso  tienda  en  los 
Pocitos  después  que  se  mudó  de  al  lado 
de  casa? 

—Es  verdad! — exclamó  la  joven,  sorpren- 
dida de  encontrar  tan  pronto  un  albergue. 

— Tanto  Felicia  como  Rosalía  son  muy 
buenas  y  te  tratarán  bien.  Yo  no  te  ofrezco 
llevarte  á  casa  porque  quién  sabe  si  el  na- 
politano quiere,  y  después  que  allí  te  en- 
contrarías con  tata  y  con  mama. — Agregó 
Enriqueta. 

— Ah  no,  no... de  ninguna  manera!... yo 
quiero  estar  sola, — se  apresuró  á  decir  Jo- 
sefina. Y  convencida  de  la  bondad  de  la  pro- 
puesta de  su  hermana,  aceptó  el  ofrecimien- 
to   que  ésta   le    hacía    de  acompañarla,    y 

Tomo  ii— 2 


34  V  A  L  M  A  R 


ambas  se  dirigieron  á  la  calle  de  Asilo, 
donde  la  pobre  joven,  arrojada  de  su  casa, 
habría  de  encontrar  uno  donde  ocultar  su 
desventura. 

Más  de  un  cuarto  de  hora  duró  el  camino, 
durante  el  cual,  Enriqueta,  con  el  aliento 
entrecortado  por  la  precipitación  de  la  mar- 
cha, se  esforzó  en  consolar  á  su  hermana 
augurándole  felicidades  que  no  acertaba  á 
explicar  en  qué  consistirían. 

Caía  la  tarde  cuando  llegaron  á  la  casa 
que  buscaban,  y  allí,  previa  una  ligera  ex- 
plicación de  Josefina,  que  toda  cortada  y 
confusa  se  veía  en  la  imprescindible  nece- 
sidad de  ir  haciendo  confidencias  sobre  su 
estado,  le  cedieron  una  piececita  donde  al  día 
siguiente  la  joven  podría  colocar  su  modes- 
to ajuar  de  obrera,  siempre  que  Enriqueta 
consiguiese  de  sus  padres  el  permiso  para 
sacarlo  y  enviárselo. 

Y  así  fué:  dos  días  después,  Josefina,  en 
posesión  de  sus  modestos  mueblecitos,  que- 
daba completamente  instalada  en  su  peque- 
ño cuarto,  donde  formó  el  propósito  de  per- 
manecer oculta  el  mayor  tiempo  posible, 
siempre  que  las  exigencias  del  trabajo  se 
lo  permitiesen. 

Desde  aquel  instante  su  existencia  cambió* 


V  A  L  M  A  R  35 


Ya  fuera  por  las  atenciones  y  cuidados 
de  su  nueva  vida,  ó  bien  por  la  absoluta 
libertad  de  que  gozaba,  la  joven,  durante 
los  primeros  días  de  su  llegada  á  casa  de 
su  amiga  Felicia,  sintió  un  relativo  bienes- 
tar animándose  á  veces  con  algunos  deste- 
llos de  esperanza,  como  si  con  la  salida  de 
su  casa  hubiese  apurado  ya  hasta  la  última 
gota  de  amargura  que  le  correspondía  en  el 
general  reparto  de  los  males.  Influía  en 
esto,  y  no  poco,  la  calidad  y  condiciones  de 
las  dueñas  de  casa  que,  tanto  por  su  natu- 
ral zalamería  como  por  el  género  de  vida 
equívoco  que  estaban  obligadas  á  llevar,  no 
sólo  disculparon  la  falta  de  Josefina,  sino 
que  alabaron  su  conducta  encontrándola 
digna  del  mayor  encomio.  —  ¿  Qué  había 
sido  engañada?  Pues,  por  lo  mismo,  la 
culpable  no  era  ella  sino  quien  tan  vilmen- 
te la  había  traicionado,  y  los  que  la  mira- 
sen mal  por  ese  hecho  ó  la  tuviesen  á 
menos,  no  pasarían  de  unos  hipócritas, 
incapaces  de  sentir  por  encima  de  todo 
cálculo.  —  Con  estas  ó  parecidas  reflexiones 
consolaban  á  Josefina,  que,  escudada  por 
ellas,  sentía  en  aquella  casa  un  amparo, 
confiándose  á  la  nueva  familia  que  el  des- 
tino le  deparaba. 


36  V  A  L  M  A  R 


Componíase  la  casa  de  cuatro  piezas  ha- 
bitables, un  pequeño  patio  en  el  centro,  y  al 
fondo,  una  cocina  por  la  que  se  pasaba  á 
uno  á  modo  de  corral,  desde  donde  la  vista 
podía  recrearse  contemplando  la  playa  de 
Ramírez  limitada  por  las  canteras  que  se 
levantan  sobre  el  agua,  para  sostener,  con 
su  granítica  mole,  la  elevada  cuchilla  donde 
está  el  circo  del  Este.  La  contemplación 
de  aquel  accidentado  trozo  de  panorama 
frente  á  la  extensa  llanura  del  mar  que  lo 
baña,  era  uno  de  los  recreos  favoritos  de  Jo- 
sefina que,  como  habitaba  la  última  pieza 
del  fondo,  tenía  cómodo  acceso  á  aquel  rin- 
cón solitario  que  tanto  se  adaptaba  á  su 
estado  de  espíritu. 

Rara  era  la  vez,  sin  embargo,  que  conse- 
guía estar  completamente  sola,  pues  cuando 
no  era  Felicia,  era  Rosalía  la  que  la  acom- 
pañaba, deseosas  ambas  de  serle  agradable. 
Propósito  era  éste  que  casi  siempre  conse- 
guían, porque  Josefina  á  más  de  ser  por  su 
bondad  y  dulzura  eminentemente  sociable, 
encontraba  en  la  conversación  de  las  jóve- 
nes un  verdadero  lenitivo  á  sus  males. 

Eran  las  hermanas  Ibáñez,  hijas  melli- 
zas  de  un  antiguo  maestro  de  escuela  que 
las  había  criado  con  bastante    libertad,  no 


V  A  L  M  A  R  37 


solo  por  haber  perdido  á  su  mujer  cuan- 
do las  niñas  apenas  tenían  dos  años,  sino 
por  ser  hombre  de  costumbres  extravagan- 
tes y  un  tanto  dado  á  la  bebida.  Estas 
circunstancias  reunidas ,  permitieron  que 
las  muchachas  creciesen  y  se  gobernasen 
á  su  antojo,  cayendo  desde  sus  primeros 
pasos  en  las  múltiples  celadas  de  la  vida. 

Relacionadas  desde  muy  pequeñas  con 
infinidad  de  galopines  que  tenían  pensión 
en  el  colegio  de  su  padre,  apenas  empe- 
zaron á  dragonear  de  señoritas,  abandona- 
ron sus  muñecas  para  jugar  con  ellos  á 
los  novios,  peligroso  juego  donde  encon- 
traron todo  el  agrado  apetecible,  tanto  pa- 
ra sus  alocadas  imaginaciones,  como  para 
sus  corazoncitos  fogosos,  de  criollas  ardien- 
tes, admirablemente  dispuestos  para  el 
amor. 

Quiso  el  destino  que  entre  sus  relaciones 
de  la  infancia  se  hallase  un  niño  de  fami- 
lia muy  rica  y  de  elevado  rango,  el  mismo 
que  más  tarde  llegó  a  ser  un  apuesto  y  ele- 
gante joven,  por  cuya  razón,  ambas  herma- 
nas se  prendaron  de  él  perdidamente,  y  co- 
mo el  tal  era  de  los  que  sabían  sacar  par- 
tido de  las  circunstancias,  correspondió  pri- 
mero á  Felicia  y  luego  que  por  una  hábil 


38  VALMAR 


combinación  le  pudo  encontrar  un  marido, 
para  dejarla  bien  colocada,  buscó  el  amor 
de  Rosalía  que  lo  aceptó  tan  gozosa  como 
su  hermana,  aunque  no  con  la  suerte  de 
que  el  segundo  marido  buscado  por  su  ex- 
perto amante,  tuviese  la  mansedumbre  de 
llegar    á  las    últimas   consecuencias. 

Pascual  Gardero,  que  así  se  llamaba  el 
marido  de  Felicia,  tuvo  pues,  que  cargar 
con  su  cuñada;  pero  como  al  par  de  inhá- 
bil era  inepto  para  el  trabajo,  Felipe  Mont 
que  él  y  no  otro  era  el  dichoso  y  rico  ami- 
go de  la  infancia  de  las  mellizas  Ibáñez, 
tuvo  la  generosidad  de  habilitarlo  para  que 
pusiera  una  tienda,  con  la  condición  que  ha- 
bía de  ser  en  las  afueras  de  la  ciudad  ó 
en  algún  pueblo  de  campaña. 

La  tienda  se  estableció  en  efecto,  prime- 
ro en  la  ciudad,  á  pssar  de  lo  convenido  y 
luego  en  los  Pocitos,  pero  con  tan  mala 
suerte,  que  al  poco  tiempo  su  dueño  se  de- 
claraba en  bancarrota,  teniendo  que  con- 
tentarse con  vivir  del  producido  de  su  mo- 
desto empleo,  que  muy  escasamente  le  da- 
ba para  sostener  á  su  mujer  y  á  su  cuña- 
da, quienes  á  más  de  poco  habilidosas,  gus- 
taban de  vestir  bien  y  regalarse  como  quien 
tiene  medios. 


VAL  M  A  R  39 


Pocas  entradas  y  muchas  salidas,  no  tar- 
daron en  desequilibrar  las  finanzas  del 
pobre  Gardero,  hasta  el  punto  de  verse  con 
un  déficit  horrendo  en  el  que  figuraba  co- 
mo principal  partida  el  alquiler  de  casa  de 
donde  estaba  á  punto  de  ser  despedido. 

Tanta  malandanza  traía  muy  embrollado 
el  hogar  de  las  Ibáñez  donde  todos  los  días 
se  disputaba  sobre  quien  era  el  causante  y 
culpable  de  aquella  miseria,  resultando  que 
Gardero  era  siempre  el  generador  de  todo 
mal  y  el  haragán  é  inútil  que  no  sabía  cum- 
plir su  misión  de  jefe  de  familia  remedian- 
do las  necesidades  de  su  hogar. 

Así,  pues,  buscando  remedios  á  su  mal, 
concibió  el  plan  de  alquilar  una  de  las  pie- 
zas de  su  casa  para  que  de  esa  manera  le 
ayudasen  á  pagarla,  pero  como  el  hombre, 
á  pesar  de  su  característica  miopía,  se  ha- 
bía puesto  algo  celoso  y  desconfiado  en  los 
últimos  tiempos  de  sus  desgracias,  debido  á 
algunas  pequeneces  que  no  acertaba  á  expli- 
carse, no  quería  de  ningún  modo  inquilinos 
de  su  sexo,  exigiendo  como  absoluta  con- 
dición para  aceptar  una  persona  en  la  inti- 
midad de  su  hogar,  que  ella  fuese  mujer, 
soltera  ó  viuda. 

En  estas  circunstancias  fué    que  apareció 


40  V  A  L  M  A  R 


Josefina,  siendo  aceptada,  como  era  con- 
siguiente, con  los  brazos  abiertos. 

Desde  el  primer  momento,  las  expertas 
mellizas  comprendieron  todo  el  partido  que 
podían  sacar  de  la  situación  de  la  joven  y 
de  su  manifiesta  inexperiencia  de  la  vida, 
por  lo  que  se  resolvieron  á  explotar  aquel  fi- 
lón que  se  les  presentaba,  dedicando  todos 
sus  esfuerzos  á  tan  provechoso  objeto. 

Aún  no  hacía  un  mes  que  Josefina  se  ins- 
talara en  su  nueva  vivienda,  cuando  ya  la 
mayor  parte  de  sus  economías  habían  pa- 
sado á  manos  de  sus  cariñosas  caseras,  quie- 
nes se  las  tomaban  con  toda  zalamería  á 
cuenta  de  anticipo  sobre  alquileres,  ó  como 
préstamo  que  habría  de  ser  devuelto  en  un 
plazo  más  ó  menos  largo. 

Los  dos  primeros  meses  todo  fué  muy  bien; 
pues,  Josefina,  mientras  tuvo  dinero,  no  pen- 
só negarlo,  dando  todo  el  que  había  traído 
como  así  parte  del  que  seguía  ganando  en  los 
talleres  de  la  Vendeux,  donde  acudía  aunque 
con  extraordinario  esfuerzo;  pero  una  tarde, 
al  cabo  de  cierto  tiempo,  la  joven  fué  traspor- 
tada en  un  coche  hasta  su  casa  por  haberle 
dado  un  accidente  en  la  puerta  de  la  capilla 
de  las  Salesas,  al  presenciar  la  salida  de 
Rodolfo  Valmar,  de  su  primero,  de  su  único 


V  A  L  M  A  R  41 


amor,  del  padre  de  aquel  ser  que  palpitaba 
en  sus  entrañas,  con  aquella  regia  mujer  que 
se  había  interpuesto  entre  sus  destinos  pa- 
ra unir  á  todas  sus  felicidades,  la  exigua 
que  ella  ambicionaba  y  que  por  equidad  de 
la  suerte  le  hubiese  correspondido. 

Desde  aquel  día  sus  fuerzas  decayeron  por 
completo  y  los  males  físicos  que  hasta  allí 
la  habían  respetado,  empezaron  á  invadirla 
impidiéndole  la  acción  y  la  tranqulidad. 

Josefina,  á  pesar  de  todo,  con  la  tenaci- 
dad del  condenado  á  muerte  que  conoce  su 
definitiva  sentencia,  desde  el  día  que  fué 
despedida  de  su  casa,  habla  vuelto  á  tener 
esperanza.  Por  eso,  al  oir  hablar  en  el 
taller  del  famoso  casamiento  de  su  amado, 
á  pesar  del  riesgo  que  corría,  y  de  la  re- 
pulsión que  había  de  producirle  tal  espec- 
táculo, quiso  presenciarlo,  quiso  ver  con 
sus  ojos  bajar  del  brazo  de  otra,  al  hombre 
que  en  las  gradas  de  aquel  templo  había 
visto  por  vez  primera,  ligando  desde  aquel 
instante,  sin  condiciones  ni  regateos,  con 
toda  la  ternura  y  expontaneidad  de  su  alma 
virgen,  el  curso  de  su  florida  existencia. 

Pero  ante  la  realidad  brutal,  á  la  vista  de 

la  exuberante  felicidad  que  externaba  aque- 

i  lia  pareja,  y   al  medir  la   magnitud   de  la 


42  V  A  L  M  A  R 


distancia  que  la  separaba  de  su  rival,  cayó 
vencida,  oyendo  aterrorizada  las  violentas 
palpitaciones  de  su  corazón  que  parecían 
decirle: — vuelve  á  tu  sitio,  temeraria  ambicio- 
sa, arrástrate  sobre  la  tierra  donde  has 
nacido  y  no  quieras  escalar  alturas  inacce- 
sibles que  no  fueron  hechas  para  tí.  —  Y 
su  natural  humildad,  recobrándola  por  com- 
pleto, la  empujaba  hacia  un  extraño  estado 
de  lúgubre  resignación,  donde  el  espíritu  se 
conforma  con  el  dolor,  sin  alcanzar  á  com- 
prender la  razón  de  una  existencia  de  mar- 
tirio. 

Todo  acabó  desde  aquel  instante.  La 
Vendeux  misma  que  hasta  entonces  la  ha- 
bía consentido  en  sus  talleres,  la  despidió 
al  tener  conocimiento  del  accidente  acaeci- 
do en  la  puerta  de  la  capilla,  considerando 
que  aquello  era  una  vergüenza  para  su 
casa  y  una  desmoralización  para  las  demás 
obreras  que  trabajaban  en  ella. 

Así,  pues,  Josefina  se  vio  obligada  á 
echar  mano  de  sus  últimas  economías  para 
satisfacer  las  exigencias  de  sus  amigas 
que,  á  pesar  de  deberle  mucho  dinero,  ha- 
cían caso  omiso  de  esta  circunstancia  para 
seguirla  explotando  en  razón  directa  de  su 
apremio. 


V  A  L  M  A  R  43 


En  tal  situación  no  tardó  la  joven  en 
verse  en  absoluto  falta  de  recursos,  tenien- 
do que  acudir  en  procura  de  ayuda  á  su 
hermana  Enriqueta  que,  á  pesar  de  su  bue- 
na voluntad,  no  era  dueña  de  poderle  facili- 
tar mucho  dinero,  no  solo  por  no  estar  en 
muy  holgadas  condiciones,  sino  por  la  ava- 
ricia de  su  napolitano,  que  por  nada  de  este 
mundo  hubiese  consentido  en  dar  un  cen- 
tesimo con  semejante  objeto. 

Concluidos  sus  medios,  concluyó  también 
la  amistad  de  Felicia  y  Rosalía,  y  aquellas 
providencias,  que  en  un  principio  creyó  en- 
contrar como  bálsamo  consolador  en  su 
camino,  se  trocaron  de  pronto  en  exigentes 
caseras  que  añadían  hiél  al  vaso  desbor- 
dante de  sus  crueles  desventuras. 

Para  colmo  de  males,  el  invierno  se  pre- 
sentaba frío  con  exceso,  acortándose  las 
horas  de  que  disponía  para  pasearse  al  sol 
en  el  corralón  tapizado  de  verde  que  se 
extendía  á  los  fondos  de  la  casa,  así  es 
que  la  joven  veíase  obligada  á  permanecer 
encerrada,  sola  en  su  pequeño  cuartito  obs- 
curo y  húmedo,  donde  pasaba  los  días 
haciendo  gorritas  y  pañales,  tratando  de 
aplicar  toda  su  ciencia  de  costurera  hábil 
para  embellecer  á  su  hijo  que,  sin  haber 


44  V  A  L  M  A  R 


nacido,  era  ya  el  objeto  único  de  todas  sus 
ternuras. 

Pero  los  días  volaban  y  con  ellos  au- 
mentaban los  gastos  de  la  joven,  que  no 
sabía  qué  hacer  para  satisfacer  los  conti- 
nuos pedidos  de  las  Ibáñez. 

Estas,  por  su  parte,  viendo  la  imposibili- 
dad en  que  estaban  de  obtener  nada  de 
la  joven,  hacían  todo  lo  posible  por  conseguir 
que  se  fuera  y  evitar  que  saliese  de 
cuidado  en  su  casa,  ocasionándoles  serios 
trastornos  y  gastos  que  tal  vez  nunca  pu- 
diera retribuir.  En  valde  Josefina  se  des- 
vivía por  no  ser  gravosa,  privándose  de  luz 
por  la  noche,  comiendo  lo  menos  posible 
y  ayudando,  á  pesar  de  su  estado,  en  todas 
las  labores  de  la  casa,  sus  cariñosas  ami- 
gas le  manifestaban  claramente  el  deseo 
que  tenían  de  verla  partir. 

Le  habían  consumido  todas  sus  econo- 
mías, le  vendieron  á  vil  precio  sus  modes- 
tos mueblecitos,  la  ocuparon  mientras  pudo 
hacerlo,  en  la  hechura  de  vestidos  que  tan 
bien  confeccionaba;  pero  como  ya  no  tenía 
fuerzas  para  coser,  ni  economías  que  con- 
sumir, ni  muebles  que  vender,  hasta  dejó 
de  ser  disculpable  su  falta,  convirtiéndose 
por  el  contrario  en  un  grave  inconveniente 


V  A  L  M  A  R  45 


para  que  permaneciese  más  en  la  casa. — 
La  gente  había  empezado  á  murmurar  de 
ellas;  aquello  era  muy  mal  mirado,  y  hasta 
pudiera  algún  maledicente  atribuir  el  niño 
que  iba  á  nacer  á  Rosalía,  que  era  soltera 
y  cuya  honra  no  era  propio  que  se  com- 
prometiese de  aquel  modo. 

A  todo  esto  Josefina  no  sabía  qué  con- 
testar ni  qué  hacer. — ¿Dónde  ir  en  aquel 
estado,  sin  una  mano  amiga  que  se  le  ten- 
diera, sin  dinero,  enferma  y  sin  fuerzas? 
Por  más  que  torturaba  su  febril  imagina- 
ción durante  las  largas  noches  sin  luz  y 
sin  sueño,  que  pasaba  cobijada  en  su  cama, 
muerta  de  miedo  y  de  frío,  no  acertaba  á 
encontrar  la  clave  salvadora  de  aquel  arduo 
problema  que  ofrecía  su  vida. 

Y  los  días  pasaban  y  con  ellos  se  au- 
mentaba su  extenuación,  producida  por  la 
falta  de  alimento  y  por  el  constante  delirio 
febril  en  que  se  hallaba. 

Tal  agonía  tenía  que  tocar  a  su  término. 

En  efecto:  una  tarde  de  Agosto,  Felicia 
manifestó  á  la  joven  que,  á  pesar  de  los 
buenos  deseos  que  la  animaban,  tanto  á 
ella  como  á  Rosalía,  se  veía  en  la  precisión 
de  decirle  que  se  fuese  sin  falta  al  día  si- 
guiente, porque  Gardero  así  lo  exigía.    Por 


46  V  A  L  M  A  R 


bondad  había  tenido  paciencia  hasta  enton- 
ces, soportando  aquella  inmoralidad  en  su 
casa,  pero  no  estaba  dispuesto  á  que  el 
desenlace  se  produjera  sin  manifestar  bien 
clara  y  terminantemente  su  protesta  ha- 
ciéndola pública  de  aquella  manera. 

Fueron  inútiles  las  lágrimas  que  vertió 
la  joven,  como  así  su  manifiesta  desespera- 
ción y  sus  promesas  de  pagar  más  tarde 
con  creces  los  perjuicios  que  ahora  pudiese 
ocasionar.  Felicia  se  mantuvo  inflexible 
ante  aquella  desventura,  concluyendo  por 
reírse  á  mandíbula  batiente  cuando  Josefina, 
en  un  momento  de  súbita  irritación,  recla- 
mó lo  que  le  debían,  pretendiendo  hacer 
valer  derechos  que  creía  legítimos. 

Entonces,  convencida  de  su  impotencia, 
desfalleciente,  humillada,  corrió  á  encerrar- 
se en  su  cuartito,  como  animal  perseguido, 
que  busca  la  salvación  en  el  fondo  de  su 
cueva.  Y  allí,  mordiendo  las  ropas  de  su 
lecho,  macerándose  las  carnes  con  las  uñas 
y  sacudiéndose  víctima  de  un  hipo  nervio- 
so que  la  sofocaba ,  pasó  el  resto  de  la 
tarde  sin  exacta  conciencia  de  su  martirio. 

Cuando  cayó  la  noche,  una  violenta  tem- 
pestad se  desencadenó  sobre  la  tierra. 

Era  Santa  Rosa,  que  se   hacía   recordar 


VALMAR  47 


con  sus  usuales  violencias,  dispuesta  á  so- 
lemnizar su  fiesta  ,  desgarrando  árboles  y 
echando  á  volar  tejados  por  los  aires , 
mientras  las  aguas,  corriendo  como  rui- 
dosas cataratas  por  los  planos  inclinados, 
iban  a  inundar  los  bajos  ,  depositando  el 
botin  recogido  en  su  camino. 

Josefina,  vuelta  en  sí  de  su  letargo  por 
el  fragor  de  la  tormenta,  comenzó  á  orar, 
sobrecogida  por  la  violencia  ele  los  true- 
nos y  espantada  por  el  fulgor  de  los  re- 
lámpagos que,  filtrando  su  luz  por  las  ren- 
dijas de  la  puerta ,  proyectaban  extrañas 
siluetas  sobre  las  paredes  blanqueadas  del 
cuartito;  pero,  pasados  los  primeros  mo- 
mentos de  terror,  comenzó  á  pensar  en  la 
situación  extrema  en  que  se  encontraba. 

Los  pensamientos  saltaban  sin  tino  de  su 
vida  pasada  á  su  vida  presente,  eligiendo  á 
capricho,  ora  los  momentos  dulces  de  su 
inocente  niñez,  ora  sus  inolvidables  goces 
de  amor ,  ó  bien  las  interminables  etapas 
de  su  martirio.  Tan  pronto  recorría  su  exis- 
tencia hecho  por  hecho,  deteniéndose  com- 
placida en  sus  mejores  momentos,  como  la 
abarcaba  toda  de  una  sola  mirada,  perci- 
biendo claramente  la  línea  enérgica  que  la 
dividía  en  dos  mitades,  dejando  á   un    lado 


48  VALMAR 


el  dolor  y  al  otro  el  placer;  tanto,  que  so- 
lo su  recuerdo  la  consolaba  en  aquel  ins- 
tante sugiriéndole  sueños  para  el  porvenir. 

En  ellos  veía  volver  á  Rodolfo  amoroso 
como  nunca,  que  venía  solícito  respondien- 
do á  su  llamado,  y  allí  juntos,  estrechados 
como  en  otro  tiempo,  prestar  oído  á  las 
palpitaciones  que  sentía  en  su  seno,  inte- 
resados por  la  vida  de  aquel  ser  que  era 
su  obra  mutua.  Más  tarde,  el  cuadro  era 
más  completo,  el  niño  nacido  ya,  dormía 
sonriendo  como  un  ángel  en  su  cuna,  y 
ellos,  abrazados  junto  á  él,  discutían  con 
voz  imperceptible  la  elección  de  un  nombre. 

De  repente,  un  estallido  horrible  hizo  ex- 
tremecer  las  paredes  del  cuarto,  como  si  los 
tirantes  volasen  convertidos  en  mil  astillas; 
cayó  el  agua  con  doble  fuerza,  semejante  á 
un  derrumbe;  y  el  viento,  como  sacudido  por 
las  sonoridades  del  trueno,  la  emprendió  con 
el  techo  de  la  cocina  haciendo  danzar  de 
una  manera  infernal  su  cubierta  de  tejas. 

La  joven,  vuelta  á  la  realidad,  se  espantó 
de  nuevo  y  aquel  fragor  inusitado  le  hizo 
pensar  en  la  muerte. 

—Morir  cuando  se  está  próxima  á  produ- 
cir la  vida! — Y  semejante  idea  la  extremeció 
con  una  sacudida  loca.  La   nerviosidad  era 


VALMAR  49 


tanta,  que  á  la  luz  de  los  relámpagos,  le  pa- 
recía verá  su  hijo  que,  ya  nacido,  le  pedía 
perdón  implorándole  la  vida.  Entonces,  fue- 
ra de  sí,  sin  conciencia  de  lo  que  hacía,  se 
arrolló  en  la  cama  para  protejer  al  ser  que 
llevaba  en  sus  entrañas,  y  respondiendo  á 
los  extraños  rumores  del  viento  que  tradu- 
cía á  su  antojo,  exclamaba  en  voz  alta: — No! 
Morir  no!  Dios  mió,  déjame  la  vida! — Y  por 
largo  espacio  de  tiempo,  con  los  ojos  espan- 
tosamente abiertos,  continuó  hablando  con 
los  ruidos  de  la  tormenta  y  con  las  sombras 
que  los  relámpagos  proyectaban  y  que  ad- 
quirían formas  en  su  mente  loca. 

Ya  llegaba  la  mañana  cuando  los  elemen- 
tos empezaron  á  apaciguarse  paulatinamen- 
te. Los  truenos  se  alejaban  rezongando  por 
los  confines  del  cielo,  y  el  viento  cansado  de 
forcejear,  soplaba  jadeante,  á  intervalos  en- 
tre-cortados,  dejando  que  la  lluvia  cayese 
blanda  y  rumorosa,  con  su  impertinente  mo- 
notonía de  invierno. 

Cuando  la  luz  del  día  alumbró  bien  defini- 
da, Josefina  abrió  su  postigo,  notándose  en- 
tonces en  su  cansada  fisonomía  el  sello  de 
una  resolución  extrema. 

En  efecto:  arrollando  todo  pudor,  olvidada 
de  sí  misma  para  no  pensar  más  que  en  su 


50  V  A  L  M  A  R 


hijo,  se  había  propuesto  escribirle  a  Rodol- 
fo, pidiéndole  dinero  para  no  dejarlo  perecer. 
La  madre  se  imponía  á  la  mujer,  y  aquella 
nueva  vergüenza,  no  sería  sino  un  título  más 
al  amor  del  ser  que  alimentaba  en  sus  entra- 
ñas. 

Escribió,  pues,  cuatro  letras  dando  á  cono- 
cer su  situación  extrema  y  las  señas  de  su 
casa,  y  sin  cuidarse  de  buscar  un  abrigo 
salió  á  la  calle  desafiando  la  lluvia,  en  busca 
de  un  changador  que  llevase  la  carta. 

Media  hora  después,  cuando  volvió  á  su 
cuarto,  empapada  como  una  sopa  y  enfan- 
gada hasta  la  rodilla,  solo  atinó  á  sentar- 
se, exclamando  con  amarga  alegría,  fin- 
jiendo  acariciar  un  ser  imajinario  que 
mecía  en  su  regazo. 

— Hijito  mió,  ahora  tendrás  donde  nacer, 
no  verás  la  luz  en  la  calle! 


CAPITULO  IV 


Al  salir  Rodolfo  de  su  palacete  de  la  ca- 
lle Convención,  tomó  el  primer  tren-vía  que 
halló  á  su  paso  para  dirigirse  á  la  casita  de 
Josefina,  pero  al  cruzar  la  plaza  Cagancha, 
le  pareció  más  práctico  alquilar  un  carruaje 
y  en  él  llegó  tras  breves  momentos  al  lu- 
gar de  su  destino. 

Precisamente  en  aquel  instante,  á  pesar 
de  la  lluvia  que  caía  sin  interrupción,  las 
mellizas  Ibáñez  discutían  acaloradamente 
con  Josefina  en  medio  del  patio. 

Exigían  de  ella  que  se  fuese  en  el  acto.  No 
podían  consentirla  más  en  su  casa,  pues  el 
cuarto  estaba  alquilado  á  otra  y  tenían  que 
entregarlo  al  dia  siguiente. 

En  valde  la  pobre  joven  decía  que  esperaba 


52  V  A  L  M  A  R 


á  una  persona  amiga  que  había  de  traerle 
recursos,  prometiendo  que  pagaría  con 
creces  lo  que  adeudaba,  sus  caseras  se  mos- 
traban inflexibles,  pretendiendo  á  todo  tran- 
ce que  se  fuera  con  lluvia  y  todo,  que  ellas 
le  mandarían  lo  suyo  al  dia  siguiente  donde 
se  les  indicase. 

— Pero  ustedes  me  echan  á  la  calle!— jemía 
la  pobre  joven. — Yo  no  tengo  donde  ir.  Uste- 
des no  pueden  hacer  eso! 

— Y  qué  culpa  tenemos  nosotras  de  que  no 
hayas  buscado  casa?  Ya  hace  bastante  tiem- 
po que  te  pedimos  el  cuarto,  me  perece!— 
Decía  Felicia  con  tono  agrio  y  arrebatado  el 
semblante  por  la  ira. 

— Es  claro,  no  es  justo  que  nos  pagues 
así  todo  el  bien  que  te  hemos  hecho. — Añadía 
Rosalía  no  menos  irritada  que  su  hermana. 

—  ¿Pero  dónde  voy  ? ¿  dónde  voy?  — 

Volvía  á  preguntar  llorando  la  pobre  joven. 
Y  en  aquel  mismo  instante,  como  elocuen- 
te respuesta  del  destino,  paraba  el  coche  que 
conducía  á  Rodolfo  frente  á  la  puerta  de  la 
calle. 

El  ruido  del  carruaje  retumbó  como  un 
trueno  en  la  cabeza  de  Josefina.  Toda  su  vi- 
da, toda  su  sangre  afluyendo  á  su  corazón, 
le  produjeron  un    vértigo,  y  cuando    apenas 


V  A  L  M  A  R  53 


se  dibujaba  en  su  retina  la  vaga  visión  de 
su  Rodolfo,  corriendo  solícito  hacia  ella,  caía 
de  espaldas  extendiendo  los  brazos  para  es- 
trechar en  ellos  aquel  fantasma  que  surgía 
de  pronto,  evocado  por  el  ardor  de  sus  de- 
seos. 

Rápidamente,  ayudado  por  las  mellizas 
Ibáñez,  Rodolfo  transportó  á  la  joven  hasta 
su  catre  que,  juntamente  con  un  baúl  donde 
encerraba  el  aullo  del  futuro  ser  que  abriga- 
ba en  sus  entrañas,  componía  todo  el  ajuar 
de  aquella  humilde  alcoba. 

— ¡Un  médico,  un  médico! — exclamaba  Ro- 
dolfo, tanteando  el  pulso  y  la  frente  de  su 
Aurora,  que  continuaba  inmóvil  sobre  el  ca- 
tre. Y  viendo  que  las  Ibáñez  lo  miraban  azo- 
radas, sin  atinar  á  obedecer  y  preguntándo- 
se, quién  sería  aquel  hombre  tan  de  súbito 
aparecido,  volvió  á  decir  de  nuevo  con  mayor 

energía: — ¿Pero  ustedes  no  oyen? ¡  Que 

traigan  un  médico!  ¡Díganle  al  cochero  que 
corra  en  busca  de  un  médico!  —  Entonces 
Felicia,  que  había  observado  las  buenas 
apariencias  del  recién  venido,  comprendien- 
do que  no  sería  otro  que  el  doctor  Valmar 
cuya  historia  conocía  por  Enriqueta,  se 
apresuró  á  obedecer  saliendo  en  el  acto  de 
la  habitación  con  ese  objeto. 


54  VALMAR 


Entre  tanto,  Rodolfo,  sosteniendo  á  la 
enferma  semi  incorporada  en  sus  brazos, 
la  llamaba  con  palabras  cariñosas,  pidién- 
dole perdón  por  haberla  abandonado  y  ju- 
rándole protejerla  y  acompañarla  en  ade- 
lante, sustrayéndola  á  su  cruel  desgracia. 

—  Josefina!  < . .    mi  querida! Queridi- 

ta !    ...  Soy  yo ¿No  me  conoces ?. 

¿No  me  escuchas?  Ya  no  me  iré  de  tu 
lado,  perdóname,  yo  no  sabía  tu  estado, 
te  creía  casada ¿No  me  oyes  queri- 
da ?  Vuelve   en  tí !  —  Y   á  medida  que 

hablaba,  sin  cuidarse  de  la  presencia  de 
Rosalía,  completamente  despreocupado,  be- 
saba á  la  joven  en  el  cabello,  en  las  sienes 
y  en  los  ojos,  procurando  volverla  á  la  vida 
con  su  aliento. 

Poco  á  poco,  como  quien  sale  de  un  en- 
sueño, suavemente  extremecida  por  aquellas 
caricias,  la  joven  volvió  en  sí,  observando 
lo  que  ocurría  á  su  alrededor  con  extrañe- 
za.  Pero  de  pronto,  al  darse  cuenta  de  la 
realidad,  al  ver,  después  de  sus  terribles 
angustias,  que  estaba  junto  á  su  Rodolfo, 
protegida  por  sus  brazos  y  acunada  por  su 
amor,  como  en  los  mejores  días  de  su 
vida,  rompió  á  llorar  con  infantil  alegría, 
estrechándose  con  violencia  contra  el  pecho 


VALMAR  55 


de  Valmar  como  deseando  unirse  á  él  de 
una  manera  indisoluble! 

—  Oh!    estás    aquí  ? Vinistes,   queri- 
do ! Mira,  te   esperaba,   el   corazón   me 

decía  que  te  volvería  á  ver!  Qué  mala  fui 
de  creer  que  no  vendrías  más !  ...  Pero 
he  sido  bien  castigada he  sufrido  mu- 
cho ! ¡he    sufrido    tanto  !   ¡  ah  !    tanto 

tanto,  que  no  te  lo  puedo  decir!  —  Y  Josefi- 
na al  hablar  de  aquella  manera,  llorosa,  con 
frases  entrecortadas,  palpitaba  extremecida 
de  dicha,  dudando  por  momentos  de  la  reali- 
dad de  los  hechos.  Veía  á  Rodolfo  junto  á 
ella  y  le  palpaba  los  hombros,  le  oprimía 
la  cabeza  para  cerciorarse  de  la  existencia 
real  de  aquel  ser  querido,  que  desde  hacía 
ya  mucho  tiempo  no  era  para  ella  más 
que  un  fantasma. 

Lloraba,  reía,  tornaba  á  llorar,  y  siempre 
hablando  como  un  torbellino,  alocada,  an- 
siosa, saltando  sin  hilación  de  uno  á  otro 
suceso  de  su  vida,  recordando  sus  horas 
felices  y  trazando  con  acento  de  burla  el 
cuadro  de  sus  recientes  desventuras,  que, 
por  estar  Rodolfo  allí  presente,  ya  le  pare- 
cía lejano. 

—  ¡.  Pobre ! ¡  Pobre ! ¡  Pobrecita ! 

—  exclamaba  Valmar  al  oiría,  oprimiéndola 


56  VALMAR 


dulcemente,  emocionado  hasta  las  lágrimas, 
desesperado  por  haber  sido  el  causante  de 
tanta  pena,  de  una  tan  larga  serie  de  des- 
gracias que  no  se  perdonaba  haber  ignora- 
do por  tanto  tiempo. 

La  hora  de  las  explicaciones  había  lle- 
gado y  éstas  se  producían  sinceras  saliendo 
á  relucir  todos  los  detalles  de  la  intriga  de 
su  separación.  El  nombre  de  Felipe  sonó 
más  de  una  vez  para  ser  culpado;  pero  en 
el  acto  había  atenuantes  y  justificativos 
para  su  conducta.  Josefina  que  era  la  que 
más  podía  quejarse,  lo  olvidaba  todo.  Sus 
pasadas  penas  le  parecían  accidentes  pe- 
queños desde  que  Rodolfo  estaba  á  su  lado. 
Estaba  deslumbrada,  le  parecía  haber  caí- 
do en  un  antro  tenebroso  donde  apenas 
podía  respirar  agobiada  por  la  desventura, 
y  que  de  pronto  una  mano  bienhechora  la 
había  arrebatado,  como  en  los  cuentos  de 
hadas,  para  ser  depositada  al  aire  libre, 
donde  brillaba  más  radiante  el  sol. 

Aquella  aparición  de  Rodolfo  era  una 
fiesta.  La  fiesta  del  alma  que  se  sustrae 
de  la  agonía  curada  por  el  amor.  Y  la 
joven  se  regodeaba  en  ella  despreciando  el 
pasado  y  sm  zozobra  por  el  porvenir.  Es- 
taba  nerviosa,   inquieta;   quería   levantarse 


V  A  L  M  A  R  57 


para  dar  expansión  á  sus  deseos  de  movi- 
lidad, semejante  á  la  acción  sin  objeto  de 
los  seres  que  recién  entran  en  la  vida.  Era 
un  renacimiento. 

Rodolfo,  después  de  oiría,  contagiado  y 
feliz  por  su  alegría,  contó  también  algo^ 
muy  poco,  sin  embargo,  pues  su  parte  de- 
masiado luminosa,  hubiese  herido  aquella 
retina  habituada  á  las  sombras.  Pero  sus 
palabras  no  repercutían.  Josefina  no  lo 
oía,  ni  podía  oirlo.  Estaba  absorbida  por 
el  solo  goce  de  contemplarlo.  La  síntesis 
de  su  pensamiento  y  de  su  felicidad  se  ex- 
presaba en  dos  palabras:  está  aquí! 

Solo  la  presencia  del  médico  vino  á  cor- 
tar el  hilo  de  sus  mutuas  expansiones.  El 
doctor  encontró  á  la  joven  con  bastante 
fiebre  y  sumamente  débil.  Aconsejó  el  re- 
poso y  recetó  un  calmante,  despidiéndose 
hasta  el  día  siguiente  en  que  indicaría  un 
tratamiento  en  armonía  con  la  delicada  si- 
tuación de  Josefina. 

Cuando  los  jóvenes  volvieron  á  quedar 
solos,  ella  quiso  insistir  en  renovar  sus  in- 
terrumpidas confidencias,  pero  Rodolfo  se 
opuso  exigiéndole  que  permaneciese  calla- 
da. Inmediatamente  ordenó  que  arreglaran 
un   poco    la    habitación,  poniendo   algunos 


VALMAR 


muebles  indispensables  que  las  Ibáñezy 
completamente  cambiadas  desde  su  llegada, 
ofrecieron  con  extrema  solicitud,  deseosas 
de  halagar  al  recién  venido. 

Este,  por  su  parte,  algo  nervioso  y  muy 
excitado  por  la  sucesión  de  tan  inesperados 
acontecimientos,  después  de  entregar  á  las 
mellizas  todo  el  dinero  que  llevaba  encima 
para  que  atendieran  bien  á  Josefina,  pensó 
que  había  faltado  por  primera  vez  á  la 
hora  del  almuerzo  en  su  casa  y  se  propu- 
so marchar  cuanto  antes  para  tranquilizar 
á  Matilde  que  debía  estar  inquieta.  Pero 
como  Josefina  se  entristeciese  tanto  al  anun- 
cio de  su  partida,  no  tuvo  más  remedio  que 
sentarse  de  nuevo  á  su  lado,  esperando 
poderla  preparar  á  que  lo  dejase  ir  sin 
verter  lágrimas. 

Sin  embargo,  el  retardo  fué  breve,  pues 
la  joven,  cansada  por  el  conjunto  de  emo- 
ciones recibidas  y  por  el  estado  de  debili- 
dad en  que  se  hallaba,  no  tardó  en  caer 
dormida  bajo  la  influencia  del  febrífugo  que 
le  recetara  el  médico,  así  es  que  Rodolfo, 
aprovechando  esa  oportunidad  decidió  mar- 
charse, prometiéndose  volver  más  tarde  para 
arreglar  de  una  manera  definitiva  sus  res- 
pectivas relaciones. 


V  A  L  M  A  R  59 


El  pampero,  después  de  forcejear  con  su 
vigor  acostumbrado,  había  concluido  por 
barrer  el  grueso  de  las  nubes  y  se  entrete- 
nía ahora  en  desflocar  las  rezagadas  hacién- 
dolas rodar  con  violencia  vertiginosa  por  el 
fondo  azul  del  cielo  transparente.  Un  sol  ale- 
gre oreaba  las  veredas  humedecidas  y  hacía 
blanquear  las  losas  y  los  adoquines  del  afir- 
mado como  si  acabasen  de  ser  lavadas  con 
jabón,  mientras  que  de  los  postes  de  la  luz 
eléctrica,  las  últimas  gotitas  se  desprendían 
como  burbujas  luminosas  y  multicolores 
que  el  viento  deshacía  en  el  trayecto. 

Rodolfo,  en  vista  de  la  compostura  del 
tiempo,  y  como  hombre  que  tiene  cuentas 
que  arreglar  con  su  conciencia,  despidió  al 
cochero,  y  tomando  por  el  camino  más 
largo  se  dirigió  á  pié  hacia  su  casa. 

Estaba  en  duda.  Ante  los  hechos  se 
veía  perplejo,  no  sabía  qué  pensar  de  las 
impresiones  recibidas  al  encontrarse  de 
pronto  con  la  realidad  de  sus  teorías.  Más 
que  otra  cosa,  la  sorpresa  de  sus  aven- 
turas, era  lo  que  lo  confundía,  y  su  inte- 
ligencia clara  habituada  á  resolver  proble- 
mas arduos,  se  sentía  obscurecida,  apagada, 
por  el  mundo  de  sensaciones  y  de  senti- 
mientos encontrados  que  bullían  en  su  ser. 


60  VALMAR 


Aquella  situación  en  que  se  encontraba? 
de  haber  sido  busca'da  por  él,  hubiese  sij 
do  ideal  y  en  manera  alguna  aflictiva.  O 
no  se  hubiese  producido,  ó  en  el  caso  de 
producirse  sería  sin  obstáculos,  sin  puntos 
obscuros  que  la  hiciesen  nebulosa  hasta  el 
extremo  de  no  encontrarle  solución.  Pero, 
los  hechos  se  habían  producido  sin  la  in- 
tervención de  su  voluntad ,  se  habían  im- 
puesto inexorables  y  tenía  que  aceptarlos  > 
tratando  de  armonizarlos  en  lo  posible  pa- 
ra no  producir  una  catástrofe. 

Y  su  caso  era  gravísimo.  Se  sentía  tur- 
bado de  pronto,  en  su  ardiente  pasión  ha- 
cia Matilde,  por  el  amor  suave,  lleno  de 
ternura  y  compasión  que  le  inspiraba  Jo- 
sefina. Con  tal  motivo,  sus  dudas  renacían 
¿Quería  á  Matilde,  quería  á  Josefina,  ó  que- 
ría á  las  dos? 

Era  en  efecto,  el  caso  de  resolver  esta 
cuestión  que  tantas  veces  se  había  plantea- 
do. Salió  de  su  casa  ansioso  por  ver  á 
Josefina,  por  llegar  á  tiempo  para  reme- 
diar sus  desgracias,  reparando  en  lo  posi- 
ble su  inexcusable  falta,  y  ahora  salía  de  casa 
de  Josefina  deseoso  de  acariciar  á  Matilde 
para  compensarle  de  la  parte  de  amor  que 
con  la  otra  le  había  robado. — ¿Qué  quiere 


V  A  L  M  A  R  61 


decir  esto? — Se  preguntaba — ¿  Que  quiero  á 
las  dos  sucesivamente,  ó  es  posible  admitir 
que  las  quiero  simultáneamente?  Forzado  á 
optar  por  una  ¿podría  elegir  ?  —  Y  conforme 
iba  internándose  por  las  calles,  su  pensamien- 
to se  internaba  también  en  sus  enmaraña- 
das lobregueces  afectivas. 

De  pronto,  volviendo  á  la  realidad,  pensó 
en  la  actitud  que  debía  observar  por  el 
momento  ¿  Convenía  aclarar  inmediatamen- 
te su  situación,  ó  era  preferible  aplazar 
para  más  adelante  las  explicaciones?  Lo 
primero  convenía  perfectamente  á  la  since- 
ridad y  nobleza  de  su  carácter,  y  lo  segun- 
do repugnaba,  como  superchería  y  engaño 
que  era,  á  su  espíritu  recto.  Pero  de  hacer 
lo  primero  ,  de  matar  así  de  pronto,  sin 
preparación  previa,  la  absoluta  confianza 
de  una  mujer  vehementemente  apasionada 
¿no  produciría  un  funesto  cataclismo?  ¿Aca- 
so él  no  le  había  jurado  á  Matilde,  en  rei- 
terados momentos  de  dulce  abandono,  que 
era  la  única  querida,  la  dueña  absoluta  de 
su  vida  y  de  su  amor  ?  ¿  Cómo  aceptaría 
pues,  sin  transición  alguna  aquella  irrup- 
ción de  otra  mujer,  que  tan  luego  llevaba 
en  su  seno  el  vínculo  más  poderoso  del 
amor,  la  reproducción  de  sus  caricias  con 


62  VALMAR 


el  hombre  amado,  encarnadas  en  un  nue- 
vo ser  que  pronto  surgiría  á  la  vida  ?  — 
¡  No!  sería  matarla. — Exclamó  Rodolfo  ca- 
si en  voz  alta  y  haciendo  un  gesto  ,  sin 
preocuparse  de  que  andaba  por  la  calle. — 
Sí ,  es  preciso  obrar  con  cautela ,  —  conti- 
nuó,— se  lo  diré  mas  tarde,  cuando  la  ha- 
ya preparado  suficientemente. — Y  extreme- 
ciéndose  ante  la  idea  de  poder  hacer  da- 
ño á  Matilde,  volvía  á  pesar,  á  medir  y  á 
analizar  las  atracciones  que  sentía  por  una 
y  otra  de  aquellas  dos  mujeres.  Torturaba 
su  imaginación  para  resolver  el  problema, 
sin  caer  en  la  bajeza  común  de  los  seres, 
y  como  no  encontraba  la  solución  apete- 
cida, maldecía  la  sociedad  y  sus  leyes, 
juzgando  que  sin  ellas,  lo  más  sencillo  era 
marchar  por  la  vida  con  un  amor  de  ca- 
da brazo. 

Después  de  algunos  rodeos  para  evitar 
la,s  calles  concurridas,  Rodolfo  había  enfi- 
lado por  la  de  Canelones  hasta  Soriano  y 
por  allí  subió  hasta  dar  con  la  puerta  de  su 
casa  sin  haber  aclarado  en  lo  más  míni- 
mo su  pensamiento. 

Sin  embargo,  la  actitud  del  portero,  que 
al  verlo  prorrumpió  en  exclamaciones,  di- 
ciendo que  corría  á  advertir  á    la   señora, 


VALMAR  63 


le  hizo  pensar  en  la  necesidad  de  inven- 
tar algún  cuento  que  explicase  su  conduc- 
ta, si  es  que  deseaba  ocultar  las  causas 
de  su  primera  é  involuntaria  escapatoria. 
Resuelto  á  mentir,  á  pesar  de  la  repug- 
nancia que  tal  actitud  podía  inspirarle,  su- 
bió la  escalera  con  intención  de  entrar  en 
el  escritorio  á  continuar  el  hilván  lógico  de  su 
cuento;  pero  al  llegar  al  vestíbulo,  ya  en- 
contró á  Matilde  que  corría  ansiosa  á  re- 
cibirlo cubriéndolo  de  besos. 

— ¿Qué  te  pasó?. . .  ¿Donde  estuviste?. . .  . 
¿Te  ha  sucedido  alguna  cosa? — Interrogaba 
solícita  la  joven.  Y  en  el  acto,  notando  la  sa- 
tisfacción con  que  Rodolfo  se  dejaba  acari- 
ciar, aspirando  con  delicia  el  aroma  de  su 
cuerpo  perfumado,  sonrió  gozosa,  despren- 
diéndose un  instante  de  sus  brazos  para  per- 
mitirle hablar. 

— Nádame  ha  sucedido, — dijo  por  fin  Ro- 
dolfo.— Un  amigo  de  la  infancia,  un  pobre 
estudiante  de  mis  tiempos  me  mandó  buscar 
y  lo  encontré  muriéndose  en  la  mayor  mise- 
ria. Llamé  médico,  le  di  dinero  y  le  prometí 
acompañarlo  todo  lo  que  pudiese 

—¡Pobre! — Exclamó  Matilde— ¿tiene  fami- 
lia? 

— Sí,  la  madre  y  una  hermana. 


64  V  A  L  M  A  R 


— Entonces  cuando  vayas  te  daré  un  paque- 
te para  que  les  lleves. 

— Bueno,  si,  eso  es,  un  paquete,  eso  es!— de- 
cía Rodolfo  atolondrado  por  la  índole  de 
aquella  novela  que  estaba  componiendo. 

Y  así,  tiernamente  abrazados,  penetraron 
en  el  tocador  de  Matilde  que  era  el  sitio  ha- 
bitual de  sus  reuniones  íntimas. 

— Pobre  él,  que  tristoncito  está! — dijo  la  jo- 
ven con  mimo  encantador,  sentándose  en  las 
faldas  de  Rodolfo  y  acariciándole  con  ternu- 
ra la  desalineada  cabeza. — ¿No  hay  una  son- 
risita  para  mí?  ¿Ó  acaso  ya  no  puedo  más  que 
tus  penas? — Y  al  hablar  así  entornaba  amo- 
rosamente los  ojos  y  estiraba  los  labios  como 
invitándolo  á  que  libara  en  ellos  el  delicioso 
zumo  de  sus  besos.  Pero  Rodolfo,  encantado 
por  aquellas  múltiples  manifestaciones  de 
ternura  y  embelesado  en  la  contemplación, 
de  su  adorable  mujer,  sin  fuerzas  para  pen- 
sar y  sin  acción  posible,  se  dejaba  hacer  co- 
mo un  niño  mimado  que  parece  insensible  al 
dulce  arrullo  materno. 

Matilde  asi  lo  comprendía,  pues  en  vez  de 
extrañarle  la  quietud  de  su  marido  redoblaba 
las  coqueterías,  removiéndose  entre  sus  bra- 
zos con  flexibilidades  de  culebra  é  impreg- 
nándolo todo  con  las  emanaciones  de  su  cuer- 


V  A  L  M  A  R  65 


po.  Sin  oírlo  hablar,  la  joven  adivinaba  la  di- 
cha que  producía,  y  enardecida  por  el  placer 
inmenso  de  crear  la  ventura  para  quien  tanta 
ventura  le  procuraba,  dábase  toda,  derra- 
mándose en  caricias,  tratando  de  fundir  su 
ser  en  el  ser  amado  y  formar  una  unidad  de 
amor  indivisible  y  única. 

Recién  una  hora  más  tarde,  cuando  ya  la 
habitación  comenzaba  á  envolverse  en  som- 
bras, fué  que  Matilde  se  levantó  sorprendida 
de  la  rapidez  con  que  había  pasado  el  tiempo 
y  acordándose  de  que  aún  no  había  almorza- 
do. 

— Y  yo  tampoco, — exclamó  Rodolfo  que, 
apesar  de  todo  sentía  cierta  congoja  en  el  es- 
tómago. 

— ¿No  has  tomado  nada  en  todo  el  dia,  chi- 
nito? — preguntó  Matilde  asombrada.— Pues 
entonces,  comamos  ya  ¿no  te  parece? — Y  sin 
esperar  respuesta  iluminó  la  habitación  ba- 
jando la  perillita  comunicadora  de  la  luz  eléc- 
trica y  tocó  el  timbre  llamando  á  su  criada* 
— Di  que  sirvan  la  comida, — ordenó  apenas 
aquella  hubo  aparecido.  Pero  breves  momen- 
tos después  la  camarera  volvió  diciendo  que 
el  cocinero  no  estaba  pronto  pues  apenas 
eran  las  cinco. 

— Bueno,  lo  pasaremos  sin  su  comida— ex- 

Tomo  n—3 


66  VALMAR 


clamó  la  joven  alegremente,  tomando  una  re- 
solución. 

— Entonces  ¿digo  que  pongan  la  mesa? — 
interrogó  la  fámula,  una  vieja  francesa  que 
adivinaba  los  deseos  de  su  ama. 

—No,  tampoco,  lo  pasaremos  sin  comedor. 
Tú  vas  á  ser  hoy  el  mucamo.  Comeremos 
aquí,  y  mientras  yo  preparo  la  mesa,  te  traes 
todo  lo  necesario. — Y  ágil  como  una  maripo- 
sa, radiante  de  alegría  por  su  ocurrencia,  em- 
pezó á  despojar  de  los  chiches  que  la  ador- 
naban á  una  pequeña  mesita  de  porcelana 
con  pies  de  bronce  colocada  en  el  centro  de 
la  habitación.  Con  su  misterioso  instinto  de 
mujer  enamorada,  había  visto  una  sombra 
sobre  la  frente  de  Rodolfo  y  quería  disiparla. 

Este,  al  ver  que  se  disponía  á  trabajar,  qui- 
so ayudarla,  pero  ella  se  opuso  formalmente. 

— No,  de  ningún  modo,  tú  eres  el  patrón  y 
yo  la  sirvientita. — Y  á  pesar  de  sus  protes- 
tas, el  joven  no  tuvo  más  remedio  que  dejarla 
hacer,  admirando  la  seducción  de  su  gracia 
y  la  pureza  de  sus  formas  que  con  adorable 
indiscreción  publicaban  los  movimientos 
exigidos  por  la  tarea  que  se  había  impuesto. 

Matilde  vestía  un  batón  liso  de  seda  azul 
con  vueltas  de  terciopelo  del  mismo  color, 
aunque  de  un  tono  más  obscuro,  que  favore- 


V  A  L  M  A  R  67 


cía  extraordinariamente,  la  blancura  mate 
y  transparente  de  su  cuello,  que  se  erguía 
airoso,  sosteniendo  su  graciosa  cabeza  peina- 
da con  descuido  artístico. 

A  pesar  de  faltarle  la  costumbre,  Rodolfo 
notaba  la  precisión  de  sus  movimientos  al 
tender  sobre  la  improvisada  mesa  el  rico 
mantel  cifrado,  colocando  luego  con  sus  ma- 
nos afinadas,  semejantes  á  juguetes  de  mar- 
fil que  parecían  próximos  á  romperse,  los 
platos  y  la  cristalería  que  había  pedido  para 
obsequiar  en  aquel  dia  de  festejo  al  dueño  de 
su  vida  y  de  su  amor.  Todo  lo  preveía  la  jo- 
ven en  su  afán  de  ser  agradable,  y  á  pesar  de 
que  el  servicio  de  mesa  estaba  cuidadosa- 
mente limpio,  llevada  de  extravagante  celo, 
lo  repasaba  nuevamente  empleando  una  de- 
licada servilleta  que  esgrimía  con  destreza 
insuperable. 

—Parece  que  nunca  hubieras  hecho  otra 
cosa, — observó  de  pronto  Rodolfo,  interrum- 
piéndola en  su  tarea. 

— No,  lo  que  hay  es  que  toda  mi  vida  suspi- 
ré por  encontrarme  en  una  situación  como 
esta, — contestó  Matilde,  deteniéndose  para 
respirar,  al  tiempo  que  inclinaba  la  cabeza 
sobre  un  hombro  y  dejaba  caer  ambas  ma- 
nos á  lo  largo  del  cuerpo. 


68  VALMAR 


Rodolfo  no  pudo  menos  que  ponerse  de  pié 
para  contemplarla  mejor. 

— Eres  un  cuadro! — exclamó.  Y  adelantán- 
dose, hacia  ella  la  besó  con  transporte. 

La  comida  fué  deliciosa.  En  la  mesa  no  ha- 
bía más  que  un  solo  cubierto  y  un  solo  juego 
de  copas,  y  Matilde  era  la  que  servía,  sentán- 
dose luego  en  las  faldas  de  su  marido  para 
disputarse  el  bocado  más  exquisito.  Solo  que 
en  este  caso  cada  comensal  luchaba  en  favor 
de  su  contrario. 

— Toma  esta  trufa, — decía  Matilde,  pin- 
chándola en  el  corazón  de  una  gelatina  de 
pavo,  trinchada  en  rebanadas  sobre  una 
fuente  de  plata. 

—No,-  esa  te  toca  á  tí,  yo  ya  he  comi- 
do,— protestaba  Rodolfo. 

— No,  señor,  los  hombres  tienen  que  co- 
mer tres  veces  más  que  las  mujeres A 

tí  te  toca,— replicaba  la  joven. 

— No,  señor,  es  á  tí. 

— De  ninguna  manera,  hoy  tienes  que 
obedecerme,  es  capricho. —  Y  Matilde  obli- 
gábale á  comer  lo  que  le  brindaba  ha- 
ciéndole beber  copitas  de  Clos  de  Vougeot 
vieux  ceps,  que  escanciaba  con  su  propia 
mano. 

Pero  donde  la  cuestión  se  agravó  fué  en 


V  A  L  M  A  R  69 


los  postres.  Estos  eran  muchos  y  variados, 
en  compensación  de  la  comida  que  tuvo 
que  ser  improvisada;  sin  embargo,  en  el 
fondo  de  una  escudilla  de  barro  abrillan- 
tado, quedaba  un  resto  de  jalea  de  damas- 
co que  el  doctor  Rolan  había  mandado  de 
Europa ,  y  de  la  que  ambos  esposos  gus- 
taban con  locura. 

— No,  no  quiero  más  dulces  ,  — había  di- 
cho Rodolfo ,  rechazando  una  vaporosa 
crema  de  chocolate  que  le  brindaba  la 
joven  ,  —  me  reservo  para  la  jalea  de  da- 
masco. 

— Ah ,  es  verdad ,  yo  también  ,  —  había 
agregado  Matilde,  plegándose  á  su  mari- 
do. Pero  al  examinar  el  tarrito  y  ver  la 
pequeña  porción  que  quedaba,  llamó  para 
que  trajesen  más ,  y  como  la  criada  vol- 
viese con  las  manos  vacías  diciendo  que 
se  había  concluido,  empeñábase  en  dársela 
toda  á  Rodolfo. 

— No,  eso  si  que  no!— exclamaba  este  úl- 
timo. —  Ahora  me  toca  á  mí  ser  galante. 
Pues  no  faltaría  más!  Yo  mismo  te  la  voy 
á  servir. 

— No,  señor,  no,  señor,  quien  sirve  soy 
yo,  y  todo  esto  es  para  tí,— insistía  Matil- 
de posesionada  del  tarrito. 


70  V  A  L  M  A  R 


— No,  no  seas  mala,  concédeme  esto  tan 
siquiera, — imploraba  Rodolfo. 

— No  quiero,  no  quiero,  es  para  tí, — por- 
fiaba la  joven  tendiéndole  el  plato. 

— Bueno,  transemos,  la  mitad  para  cada 
uno. 

— No,  ya  te  he  dicho  que  el  hombre  tie- 
ne que  alimentarse  el  doble  ó  el  triple  que 
la  mujer. 

— Mira  que  te  estás  pasando  á  mis  teo- 
rías,— exclamó  Rodolfo  de  pronto,  buscan- 
do una  coyuntura  favorable. 

— Bien  sabes  que  estoy  conforme  con 
ellas, — contestó  Matilde  alegremente. 

— Cómo  es  eso!  ¿ya  no  tienes  miedo? 

— Ba! ¿Acaso  serías  capaz  de  querer 

á  otra?— Y  al  formular  su  pregunta,  se- 
gura de  la  contestación  que  obtendría  y 
sin  siquiera  aguardarla,  comenzó  á  darle 
eucharaditas  de  jalea  en  la  boca,  riéndose 
como  una  loca  porque  le  ensuciaba  el  bi- 
gote cuando  la  cuchara  tropezaba  en  los 
dientes. 

En  tanto  que  Rodolfo,  en  el  fondo  de  su 
conciencia,  juzgaba  una  infamia  engañar  á 
semejante  mujer,  y  un  crimen  abandonar  á 
la  madre  de  su  hijo. 


CAPÍTULO  V 


El  primer  cuidado  de  Rodolfo  al  encon- 
trar de  nuevo  á  Josefina,  fué  sacarla  de  su 
miserable  vivienda  y  ocultarla  cuidadosa- 
mente en  una  modesta  casita,  allá  por  las 
alturas  del  Reducto. 

Una  vez  dado  este  paso  previo,  é  insta- 
lada la  joven  en  compañía  de  una  criada 
de  confianza,  podía  esperar  el  próximo  ad- 
venimiento de  su  hijo,  pensando,  entre  tan- 
to, la  manera  de  salir  de  la  situación  en 
que  se  hallaba  colocado. 

Desde  el  primer  instante  de  su  encuentro 
con  la  joven,  Rodolfo  trató  de  determinar 
bien  la  clase  de  afecto  que  hacia  ella  lo 
atraía,  pero  deslumhrado  por  tan  numerosas 
y  variadas  sensaciones  como  iba  recibiendo, 
solo  atinaba  á  comprender  que  Matilde  era 
muy  superiormente  querida.    En  efecto,  Ro- 


72  V  A  L  M  A  R 


dolfo  estaba  convencido  de  su  felicidad;  pe- 
ro á  pesar  de  comprender  las  ventajas  de 
su  vida  tranquila  al  lado  de  su  esposa,  sen- 
tía una  tristeza  profunda,  una  cruel  angus- 
tia en  el  corazón  á  la  sola  idea  de  volver 
nuevamente  á  incurrir  en  el  abandono  de 
su  querida. 

Su  situación,  empero,  era  sumamente  pe- 
ligrosa, así  pues,  para  evitar  cualquier  sor- 
presa desagradable,  había  tomado  todo  gé- 
nero de  precauciones,  llegando  su  celo  por 
ocultarla,  al  extremo  de  silenciar  los  he- 
chos de  una  manera  absoluta,  no  revelándo- 
los ni  á  su  amigo  Felipe,  á  pesar  de  la  ne- 
cesidad de  expansión  en  que  se  hallaba. 

Sus  ideas  al  respecto  de  su  antiguo  ca- 
marada  eran  confusas.  Ostensiblemente,  te- 
nía deseos  de  recriminarle  sus  embustes, 
ahora  descubiertos,  con  relación  al  casa- 
miento de  Josefina,  y  lo  que  él  llamaba  su 
criminal  silencio  cuando  ésta  le  había  co- 
municado su  embarazo;  pero  en  el  fondo, 
talvez  como  un  sentimiento  inconsciente,  le 
agradecía  aquel  engaño  que  le  había  priva- 
do de  tener  que  renunciar  á  Matilde  ó  li- 
brar, una  batalla  terrible  con  su  conciencia. 

Al  fin  y  al  cabo,  la  situación  actual  no 
era  tan  mala,  y  con  un  poco  de  tino  todo 


V  A  L  M  A  R  73 


podría  marchar  á  maravilla.  En  rigor,  él 
no  había  provocado  los  hechos;  eran  estos 
los  que  se  habían  impuesto.  Bastaba,  pues, 
estar  alerta. 

Por  otra  parte,  la  seguridad  completa  de 
Matilde  con  respecto  á  su  fidelidad,  si  bien 
era  la  causa  de  mayor  tormento  para  él,  era  á 
la  vez  su  salvación  inmediata  dado  el  géne- 
ro de  vida  que  se  veía  obligado  á  observar. 
Siendo,  como  era,  una  criatura  leal  por 
excelencia,  de  haber  tenido  que  fingirle  á 
una  mujer  celosa,  ó  apercibida  por  las  ten- 
dencias de  su  marido,  seguramente  que 
pronto  se  hubiese  hecho  traición,  descu- 
briendo fácilmente  lo  que  con  mayor  empeño 
hubiera  tratado  de  ocultar;  pero  dado  el  al- 
to concepto  que  de  su  amor  tenía  formado 
Matilde,  podía  vivir  sin  zozobra  alguna,  en 
la  seguridad  de  que  jamás  sería  descu- 
bierto. 

Rodolfo,  á  pesar  de  su  poca  pericia  en  ma- 
teria de  amorosas  intrigas,  había  organizado 
su  vida  de  manera  bastante  hábil,  obedecien- 
do á  ese  poderoso  instinto  de  conservación, 
que  lleva  al  hombre  á  defender  inconscien- 
temente ¡las  situaciones  que  son  de  su 
agrado. 

Así,  pues,  pasados  los  primeros  días,  lúe- 


74  V  A  L  M  A  R 


go  de  su  encuentro  con  Josefina,  días  que 
se  pasaron  en  la  consiguiente  agitación  que 
le  produjo  la  mudanza  de  la  joven  y  su  de- 
finitiva instalación  en  la  casita  del  Reducto, 
había  reglamentado  sus  entrevistas  efec- 
tuándolas casi  siempre  de  mañana,  hora  en 
'  que  Matilde  gustaba  dormir,  y  que  él  dedi- 
caba á  ejercicios  físicos  cuando  no  á  la 
continuación  de  su  obra,  asaz  abandonada 
por  cierto. 

Sus  visitas  eran  diarias  y  duraban  siempre 
más  de  dos  horas,  durante  las  cuales  char- 
laba con  la  joven  sobre  variados  temas,  pre- 
firiendo aquellos  que  se  relacionaban  con 
el  niño  próximo  á  nacer,  fundando  en  aquel 
fruto  de  su  amor  las  más  nobles  esperanzas, 
discutiendo  de  antemano  el  parecido  que  ten- 
dría con  él  ó  con  ella,  y  proyectando  sobre 
su  educación  física  y  moral,  que  se  proponía 
hacer  completa. 

Todo  marchaba  perfectamente. 

Josefina,  más  que  contenta  con  su  suerte, 
no  vivía  sino  para  Rodolfo,  alimentada  por 
una  sola  idea,  la  de  agradarlo,  adivinando 
sus  menores  deseos  para  satisfacerlos  en  el 
acto,  sin  exigir  nada  en  cambio. 

Jamás  le  hablaba  de  su  situación  actual. 
Lo  sabía  unido  á  Matilde  Rolan,  á   aquella 


VALMAR 


especie  de  Diosa  que  ella  había  decorado 
un  dia  con  sus  propias  manos  para  que  fue- 
ra á  deslumhrar  a  su  amante,  y  se  sometía 
resignada,  convencida  de  la  inutilidad  déla 
lucha,  y,  lo  que  es  más,  explicándose  per- 
fectamente su  derrota. 

¿Podía  ella  pretender,  acaso,  la  absorción 
absoluta  de  aquel  hombre  superior  que  te- 
nía derecho  á  ser  querido  por  todas? 

El  era  el  amo,  el  que  podía  mandar,  exi- 
gir, imprimir  cualquier  dirección  en  su  des- 
tino, hasta  disponer  de  su  existencia,  que  á 
ella  no  le  tocaba  sino  obedecer,  seguir  go- 
zosa sus  pasos,  admirando  sus  triunfos  y 
velando  por  él  como  un  genio  tutelar,  aun- 
que no  recogiera  luego,  en  compensación  de 
sus  desvelos,  más  que  la  compasiva  ternura 
de  su  amante.  ¿Acaso  otro  hubiese  vuelto, 
hubiese  acudido  inmediatamente  á  su  lla- 
mado estando  en  la  situación  de  Rodolfo? 
Ciertamente  que  nó,  y  solo  un  corazón  bue- 
no y  generoso,  una  alma  grande  como  la 
de  aquel  hombre  podía  haberle  sugerido 
un  paso  semejante,  corriendo  á  reparar  en 
lo  posible  el  daño  que,  sin  saberlo,  había 
ocasionado. 

No  había  alteración  en  el  amor  de  Jose- 
fina, era  el  mismo  que  sintió  desde  el  pri- 


76  V  A  L  M  A  R 


mer  instante,  rendido  á  discreción,  sometido 
en  absoluto  al  imperio  de  su  dueño.  En  cier- 
tos momentos  de  emoción  temblaba  en  su 
presencia,  y  cuando  él  tendía  los  brazos  pa- 
ra envolverla  en  una  caricia,  se  arrollaba 
toda,  agobiaba  la  linda  cabecita  rubia  entre 
los  hombros  y  se  acercaba  á  él  como  bus- 
cando un  refugio  en  su   seno.     ' 

Nacida  para  obedecer,  su  felicidad  con- 
sistía en  que  le  ordenase  el  ser  querido  é  in- 
terpretar bien  su  voluntad  infalible. 

Era  la  virtuosa  mujer  de  su  casa,  cuyo 
mundo  se  reducía  al  hogar,  adorando  al  amo 
cuando  este  se  dignaba  venir  á  reposar  en 
él  las  fatigas  de  la  lucha;  pero  sin  atreverse 
á  seguirlo,  ni  aun  con  el  espíritu,  una  vez 
que  franqueaba  el  dintel  de  su  puerta  ¿Se 
había  ido?  Pues  luego  pensaba  en  organizar- 
lo  todo  de  la  mejor  manera  posible  para 
aguardar  su  vuelta. 

Como  casi  todo  el  que  ha  sido  muy  casti- 
gado por  el  destino,  valorizaba  su  bienes- 
tar, saboreaba  su  dicha  real,  sin  buscarla 
mayor  en  la  vaguedad  de  ambiciosos  ensue- 
ños, y  comparando  sin  quererlo  los  mil 
ejemplos  de  la  vida,  tenía  la  rareza  de  con- 
formarse con  su  suerte.  Era  feliz. 

Debido  á  su  delicadísimo  estado,  sus  nue- 


V  A  L  M  A  R  77 


vas  relaciones  con  Rodolfo  se  limitaron  á 
cordiales  y  sabrosas  pláticas,  salpicadas  de 
alguna  que  otra  honesta  caricia,  pero  sin 
llegar  jamás  á  las  últimas  consecuencias 
del  amor.  A  sus  venturas  uníase  el  candor, 
la  pureza,  la  ausencia  de  pasión.  Su  vida 
era  un  lago  sereno  oculto  misteriosamente 
y  alumbrado  por  la  luna. 

Este  término  medio  de  sus  relaciones 
agradaba  á  Valmar.  Veía  en  él  cierta  dis- 
culpa á  sus  actos.  De  esa  manera  estos  no 
dejaban  de  ser  honrados,  puesto  que  se  li- 
mitaban al  cumplimiento  extricto  de  sus  de- 
beres morales,  para  con  una  mujer  que  tenía 
derecho  á  su  amparo. 

Era  un  acomodo  perfecto  en  el  que  encon- 
traba amplios  justificativos,  hasta  para  su  si- 
lencio ¿A  qué  hablar?  ¿Por  qué  exponerse  á 
producir  un  daño  inmenso,  cuando  era  tan 
fácil  guardar  el  secreto  del  cumplimiento  de 
aquel  deber  inocente? 

Y  el  silencio  se  guardó;  pero  su  concien- 
cia no  quedaba  en  paz  de  ninguna  manera. 

Aún  no  hacía  quince  días  que  Rodolfo 
había  instalado  á  su  Aurora,  como  seguía 
llamándola,  con  doble  razón  desde  que  la 
veía  solo  de  mañana,  cuando  la  joven  em- 
pezó á  dar  inequívocas  señales  de  próximo 


78  V  A  L  M  A  R 


alumbramiento.  Previendo,  pues,  una  posi- 
ble sorpresa  y  queriendo  evitar  que  fuese 
á  hallarse  sola  en  tan  apurado  trance,  le 
consintió  que  llamase  á  su  hermana  Enri- 
queta y  dispuso  la  manera  como  se  le  ha- 
bía de  avisar  para  acudir  con  tiempo. 

Estaba  nervioso.  Por  más  esfuerzos  que 
hacía,  no  lograba  quedar  tranquilo  un  solo 
instante  y  se  pasaba  todo  el  día  caminan- 
do de  un  punto  á  otro,  sentándose  un  mo- 
mento sobre  las  mesas  ó  en  los  respaldos 
de  las  sillas,  para  volver  de  nuevo  á  cami- 
nar con  ímpetu,  haciendo  grandes  gestos, 
mezándose  el  cabello,  fumando  sin  inter- 
rupción cigarrillos  de  papel,  y,  finalmente, 
inhabilitado  para  atender  una  conversación 
seguida  sobre  el  más  insignificante  de  los 
temas. 

Por  fin,  el  día  llegó.  Rodolfo  había  esta- 
do por  la  mañana,  como  de  costumbre,  en 
casa  de  Josefina,  y  había  oído  la  opinión 
del  médico  que  aseguraba  que  no  pasaría 
la  noche  sin  dar  á  luz  el  esperado  hijo.  Con 
tal  motivo  la  comedia  del  amigo  enfermo 
se  había  renovado,  y  Matilde,  siempre  cré- 
dula, después  de  condolerse  mucho  y  tras 
largas  recomendaciones  de  que  cuidase  de 
su  persona  lo  había  dejado  partir. 


V  A  L  M  A  R  79 


Pero  sin  embargo  de  esto  y  de  la  activi- 
dad desplegada  por  Valmar  para  encon- 
trarse en  su  puesto  en  el  momento  oportu- 
no, cuando  llegó  á  casa  de  Josefina  ya  el 
nuevo  ser  había  nacido. 

Rodolfo  á  la  vista  de  su  hijo  sintió  que 
la  paternidad  se  despertaba  en  él  de  un 
modo  extraordinario. 

Se  encontró  como  deslumhrado  al  palpar 
la  vida,  aquella  vida  fundida  en  la  fragua 
de  su  amor.  Y  aquel  amor  le  pareció  san- 
to puesto  que  su  resultado  era  la  vida. 

Vivir  para  amar,  y  amar  para  hacer 
vivir.   Tal  fué  la  síntesis  de  su  pensamiento. 

Y  englobando  sus  ideas,  no  reconocía  otro 
fin  inmediato  á  la  existencia,  que  continuarla, 
perfeccionándola,  para  que  no  pudiera  in- 
terrumpirse su  marcha  triunfal,  antes  de 
llegar  á  la  misteriosa  meta  que  el  destino 
señala  en  el  fondo  de  los  siglos. 

Alocado,  dichoso,  al  encontrarse  ante 
aquel  problema  resuelto,  no  sabía  á  quién 
agradecerlo  más,  á  quién  demostrarle  ma- 
terialmente su  contento;  si  al  nuevo  ser  que 
era  algo  de  sí  mismo  y  que  á  los  pies  de 
la  cama  yacía  soñoliento,  ó  á  la  que  lo  ha- 
bía llevado  valientemente  en  su  seno,  sal- 
vando las  asperezas  del  camino,  para  ofre- 


80  VALMAR 


cérselo  como  inestimable  ofrenda  de  amor. 

Todo  lo  examinaba  con  curiosidad :  la 
madre,  el  niño,  la  primorosa  ropita  que 
este  último  vestía,  obra  toda  ella  de  las 
hábiles  manos  de  Josefina.  Aquellos  trapos, 
sobre  todo,  que  antes  no  llamaron  su  aten- 
ción, ahora  le  recordaban  que  ella  los  ha- 
bía confeccionado  en  los  peores  momentos 
de  su  vida,  demostrando  en  eso  el  delicado 
afecto  maternal  de  su  tierno  corazoncito 
que,  en  medio  de  la  espantosa  borrasca  de 
sus  desgracias,  había  conservado  la  fé  pro- 
funda y  salvadora  en  su  destino. 

Toda  la  noche  lo  pasó  Rodolfo  compar- 
tiendo sus  solícitos  cuidados  entre  Josefina 
y  el  niño.  Á  pesar  de  la  presencia  de  En- 
riqueta y  de  la  vieja  criada,  que  no  había 
querido  acostarse,  él  se  empeñaba  en  ali- 
mentar á  la  madre  y  en  acunar  al  niño 
para  que  cesase  en  sus  constantes  chillidos. 

Josefina  lo  veía  ir  y  venir,  satisfecho, 
alborozado,  revelando  su  felicidad  en  el 
brillo  de  sus  ojos  y  en  la  expresión  ra- 
diante de  su  fisonomía,  y  aquella  situación 
le  parecía  increíble.  Cerraba  los  ojos  al 
dulce  arrullo  de  su  dicha,  y  luego  tenía 
miedo  de  abrirlos  por  no  despertar  de  tan 
hermoso  sueño. 


V  A  L  M  A  R       '  81 


Valmar,  impulsado  por  su  orgullo  de  pa- 
dre, hubiese  deseado  comunicar  á  todo  el 
mundo  la  fausta  nueva,  y  cuando  á  la  ma- 
ñana siguiente  llegó  á  su  casa,  poco  le 
faltó  para  perderlo  todo  anunciándole  el 
suceso  a  la  misma  Matilde. 

Sin  embargo,  por  encima  de  su  natural 
é  impetuosa  expansión,  dominó  el  instinto, 
y,  cuando  la  joven  le  preguntó,  con  extra- 
ñeza  de  verlo  tan  alegre,  por  la  salud  de 
su  amigo,  acertó  á  contestar  que  el  médico 
había  creído  necesario  hacer  una  operación 
y  que  habiéndose  efectuado  ésta,  con  éxito 
lisongero,  creía  fuera  de  peligro  la  vida  del 
enfermo. 

Así,  pues,  cuando  á  la  tarde,  después  de 
haber  reposado  las  fatigas  de  aquella  no- 
che de  emociones,  pudo  verse  con  Felipe, 
se  apresuró  á  comunicarle  la  fausta  nueva. 

—  ¡  Tengo  un  hijo !  —  exclamó,  apenas  hu- 
bo entrado  su  amigo  al  cuarto  donde  se 
vestía. 

— ¿  Un  hijo  ?  —  interrogó  Felipe  estupe- 
facto—  ¿Y  con  quién? 

—  Con  Josefina,  con  la  Josefina  que  tú 
pretendías  casada  ó  ligada  al  almacenero ! 
—  contestó  Rodolfo,  como  envolviendo  un 
reproche  en  sus  palabras. 


82  VALMAR 


—  ¡Diablo ! pero no  hables  t^h 

fuerte,  mira  que  las  paredes  tienen  oídas! 
—  exclamó  Mont,  ya  vuelto  en  sí,  y  domi- 
nado por  su  habitual  prudencia.  —  Vamos 
á  ver,  vamos  á  ver,  cuéntame  eso!  —  Agre- 
gó después  de  cerciorarse  que  no  podían 
ser  oídos,  interesado  por  la  aventura,  y. 
más  aún  por  la  circunstancia  del  secreto 
que  Rodolfo  había  guardado  hasta  allí. 

—  Oh,  es  muy  largo,  tenemos  mucho  que 
hablar  al  respecto.  —  Contestó  Valmar  con- 
cluyendo de  abrocharse  el  chaleco. 

—  Dite,  dite  ¿come  fu?  —  Tarareó  Feli- 
pe alegremente.  Pero  como  su  amigo  había 
concluido  de  vestirse  y  hacía  mucho  frío, 
resolvieron  salir  á  dar  una  caminata,  nar- 
rando Rodolfo  en  el  trayecto,  la  parte  de 
aquella  historia  que  su  confidente  y  cama- 
rada  ignoraba. 

Era  una  tarde  fría,  pero  serena.  El  invier- 
no se  despedía  con  rigor,  queriendo  sin  du- 
da dejar  recuerdo  de  su  paso.  Los  dos  ami- 
gos, siguiendo  la  inveterada  costumbre  de 
todo  buen  montevideano,  entraron  en  la  ca- 
lle 18  de  Julio  subiendo  en  dirección  de  la 
plaza  Cagancha.  Era  la  hora  del  paseo,  la 
elegida  por  las  familias  para  salir  á  quitar- 
se el  frío,  desainándolo  audazmente,  a  cuer- 


V  A  L  M  A  R  83 


po  gentil.  Las  niñas  con  sus  bien  cortados 
trajecitos,  luciendo  la  esbeltez  de  sus  talles 
cimbreando  sobre  las  redondas  caderas,, 
cruzaban  con  paso  rápido,  charlando  ale- 
gres y  vivaces,  haciendo  sonar  sus  empi- 
nados taquitos  sobre  la  enlosada  calle,  y 
ostentando  su  exuberante  belleza  que  de- 
rramaban pródigas  de  gracia  y  seducción, 
mientras  en  pos  de  ellas,  absortos,  embo- 
bados en  su  contemplación,  deslumhrados 
por  aquella  hermosa  falange  de  ilusiones  al- 
canzables,  seguían  los  galanes  repartiendo 
saludos  y  mendigando  sonrisas. 

Las  veredas  estaban  atestadas.  Parecía 
que  la  ciudad  vieja  se  desagotaba  por  aque- 
lla gran  artería.  Era  una  turba  de  emplea- 
dos que  volvían  de  sus  tareas  discutiendo, 
comentando  y  haciendo  proyectos  para  la 
noche.  Los  había  de  todas  categorías,  des- 
de simples  escribientes  de  Aduana  y  de  Co- 
rreos, hasta  magistrados  de  abultado  vien- 
tre y  ministros  seguidos  de  una  escolta  de 
aduladores.  Era  la  hora  en  que  todas  las 
oficinas  lanzan  á  la  calle  su  aburrida  gen- 
te, ansiosa  de  libertad.  El  público  caminaba 
compacto,  en  maciza  columna,  de  uno  al 
otro  extremo  de  la  calle,  y  cuando  se  vol- 
vía la   vista  hacia  abajo,  se    le  veía  unirse 


84  VALMAR 


buscando  el  mismo  sendero,  para  cruzar  la 
gran  plaza  Independencia  en  toda  su  dilata- 
da extensión  de  descampado,  hasta  desapa- 
recer extrechado  en  las  angosturas  de  la 
calle  Sarandí. 

Los  tren-vias  cargados  hasta  el  tope,  su- 
bían la  cuesta  con  dificultad,  arrastrados 
por  extenuados  jamelgos  que  patinaban  ja- 
deantes sobre  los  desgastados  adoquines,  y 
caracoleando  entre  carros  y  carruajes,  po- 
niendo en  constante  zozobra  á  los  vende- 
dores ambulantes  que  circulaban  por  el 
medio  de  la  calle,  pasaban  rápidas,  veloces 
y  silenciosas  como  fantasmas,  las  ligeras 
bicicletas. 

En  aquella  hora,  la  calle  18  era  la  médu- 
la de  nuestro  organismo,  el  punto  donde  se 
iba  reconcentrando  casi  toda  la  vida  de  la 
ciudad,  donde  se  agrupaban  y  bullían  tu- 
multuosas todas  las  actividades,  todas  las 
pasiones,  contrariadas  ó  felices,  humildes  ó 
grandes,  que  alientan  á  la  sociedad  para 
llevarla  á  su  destino. 

Los  amigos,  deseando  poder  hablar  con 
libertad  de  sus  asuntos,  abandonaron  aquel 
centro  de  bullicio  y  bajando  por  Rio  Negro 
llegaron  á  la  estación  del  Ferro-carril  Cen- 


tral. 


VALMAR  85 


Allí  el  espectáculo  era  distinto  aunque  no 
exento  de  animación. 

Caía  la  tarde.  La  bahía,  serena  á  aquella 
altura,  como  un  lago,  presentaba  su  super- 
ficie tranquila,  bruñida  como  espejo  gigan- 
tesco que  retrataba  los  colores  del  cielo.  A 
la  izquierda,  el  Montevideo  viejo  se  agru- 
paba en  confuso  hacinamiento,  no  dejando 
sobresalir  más  que  los  campanarios  de  sus 
iglesias,  dominados  por  las  dos  torres  ge- 
melas de  la  matriz.  Abajo,  casi  sobre  el 
agua,  la  aduana  y  la  Universidad,  recibien- 
do de  lleno  los  rayos  del  sol  poniente,  des- 
pedían chispas  por  cada  una  de  sus  venta- 
nas, como  si  estuviesen  incendiados.  Y  de 
los  muellos,  atestados  de  bultos  y  rodeados 
de  lanchas  y  vaporcitos  que  descargaban 
sus  bodegas  por  intermedio  de  enormes 
grúas  rechinantes,  se  desprendían  multitud 
de  pequeños  botes  con  pasageros.  A  la  de- 
recha, después  de  los  dilatados  arenales  de 
Capurro,  estériles  y  desiertos,  se  alzaba  el 
Cerro  sombrío  y  solitario,  con  sus  orillas 
cubiertas  de  saladeros  y  barracas  y  su  rui- 
nosa fortaleza  sosteniendo  el  viejo  faro,  ais- 
lado en  la  cumbre.  Hacia  el  sud,  la  calle 
Río  Negro  escalaba  en  línea  recta  la  cuchi- 
lla, cubriéndose  paulatinamente  de  sombras, 


86  V  A  L  M  A  R 


hasta  desaparecer  cortada  de  pronto  por  la 
calle  18,  donde  aun  continuaba  sin  interrup- 
ción el  movimiento.  A  lo  lejos,  balanceán- 
dose magestuosos  en  la  gran  rada,  y  vis- 
tos á  través  de  un  bosque  de  mástiles  pe- 
lados, los  vapores  de  ultramar  y  de  las  esta- 
ciones navales,  se  alineaban  en  calle  para 
dejar  libre  el  paso  del  canal.  Y  en  la  ori- 
lla, por  el  plano  inclinado  de  la  barranca, 
las  carretillas  de  muías  salían  relucientes 
del  agua,  cargadas  hasta  el  tope  de  carbón 
recogido  en  las  negras  chatas. 

En  la  estación  del  ferro-carril,  algunas 
máquinas  hacían  maniobras,  bufando  rui- 
dosas, anunciándose  con  estridentes  silvi- 
dos  y  corriendo  veloces  luego,  coronadas 
por  blancos  penachos  de  humo.  En  los  de- 
pósitos, las  pandillas  afanosas  por  concluir 
la  tarea,  descargaban  los  enormes  wagones 
repletos  de  lana,  de  cereales  ó  de  cueros 
que  contados  á  grandes  voces  se  iban  agru- 
pando en  altas  pilas.  Era  toda  una  falange 
de  gañanes  robustos,  musculosos  y  bien 
plantados  que  sudaban  jadeantes  á  pesar 
del  frío  y  que  el  sol  poniente  teñía  de  san- 
grientos reflejos. 

Pero  ya  era  hora  de  cesar  el  trabajo.  El 
día  se  iba  rápido,  y  mientras  en  el  puerto 


VALMAR  87 


los  vaporcitos  buscaban  sus  fondeaderos, 
en  la  estación  los  guardas  cerraban  los  de- 
pósitos y  los  obreros  se  iban  alejando 
paulatinamente. 

En  la  capitanía  y  en  los  buques  de  gue- 
rra, las  banderas  y  gallardetes  cayendo 
mustias  sobre  las  astas,  parecían  llorar 
muertas  de  frío  para  que  las  sacasen  de  su 
penitencia,  y  á  lo  lejos,  coloreando  la  super- 
ficie del  mar,  el  sol  se  hundía  entre  tenues 
encajes  color  de  rosa. 

Felipe  y  Rodolfo,  que  seducidos  por  el 
panorama  se  habían  detenido  un  instante 
á  contemplarlo  interrumpiendo  su  intere- 
sante charla,  volvieron  a  caminar  aprisa, 
auyentados  por  el  frío.  Ansiosos  de  sole- 
dad, cruzaron  la  linea  férrea  y  se  hallaron 
de  pronto  en  los  terraplenes  de  la  Aguada. 

La  conversación  se  había  reanudado,  y 
Rodolfo  con  su  vehemencia  habitual,  termi- 
naba el  cuento   de  sus  recientes  aventuras. 

—  No  te  puedes  imajinar,  hermano,  lo  que 
se  siente  al  tener  un  hijo, — decía,  vivamen- 
te emocionado  por  ia  recordación  de  los  su- 
cesos. 

—  No,  seguramente  que  no  me  lo  puedo 
imajinar,  contestó  Mont  con  su  sempiter- 
na burlonería,  que,  en  el  caso  aquel  era  estu- 


88  VALMÁR 


diada,  con  el  objeto  de  destruir  hasta  don- 
de fuera  posible,  la  peligrosa  trascendencia 
que  su  amigo  daba  á  los  hechos. 

—  Cállate!  Siempre  has  de  hacer  burla 
de  todo.  No  hay  forma  de  curarte  ese  ex- 
cepticismo  crónico  que  todo  lo  envenena. 

—  ¿  0  que  todo  lo  endulza  ?  —  Replicó  Mont 
mirando  fijamente  á  su  amigo. 

—  Como  quieras,  no  sé;  pero  de  cualquier 
modo  es  una  dulzura  helada,  una  dulzura 
de  muerte.  Siquiera  el  que  se  apasiona,  el 
que  cree. .  .siente,  palpita,  vive,  en  una  pa- 
labra! Yo  no  podría  tocar  nada  con  tu  ma- 
nera de  pensar.  Todo  me  repugnaría.  No 
habría  cosa  en  el  mundo  que  para  mí  valie- 
se la  pena  de  desearla,  —  contestó  Valmar 
visiblemente  emocionado. 

— Pero  ¡desgraciado!  tú  sufres,  te  aniqui- 
las, con  ese  sentimentalismo  atroz,  -  obser- 
vó Mont  con  su  calma  reflexiva.  —  Todo  lo 
exageras  de  una  manera  bárbara, — continuó, 
— vives  como  borracho  de  opio,  viendo  un 
mundo  en  cada  nuez.  Tú  estás  apasionado  de 
Matilde,  la  quieres  como  ella  se  lo  merece, 
por  sus  sobresalientes  cualidades;  fy  porque 
te  resulta  un  hijo  de  una  aventura  que  has 
tenido  con  una  muchachuela,  á  quien  solo 
tienes  compasión,  estás  á  punto  de  volverte 


VALMAR  89 


loco!  A  ese  paso,  á  fuerza  de  sentir  de 
esa  manera,  vas  á  concluir  por  ser  insensi- 
ble, pues  todo  te  producirá  el  mismo  efecto  — 
Y  Felipe,  con  su  lógica  pesada,  parecía  el 
acha  de  los  discursos  de  su  amigo. 

Pero  éste  insistía  con  el  mismo  entu- 
siasmo. 

—  Un  hijo,  de  cualquier  mujer  que  se  ten- 
ga, es  un  triunfo  para  la  vida,  es  una  mi- 
sión cumplida,  es  una  creación!  Imajínatela 
luego  modelada,  dirigida,  conformada  á  cier- 
ta perfección  que  se  anhela.  Imagínatela 
por  fin  resuelta,  concluida,  dando  opimos 
frutos,  y  dime  si  es  posible  ambicionar  ma- 
yor gloria,  sentir  mayor  satisfacción 

Y  si  admites   eso  ¿  cómo   quieres   que 

se  olvide  á  la  que  colaboró  en  la  obra,  á 
la  que  verdaderamente  dio  el  fruto,  sopor- 
tando en  su  seno  amoroso  las  misteriosas 
evoluciones  de  la  vida?... 

—  De  acuerdo. . .  de  acuerdo!  Pero  conven 
conmigo  en  que  el  hecho  es  vulgar,  y  que 
para  producir  todos  esos  fenómenos,  es  ne- 
cesario que  medien  ciertas  circunstancias 
salientes,  como  sería,  por  ejemplo,  tu  amor 
por  Matilde.  Pero  así  no  más,  con  cual- 
quiera, me  parece  nivelado  por  demás.  ¿  Qué 


90  VALMAR 


te  sucedería  si  mañana  llegases  á  tener  otro 
bebé  con  tu  mujer? 

—  Me  enloquecería,  sería  el  cumplimien- 
to de  mis  aspiraciones  más  inmediatas;  pero 
eso  no  impide  que  me  entusiasme  ahora  con 
éste  que  es  el  primero  y  que  esa  pobre  ni- 
ña ha  sabido  salvar  por  entre  los  horrores  de 
la  miseria  y  venir  á  brindármelo  como  una 
ofrenda.  Además,  el  labrador  ama  siempre 
la  tierra  que  es  fecunda! 

Felipe  se  encogió  de  hombros.  Para  él, 
que  buscaba  tan  solo  la  belleza  del  pano- 
rama, era  indiferente  la  composición  del 
terreno.  Aquellas  palabras  de  su  amigo 
no  pasaban  de  una  fantasía,  una  locura  de 
perfecciones,  de,  vidas  soñadas,  una  idea- 
lidad imposible ,  erguida  como  un  mo- 
nolito en  medio  de  las  chaturas  reales  de 
lo  existente,  de  lo  que  él  comprendía  y  veía 
á  cada  paso.  Su  pensamiento  no  lograba  con- 
formarse al  de  su  amigo  y  le  parecía  que  á 
pesar  de  sentirse  sacudido,  como  si  vibra- 
se algo  en  su  interior  cuando  hablaba  Rodol- 
fo, éste  se  iba  á  volver  loco  ó  á  estrellarse 
en  alguna  aventura  desastrosa  para  su  por- 
venir. Quería  á  su  amigo  y  la  imposibili- 
dad en  que  se  veía  para  manejar  su  pensa- 
miento^ su  sensibilidad,  como  había  mane- 


V  A  L  M  A  R  91 


jado  su  vida",  lo  entristecía   profundamente. 

—  ¿Y  Matilde ?  —  interrogó  de  pronto  — 
¿No  se  dá  cuenta  de  nada? 

—  No,  absolutamente,  —  contestó  Rodolfo. 

—  ¿Te  has  fijado  bien?  — insistió  su  ami- 
go. 

—  Oh!  te  lo  aseguro.  Me  fijo  todos  los 
días.  Además,  me  pasa  una  cosa  curiosa, 
la  quiero  más  cada  día,  me  siento  á  cada 
instante,  cuando  estoy  á  su  lado,  con  im- 
pulsos  de   acariciarla,   de   mimarla Es 

como  una  especie  de  compensación  incons- 
ciente   He  pensado   decírselo;  pero  .... 

no  me  atrevo. 

—  ¿Decírselo?  —  exclamó  Felipe  detenién- 
dose—  ¿Pero  te  has  vuelto  loco  del  todo?. . . 
Por  nuestra  amistad,  por  tu  hijo  te  pido  que 
no  quieras  poner  en  práctica  semejante  teo- 
ría!   i  Qué  horror !  Pues  buena  la  ha- 
bríamos hecho ! Mira,  si  en  algo  apre- 
cias el  amor  de  tu  mujer  y  mi  amistad,  no 
vayas  a  cometer  semejante  disparate. 

—¡No,  hombre,  no,  si  no  lo  voy  á  hacer!. 
Solo  te  he  dicho  que  pensé  en  ello.  Por 
que,  á  la  verdad,  me  repugna  este  papel 
que  estoy  desempeñando.  Bien  sabes  que 
mi  carácter  no  se  ajusta  á  la  doblez  ni  al 
engaño,  —  dijo  Rodolfo   con  acento  contra- 


92  VALMAR 


riado,  casi  sombrío.  —  Sin  embargo,  —  aña- 
dió,—  la  situación  es  muy  vidriosa.  Forzo- 
samente Matilde  lo  sabrá  algún  día,  y  no 
sé  qué  sería  mejor:  que  lo  sepa  por 
mi  conducto,  como  una  confesión  noble  y 
sincera  ó  que  sorprenda  la  noticia  extraju- 
dicialmente,  quedando  yo  como  un  traidor 
miserable,  como  un  vulgar  corredor  de  mu- 
jeres, sin  respeto  ninguno  á  los  superiores 
vínculos  que  a  ella  me  unen. 

—  Ya  se  proveerá,  ya  se  proveerá,  —  dijo 
Felipe  meditando.  —  Por  lo  pronto,  lo  que 
conviene  es  callar,  pues  cualquier  impru- 
dencia podía  echarlo  todo  á  perder.  Me  pa- 
rece que  has  hecho  bien  de  contarme  las 
cosas.  Vamos  á  ver  si  te  saco  en  ancas. 

La  pregunta  de  Felipe,  había  producido 
un  brusco  cambio  en  el  ánimo  de  su  ami- 
go, recordándole  el  reverso  de  la  medalla 
de  su  dicha.  De  alegre  y  animoso  que  es- 
taba, quedó  de  pronto  triste  y  abatido. 

En  efecto,  aquel  era  el  punto  negro  de  su 
situación,  la  profunda  angustia  que  acecha- 
ba en  el  fondo  de  sus  actuales  alegrías,  y 
que  crecía  rápidamente,  cada  vez  que  su 
pensamiento  se  encaminaba  á  tales  medita- 
ciones 

Los  jóvenes  habían  llegado  á  lo  alto  de 


VALMAR  93 


la  barranca  próxima  á  la  Iglesia  de  la 
Aguada. 

Desde  allí  el  panorama  se  dilataba.  Mon- 
tevideo aparecía  extendido  ampliamente  so- 
bre la  cuchilla,  y  las  luces  de  sus  calles 
rectas,  repentinamente  encendidas,  semeja- 
ban una  red  de  cintas  brillantes  que  para 
adornarse  había  echado,  sobre  sus  espal- 
das. En  el  puerto,  los  barcos  empezaban  á 
izar  sus  fanales  de  colores,  ya  en  la  proa 
ó  en  lo  alto  de  sus  finos  mástiles,  y  el 
faro  del  Cerro,  girando  incansable,  dejaba 
ver  su  luz  amarilla  con  intermitencias  re- 
gulares, destacándose  en  la  palidez  cam- 
biante del  cielo,  recién  abandonado  por  el 
sol.  Abajo,  la  Avenida  Rondeau  y  la  calle 
Queguay,  lucían  silenciosas  la  interminable 
hilera  de  sus  globitos  eléctricos,  y  mien- 
tras de  los  cuadrados  inundados  de  agua 
subía  el  concierto  plañidero  y  monótono  de 
las  ranas,  de  la  calle  Agraciada  llegaba  un 
sonoro  rumor  de  vida  y  movimiento. 

Rodolfo  impresionado  por  el  género  de 
ideas  que  embargaba  su  espíritu,  paseó  su 
vista  por  aquel  panorama  y  recordó  que  lo 
había  contemplado  ya,  con  el  mismo  Felipe, 
en  una  de  sus  primeras  salidas,  cuando  aún 
era  absolutamente  desconocido  y  sus  ambi- 


94  V  A  L  M  A  R 


ciones  se  limitaban  á  la  modesta  confección 
de  un  libro.  Qué  lejos  estaba  entonces  de 
pensar  en  la  rapidez  de  sus  victorias,  en  el 
éxito  que  lo  rodeaba  ahora,  colocándolo  en 
primera  fila  en  aquella  ciudad  donde  for- 
maba hasta  hace  poco  de  los  últimos,  igno- 
rado, como  un  extrangero.  Y  ahora  que  lo 
había  conquistado  tocio  al  amparo  de  su 
suerte  ¿por  qué  no  estaba  tranquilo?  ¿Por 
qué  no  gozaba  feliz  de  aquella  vida  soñada, 
donde  había  entrado  como  en  triunfo  ?  ¿  Por 
qué  aquella  ansiedad,  aquel  temor  cons- 
tante de  nublar  su  buena  estrella,  aquel 
miedo  inconsciente  de  provocar  una  catás- 
trofe ? 

—  Ah !  Malditas  fórmulas  que  no  le  per- 
mitían hablar ,  que  le  impedían  departir 
con  Matilde  sobre  aquel  mismo  tema,  con- 
virtiéndola, además  de  su  papel  de  amante, 
en  la  confidente  de  todos  los  actos  de  su 
vida!  ¿Acaso  su  mujer  no  era  suficiente- 
mente inteligente  para  comprenderlo?  ¿No 
vería  bien  claro  su  situación  y  la  clase  de 
afecto  que  lo  impulsaba  hacia  Josefina? 
¿Qué  vida  de  encantos  sin  posibles  penas, 
sería  aquella  donde  tal  sueño  pudiese  ser 
realizable  ?  —  Pero  como  contestación  á  ta- 
les fantasías  de  su  espíritu,  una  voz  inter- 


V  A  L  M  A  R  95 


na,  un  instinto  misterioso  y  secreto,  lo  ad- 
vertía de  la  falsedad  de  sus  ideas. 

—  ¿Será  posible  entonces  que  yo  no  pue- 
da ser  dichoso  en  la  vida,  sino  paseando 
mi  felicidad  por  la  orilla  de  un  abismo?  — 
exclamó  en  un  arranque  de  impetuoso  de- 
saliento. 

—  Ya  se  proveerá,  ya  se  proveerá, — volvió 
á  decir  Felipe  calmosamente,  como  el  re- 
sultado de'  su  breve  meditación  que,  lejos 
de  elevarse  á  regiones  abstractas,  se  había 
limitado  á  calcular  el  dinero  que  se  nece- 
sitaría para  que  los  viejos  Belloni  hiciesen 
un  viaje  á  Europa  llevándose  á  su  hija  Jo- 
sefina. Y  como  en  su  larga  gira,  sin  fin 
propuesto,  se  había  ido  rápido  el  tiempo, 
los  amigos  tomaron  un  tren  hasta  enfren- 
tar el  palacete  de  la  calle  Convención, 
donde  penetraron  por  el  lujoso  zaguán , 
mientras  Rodolfo  oprimía  confiado  y  si- 
lencioso la  mano  de  su  amigo. 


wzm¡K 


CAPITULO  YI 


Un  año  después,  el  último  domingo  de 
Agosto,  la  calle  de  la  Agraciada  en  las  in- 
mediaciones del  Paso  del  Molino,  presenta- 
ba un  aspecto  animador,  ruidoso  y  bri- 
llante. 

El  gobierno  había  ofrecido  un  asado  con 
cuero  al  ejército,  satisfecho  de  su  correc- 
ción en  la  parada  efectuada  con  motivo  de 
las  fiestas  patrias. 

El  vivac  se  realizó  en  el  Prado,  so- 
bre las  orillas  del  Miguelete  y  era  la  ho- 
ra en  que  la  tropa,  después  de  levantar 
campamento,  volvía  á  sus  respectivos  cuar- 
teles, seguida  de  una  turba  inmensa,  que . 
marchaba  al  compás  de  sus  marciales  fan- 
f  arras. 


V  A  L  M  A  R  97 


Rompía  la  marcha  el  jefe  de  Estado  Ma- 
yor General  con  sus  ayudantes  y  ordenanzas, 
seguidos  de  una  pequeña  escolta.  Era  aquel 
un  grupo  llamativo,  montado  en  hermosos 
caballos  de  pelo  reluciente  y  ostentando  uni- 
formes y  arneses  cubiertos  de  dorados  que 
despedían  chispas  al  ser  heridos  por  el  sol. 
Enseguida  y  haciendo  contraste  con  los  pri- 
meros por  la  severa  sencillez  de  sus  uni- 
formes obscuros,  los  cadetes  de  la  Acade- 
mia Militar  marchaban  con  porte  airoso, 
ocupando  su  puesto  de  honor  á  la  cabeza 
de  la  columna.  Luego  venía  la  Artillería 
Ligera  con  sus  vistosos  uniformes  galonea- 
dos de  punzó,  resaltando  sobre  la  blancura 
de  sus  caballos,  y  arrastrando  en  pos  sus 
acerados  cañones,  al  son  plañidero  de  las 
trompas.  Y  después  seguía  la  infantería, 
uniforme,  compacta,  escrupulosamente  ali- 
neada y  semejante  á  una  inmensa  culebra 
cubierta  de  relucientes  escamas  de  plata. 

La  tarde  era  serena  y  hermosa,  una  de 
esas  inimitables  tardes  de  nuestros  fines  de 
invierno,  y  Montevideo  entero  había  salido 
á  gozarla,  vivaqueando  con  los  soldados  y 
dándose  un  baño  de  sol  al  aire  libre.  Como 
era  una  fiesta  militar,  todo  el  mundo  seguía 
á   las   tropas,   marchando    con   ellas   semi 

Tomo  ii — 4 


98  VALMAR 


confundidos,  en  alegre  consorcio,  excitados 
por  la  música  y  por  las  vibraciones  de  la 
atmósfera,  que  hacía  circular  comunicativa- 
mente los  arrebatos  de  la  multitud.  Eran 
hombres  y  mujeres,  viejos  y  niños,  criollos 
y  de  todas  las  nacionalidades,  pero  estos 
últimos^  tan  contentos  como  si  solemniza- 
sen una  fiesta  de  la  propia  patria.  Se  oían 
canciones  en  todos  los  tonos  y  todos  los 
idiomas.  Mientras  unos  seguían,  con  voces 
destempladas  y  enronquecidas,  el  compás  de 
las  bandas  militares,  otros  ensayaban  altera 
nativamentes  milongas,  payadas  y  demás 
cantos  nacionales.  Mientras  aquí,  un  grupo 
de  italianos  hacía  oír  la  popular  Pinotta  ó 
entonaba  á  coro  el  himno  de  Garibaldi, 
más  allá  se  canturreaban  malagueñas  ó  pe- 
teneras con  acompañamiento  de  guitarra. 
Tan  pronto  se  oía  un  aire  triste,  aprendido 
allá  en  su  tierra  por  lugareños  montañe- 
ses, como  resonaban  entusiastas  algunos 
arrebatadores  compases  de  la  Marsellesa. 
Era  una  masa  heterogénea,  cosmopolita,  ve- 
nida de  todos  los  puntos  del  globo,  y,  sin 
embargo,  todos  se  creían  en  su  casa,  la  vi- 
da les  sonreía,  se  encontraban  bien  bajo 
aquel  sol  de  libertad. 
Unos  y  otros  formaban  un  conjunto  exci- 


VALMAR  99 


tante,  algo  como  un  regreso  triunfal  que 
hacía  vibrar  el  aire  con  sonoridades  de 
estruendo. 

Y  en  medio  de  aquel  atronador  concierto, 
mezcla  de  música  y  de  ruido,  de  pisadas 
cadenciosas  y  gritos  vibrantes,  alternando 
con  el  fragoroso  redoble  de  los  tambores  y  el 
agudo  sonido  de  las  cornetas,  hería  la  vista 
el  abigarrado  color  de  los  uniformes,  las 
charral-eras  verdes  y  los  pompones  rojos  de 
los  soldados,  el  brillo  acerado  de  las  bru- 
ñidas bayonetas,  y  la  nota  cálida  del  oro 
de  los  galones  y  del  reluciente  bronce  de 
los  sonoros  instrumentos. 

Eran  todos  los  colores  del  Iris  expuestos 
al  Sol,  que  parecía  duplicar  la  viveza  de 
sus  rayos  cuando  pasaba  alguna  bandera- 
de  sedosos  reflejos,  desplegada  al  viento 
con  fulgores  brillantes. 

Era  toda  una  muchedumbre  que  se  codea- 
ba y  se  empujaba  ansiosa,  jadeante  y  cubier- 
ta de  sudor,  con  manifiesto  afán  de  avanzar, 
aunque  sin  conciencia  del  objeto  de  su 
prisa.  Y  mientras  el  pueblo  nacional  y 
extranjero  confraternizaba  así  con  el  ejér- 
cito, marchando  revuelto  entre  fusiles  y  ca- 
ñones á  la  conquista  de  su  destino,  las 
pintorescas  quintas,  perfumadas  y  tranqui- 


100  V  A  L  M  A  R 


las,  parecían  presenciar  el  desfile  de  aquel 
torrente  desbordado,  como  risueños  oasis 
de  paz,  luciendo  á  través  de  sus  primoro- 
sas verjas,  las  floridas  galas  de  su  eterna 
primavera. 

Pero  el  desfile  no  terminaba  con  el  ejér-  1 
cito.  Más  allá,  á  espaldas  de  la  compac- 
ta columna ,  se  apiñaban  los  carruajes 
cargados  de  familias,  repletos  de  mujeres 
que  también  habían  acudido  á  la  llamativa 
fiesta,  y  volvían  ahora  enardecidas,  palpi-< 
tantes,  deseando  encontrarse  en  el  torbe- 
llino de  la  multitud  y  dilatando  las  nari- 
ces para  aspirar  el  libre  ambiente  impreg* 
nado  de  aromas. 

Era  otro  ejército  de  vehículos  de  todas 
calidades  y  hechuras.  Los  había  ricos  y 
elegantes ,  antiguos  y  ruinosos ;  brillando 
los  unos  como  ascuas  y  arrastrados  por 
briosos  caballos  de  selecta  casta;  misera- 
bles armatostes  los  otros,  aprovechados 
por  sus  dueños,  cargados  hasta  el  tope 
y  tirados  por  soñolientos  matungos  que 
inspiraban  lástima.  Había  de  todo,  en  ar- 
monía con  todos  los  bolsillos  y  los  gustos- 
Desde  el  lujoso  landeau  de  ocho  resortes, 
con  el  correcto  cochero  fijo  en  su  pescan- 
te y  orgulloso  de  su  librea,  hasta    el  ínfi- 


V  A  L  M  A  R  101 


mo  y  descascarado  break  de  alquiler,  con  su 
característico  auriga  de  gruesa  nariz  en- 
rojecida por  el  abuso  de  los  alcoholes, 
todas  las  categorías  figuraban  allí  en  re- 
voltosa confusión,  siguiéndose  siempre,  en 
largas,  interminables  hileras,  repartiéndose 
por  calles  y  avenidas  hasta  la  misma  sa- 
lida del  Prado,  donde  los  más  rezagados, 
desesperando  de  poder  continuar  la  marcha, 
rompían  filas  cortando  por  alguna  calle- 
juela desocupada. 

El  Prado  se  había  desagotado  como  por 
encanto.  Atrás  de  las  tropas,  atraída  por 
sus  músicas  marciales,  la  enorme  masa  del 
pueblo  había  seguido  como  una  avalancha, 
y  nuestro  pequeño  aunque  pintoresco  pa- 
seo, recobraba  de  pronto  su  habitual  quie- 
tud. El  bullicio  de  los  hombres,  sus  gritos 
y  sus  cantos,  como  así  el  eco  de  sus  mú- 
sicas vibrantes,  se  extinguía  á  lo  lejos, 
reemplazado  por  el  suave  concierto  de  las 
hojas  que  entonaban  los  árboles,  reveren- 
ciándose ceremoniosamente  al  cadencioso 
impulso  de  la  brisa,  mientras  los  pájaros, 
repuestos  de  su  sorpresa,  se  comunicaban 
alegremente  sus  impresiones,  revoloteando 
entre  el  menudo  polvo  que  aún  alcanzaba  á 
dorar  el  sol. 


102  V  A  L  M  A  R 


El  exceso,  la  fiebre,  habían  concluido,  y 
la  naturaleza,  con  desprecio  hacia  aquella 
tumultuosidad  transitoria  que  la  había  in- 
vadido, se  extremecía  ante  los  misteriosos 
anuncios  del  próximo  despertar  de  su  vi- 
da tranquila,  vigorosa  y  eterna. 

Gozando  del  contraste  hermoso  de  aque- 
lla quietud,  después  de  tanta  algazara  y 
de  estruendo  tanto,  quedaban  aún  algunas 
familias  discurriendo  por  las  amplias  ave- 
nidas y  deleitándose  con  el  rodar  tranquilo 
de  la  tarde. 

En  uno  de  ios  grupos  que  aún  permane- 
cían paseando  junto  al  hotel,  figuraban  Ma- 
tilde Rolan  y  Sofía  Hostwald,  acompañadas 
de  sus  respectivos  maridos  que  las  seguían 
gravemente,  á  la  distancia.  Hacía  ya  cerca 
de  media  hora  que  los  dos  matrimonios 
habían  reanudado  su  paseo,  bajo  la  arbole- 
da pintoresca  y  rumorosa  del  antiguo  par- 
que; pero  aunque  en  apariencia  iban  gozo- 
sos y  tranquilos,  en  el  fondo  parecía  ocurrir 
algo  extraordinario. 

Rodolfo  Valmar,  sobre  todo,  estaba  inquie- 
to. Aquella  larga  conversación  de  su  mu- 
jer con  Sofía  Hostwald,  lo  tenía  impaciente, 
sin  concluir  de  precisar  el  por  qué;  pero  sí 


VALMÁR  103 


presintiéndolo  vagamente,  como  una  simple 
sensación,  sin  fundamento  razonado. 

Su  atención  estaba,  pues,  reconcentrada  en 
la  pareja  que  marchaba  a  su  frente,  desa- 
tendiendo á  su  compañero  para  obtener 
descubrir  el  asunto  que  ocupaba  á  su  mujer 
y  á  Sofía.  Llevado  de  sus  impresiones, 
fué  poco  á  poco  abstrayéndose,  ensimisma- 
do en  su  propio  pensamiento,  y  olvidando 
del  todo  al  señor  Hostwald,  que  en  aquel 
instante  se  había  engolfado  en  sendas 
cuestiones  bursátiles,  que  eran  su  tema  fa- 
vorito, empezó  á  pensar  en  las  provocacio- 
nes de  aquella  Sofía  y  en  la  conversación 
que  con  ella  acababa  de  tener  hacía  un 
momento. 

En  efecto,  desde  el  día  de  su  presentación 
hasta  ese  instante,  Sofía  Hostwald  le  había 
hecho  toda  clase  de  manifestaciones,  tanto 
privada  como  públicamente,  con  el  pro- 
pósito de  robárselo  á  Matilde,  ansiosa  por 
triunfar  de  aquella  rival  espléndida  que 
siempre  descollaba  más  alto,  como  un  astro 
de  superior  magnitud. 

Sofía,  desde  que  comprendió  que  Matilde 
había  dejado  sorprender  su  corazón  por  aquel 
joven  soñador  que  apareció  de  pronto  en  su 
camino,  había  tratado  de  arrebatárselo.  Con 


104  VALMAR 


ese  objeto  fué  que  preparó,  en  su  quinta  del 
Miguelete,  una  hermosa  fiesta  donde  poder 
exhibírsele.  Allí  le  había  ofrecido  la  flor  que 
simboliza  mayor  pasión,  arrancándola  es- 
profeso de  su  pecho  palpitante  y  cálido;  pe- 
ro él,  absorbido  por  Matilde,  la  había  admi- 
tido con  fría  reserva,  oyendo  la  voz  de 
aquel  otro  amor  más  puro  y  elevado  que 
guiaba  su  alma.  Vencida  en  aquel  instan- 
te, pero  no  desalentada,  lo  había  dejado  ir, 
herida  en  su  amor  propio  de  mujer  y  pre- 
parando con  ardor  su  futura  revancha.  Lue- 
go había  esperado  con  calma,  aplazando  la 
ejecución  de  sus  planes  para  después  del 
matrimonio  de  su  rival,  de  aquella  rival  que, 
tan  luego  en  su  propia  casa,  empleando  el 
excenario  tan  hábilmente  preparado  por  ella, 
había  sellado  el  dulce  pacto  de  amor  que  lle- 
nó de  flores  y  de  luces,  el  hasta  entonces 
árido  y  sombrío  camino  de  su  vida. 

No  bien,  pues,  empezaron  las  fiestas  se- 
manales en  el  palacio  de  los  Rolan,  Sofía 
fué  una  de  las  más  asiduas  concurrentes, 
tratando  de  mostrarse  en  todo  su  brillo  y 
sin  ocultar  á  nadie  sus  ambiciones  de  ser 
soberana.  Pero  allí  también  habían  fallado 
sus  propósitos,  pues  aunque  cada  día  eran 
más  numerosos  sus  triunfos  entre   la  ge- 


VALMAR  105 


neralidad  de  los  hombres,  no  conseguía 
sobreponerse  á  Matilde,  ni  aún  robar- 
le, siquiera  por  un  instante,  aquel  mari- 
do apasionado  que  parecía  helarse  en  pre- 
sencia de  sus  encantos.  Su  desesperante 
envidia  creció,  y  aquello  que  apenas  comen- 
zara en  capricho,  se  trocó  bien  pronto  en 
pasión  desenfrenada,  en  un  deseo  violento 
de  ver  á  aquel  hombre  rebelde,  rendido  á 
sus  plantas.  No  hubo  medio  que  no  inten- 
tase. Desde  las  más  finas  coqueterías,  há- 
bilmente esgrimidas  en  todo  género  de  reu- 
niones y  paseos,  hasta  las  groseras  tenta- 
ciones de  la  carne,  ofrecidas  en  mil  oportu- 
nidades distintas  con  manifiesta  ostentación, 
todo  lo  había  hecho,  en  su  anhelo  por  triun- 
far, gastando  todas  sus  armas  en  aquella 
lucha  estéril,  sin  alcanzar  jamás  la  menor 
ventaja.  Tanto  fracaso,  tanto  humillante  de- 
saire, había  concluido  por  desesperarla  del 
triunfo  induciéndola  á  la  venganza,  y  ha- 
bía amenazado. 

Aquella  tarde  mismo,  mientras  el  señor 
Hostwal  saludaba  á  Matilde,  ella  había  to- 
mado el  brazo  de  Rodolfo  invitándolo  á 
pasear  por  entre  la  multitud,  y  como  éste 
viese  que  su  esposa  los  seguía,  acompañada 
por    el  señor   Hostwald,    se  dejó  conducir 


106  VALMAR 


por  aquella  apasionada  mujer,  que  de  to- 
dos modos  no  conseguía  más  que  halagar 
su  vanidad  de  hombre  afortunado  y  ser- 
virle de  curioso  estudio. 

Caminaban  íntimamente  unidos,  rozando 
sus  cuerpos,  que  á  cada  instante  prensaba 
la  concurrencia  en  súbitas  aglomeraciones; 
pero  mientras  que  ella  se  afanaba  más  y 
más  por  sacar  partido  de  aquellos  mo- 
mentos, poniendo  en  juego  todas  las  gra- 
cias de  su  espíritu  y  de  su  cuerpo,  y  ofre- 
ciendo darse  con  generosa  espontaneidad, 
Rodolfo  continuaba  frío,  encastillado  en  su 
galante  reserva  y  sin  ceder  un  ápice  á  las 
amorosas  pretensiones  de  su  compañera. 

Bien  pronto,  entre  aquella  bataola  infer- 
nal de  gente  que  marchaba  de  un  lado  pa- 
ra otro,  recorriendo  los  fogones  de  los  sol- 
dados, las  dos  parejas  se  habían  dividido, 
y  mientras  Matilde,  molestada  por  los  em- 
pellones del  populacho,  invitaba  al  señor 
Hostwal  á  volverse  hacia  el  hotel,  Sofía 
arrastrada  á  su  compañero  hacia  adelante, 
excitada  por  el  tumulto  y  sintiendo  desper- 
tar en  ella  una  ansia  ardiente  de  dominar 
el  corazón  de  aquel  hombre. 

— A  usted  lo  pierde  esa  extraordinaria 
inclinación  por  el  mundo  femenino,— le  ha- 


VALMAR  107 


bía  dicho  Sofía,  deseando  que  tal  cualidad 
convergiese  toda  hacia  ella. 

—  ¿Por  qué?  —  había  contestado  Rodolfo 
extrañando  semejante  salida. 

—  ¿Por  qué? ¡Miren  que  inocente! 

Pues  porque  todo  se  sabe,  amiguito! — y  al 
decir  esto,  la  joven  había  hecho  un  gra- 
cioso gesto  amenazador,  que  Rodolfo  com- 
prendió azorado  y  sin  saber  que  contestar 
á  tan  escabroso  tema. 

Sin  embargo,  el  efecto  fué  contraprodu- 
cente para  Sofía,  pues,  Vaimar,  alarmado 
por  el  giro  de  aquella  conversación,  ya  en 
más  de  una  oportunidad  iniciada,  so  pre- 
texto de  buscar  á  su  mujer,  quiso  volver 
sobre  sus  pasos,  manifestando  claramente 
su  frialdad. 

Ella  deseaba  seguir,  sentía  haber  sor- 
prendido el  lado  vulnerable  y  no  quería 
soltar  su  presa.  Pero  él,  en  cambio,  com- 
prendiendo aquella  especie  de  complicidad 
á  la  que  Sofía  quería  arrastrarlo  ,  ligán- 
dolo así  por  medio  de  algún  vínculo  cual- 
quiera ,  se  esforzaba  por  cortar  el  tete  á 
tete  que  con  ella  mantenía. 

La  lucha  fué  breve ,  pero  terminante. 
Rodolfo  había  llegado  á  ser  grosero  en  su 
empeño    de   volverse,   y  entonces   Sofía  le 


108  V  A  £>VM  A  R 


había  dicho  secamente  extremecida  de  ira 
al  constatar  aquel  último  y  sangriento  des- 
precio á  la  oferta  de  su  amor  y  sus  en- 
cantos:— Está  bien,  volvamos! — Y  en  la  mi- 
rada, antes  amorosa  y  dulce  que  animaba 
el  cielo  de  sus  ojos  ,  brilló  un  relámpago 
de  odio  y  una  promesa  de  venganza. 

Desde  allí  no  hablaron  más,  y  cuando 
encontraron  á  Matilde,  ésta  pudo  darse  fá- 
cilmente cuenta  de  lo  que  había  ocurrido; 
pero  sin  alcanzar  á  comprender  las  angus- 
tias que  revelaba  el  semblante  de  Rodolfo. 

Más  tarde,  cuando  la  concurrencia  se  ha- 
bía retirado  en  su  gran  mayoría,  Sofía,  que 
no  lograba  estar  quieta,  propuso  volver  á 
pasear,  y  uniéndose  á  Matilde,  salieron  de 
nuevo  seguidas  de  sus  respectivos  maridos, 
por  las  ya  entonces  accesibles  avenidas. 

Resuelta  á  la  venganza,  despechada  por 
los  desaires  de  Rodolfo  y  humillada  por  el 
triunfo  de  aquella  rival  eternamente  victo- 
riosa, Sofía  concertó  verter  la  hiél  que  re- 
bosaba en  su  alma,  en  la  copa  desbordante 
de  la  felicidad  de  Matilde.  Conocía  con  to- 
dos sus  detalles  las  relaciones  de  Josefina 
con  Valmar  y  se  dispuso  á  enterar  oficio- 
samente de  aquel  engaño  á  la  esposa  de 
este  último. 


V  A  L  M  A  R  109 


Bajo  la  apariencia  de  una  confidencia 
amistosa,  al  simple  objeto  de  prevenirla  y 
disponerla  á  que  pusiera  coto  al  proceder 
infiel  de  su  marido,  fué  narrando  toda  la 
historia  de  las  relaciones  de  éste  con  Jose- 
fina, intercalando  provechosas  alteraciones, 
vertiendo  el  veneno  á  pequeñas  dosis  y  go- 
zando en  la  contemplación  de  sus  estragos. 

Entre  tanto,  Rodolfo,  al  arrullo  de  la  mo- 
nótona conversación  del  bolsista,  torturaba 
su  mente  para  descifrar  el  sentido  de  las 
palabras  de  Sofía,  en  la  imposibilidad  de 
creer  que  ellas  tuviesen  tanto  alcance .  —  A 
usted  lo  pierde  el  mundo  femenino,  ¿  Qué 
mundo  femenino?  —  pensaba,  —  Puesto  que 
la  desprecio  á  ella  ¿á  quien  se  refiere?  —  y 
la  contestación  que  surgía  de  esta  pregun- 
ta, lo  hacía  extremecer. — Todo  se  sabe,  to- 
do se  sabe,  —  repetía  el  joven  recordan- 
do lo  que  ella  había  dicho.  —  Entonces 
¿  lo  sabría  todo  ?  —  y  aterrorizado  ante 
esta  hipótesis,  agravada  por  la  amenaza 
y  el  deseo  de  venganza  de  aquella  mujer 
despreciada,  pensaba  en  Josefina,  en  su  hi- 
jo, en  aquel  dulce  hogar  que  tenía  cuidado- 
samente escondido  como  un  tesoro,  para 
que  su  otro  tesoro,  su  Matilde,  no  fuese  á 
sufrir  un  mortal  desengaño,  ó  bien  á  ne- 


110  Y  A  L  M  A  R 


garle  para  siempre  los  favores  de  su  amor. 
Y  bajo  el  cielo  puro  de. aquella  tarde,  oyendo 
el  suave  murmurar  de  las  fuentes,  uniendo 
su  concierto  al  de  los  pájaros  y  las  hojas, 
temblaba  por  su  felicidad  amenazada,  pen- 
diente tan  sólo  de  la  afilada  lengua  de  una 
mujer  vengativa. 

De  pronto,  al  notar  la  atención  con  que 
Matilde  escuchaba  las  palabras  de  Sofía, 
la  verdad  se  le  ocurrió,  y  pensó  que  ésta 
ya  podía  estarle  diciendo  todo.  Pero  reac- 
cionando, en  un  arranque  de  óbtimafé  en  su 
benévolo  destino,  exclamó  en  voz  alta: 

—  ¡No,  no  puede  ser! 

—  ¡  Cómo  ,  no  puede  ser !  —  contestó  ad- 
mirado el  señor  Hostwald,  que  le  calculaba 
los  resultados  obtenidos  en  su  última  ope- 
ración de  bolsa,  basada  en  una  noticia  fal- 
sa que  había  hecho  circular.  —  Le  garanto 
que  mis  beneficios  de  este  mes  pasan  de 
cien  mil  pesos. 

Y  como  Rodolfo  lo  mirase  estúpidamen- 
te, aturdido  y  sin  comprender  el  sentido  de 
aquellas  palabras,  siguió  su  apología  bursá- 
til, obedeciendo  á  la  fuerza  de  inercia  de 
su  espíritu  que,  una  vez  lanzado  en  aquel 
orden  de  ideas,  ya  no  se  podía  detener.  Pe- 
ro su  interlocutor  le  cortó  de  pronto  la  pa- 


VALMAR  111 


labra,  so  pretexto  de  que  era  muy  tarde  y 
convenía  retirarse.  No  podía  más,  sentía  la 
absoluta  necesidad  de  ponerle  término  á  la 
conversación  que  con  carácter  confidencial 
mantenían  las  dos  mujeres  que  caminaban 
á  su  frente. 

La  despedida  fué,  sin  embargo,  cordial, 
y,  cuando  los  dos  matrimonios  se  separa- 
ron en  busca  de  sus  respectivos  carruajes, 
tanto  Matilde  como  Sofía  continuaban  ha- 
blándose á  la  distancia  para  hacerse  mu- 
tuas protestas  de  amistad. 

Una  hora  después,  mientras  Matilde  se 
quitaba  el  sombrero  frente  al  espejo  de  su 
tocador,  Rodolfo,  sumido  en  meditaciones 
extrañas,  se  sentaba  solitario  delante  de  su 
mesa  de  trabajo,  tratando  de  adivinar  lo 
que  pudiera  haber  de  verdad  en  el  fondo 
de  sus  dudas. 

Durante  el  rápido  trayecto  desde  el  Pra- 
do hasta  su  casa,  Matilde  no  había  mani- 
festado nada  de  particular,  y  él,  por  consi- 
guiente, se  había  limitado  á  estudiarla,  á 
mirarla  en  el  fondo  de  los  ojos,  pretendien- 
do leer  su  pensamiento,  ansiando  escudri- 
ñar lo  que  pasaba  en  el  interior  de  aquella 
adorable  y  querida  cabecita.  Pero  su  inves- 
tigación había  sido  inútil,  y  solo  un  mo- 


112  VALMAR 


mentó  en  que  había  insistido  demasiado,  el 
rostro  de  Matilde  tomó  una  indefinible  ex- 
presión de  candidez  que  parecía  decirle:  — 
Vive  tranquilo,  no  se  nada. — Y  aquella  ex- 
presión lo  había  helado  de  espanto,  desis- 
tiendo de  continuar  sus  angustiosas  observa- 
ciones. Sin  embargo,  apenas  refujiado  en 
la  soledad  de  su  escritorio,  volvió  de  nuevo 
á  sus  afanosas  investigaciones,  empezan- 
do poco  á  poco  ó  evolucionar  en  el  orden 
de  las  ideas,  hasta  parecerle  ridículos  sus 
temores. 

—  En  rigor,  ¿á  que  viene  toda  esta  congo- 
ja?—  exclamó  de  pronto,  respondiendo  á  su 
propio  pensamiento.  —  La  verdad  es  que  no 
hay  razón  ninguna  que  justifique  mis  alar- 
mas.—  T  desechando  los  negros  temores 
que  lo  habían  asaltado,  empezó  á  recordar 
los  episodios  de  su  vida  en  aquel  último  año. 

Sus  relaciones  con  Josefina  durante  ese 
período  de  tiempo  se  habían  estrechado 
mucho  más,  y  á  pesar  de  sus  tendencias  á 
convertirla  en  una  amiga  dulce,  que  tenía 
el  encargo  de  criar  y  cuidar  á  su  hijo,  las 
circunstancias  lo  habían  arrojado  impres- 
cindiblemente en  sus  brazos,  convirtiéndola 
de  nuevo  en  apasionada  amante,  saboreada 
con  todos  ios  encantos  de  la  novedad. 


V  A  L  M  A  R  113 


En  un  principio,  cuando  recién  nació  la 
criatura,  toda  su  atención  convergió  hacia 
el  impresionante  fenómeno  de  la  materni- 
dad, y  absorbido  por  la  viveza  de  su  ternu- 
ra al  hijo,  pudo  hacer  abstracción  de  la 
mujer,  preocupado  tan  sólo  con  la  madre. 
Sus  visitas,  pues,  en  esa  época,  revestían 
el  carácter  más  inocente  y  casto  que  se  po- 
día apetecer.  Sus  relaciones  tenían  algo  de 
sagrado.  El  amor  existía;  pero  un  amor  in- 
material, extraño,  ageno  por  completo  á  sen- 
sualidad alguna,  cerniéndose  en  regiones 
abstractas.  Era  el  amor  del  grande  al  chi- 
co, del  protector  al  protegido,  del  creador  á 
su  obra.  Siguiendo  sus  deseos  más  recóndi- 
tos, Rodolfo,  vuelto  ya  de  su  sorpresa,  hubiese 
talvez  deseado  la  eliminación  de  Josefina 
como  factor  íntimo  de  su  existencia.  Pero 
al  par  de  la  voz  egoísta  que,  alentada  por  su 
amor  á  Matilde,  dejábase  oír  en  ese  sentido 
en  el  fondo  de  su  pensamiento,  toda  la  fuer- 
za de  su  sentimentalidad  exquisita  lo  impul- 
saba á  prodigarle  su  ternura  á  la  joven,  co- 
mo dádiva  generosa  hecha  por  la  suprema 
opulencia  á  la  suprema  desventura.  Aque- 
lla felicidad  que  procuraba  á  Josefina  con 
su  presencia,  era  una  antítesis  constante,  una 
mezcla  dé  luz  y  sombras,  de  dolores  y  ale- 


114  V  A  L  M  A  R 


grías.  Era  el  placer  de  dar  la  felicidad  y  el 
pesar  de  que  aquella  felicidad  lo  tuviese  á 
él  por  condición  primera.  Era  la  esclavitud 
partiendo  de  adentro.  A  la  inversa  del  apa- 
sionamiento egoísta  que  lo  arrastraba  ha- 
cia Matilde,  por  la  dicha  que  le  pudiese 
ocasionar  á  él,  se  sentía  arrastrado  hacia 
Josefina  por  la  felicidad  que  le  procuraba 
á  ella.  De  la  primera  lo  tomaba  todo,  y  á 
la  segunda,  todo  se  lo  daba. 

Sin  embargo,  está  situación  no  habla  du- 
rado, y  su  conciencia,  intranquila,  pero  sa- 
tisfecha hasta  entonces  de  la  conducta  que 
observaba,  había  entrado  en  un  período  de 
turbulencia,  de  agitación  constante. 

Rodolfo,  durante  varios  meses  después 
del  nacimiento  de  su  hijo,  había  continua- 
do regularmente  sus  visitas  matinales.  Ape- 
nas llegaba  á  la  quintita  del  Reducto,  Jo- 
sefina salía  á  recibirlo  con  su  hijo,  ense- 
ñando al  pequeño  infante  que  le  tendiera 
los  brazos,  y  mientras  el  padre,  con  su  na- 
tural torpeza,  lo  cargaba  un  momento  pa- 
ra acariciarlo,  ella  entraba  en  el  alegre 
comedor  de  su  casita  para  servirle  el  de- 
sayuno, que  ya  aguardaba  humeando  so- 
bre la  mesa.  Generalmente,  Rodolfo,  des- 
pués   de   jugar  un    momento    con   el    pe- 


VALMAR  115 


queño,  se  lo  volvía  á  la  madre  dándole 
un  casto  beso  sobre  la  frente,  y  luego, 
mientras  tomaba  el  perfumado  café  que  le 
habían  servido,  la  conversación  giraba  in- 
variablemente sobre  las  gracias  del  niño,  ó 
sobre  su  estado  de  salud  que  casi  siempre 
era  perfecto.  Variaba  la  monotonía  de  sus 
conversaciones,  alguna  novedad  interesante, 
noticias  sobre  el  estado  déla  obra  de  Ro- 
dolfo que  ella  pedía  con  interés,  ó  bien 
consideraciones  sobre  alguna  novela  que 
la  joven  leía  en  La  Ilustración,  como  asi 
también,  bordados  y  otros  trabajos  manua- 
les que  enseñaba  orgullosa,  como  producto 
de    sus    ocios  de    obrera. 

Otras  veces,  Rodolfo,  después  de  tomar  su 
café,  se  entretenía  en  recorrer  la  casa  ad- 
mirando la  escrupulosa  limpieza  y  buen  or- 
den que  reinaba  por  doquier,  hasta  una  vez 
que  daban  las  diez  en  el  reloj  del  comedor. 
Entonces,  besaba  de  nuevo  á  la  madre  y  al 
hijo  y  se  marchaba  feliz,  convencido  de  ha- 
ber cumplido  sus  deberes  que  en  aquella 
forma  le  resultaban  gratos. 

Pero  semejante  vida  no  pudo  prolongarse. 
Bien  pronto  Josefina  empezó  á  resentirse  de 
aquella  frialdad  que  la  rodeaba  y  sin  atre- 
verse a  pronunciar  una  sola  queja,  más  dé 


116  V  A  L  M  A  R 


una  mañana  Rodolfo  la  sorprendió  con  los 
ojos  enrojecidos,  con  manifiestas  señales  de 
haber  pasado  la  noche  llorando. 

Con  tal  motivo,  las  explicaciones  habían 
sobrevenido,  y  por  toda  respuesta  á  sus 
reiteradas  preguntas,  la  joven  *se  había 
arrojado  sollozando  en  sus  brazos. 

Sorprendido  Valmar,  la  había  cubierto 
de  caricias,  y,  cediendo  á  sus  bondadosos 
sentimientos,  empezó  á  hacer  escapaditas, 
ya  entre  el  día  ó  al  caer  de  la  tarde,  sor- 
prendiendo á  la  joven  á  horas  distintas  y 
gozando  con  la  satisfacción  y  alegría  que 
sus  visitas  le  ocasionaban. 

Una  noche  de  Setiembre  que  Matilde 
salió  con  Isabelita  Mont  para  hacer  algu- 
nas compras ,  Rodolfo  que  había  hecho 
propósito  de  trabajar  y  que ,  con  ese  ob- 
jeto quedóse  en  su  escritorio,  cambió  re- 
pentinamente de  idea  y  se  marchó  á  ca- 
sa de  Josefina. 

Hacía  una  hermosa  noche,  clara  y  trans- 
parente, á  pesar  de  no  haber  luna.  El  cielo 
estaba  de  fiesta  con  motivo  del  adveni- 
miento de  la  primavera,  y  para  admirar 
los  primeros  retoños  verdes  que  empeza- 
ban á  cubrir  la  tierra,  todas  las  estrellas 
habían  acudido  luciendo  sus  mejores  galas. 


V  A  L  M  A  R  417 


Una  brisa  suave,  erizada  aún  por  los  últi- 
mos fríos  del  invierno,  alternaba  con  so- 
plos cálidos,  repentinos,  como  surgentes  del 
misterio  de  aquella  nueva  vida,  que  palpi- 
taba oculta. entre  los  fecundantes  gérmenes 
que  por  doquier  rebozaba  pródiga  la  ma- 
dre naturaleza. 

Rodolfo  ,  que  había  hecho  su  excursión 
á  pié ,  deleitado  por  la  hermosura  de  la 
noche,  llegó  recién  á  las  nueve  á  casa  de 
Josefina ,  en  el  momento  preciso  que  la 
vieja  criada  cerraba  el  portoncito  de  la 
verja  que  circundaba  el  jardin.  Nunca  ha- 
bía ido  de  noche,  así,  en  su  deseo  de  ser 
agradable  y  sorprender  á  la  joven,  recomen- 
dó silencio  á  la  criada  y  penetrando  en  la 
casa  se  dirigió  á  la  alcoba  de  Josefina. 

Nervioso  y  emocionado,  con  la  ansiedad 
propia  de  quien  está  próximo  á  cometer  un 
crimen,  Rodolfo  se  había  detenido  un  mo- 
mento ante  el  misterio  de  aquella  alcoba, 
donde  se  figuraba  á  una  mujer  reclinada 
en  su  lecho  con  el  natural  abandono  de 
una  persona  que  se  cree  libre  de  sorpre- 
sas, y  comprendiendo  de  antemano  el  po- 
sible desenlace  de  una  entrevista  en  aquella 
forma,  tuvo  intenciones  de  rehuirla  ha- 
ciéndose anunciar;  pero  los  deseos  ardien- 


118  VAL  M^A  R 


tes,  aunque  inconfesados,  que  bullían  en  él, 
eran  demasiado  impetuosos  para  que  no 
hallase  rápidos  justificativos  á  su  conduc- 
ta. —  ¿Qué  había  de  extraordinario  en 
entrar?  ¿No  era  la  madre  de  su  hijo?  ¿No 
la  había  asistido  ya  en  su  propio  lecho, 
después  del  nacimiento  de  la  criatura? 
%  Acaso  había  algo  que  temer  ?  ¿  0  es  que  se 
creía  un  niño  capaz  de  hacer  tonterías?  — 
Y  resolviéndose,  con  el  ímpetu  brioso  del 
que  acomete  algo  grande,  abrió  la  puerta 
con  estrépito,  encontrándose,  sin  saber  cómo, 
en  medio  de  la  alcoba,  casi  junto  á  Josefi- 
na, que,  apenas  cubierta  por  una  fina  y 
transparente  camisa,  se  preparaba  á  sumer- 
gir su  cuerpo  entre    sábanas  y   cobertores. 

La  joven,  al  ver  entrar  un  hombre  en  su 
habitación,  ahogó  un  grito  de  terror,  per- 
maneciendo por  un  instante  inmóvil;  pero 
al  reconocer  á  su  Rodolfo,  al  comprender  su 
estado  por  la  expresión  de  su  semblante, 
y  su  actitud  indecisa  en  medio  de  la  habi- 
tación, adivinó  con  secreto  instinto  el  triun- 
fo que  obtenía  sin  buscarlo  y  se  resolvió 
en  el  acto  á  gozar  de  la  imensa  dicha  que 
le  brindaba  el  destino. 

Lentamente,  como  dando  tiempo  á  que  se 
ejerciera  la  atracción  magnética  de  sus  en- 


VALMAR  119 


cantos,  con  una  terrible  y  refinada  coque- 
tería, de  la  que  tal  vez  no  tuviese  exacta 
conciencia,  empezó  á  cubrir  sus  torneadas 
piernas  con  las  sábanas,  y  en  silencio,  mi- 
rando intensamente  á  Rodolfo,  después  de 
haber  pedido  aquel  amparo  al  pudor,  le 
tendió  los  brazos,  sonriente,  alborozada,  vién- 
dolo avanzar  temblando,  para  libar  en  sus 
labios  el  amor,  rebozante  en  ella,  como  en 
la  naturaleza  entera  en  su  magnífico  des- 
pertar. 

Desde  aquel  día,  la  vida  de  Rodolfo  se 
había  convertido  en  una  continua  zozobra, 
en  una  perpetua  agitación.  No  tenía  un  mo- 
mento tranquilo,  por  todas  partes  veía  som- 
bras, á  cada  instante  esperaba  que  su  mu- 
jer descubriese  el  secreto  de  su  vida,  y  has- 
ta en  sueños  temía  revelárselo,  cuando  ella, 
en  la  dulce  intimidad  de  la  alcoba,  se  dor- 
mía confiada,  con  la  cabeza  reclinada  so- 
bre su  seno. 

Sus  convicciones  habían  desaparecido  y 
una  duda  atroz  lo  atormentaba  á  cada  ins- 
tante. No  sabía  si  hacía  mal  ó  hacía  bien. 
El  hombre  justo  luchaba  con  el  hombre 
bueno.  Era  un  permanente  coloquio  del  co- 
razón con  la  cabeza.  De  un  lado  la  ley  y 
las  preocupaciones,  del   otro  el  sentimiento 


120  VALMAR 


y  la  fatalidad  de  su  destino.  Y,  por  fin,  su 
amor  á  los  dos,  imponiéndose  con  toda  la 
variedad  de  sus  formas. 

De  vez  en  cuando,  en  sus  momentos  de 
mayor  angustia,  acudía  á  Felipe;  pero  éste 
mismo  se  había  declarado  impotente  desde 
que  sus  proyectos  de  alejar  á  Josefina,  en- 
viándola  con  sus  padres  á  Europa,  habían 
fracasado  por  la  rotunda  negativa  de  la  jo- 
ven. 

Las  sensaciones  de  Rodolfo  eran  las  que 
experimenta  un  viajero  en  el  cuarto  de  un 
hotel,  cuando  está  de  paso  y  clya  su  balija 
pronta.  No  podía  emprender  ni  pensar  en 
ninguna  cuestión  permanente .  Sentía  el 
desequilibrio  de  su  situación  y  una  voz  se- 
creta le  anunciaba  el  derrumbe.  A  veces, 
en  un  furioso  arranque  de  indignación,  pre- 
tendía luchar,  sublevarse  y  dominar  la  si- 
tuación con  varonil  entereza.  En  esos 
momentos  tenía  visiones  magníficas,  la  vida 
le  parecía  óbtima  y  sentía  impaciencia  por 
llegar  á  la  meta  de  su  brillante  destino. 
Pero  pasado  ese  momento  de  fugaz  exalta- 
ción, al  pretender  buscar  algún  apoyo  para 
descansar  de  la  contienda,  se  veía  solo, 
aislado,  con  las  fuerzas  agotadas  y  tenien- 
do   que   luchar   con   un   mundo.    Toda   su 


V  A  L  M  A  R  121 


fuerza  estaba  quebrada  desde  que  tenía  que 
usar  del  engaño  y  la  mentira  como  única 
arma,  y  su  desesperación  crecía  al  com- 
prender que  sobre  ellas  se  apoyaba  toda 
su  seguridad  y  su  defensa.  Lo  que  más 
valia  en  él,  lo  que  antes  lo  había  hecho 
triunfar  siempre,  su  lealtad,  la  sinceridad 
de  su  alma  honrada,  tenía  que  huir,  que 
ocultarse  y  buscar  amparo  bajo  la  másca- 
ra de  la  más  vil  hipocresía 

En  este  punto  de  sus  pensamientos,  la 
puerta  de  su  escritorio  se  abrió,  y  entró 
Matilde,  pálida  y%  silenciosa,  pintada  en  su 
fisonomía  esa  indeleble  expresión  de  las 
resoluciones  extremas. 


CAPITULO  VII 


La  sola  presencia  de  Matilde  en  la  puer- 
ta del  escritorio,  fué  para  Rodolfo  una  re- 
velación. 

La  joven  revelaba  su  pensamiento  en  la 
dolorida  expresión  de  su  semblante. 

El  cataclismo  llegaba;  Matilde  iba  á  in- 
terpelarlo ¿qué  contestaría? 

Sin  duda  aún  le  estaba  permitido  adelan- 
tarse, hablar  primero,  preparar  la  excena 
que  se  iba  á  producir,  encaminando  las  ex- 
plicaciones; pero  no,  aquello  hubiese  sido 
una  nueva  cobardía,  una  traición  más, 
agregada  á  sus  muchas  traiciones,  una 
argucia,  una  sutileza  vil,  premeditada,  para 
vencer  al  candor,  á  la  inocencia!  ¿Y  para 
qué?    La  suerte  estaba  ya  jugada.    Espe- 


VALMAR  123 


raría  la  pregunta  y  contestaría  la  verdad. 
Ya  bastaba  de  subterfugios. 

Y  resuelto,  aguardó  las  palabras  de  Ma- 
tilde. 

Ésta  se  adelantó  altiva,  pálida,  haciendo 
gala  de  su  soberbio  desdén.  Cruzó  el  des- 
pacho mirando  fijamente  á  su  marido  y  vi- 
no á  detenerse  frente  á  su  escritorio. 

—  ¡Toma!  —  dijo,  arrojando  sobre  la  car- 
peta dos  cartas.  —  Son  anónimos  que  he  re- 
cibido y  de  los  que  no  quise  ni  hablarte; 
pero  como  ahora  la  de  Hostwald  me  lo  ha 

dicho  todo ¡Todo,  entiendes! te  los 

muestro  para  que  veas  hasta  donde  con- 
fiaba en  tí!  —  Y  la  joven,  con  rara  sere- 
nidad, llena,  sin  embargo,  de  tristeza  y 
amargura,  aguardó  de  pié  á  que  Rodolfo 
leyera. 

Pero  éste  que  había  notado  el  temblor 
de  sus  labios  y  la  emoción  contenida  de 
su  voz  al  dirigirle  la  palabra,  trataba  de 
buscar  la  mejor  forma  de  hacer  la  terrible 
revelación. 

Cierto  que  Matilde  parecía  saberlo  todo; 
pero  de  ahí  á  oírselo  á  él,  existía  una  dis- 
tancia enorme. 

Á  pesar  de  sus  palabras,  era  indudable 
que  la  joven  conservaba  un  resto  de  espe- 


124  V  A  L  M  A  R 


ranza,  por  lo  menos  carecía  de  la  certi- 
dumbre y  venía  á  buscarla,  Y  del  conoci- 
miento remoto,  trasmitido  por  terceros,  á  la 
evidencia  absoluta,  había  un  abismo. 

Era,  pues,  necesario  meditar  la  forma  en 
que  tal  revelación  debía  ser  hecha,  y  Ro- 
dolfo, fijando  la  vista  en  la  llave  de  bronce 
de  su  cajón,  buscaba  las  difíciles  palabras 
que  debía  emplear. 

No  podía  decirlo  todo  á  un  tiempo.  Sus 
sentimientos,  el  estado  íntimo  de  su  alma, 
las  circunstancias  excepcionales  en  que  se 
habían  producido  los  hechos,  todos  los  ate- 
nuantes, en  fin,  que  podía"]  hacer  valer  en 
su  favor,  no  podrían  obrar  sino  después  de 
haber  ratificado  las  noticias  de  Matilde  con 
la  primera  de  sus  palabras.  Allí  estaba  la 
clave,  y  tanto  por  él  como  por  ella,  necesi- 
taba pensarlo  para  no  producir  un  de- 
sastre. 

Pero  Matilde  impaciente,  lo  excitaba  á 
que  hablase,  diciendo  con  voz  breve  y 
opaca: 

—  Vamos,  di  ¿qué  significa  eso? 

Entonces  la  razón  del  joven  se  confundía. 
Veía  la  imposibilidad  de  organizar  el  pen- 
samiento y  su  imajinación  lo  llevaba  á  consi- 
derar lo  doloroso  de  la  excena  que  iba  á 


VALMAR  125 


producirse.  Las  ideas  acudían  á  un  tiem- 
po, en  tropel  confuso,  embrollándose  más, 
cuanto  más  quería  ordenarlas. 

Desesperado  y  nervioso,  se  oprimió  los 
ojos  con  gesto  febril  al  tiempo  que  Matilde 
repetía  con  imperio. 

—  Vamos,  di  ¿qué  significa  eso? 

Entonces,  acosado  por  aquel  apremio,  con- 
vencido de  que  no  encontraría  la  solución 
buscada,  se  resolvió  á  decir  la  verdad  pura 
y  desnuda,  sin  circunloquios  ni  atenuantes. 
Furioso  contra  sí  mismo  por  la  sorpresa 
que  le  producía  aquel  acontecimiento  tan 
esperado,  resolvió  abrirse  brecha,  como  el 
gladiador  á  quien  rodean  en  estrecho  cír- 
culo; á  costa  de  su  vida;  de  su  vida  que 
era  su  amor. 

—  Sí;  es  verdad !  Tengo  un  hijo,  y  con- 
servo relaciones  con  la  madre  de  ese  ino- 
cente que  me  debe  el  ser !  —  Exclamó  con 
acento  firme  y  resuelto,  creyendo  que  con 
volver  á  su  antiguo  sistema  de  lealtad  y 
franqueza,  podría  conjurar  el  inminente  pe- 
ligro que  lo  amenazaba.  Y  en  el  acto,  sin- 
tiendo la  imperiosa  necesidad  de  atenuar 
aquellas  palabras,  que  no  tenía  tiempo  ni 
espíritu  para  explicar,  agregó  con  todo  el 
arrebato  de  su  alma: 


126  VALMAR 


— ¡Si,  Matilde,  te  he  faltado;  pero  á  pesar 
de  todo,  todo  mi  amor  es  tuyo ! 

Sorprendida  por  tan  inesperado  arranque, 
y  hasta  cierto  punto  dominada  por  aquella 
honrada  altivez  que  tenía  el  hábito  de  res- 
petar, Matilde  calló  un  momento,  recogién- 
dose en  sí  misma,  dudando  de  la  justicia 
de  su  actitud,  incapaz  de  pensar,  sintiendo 
en  el  fondo  de  aquello  que  juzgaba  mons- 
truo, la  existencia  de  algo  grande  y  desco- 
nocido. Sin  embargo,  su  duda  fué  breve- 
El  golpe  era  demasiado  terrible  para  po- 
derlo resistir  sin  reaccionar  con  violencia. 
Era  el  convencimiento  de  sus  dudas.  Aquel 
hombre  de  ella,  aquella  cosa  suya,  de  su 
exclusiva  propiedad,  que  no  debió  ver  el 
universo  sino  por  su  intermedio,  á  través 
del  prisma  brillante  de  su  amor,  según 
propia  afirmación  compartía  con  otra  su 
ternura,  brindándole  como  á  ella  sus  más 
preciadas  caricias!  Sí!  It  no  era  el  peca- 
dor arrepentido  que  implora  humilde  su 
perdón  al  confesar  su  culpa;  era  el  crimi- 
nal impenitente  y  cínico  que  ostenta  su  de- 
lito dispuesto  á  la  reincidencia.  Y  ante 
aquella  horrible  visión  que  venía  de  pron- 
to á  turbar  el  encanto  de  su  vida,  sintió 
que  algo  se  agitaba  en  ella  pidiendo  inme- 


VALMAR  127 


diata  venganza.  Todo  su  dolor,  todo  su  or- 
gullo, transformóse  en  desesperación,  en 
ira,  ante  la  clara  evidenciación  de  su  des- 
gracia. Entonces,  dejando  derramar  toda  la 
hiél  que  rebosaba  en  su  alma,  gritó  violen- 
ta, olvidada  de  todo,  mezclando  en  sus  pa- 
labras la  rabia  y  el  dolor: 

— ¡Ah  miserable!  ¿Conque  entonces  fué 
para  eso  que  te  casastes?  ¿Es  ahí  donde  han 
venido  á  parar  tus  promesas  y  tus  jura- 
mentos? ¿Quiere  decir  que  toda  tu  honra- 
dez era  fingida,  que  eres  un  canalla  como 
todos,  que  solo  me  buscastes  por  mi  plata, 
para  ir  con  ella  á  mantener  tus  queridas 
que  se  morían  de  hambre? 

— ¡Matilde!  —  Rugió  Rodolfo  sorprendido, 
en  el  colmo  de  la  desesperación,  anhelando 
contener  aquella  avalancha  de  palabras  que 
le  sonaban  como  fallos  inapelables,  caídos 
de  pronto,  inesperados,  amenazando  el  ai- 
roso castillo  de  sus  ilusiones. 

Pero  la  joven,  fuera  de  sí,  dando  expan- 
sión a  la  tempestad  que  bullía  en  su  seno, 
continuó  con  el  mismo  encono,  repitiendo 
sus  insultos  con  la  misma  vehemencia, 
acusando  á  Rodolfo  con  palabras  ora 
amargas  ora  hirientes,  según  le  reprocha- 
se la  traición  de  su  amor,  ó  le   impugnase 


128  VALMAR 


haberla  buscado  para  utilizar  su  fortuna 
como  medio  de  acción  en  la  vida.  La  joven 
hablaba  y  hablaba  llevada  de  creciente 
exaltación,  dolorida  por  el  desencanto  de 
aquella  ingratitud,  herida  en  su  amor  pro- 
pio de  mujer,  y  comprendiendo  el  ridículo 
de  su  posición  ante  el  grupo  social  que  ha- 
bía despreciado,  por  ir  á  buscar  en  otra  es- 
fera el  amor  sin  interés  que  constituía  la 
fórmula  precisa  de  sus  sueños.  Y  en  el 
fondo,  lo  que  más  la  aguijoneaba,  impul- 
sándola con  aquel  furioso  desenfreno,  era 
el  monstruo  de  los  celos  que  gruñía  en  su 
alma  apasionada,  y  que  no  podía  aceptar 
aquella  rival  poderosa,  poderosa  al  extremo 
de  que  su  marido  la  ostentase  sin  atre- 
verse á  negarla. 

Su  ofuscación  era  tal  que  no  se  daba 
cuenta  del  efecto  de  sus  palabras,  ni  veía 
el  anonadamiento  de  Rodolfo  y  su  estupe- 
facción ante  aquel  inopinado  ultraje. 

Valmar  oía  las  palabras  de  Matilde  y 
dudaba  de  la  fidelidad  de  sus  sentidos,  tan 
extraña  y  monstruosa  le  parecía  aquella 
horrible  amalgama  de  intereses  pecuniarios? 
mezclados  en  las  cuestiones  del  corazón  y 
primando     sobre   sus    más     caros   afectos. 


VALMAR  129 


Rodolfo  asistía  asombrado  al  desplome  re- 
pentino del  edificio  de  sus  creencias. 

Las  palabras  de  Matilde  le  sonaban  co- 
mo el  ruido   de  un  desastre. 

Era  la  derrota  por  lo  imprevisto  en  aque- 
lla batalla. del  amor.  La  desaparición  del 
prisma  engañoso  que,  hasta  allí,  solo  le  ha- 
bía dejado  ver  una  parte  de  la  vida.  Era  la 
clara  percepción  del  panorama  humano  lle- 
no de  luz  y  sombra,  de  cúspides  y  abismos, 
ante  los  que  medía  su  impotencia  sintién- 
dose pequeño. 

La  vista  se  le  nublaba,  y  los  oídos  le 
zumbaban  como  si  á  su  alrededor  se  pro- 
dujera un  colosal  derrumbe.  Aquel  choque 
tan  temido,  aquella  lucha  que  un  momen 
to  antes  creía  ganada  con  la  sola  fuerza 
del  corazón,  lo  vencía,  lo  aplastaba  aho- 
ra con  el  peso  del  insulto  y  la  interven- 
ción de  un  factor  inesperado  y  para  él 
desconocido:  la  plata! 

Pero  la  actitud  de  Matilde  era  demasia- 
do violenta  para  que  pudiese  ser  durade- 
ra. Pronto  la  amargura  reemplazó  al  en- 
cono, el  dolor  se  sobrepuso  á  la  ira,  y  la 
esposa  calló  para  que  hablara  tan  solo  la 
mujer,  tierna,  amante  y  apasionada.  En- 
tonces, no  queriendo    manifestar    su  natu- 

Tomo  ii~  5 


130  V  A  L  M  A  R 


ral  enternecimiento,  huyó  pudorosa  á  ocul- 
tar sus  lágrimas  en  el  fondo  de  su  habi- 
tación, dejando  á  Rodolfo  inmóvil  frente  á 
su  escritorio,  en  la  misma  actitud  que  lo 
había  sorprendido  el  inmenso  ultraje  inferi- 
do á  sus  afectos. 

Rodolfo  había  quedado  aturdido.  Las  pa- 
labras de  Matilde  fueron  un  golpe  de  ma- 
za, brutal,  aplicado  en  medio  de  la  frente. 
En  las  reiteradas  veces  que  había  pensado 
en  la  posibilidad  de  aquella  excena,  su  ima- 
jinación  le  había  dado  un  jiro  muy  distinto, 
y  por  más  que  se  colocó  en  todos  los  ca- 
sos posibles,  jamás  pudo  pensar,  ni  remo- 
tamente, en  aquella  faz  inesperada,  para  él 
original,  extraordinaria,  fuera  de  todo  cál- 
culo, de  todo   razonamiento. 

En  aquel  mismo  instante,  dudaba  de  la 
fidelidad  de  sus  sentidos,  creyéndose  vícti- 
ma de  una  pesadilla,  de  una  horrible  alu- 
cinación producida  por  su  espíritu  enfermo. 

— |  Su  plata ! —  exclamaba  asombrado,  co- 
mo despertando  de  un  largo  ensueño.  Y  an- 
te esta  sola  palabra,  sin  darse  cuenta  exac- 
ta de  su  valor,  sentía  sin  embargo  la  vaga 
sensación  de  algo  inmenso,  formidable. 

Un  mundo  de  hechos  pequeños,  de  sen- 
saciones    aisladas ,   reaparecían   en   tropel 


V  A  L  M  A  R  131 


desordenado  y  búhente,  despertando  otros 
hechos  olvidados  y  otras  sensaciones  ador- 
mecidas que  precisaban  la  significativa  im- 
portancia de  aquella  expresión. 

En  su  espíritu  íbase  produciendo  una  cla- 
ridad deslumbrante,  una  visión  neta  de  la 
realidad  de  su  vida. 

— ¡La  plata!. . . .  ¡La  plata! — volvía  á  repe- 
tir, tratando  de  precisar  bien  el  sentido  de 
las  palabras.  Y  para  poder  apreciar  esta 
nueva  causa  de  amor,  empezó  á  conside- 
rarla detenidamente,  analizando  su  fuerza 
prodigiosa,  colosal. 

Los  mil  detalles  de  la  influencia  del  di- 
nero fueron  surgiendo  uno  á  uno  ante  su 
espíritu  desorientado.  Veía  á  Matilde  naci- 
da pobre,  teniendo  que  descuidar  el  trato 
de  su  persona,  sometiéndola  á  las  rudezas 
del  trabajo;  consideraba  la  inteligencia  de 
la  joven  exceptuada  del  cultivo  de  la  edu- 
cación, sin  el  auxilio  de  las  bellas  artes  que 
había  aprendido;  imajinábase  su  cuerpo 
despojado  de  los  refinamientos  y  de  las 
galas  con  que  tan  bien  sabía  adornarlo; 
constataba  la  pompa  del  excenario  en  que 
vivía,  la  altura  del  círculo  en  que  actuaba, 
el  brillo  que  tanto  factor  reflejaba  sobre 
ella,  y  concluía  por  ver  la  acción  del  diñe- 


132  V  A  L  M  A  R 


ro,  el  favor  de  la  fortuna,  coadyuvando  á 
endiosar  aquella  criatura  adorada.  Y  tal 
conclusión  le  obligaba  á  reconocer,  razo- 
nadamente, que  había  un  fondo  de  verdad 
en  la  acusación  de  Matilde ,  en  aquella 
acusación  brutal  que  había  herido  su  dig- 
nidad y  su  amor  en  mitad  del  pecho. 

Pero  su  naturaleza  apasionada,  sentimen- 
tal, primer  guía  de  los  actos  de  su  viday 
luchaba  con  la  monstruosa  verdad  que  su 
razón  quería  imponerle.  Y  estupefacto,  en 
presencia  de  tan  inesperada  sorpresa,  du- 
daba de  sí  mismo. 

Ante  aquella  faz  de  las  cosas  operábase 
una  especie  de  desdoblamiento  de  su  per- 
sonalidad. Otro  yo  parecía  surgir  allá  en  el 
fondo  de  las  ideas,  y  aterrorizado  por 
aquel  nuevo  ser  desconocido,  negábale  la 
existencia,  encastillándose  en  su  sincera 
pureza  sentimental. 

En  medio  de  todo,  y  aún  á  pesar  de  ta- 
les razonamientos,  su  conciencia  estaba 
en  j)az. 

El  había  amado  tal  vez  la  resultante 
combinada  de  las  fuerzas  del  dinero  al 
servicio  de  la  naturaleza  en  su  mayor  per- 
fección; pero  su  amor  había  nacido  expon- 


V  A  L  M  A  R  133 


táneo,  exento  de  cálculos,  ageno  á  tales 
diferenciaciones. 

¿Dónde  estaba  su  culpa,  pues?  ¿Dónde 
la  razón  de  ser  del  ultraje  recibido?  Y  ab- 
suelto,  convencido  de  su  honradez  absolu- 
ta, de  su  absoluta  rectitud,  su  corazón  he- 
rido encontraba  el  consuelo  de  sentirse  su- 
perior á  tal   bajeza,  de  sentirse  grande. 

—  ¡Su  plata!  —  volvía  á  exclamar  con  te- 
són monomaniaco. — ¡Quererla  por  su  di- 
nero,  buscar  en    su  amor  los  goces  de  su 

fortuna ! ¡  Oh  miserable  criatura ,   alma 

pervertida  que  te  has  atrevido  á  pesar  con 
tu  oro  despreciable  en  la  balanza  de  mi 
amor!— E  indignado,  violento,  empezó  á  pa- 
sear por  la  vasta  habitación,  derribando  las 
sillas  y  los  objetos  que  encontraba  á  su  pa- 
so.—¿Quiere  decir  entonces  que  esta  mujer 
ha  dudado  de  mí  desde  el  primer  día? 
¿He  sido  sospechado  á  través  de  todas 
mis  leales  protestas  de  cariño?  ¿Se  me  ha 
considerado  como  el  asaltante  de  una  for- 
tuna, como  un  vil  mercader,  un  traficante 
del  amor  que  finge  arrebatos  de  pasión 
para  hundir  sus  manos  en  un  tesoro?  ¡Oh 
rabia !  -  Y  el  joven,  exaltado,  delirante,  se 
mesaba  los  cabellos  en  el  colmo  de  la 
desesperación .     Su     imajinación     ardiente 


134  VALMAR 


empezó  á  reconstruir  todas  las  faces  de 
sus  relaciones  con  Matilde,  comprendien- 
do recién  entonces  la  falsedad  de  su  situa- 
ción, la  inferioridad  en  que,  según  el  co- 
rriente concepto  social,  se  hallaba  con  re- 
lación á  aquella  mujer,  erguida  sobre  el 
pedestal  de  sus  millones. 

De  improviso,  Rodolfo  descubría  y  pe- 
netraba las  antiguas  dudas  de  Matilde,  la 
frialdad  y  la  reserva  con  que  había  acogi- 
do la  expontaneidad  de  sus  primeros  avan- 
ces. Con  repentina  clarovidencia,  se  expli- 
caba ahora  el  prolongado  aislamiento  de 
la  joven  y  su  antiguo  desprecio  por  el 
hombre,  convencida  como  estaba  de  que 
todos  la  buscaban  por  su  plata.  Y  asom- 
brado, sintiendo  esa  fría  amargura  de  las 
almas  buenas  y  elevadas,  al  constatar  las 
grandes  desilusiones,  las  hirientes  injusti- 
cias del  destino,  comprendía  toda  la  parte 
de  ese  desprecio  que  le  había  correspon- 
dido en  los  albores  de  su  amor. 

Recordaba  extremecido  sus  múltiples 
excenas  amorosas,  sus  apasionadas  protes- 
tas de  cariño,  y  pensaba  que,  mientras 
él  hacía  expontáneos  derroches  de  ternu- 
ra, Matilde  habría  resuelto  con  dificultad 
la  horrible  duda  que  envenenaba  su  alma, 


VALMAR  135 


no  consiguiendo  tal  vez  determinar  jamás, 
si  era  ella  ó  su  plata  la  que  encendía  el 
fuego  de  la  pasión  en  aquel  que  así  se  le 
mostraba  rendido. 

— ¡Oh  rabia! — volvía  á  exclamar  Rodolfo 
con  desesperación,  golpeando  el  pavimento 
y  mirando  hacia  arriba  para  invocar  la 
protección  del  cielo. — ¿Cómo  probar  mi  de- 
sinterés?—  se  interrogaba  hablando  en  voz 
alta — ¿Cómo  hacer  para  revelarme  tal  cual 
soy  y  pulverizar  su  ultraje,  este  ultraje  que, 
de  hoy  más,  nos  separa  como  un  abismo?. . 
Por  su  plata!. .  .  ¡Por  su  plata! —  exclamaba, 
deseando  descubrir  algún  tesoro  misterioso 
é  infinito,  para  ahogar  en  él  aquellas  atro- 
ces palabras. 

Y  con  esa  rapidez  cambiante,  propia  de 
las  grandes  crisis,  al  darse  cuenta  de  su 
impotencia  absoluta,  de  la  suprema  deses- 
peración pasó  al  supremo  desaliento,  á  la 
más  honda  amargura.  Viajero  feliz  que  co- 
rría alentado  por  la  llanura  del  camino, 
marchando  al  sonoro  compás  de  sus  más 
puras  ilusiones,  veíase  detenido  de  pronto 
por  insalvable  fosa,  de  cuyos  antros  tene- 
brosos surgían  hálitos  de  muerte.  E  inva- 
dido por  repentino  cansancio,  vencido  por 
rápido  é  inesperado    desfallecimiento,  aho- 


136  V  A  L  M  A  R 


gado  por  la  amargura  de  la  injusticia  que 
pesaba  sobre  él,  cayó  sobre  un  sillón  so- 
llozando como  un  loco. 

Recién  una  hora  después,  sorprendido 
por  la  voz  de  un  criado  que  anunciaba  la 
comida,  levantóse  extremecido,  sin  concien- 
cia de  sí  mismo. 

Paseó  la  vista  en  torno  suyo,  y  al  dar- 
se de  nuevo  cuenta  de  la  situación,  echó 
la  llave  á  la  puerta  y  tornó  á  pasearse,  ya 
más  tranquilo. 

Se  había  hecho  noche  y  Rodolfo  sofoca- 
do por  la  obscuridad  encendió  el  gas. 

Necesitaba  luz  para  combatir  las  som- 
bras de  su  alma. 

Pasados  los  primeros  arrebatos  de  ira, 
los  primeros  desfallecimientos  de  dolor,  la 
quietud  tornaba  a  su  espíritu  y  con  ella  la 
claridad  de  las  ideas. 

El  problema  no  tenía  más  que  una  so- 
lución: demostrar  su  absoluto  desinterés, 
probando  que  amaba  á  la  mujer  y  no  al 
dinero.  Pero  por  más  que  torturaba  su  ra- 
zón, no  hallaba  el  medio  de  obtener  tal 
resultado. 

Y  no  solo  veía  lo  imposible  de  la  solu- 
ción, sino  que  se  sentía  humillado  al  pen- 
sar que  aquella  sospecha  ya  había  existido 


V  A  L  M  A  R  137 


antes  en  el  ánimo  de  Matilde  y  sería  creí- 
da corrientemente  en  el  seno  de  la  socie- 
dad. No  era,  pues,  un  accidente  del  momen- 
to, era  un  mal  anterior,  arraigado,  que  na- 
cía en  el  acto  de  haber  puesto  sus  ojos 
en  aquella  mujer. 

En   semejante  revelación  venía    envuelta 
una  sanción  moral,  un  ataque  á  su  honra, 
y,  por  fin,    la    acusación  terrible  hecha    á 
su   amor,     que    de    aquel  modo   resultaba 
abyecto. 

No  podía  ni  tratar  de  vindicarse,  toda 
explicación  sería  contraproducente,  y  en  el 
supuesto  de  que  pudiese  despreciar  el  age- 
no  concepto,  quedaba  la  imposibilidad  de 
destruir  el  fondo  de  duda  que  siempre 
germinaría  en  Matilde,  por  más  que  ésta, 
en  apariencia,  se  dejase  convencer  por  sus 
palabras. 

No  había:  que  hacer.  Era  preciso  renun- 
ciar á  entenderse,  sacrificarlo  todo  para 
destruir  aquella  duda. 

El  mismo  sacrificio  de  Josefina  que,  á 
no  mediar  el  ultraje  de  Matilde,  hubiese 
llegado  á  ser  la  prueba  más  convincente 
de  su  cariño,  trocábase  en  un  argumento 
contrario.  Lo  que  no  había  abandonado  por 
el  amor    de  su    mujer    y  para    evitarle  la 


138  VALMAR 


amargura  de  aquella  traición,  iba  á  hacer- 
lo ahora  para  no  perder  el  goce  de  su  for- 
tuna. 

Y  Rodolfo,  espantado  ante  semejante  hi- 
pótesis, pensaba  cortar  aquel  nudo  renun- 
ciando á  la  vida.  Pero  en  el  acto,  la  idea 
de  que  semejante  actitud  pudiese  ser  mal 
interpretada,  lo  detenía  de  nuevo  y  de  nue- 
vo lo  hacía  pensar. 

En  efecto:  ¿no  se  pensaría  que  se  mata- 
ba por  verse  en  la  imposibilidad  de  seguir 
aprovechando  del  dinero  de  su  mujer?  Y 
como  si  esta  pregunta  iluminase  de  pronto 
su  espíritu,  dándole  una  idea  precisa  de  la 
situación,  exclamó : 

— No!  no  puedo  morir!  Debo  renunciar 
á  su  fortuna;  pero  perseguir  su  amor !  —  Y 
abismándose  en  profundas  reflexiones  para 
dar  forma  á  semejante  pensamiento,  perma- 
neció inmóvil,  con  los  codos  apoyados  so- 
bre su  mesa  de  trabajo  y  la  cara  oculta 
entre  las  manos.  ^ 

— Renunciar  á  su  fortuna  y  perseguir  su 
amor! — Pensaba,  comprendiendo  sin  ma- 
yor esfuerzo  la  imposibilidad  de  realizar 
semejante  pensamiento.  Sin  duda  ¿podía 
soñar  en  ello  siendo  de  Matilde  la  fortu- 
na y  él   su    marido?    Semejante    propósito 


V  A  L  M  A  R  139 


constituía  una  abstracción,  pues  Matilde  so- 
lo era  concebible  tal  como  la  había  que- 
rido, flotando  en  aquella  atmósfera  de  es- 
plendor. Acaso  como  simple  amante  podría 
no  haber  sido  sospechado;  pero  esta  nue- 
va condición,  para  él  salvadora,  ya  no  po- 
día producirse.  Tal  vez  entregarle  el  mane- 
jo de  sus  intereses  y  vivir  él  con  sus  pro- 
pios medios.  Pero  ante  esta  simple  reflexión, 
surgía  clara  la  división  que  las  palabras 
de  Matilde  había  producido  entre  ellos. 
¡Lo  tuyo,  lo  mío!  Es  decir  tú  y  yo,  dos  per- 
sonas distintas  pretendiendo  arrastrar  por 
la  vida  un  vínculo  roto!  Y  á  medida  que 
Rodolfo  se  internaba  en  el  complicado  la- 
berinto de  las  ideas,  aparecía  más  neta  la 
única  solución:  su  partida  inmediata,  el 
abandono  absoluto  de  aquello  que  se  le 
acusaba  de  ambicionar. 

Sí,  marcharse,  arrojar  con  desprecio  cuan- 
to por  aquel  conducto  había  obtenido  sin 
buscarlo.  Era  la  única  respuesta  que  podía 
dar,  la  mejor  explicación  de  su  conducta,  el 
medio  más  eficaz  de  sincerarse  á  los  ojos 
de  Matilde  y  de  aquella  sociedad  que  tal 
vez  lo  había  despreciado. 

Pero  al  pensar  en  partir,  al  dirijir  aque- 
lla primera  mirada  de  adiós  á  los   objetos 


140  VALMAR 


íntimos  que  lo  rodeaban,  sentíase  desfalle- 
cer y  temía  no  hallar  las  fuerzas  suficien- 
tes para  realizar  semejante  resolución. 

Partir!  Dejarla  para  siempre!  Renunciar 
á  aquella  intimidad  adorable  que  le  permitía 
á  toda  hora  deleitarse  en  su  contemplación, 
hundir  las  manos  entre  sus  aromados  ri- 
zos, leer  los  pensamientos  de  su  alma  en 
la  nitidez  de  su  mirada!  Partir!  Arras- 
trar su  vida  lejos  de  ella,  ver  sucederse 
los  días  á  los  días,  y  los  días  sucederse 
sin  su  amor!  Renunciar  para  toda  la  vida 
al  goce  de  sus  caricias,  á  sentirla  palpi- 
tar entre  sus  brazos,  á  beber  su  cálido 
aliento  en  la  copa  abrasadora  de  sus  labios 
purpurinos!  ...  Y  extremecido  ante  la  idea 
de  aquel  sacrificio,  superior  á  sus  huma- 
nas fuerzas,  arrastrado  por  la  naturaleza, 
sobreponiéndose  al  cálculo  en  aquella  lu- 
cha suprema,  levantóse  con  ánimo  de  ir  á 
buscarla  y  hablarle  al  alma,  para  hacerle 
comprender  su  error.  Pero  casi  en  el  ac- 
to, algo  como  una  sombra  se  erguía  ante 
él,  helándolo  de  espanto. 

¿Acaso  ella  no  pensaría  que  iba  á  bus- 
carla por  su  plata?  Y  repugnado  por 
aquella  idea,  volvía  á  caer  sobre  su  sillón, 
presa  de  la  fiebre  y  el  desaliento. 


VALMAR  141 


Más  de  una  hora  permaneció  Rodolío  in- 
móvil, entregado  á  la  terrible  lucha  de  sus 
ideas.  Convencido  de  la  necesidad  de  par- 
tir, trataba  de  leer  en  el  libro  del  destino, 
induciendo  las  faces  de  su  vida  futura.  Y  en 
medio  á  las  sombras  de  aquella  nueva  exis- 
tencia prevista,  brillaba  á  veces  un  conso- 
lador destello  de  esperanza. 

Alma  joven,  corazón  sano  y  generoso,  ad- 
mitía aún,  á  pesar  de  sus  actuales  desen- 
gaños, la  fácil  existencia  del  amor  llevado 
al  sacrificio.  Y  su  imajinación  calenturienta 
se  fingía  hermosas  situaciones  de  subido 
color  romántico,  que  venían  á  resarcirlo  de 
los  dolores  del  presente. 

Tan  pronto  veía  á  Matilde  despojándose 
de  su  fortuna  para  igualarse  á  él  y  gozar 
sin  obstáculos  de  su  dicha,  como  la  supo- 
nía saliendo  incógnita  de  su  palacio,  para 
solicitar  sus  caricias  en  alguna  cabana, 
oculta  entre  el  follaje  de  ignorado  bosque. 
Ya  era  él  que  por  medio  de  su  esfuerzo 
conquistaba  una  fortuna  en  el  trabajo,  vi- 
niendo entonces  sin  escrúpulo  á  ocupar  su 
puesto  en  el  hogar  abandonado,  ó  bien, 
elevado  por  sus  triunfos  al  pinácolo  de  la 
gloria,  la  hacía  arrastrarse  á  sus  pies 
mendigando  su  ternura. 


142  VALMAR 


Pero  todas  aquellas  alocadas  ilusiones, 
eran  chispazos  repentinos,  flores  de  con- 
suelo que  brotaban  en  el  árido  campo  de 
sus  dolores,  fecundadas  por  la  imaginación. 
Era  la  voz  de  la  esperanza,  inseparable 
compañera  de  la  vida,  eran  hermosos  ata- 
vismos de  los  sueños  de  su  niñez. 

Pronto  la  razón  impuso  la  frialdad  de 
sus  cálculos,  y  ante  la  verdad  desoladora, 
Rodolfo  se  determinó,  optando  por  la  úni- 
ca solución  que  salvaba  su    decoro. 

Iba  á  partir;  pero  antes  de  hacerlo,  quiso 
dejar  claramente  expuesta  la  forma  de  su 
pensamiento. 

Reposado,  tranquilo,  como  el  que  ya  ha 
tomado  una  resolución  suprema,  sentóse 
delante  de  su  mesa  de  trabajo  y  comenzó  á 
escribir. 


CAPITULO  VIH 


Ya  empezaba  á  despuntar  el  alba,  cuan- 
do Rodolfo  lacró  la  extensa  carta  que  ha- 
bía escrito,  depositándola  á  la  vista  sobre 
su  carpeta. 

Levantóse  en  el  acto,  y  tomando  un  pe- 
queño rollo  que  contenía  sus  papeles,  salió 
del  escritorio  y  penetró  en  su  cuarto  de 
vestir.  Al  llegar  allí  se  detuvo,  y  en  pre- 
sencia de  aquellos  objetos  íntimos,  su  co- 
razón empezó  á  palpitar  con  inusitada  vio- 
lencia. 

Todo  estaba  pronto  para  su  tocado  de  la 
noche.  Sobre  una  silla  colocada  frente  á 
la  estufa,  que  aún  conservaba  rastros  de 
fuego  entre  las  apagadas  cenizas,  estaba  la 
camisa  de  dormir,  fina,  perfumada,  doblada 


144  V  A  L  M  A  R 


primorosamente,  como  por  manos  femeni- 
nas. Y  aquel  trozo  de  foulard  así  dis- 
puesto, parecía  invitarlo  á  que  lo  vistiese, 
para  trasponer  en  seguida  la  pequeña  puer- 
ta que  comunicaba  con  la  alcoba  y  ocupar 
su  puesto  en  el  blando  y  amoroso  lecho. 

Cautelosamente,  con  sigilo  extremo,  Ro- 
dolfo se  acercó  á  su  armario,  y  después  de 
tomar  muchas  precauciones  para  que  se 
abriera  sin  ruido,  sacó  de  su  interior  una 
caja  que  contenía  el  retrato  de  Matilde, 
oculto  entre  algunos  billetes  perfumados  y 
varios  ramitos  de  flores  secas.  Una  vez  en 
poder  de  aquel  único  tesoro  que  le  queda- 
ba, tomó  un  sombrero  y  dirigióse  á  la 
puerta  con  ánimo  de  partir;  pero  antes  de 
conseguir  su  objeto,  obró  sobre  él  una  fuer- 
za irresistible  y  misteriosa,  que  le  obligó  á 
detenerse  y  contemplar  por  última  vez 
aquella  que  había  sido  la  antecámara  de  su 
dicha. 

Su  mirada  febril  giró  en  torno  suyo,  de- 
teniéndose sobre  cada  uno  de  los  objetos 
que  encontraba.  Ellos  despertaban  en  él 
recuerdos  cálidos  ó  dulces,  pero  siempre 
luminosos,  por  más  que  en  aquel  instante 
torturasen  su  corazón,  obligado  á  darles  el 
adiós  postrero. 


VALMAR  145 


Un  mundo  de  excenas  amorosas,  de  ho- 
ras de  delirio,  acudían  en  tropel  al  llamado 
de  su  memoria.  Y  cercado,  oprimido  por 
aquella  falange  invisible  de  sus  pasados  de- 
leites, sentíase  sujeto,  imposibilitado  para 
dejar  aquel  sitio  de  ventura. 

La  fiebre  que  lo  consumía  llegaba  á  su 
periodo  álgido  y  hubo  un  instante  en  que  le 
pareció  que  le  iban  á  faltar  las  fuerzas  é 
iba  á  caer  desfallecido. 

La  imajen  de  Matilde  se  le  aparecía 
inundada  de  luz,  como  una  fantástica  visión 
de  ensueño,  y  sus  dias  de  amor  surgían 
uno  á  uno,  desfilando  como  un  deslumbra- 
dor cortejo  ante  su  vista  extasiada. 

Los  recuerdos  se  agolpaban  y  corrían  en 
desenfrenada  carrera,  aguijoneados  por  la 
fiebre,  desarrollando  rápidos  las  excenas 
culminantes  de  su  vida  en  aquellos  últimos 
tiempos,  hasta  llegar  el  momento  fatal  en 
que  Matilde,  despedazando  su  dignidad,  ha- 
bía roto  para  siempre  el  misterioso  lazo 
que  unía  sus  destinos.  Entonces,  volviendo 
de  su  abstracción  profunda,  se  extremeció 
decorosamente,  al  pensar  en  la  realidad  de 
la  situación,  y  haciendo  un  supremo  esfuer- 
zo, tentó  marcharse  de  nuevo;  pero  de  nue- 
vo sintióse  retenido  por  algo  inmenso,  su- 


146  V  A  L  M  A  R 


perior  á  sí  mismo,  que  no  lo  dejaba  partir. 

Quería  verla. 

Sí!  Allí,  apenas  separada  por  un  débil 
tabique,  á  pocos  pasos  de  distancia,  estaba 
ella,  y  por  más  que  empeñaba  toda  su  vo- 
luntad, le  era  imposible  separarse  para 
siempre  sin  decirle  adiós,  sin  verla  siquiera 
un  instante,  para  llevar  impresa  en  la  re- 
tina su  adorada  imajen. 

Tembloroso,  palpitante,  como  un  ladrón 
que  teme  ser  descubierto,  se  acercó  á  la 
puerta  de  la  alcoba,  que  estaba  entreabier- 
ta, á  aquella  puerta  por  donde  la  noche 
antes,  aún,  entrara  tan  risueño  y  feliz,  y 
conteniendo  el  alocado  torbellino  de  su  san- 
gre que  le  golpeaba  el  corazón  martillán- 
dole las  sienes,  miró  hacia  el  interior  con 
avidez  amorosa,  oprimiéndose  el  pecho  y 
ahogando  la  respiración,  como  para  no  em- 
pañar la  trasparencia  del  aire  con  su  aliento. 

Matilde,  tendida  de  través  sobre  su  lecho, 
con  el  cabello  y  las  ropas  en  desorden,  ya- 
cía inerte,  sin  que  ni  tan  siquiera  se  perci- 
biese su  respiración:  parecía  muerta.  La 
viva  luz  de  una  lamparilla  eléctrica  le  daba 
en  pleno  rostro,  alumbrando  su  palidez,  y 
alrededor  de  sus  párpados  cerrados  una 
profunda   orla   azulada  manchaba  su    cutis 


VALMAR  147 


trasparente.  Con  una  mano  algo  crispada 
entre  los  encajes  de  su  bata,  parecía  que- 
rer desgarrarse  el  seno,  y  la  otra,  caída 
verticalmente  hacia  el  suelo,  conservaba 
aún  el  pañuelo  humedecido  por  sus  lá- 
grimas. 

La  joven  dormía,  reposaba  inconsciente- 
mente, vencida  por  la  fatiga  de  una  larga 
noche  de  llanto  y  de  dolor. 

Entonces,  Valmar,  aprovechando  aquella 
coyuntura  de  la  suerte,  se  adelantó  más  y 
la  contempló  intensamente.  Toda  su  alma 
estaba  reconcentrada  en  sus  ojos,  y  su 
imajinación  hacía  esfuerzos  sobrehumanos 
para  fijarla  de  una  manera  indisoluble  en 
las  células  de  la  memoria.  Iba  á  separar- 
se para  siempre,  á  perder  el  derecho  de 
aquella  intimidad,  á  abandonar  el  mayor 
atractivo  de  la  vida ,  la  vida  tai  vez ,  y  su 
organismo  se  extremecía  sobrecogido  por 
aquella  resolución  inapelable. 

A  intervalos,  turbando  su  absoluta  inmo- 
vilidad, tenía  extremecimientos  violentos, 
sacudidas  nerviosas  que  conmovían  hasta 
su  última  fibra.  Eran  deseos  furiosos  y 
repentinos  de  despertarla  para  demostrarle 
la  sin  razón  de  sus  insultos,  la  injusticia  de 
haber  roto  para  siempre  el  mutuo  encanto 


148  V  A  L  M  A  R 


de  su  vida.  Hubiese  deseado  iluminar  aque- 
lla adorable  cabecita  para  hacerle  compren- 
der, ó  bien  imponerle  su  amor  obligándola 
á  desdecirse  de  sus  ultrajes. 

Pero  al  mismo  tiempo,  casi  simultánea- 
mente, la  grieta  negra  y  profunda  del  abis- 
mo que  los  separaba,  aparecía  inexorable 
ante  sus  ojos  y  lo  hacía  retroceder.  Era 
un  choque  espantoso.  Los  anhelos  todos  de 
la  vida  y  del  amor,  estrellándose  contra  la 
infranqueable  barrera  del  imposible.  —  Ah! 
Un  instante  de  sinceridad,  —  pensaba,  —  Un 
átomo  de  esa  chispa  divina  que  lleva  la  luz 
á  las  mayores  tenebrosidades  del  pensa- 
miento! Algo  más  de  ese  instinto  raro,  de 
ese  algo  misterioso  que  vibra  en  el  corazón 
y  en  el  cerebro  humanos ,  y  el  mal  y  el 
dolor  huirían  fustigados  de  este  recinto 
donde  resurgiría  el  paraíso !  —  Y  desespe- 
rado, ahogado  de  amargura  en  su  tristísima 
impotencia,  le  daban  ímpetus  de  cogerla 
entre  sus  brazos  y  huir  con  ella  á  ocultar- 
se en  el  fondo  de  un  bosque  desierto. 

Un  ligero   extremecimiento  de  Matilde  lo 
hizo  extremecer  á  su  vez,  y  en  el  temor  de 
ser  sorprendido  en  aquella  actitud  que  con- 
sideraba humillante,  resolvióse  á   marchar. 
Dirigió  una   última   mirada   hacia   aquel 


V  A  L  M  A  R  149 


adorable  y  adorado  cuerpo,  y  tras  ligera 
vacilación  se  inclinó  repentinamente  y  la 
besó  en  la  mejilla,  poniendo  en  aquel  beso 
los  últimos  despojos  de  su  alma. 

Después,  como  un  ebrio,  atolondrado  y 
vacilante,  salió  atropellando  los  muebles  de 
la  habitación,  sin  volver  los  ojos,  sintiendo 
á  cada  paso  la  mortal  sensación  de  una 
mano  de  hierro  que  le  desgarraba  el  pecho. 

Breves  instantes  después  franqueaba  para 
siempre  el  dintel  de  la  que  fué  su  regia 
morada,  mientras  que  el  sol  comenzaba  á 
dorar  alegremente  el  borde  de  los  altos 
pretiles. 

Entretanto,  Matilde,  á  quien  el  beso  de 
su  marido  había  despertado  con  sobresalto, 
organizaba  sus  ideas  y  se  preparaba  á  te- 
ner con  éste  una  seria  explicación. 

La  joven  había  obrado  al  impulso  de  los 
celos,  obedeciendo  las  sugestiones  de  su 
vida  pasada  que  dos  años  de  absoluta 
ventura  no  habían  bastado  á  modificar.  Su 
actitud,  vista  á  través  de  semejante  estado 
de  espíritu  estaba  para  ella  plenamente  jus- 
tificada. Más  aun,  en  aquel  instante,  le 
parecía  que  su  repentino  enternecimiento 
de  la  víspera  había   sido  perjudicial,  ere- 


150  VALMAR 


yéndose  ahora  en  el  deber  de  demostrarle 
á  Rodolfo  todo  lo  culpable  de  su  conducta 
para  compelerlo  á  arrojarse  á  sus  pies,  y  ob- 
tener su  perdón  mediante  la  promesa  de 
romper  con  Josefina. 

Matilde,  en  el  fondo  de  su  corazón,  se  sentía 
querida,  y  si  en  un  primer  momento  de  exal- 
tación, dejándose  llevar  por  el  impulso  de  sus 
antiguas  creencias,  y  sobre  todo  por  el  ciego 
arrebato  de  su  vanidad  herida,  había  insultado 
á  Rodolfo,  atribuyéndole  miras  interesadas  á 
su  respecto,  pasados  los  primeros  instantes 
de  ofuscación  veía,  con  su  clara  inteligencia, 
en  la  actitud  de  Valmar,  una  falta  que  apenas 
ejercida  su  intervención  podría  ser  corregida. 

La  joven  amaba  á  su  esposo  reconcen- 
trando en  él  la  síntesis  de  sus  afectos.  Lo 
amaba  con  el  amor  de  la  segunda  edad  de  la 
mujer,  con  ese  amor  que  á  la  violencia  pasio- 
nal é  inconsiderada  de  los  sentidos,  une  algo 
de  las  sublimidades  maternas.  Por  aquellos, 
la  presencia  del  objeto  amado  y  su  constante 
posesión,  le  era  imprescindible,  y  por  éstas,  su 
espíritu  se  inclinaba  al  olvido  y  al  perdón  por 
poco  que  fuese  solicitado.  Además,  Matilde 
veía  en  la  felicidad  y  en  los  triunfos  de  Ro- 
dolfo, algo  de  sí  misma,  obra  de  su  voluntad 
y  de  su  esfuerzo,  y  la  elevación  constante  de 


V  A  L  M  A  R  151 


aquel  hombre,  desarrollando  su  talento  en  el 
excenario  brillante  que  ella  le  había  prepa- 
rado y  apoyándose  en  su  fortuna  y  en  su  amor, 
constituía  su  más  caro  ideal,  la  realización 
de  su  más  bello  ensueño. 

Pero,  á  pesar  de  todo,  sentía  la  necesidad 
de  castigar  aquella  falta  para  terminar  una 
situación  incompatible  con  la  calidad  absor- 
bente de  su  amor,  y  evitar  que  trascendiera 
dando  pávulo  al  escándalo. 

Sin  embargo,  algo  extraño  la  molestaba. 
No  se  explicaba  bien,  cómo  Rodolfo  no 
se  había  presentado  en  toda  la  noche  y 
la  confundía  aquel  beso  furtivo  que  había 
creído  sentir  sobre  la  mejilla. 

¿Había  sido  ilusión,  ó  bien  algún  fenó- 
meno nervioso,  propio  de  la  excitación 
violenta  de  aquella  noche  de  dolor  é  in- 
somnio? 

Nerviosa,  y  con  la  agitación  consiguien- 
te á  los  sucesos  que  en  su  vida  se  venían 
desarrollando,  levantóse  de  su  lecho ,  don- 
de apenas  se  había  incorporado,  y  asom- 
brada de  lo  avanzado  que  estaba  el  día, 
penetró  en  el  cuarto  de  vestir  de  su  ma- 
rido, resuelta  á  provocar  en  aquel  mismo 
instante  la  explicación  apetecida. 

Al  ver  la    soledad  y    el  orden   que  rei- 


152  VALMAR 


naba  en  la  habitación,  empezó  á  invadirla 
cierto  malestar,  una  especie  de  frío  inter- 
no, que  le  hizo  dirigirse  apresuradamente 
al  escritorio  en  procura  de  lo  que  bus- 
caba. 

Atravesó  el  pasillo  y  deteniéndose  an- 
helante en  la  puerta  que  daba  acceso  al 
despacho  de  Rodolfo,  aplicó  el  oído  con- 
teniendo la  respiración;  pero  solo  turbaba 
el  glacial  silencio  de  aquella  casa,  el  rui- 
do monótono  de  la  escoba  del  portero 
que  barría  los  tramos  de  la  escalera,  y  el 
regular  tic-tac  de  un  gran  reloj  que  coro- 
naba el  centro  de  la  biblioteca. 

Matilde  tuvo  miedo,  y  empezó  á  temblar, 
víctima  de  la  horrible  distensión  de  sus 
nervios.  Sin  embargo  ,  reuniendo  toda  su 
energía  resolvióse  súbitamente,  y  abrien- 
do la  puerta  entró  en  la  estancia ,  reco- 
rriendo sus  cuatro  ángulos  con  mirada 
rápida. 

Un  hálito  glacial  pareció  bañarle  el  cuer- 
po, y  toda  su  sangre  afluyendo  al  corazón 
lo  sacudía  con  extraordinaria  violencia.  In- 
móvil, como  petrificada  en  su  puesto,  la 
joven  no  se  atrevía  á  retroceder,  ni  podía 
avanzar,  la  idea  de  una  catástrofe  la  ha- 
bía invadido,   y   al    par    que  ansiaba  cer- 


V  A  L  M  A  R  153 


dorarse  de  los  hechos,  temía  llegar  al 
conocimiento  de  su  resultado. 

De  pronto,  su  vista  se  fijó  en  el  abulta- 
do sobre  que  yacía  encima  de  la  carpeta,  é 
inmediatamente,  con  la  misma  rapidez  de 
su  pensamiento,  impaciente,  febril,  se  arro- 
jó sobre  él,  y,  rompiendo  con  mano  tem- 
blorosa y  torpe  uno  de  sus  bordes,  co- 
menzó á  leer ,  víctima  de  una  angustia 
inmensa,  de  una  ansiedad  extrema. 

La  carta  decía  así: 

«Matilde  adorada: 

«En  la  pareja  humana,  el  hombre  tiene 
siempre  que  imperar  para  que  exista  la  armo- 
nía. El  es  quien  debe  ser  el  más  inteligente,  el 
más  rico  y  el  más  fuerte.  Sólo  á  esa  condición 
puede  haber  equilibrio.  Siendo  él  quien  tie- 
ne toda  la  responsabilidad,  debe  ser  él  quien 
posea  mayores  medios  para  la  eficacia  de  la 
acción.  Si  tú  fueras  pobre  y  yo  fuese  rico, 
el  problema  se  resolvería  en  muy  distinta 
forma,  y  si  fuera  necesario  sacrificar  una 
víctima,  ella  no  sería  ciertamente  nuestro 
amor. 

((Nuestra  situación  respectiva,  después  de 
tus  palabras  de  esta  tarde,  y  de  la  manera 
de  encarar  las  cosas  que  has  tenido,  es  de 


154  V  A  L  M  A  R 


todo  punto  insostenible,  y  me  obliga  á  to- 
mar una  resolución  suprema. 

((Se  puede  amar  sin  apreciar;  pero  no  se 
puede  amar  sin  querer  ser  apreciado. 

((Pienso  en  la  forma  de  reconquistar  tu 
aprecio,  perdido  de  golpe,  en  un  solo  ins- 
tante, y  no  veo  otra  que  demostrándote  mi 
absoluto  desinterés,  aun  á  riesgo  de  que 
dudes  de  mi  amor. 

((Sin  embargo,  medito  y  dudo  á  mi  vez  so- 
bre la  forma  en  que  debo  obrar  para  conse- 
guir mi  objeto.  Medito  y  dudo  porque  veo 
nuestra  vida  quebrada,  y  siento  toda  la  res- 
ponsabilidad de  la  catástrofe  que  nos  aplas- 
ta. ¡Y  si  fuera  tan  solo  á  mí!  Pero  con  el 
mío  se  apaga  también  el  faro  luminoso  que 
alumbraba  tu  destino! 

((¡Perdón,  Matilde!  ¡Una  y  mil  veces 
perdón ! 

((Soy  un  ciego  de  nacimiento  á  quien  de 
pronto  devolvieron  la  vista.  En  un  princi- 
pio quedé  deslumhrado,  más  tarde  vi  una 
parte,  la  buena:  ahora,  con  tus  palabras, 
me  has  hecho   ver   del  todo.    ¡Qué  horror! 

¡Ver  un  instante  para  cegar  de  nuevo! 

Sí,  y  por  mi  propia  mano  voy  á  sumirme 
en  las  tinieblas.  Pero  es  así,  el  dilema  no 
tiene  salida.    O  seguir  en  la  luz  á  costa  de 


VALMAR  155 


mi  honra,  ó  sumirme  en  un  mar  tenebroso, 
horrible,  pero  salvando  el  honor!  ¡El  ho- 
nor ! . . .  Ahora  que  veo  tan  claro  me  sue- 
na mal  esta  palabra.  ¿  Qué  es  el  honor  en 
nuestros  tiempos,  qué  ha  sido  para  los  que 
han  sabido  mirarlo,  en  todos  los  tiempos? 
¿Se  habrán  preocupado  de  él  los  que  han 
sabido  triunfar?  ¿Se  preocupan  de  él  los 
que  triunfan?  ¿El  éxito  no  lo  justifica 
todo?  No  sé;  pero  sé  que  se  me  impone 
en  este  momento. 

«Quiero  ser  muy  sincero  en  esta  conver- 
sación ya  que  ella  será  la  última  que  entable 
contigo. 

«Veamos.  Si  me  quedo  á  tu  lado,  si  con- 
tinúo gozando  como  hasta  aquí  de  tu  amor 
y  de  tu  fortuna,  comprando  con  tu  dinero  el 
alejamiento  de  Josefina  y  de  mi  hijo,  ó  de 
Josefina  sola,  quedándome  con  mi  hijo  ¿cuál 
sería  el  reverso  de  esa  mi  medalla  de  di- 
cha? 

Por  un  lado,  esa  Josefina  y  ese  hijo,  á  mi 
lado  ó  lejos  de  mí,  irguiéndose  á  cada  ins- 
tante entre  los  dos,  y  amargando  nuestros 
momentos  de  abandono,  matando  á  toda 
hora  la  calidad  absorbente  que  distingue 
tu  amor,  reavivando  siempre  la  herida  pro- 
funda que  el  hecíio  ha  causado  en  tu  vani- 


156  V  A  L  M  A  R 


dad.  Por  otro,  mi  actitud  postiza,  siempre 
ambigua,  víctima  de  las  turbulencias  de  mi 
conciencia  convertida  en  acusadora  cons- 
tante, en  fiscal  inexorable  de  mi  vida,  por 
el  cruel  abandono  á  que  condenaría  á  dos 
inocentes. 

«Y,  por  último,  tu  concepto,  el  concepto 
social,  el  honor,  ese  honor  que  me  domina 
á  pesar  de  todo  y  que  no  sé  en  qué  con- 
siste. ¿Amor  propio  también?  No  lo  sé. 
¿Acaso  si  no  hubiese  quien  nos  juzgase,  si 
elimináramos  la  sociedad  obraríamos  de 
otro  modo?  No  lo  creo.  En  mí  hablaría  la 
conciencia,  no,  tal  vez,  con  relación  al  ho- 
nor, que  esa  es  la  parte  de  conciencia  for- 
mada por  la  sociedad,  por  el  medio  en  que 
he  vivido,  pero  sí  con  relación  al  senti- 
miento que  es  la  parte  de  mí  sangre,  de 
mi  espíritu,  de  mi  alma,  en  fin,  cuyas  ternu- 
ras no  pude  modificar  y  me  impidieron, 
aún  por  apasionamiento  á  tí,  hacer  daño 
á  un  ser  que  me  había  procurado  dicha, 
á  un  ser  con  quien  compartimos  la  ventura 
hasta  el  extremo  de  producir  la  vida.  Y  en  tí, 
rugiría  tu  única  pasión  hasta  cierto  punto  de- 
sairada, te  desalentaría  el  brutal  desengaño 
recibido,   la    fé   totalmente    perdida,    para 


VALMAR  157 


siempre  perdida,  obligándote  á  vivir  sin 
entusiasmo  y  á  gozar  con  náuseas. 

«El  sacrificio  sería  estéril.  Pesaría  sobre 
mi  conciencia  un  crimen  más,  y  tú  verías  en 
ese  crimen,  el  interés  dominando  como  móvil 
primero.  No  creerías  en  la  acción  única  de  tu 
amor  y  me  juzgarías  culpable  sin  recono- 
cerme amante. 

«Si  me  quedo  á  tu  lado  rebajando  mi  digni- 
dad, solo  conseguiría  acabar  de  prostituir  tu 
corazón  confirmando  sus  dudas  y  condenán- 
dolo por  el  hecho  á  la  mayor  degradación  de 
la  vida,  á  la  vida  sin  esperanza   y  sin  ideal. 

«En  cambio,  huyendo  de  tí,  quebrando  mi 
destino,  sobre  las  ruinas  de  mi  vida,  elevo  un 
santuario  á  la  grandeza  de  nuestro  afecto. 

«Y  sin  embargo,  si  pudiera  haber  sinceri- 
dad,—un  adarme,  un  átomo  de  sinceridad, — 
sería  la  luz  para  mí  y  para  tí  también,  cria- 
tura desventurada. 

«A  pesar  de  todo,  si  me  quedo,  el  porvenir 
es  nuestro.  La  vida  nos  abre  su  esplendente 
puerta  ofreciéndonos  su  más  rico  carro  para 
cruzarla  triunfantes.  Sí,  yo  lo  sería  todo.  Las 
mujeres  te  envidiarían  por  mí,  los  hombres 
me  odiarían  por  tí.  Entre  ellos,  sobresaldría 
destacándome  soberano,  y  entre  ellas,  tu  rei- 
nado sería  absoluto.  Viajaríamos,  lo  vería- 


158  VALMAR 


mos  todo.  Yo  triunfaría  en  política,  tú  brilla- 
rías en  el  arte,  y  después ¡Quién  sabe! 

Tal  vez  el  tiempo  lo  borraría  todo,  y  al  final 
de  nuestros  años,  al  detenernos  frente  al  tibio 
hogar  contemplando  nuestra  numerosa  prole, 
nuestros  hijos.,  nuestros  nietos  tal  vez,  son- 
reiríamos bonachonamante  al  recordar  esta 
nube,  que  entonces  se  nos  antojaría  ligera. 

qOh  magnífica  visión  que  está  al  alcance 
de  mi  mano!  ¿Por  qué  no  hemos  de  realizarla? 
¿Por  qué,  desde  que  lo  veo  posible,  no  he  de 
sujetarme  á  ese  programa  brillante  que  ha  de 
constituir  mi  felicidad  y  la  del  ser  que  más 
quiero,  la  tuya  Matilde,  la  de  los  hijos  que 
más  tarde  tuviéramos,  hijos  nuestros,  de  los 
dos? 

((No,  imposible! Mi  destino  no  quiere. 

Aquí  está  con  su  dedo  de  hierro  señalándome 
la  senda  por  donde  estoy  obligado  á  marchar. 
Es  inútil  que  me  subleve,  que  me  rebele  aira- 
do en  mi  defensa  y  en  la  tuya,  6  que  implore 
humilde  y  quejumbroso  un  poco  de  libertad 
para  cambiar  de  ruta.  ¡No,  nada,  marcha,  mi- 
serable, sigue  tu  huella  fatal,  para  eso  has 
nacido! 

((Sí,  lo  comprendo  y  lo  disculpo  á  ese  desti- 
no inexorable.  Si  cada  uno  pudiese  marchar 
así,  sin  más  freno  que  su  voluntad,  pronto  se 


VALMAR  159 


alteraría  el  universo.  ¿Estamos  condenados 
al  suplicio?  Pues  marchemos  á  él.  Lástima 
de  jemidos,  en  un  mundo  donde  la  única 
dicha  posible,  es  saber  ir  a  la  tumba  con  la 
resignación  suficiente  en  el  espíritu,  al  ex- 
tremo de  morir  cantando! 

«Sí,  Matilde,  me  voy.  Vuelvo  á  las  sombras 
de  donde  he  salido.  Me  alejo  de  ti,  dejándote, 
desgraciadamente,  una  huella  muy  dolorosa, 
muy  honda  en  tu  pobre  existencia;  pero  no 
hay  que  hacer.  Será  una  obsesión  la  mía. 
Más  aún:  no  será,  es  una  obsesión;  pero  no 
podría  presentarme  ante  tus  ojos,  después 
del  ultraje  que  me  has  inferido,  sin  sentir- 
me penetrar  por  tu  mirada  profunda,  ansiosa 
de  investigar  hasta  en  los  últimos  replie- 
gues de  mi  conciencia,  para  descubrir  mis 
sentimientos  íntimos  que,  en  el  caso  de  que- 
darme á  tu  lado,  jamás  tendrías  la  seguri- 
dad de  conocer. 

«Me  voy,  renunciando  á  tu  amor,  átu  fortuna, 
á  mis  soñados  triunfos,  á  todo  el  castillo  de 
mis  ambiciones,  te  juro  que  santas,  construido 
en  los  ensueños  de  mi  niñez.  Voy  á  sumerjir- 
me  en  la  miseria  del  cuerpo  y  en  la  desespe- 
ración del  alma.  Renuncio  á  todo,  todo  lo 
pierdo,  hasta  el  concepto  de  mis  semejantes, 
hasta  el  amor  de  mi  madre  que  tanto  veneré; 


160  VALMAR 


pero  al  irme  salvo  algo  en  tu  concepto,  te 
demuestro  el  desinterés  de  mi  amor,  mi 
sinceridad,  mi  pureza;  te  pruebo  que  te 
quise  á  tí,  que  amé  tu  cuerpo  arrogante,  tus 
maneras  distinguidas,  tu  educación  notable, 
tu  espíritu  cultivado,  selecto  y  profundo  pero 
jamás  tu  plata! 

((¡Oh!  cómo  una  sola  palabra,  apenas  una 
ligereza  de  la  lengua  que  tal  vez  no  ha  inter- 
pretado bien  el  pensamiento,  es  capaz,  en  el 
engranaje  de  las  cosas,  de  quebrar  para 
siempre  el  esplendor  unido  de  dos  amorosos 
destinos! 

((Podría  dolerte,  Matilde,  que  no  te  quiera 
al  extremo  de  permanecer  á  tu  lado,  afron- 
tando tu  desprecio,  exhibiéndome  como  un 
miserable  á  tus  ojos;  pero  sírvate  de  relativo 
consuelo,  el  hecho  de  sumirme  voluntaria- 
mente en  la  más  negra  de  las  desgracias? 
tan  solo  por  merecer  tu  concepto. 

((¿Acaso  podrás   creerte   vencida   por   tu 

rival?  ¡No!  ¡No! debes  sentir,  sientes  lo 

contrario! 

«Y  no  te  engañas ¡te  adoro!  En  todos 

nuestros  momentos  de  amor  lo  has  de  haber 
comprendido,  pues  en  todos  ellos  fui  sincero. 
Jamás  salió  de  mis  labios  una  palabra  de  fic- 
ción. Te  lo  juro  por  este  honor  que  r  espeto  y 


V  A  L  M  A  R  161 


quiero,  tratándose  de  tí,  puesto  que  por  él  te 
abandono. 

«No  podía  haber  hecho  otra  cosa  que  lo 
que  hice,  y  si  el  resultado  no  se  ajusta  á  mis 
ambiciones,  la  culpa  no  es  mía,  sino  del  des- 
tino que  así  lo  tenía  dispuesto. 

«Conocí  antes  que  á  tí  á  Josefina  y  me  pren- 
dé de  su  dulzura  al  extremo  de  disponerme  á 
casar  con  ella.  Pero  surgiste  tú  y  esto  solo 
bastó  para  ponerle  término  ámi  ligazón.  Fué 
mi  primera  falta,  atenuada,  sin  embargo,  por 
la  falsa  noticia  del  casamiento  de  mi  querida, 
cuyo  embarazo  ignoraba  en  absoluto. 

«Así,  pues,  desde  el  momento  en  que  mis 
ojos  te  dirigieron  su  primera  mirada,  fui 
sincero,  absolutamente  sincero,  sin  que  ja- 
más cruzara  por  mi  mente  la  idea  de  que 
eras  rica.  Admiraba  en  tí,  es  verdad,  los  do- 
nes y  adornos  con  que  la  fortuna  ayuda  y  de- 
cora á  la  belleza;  pero  deslumhrado  por  el 
conjunto,  no  podía  descender  al  detalle,  y  en 
tí,  la  fortuna  es  un  detalle. 

«Eres  una  tela  de  inestimable  valor  artístico 
á  la  que  dan  seguramente  realce  los  brillantes 
dorados  del  marco  en  que  se  exhibe;  pero 
cree  firmemente,  que  aún  despojada  de  esa 
gala,  hubiese  amado,  apreciándola,  la  rique- 
za de  sus  colores. 

Tomo  it—  6 


162  V  A  L  M  A  R 


((Era  demasiado  felicidad  la  mía  para  que 
pudiera  ser  duradera.  Adquirir  de  pronto  el 
amor  y  la  fortuna,  por  más  que  esta  última 
no  hubiera  sido  buscada,  es  un  ideal  que  so- 
brepasa los  límites  del  humano  alcance.  Mi 
repentina  felicidad  era  de  aquellas  que  detie- 
nen la  constante  ambición  del  hombre  y  son 
por  lo  tanto  contrarias  al  progreso,  á  la  per- 
petua aspiración  de  más  allá  que  ajita  á  la 
humanidad  entera,  condenada  por  el  hecho  á 
un  eterno  suspirar. 

gMí  éxtasis  tenía  que  concluir,  y  á  su  hora 
concluyó.  En  la  cadena  de  los  hechos  apare- 
ció el  eslabón  fatal  que  había  de  arrastrarme 
de  nuevo  al  torbellino  de  la  vida. 

((Una  carta  de  Josefina,  que  enferma  y  su- 
mida en  la  miseria  me  pedía  amparo  para  dar 
á  luz  un  hijo,  concebido  conmigo  en  un  fugaz 
abrazo  de  amor,  vino  á  turbar  para  siempre 
el  oasis  de  dicha  que  se  había  formado  en 
torno  de  mi  existencia. 

((¿Cuál  debió  ser  mi  conducta?  Creo  que  esta 
pregunta  no  tiene  dos  respuestas.  Ampararla. 
¿En  qué  forma?  En  muchas  seguramente, 
pues  en  caso  semejante  la  acción  queda  li- 
brada al  modo  de  ser  y  de  sentir  de  cada  uno. 

((Por  mi  parte,  ignorando  aún,  como  igno- 
raba, el  májico  efecto  del  dinero,  corrí  hacia 


V  A  L  M  A  R  163 


ella  para  procurarle  mi  amparo  moral  que 
suponía  era  lo  que  más  necesitaba.  Corrí 
hacia  ella  llamado  por  el  instinto,  ansioso 
por  protejer  la  preciosa  carga  que  valerosa- 
mente llevaba  en  su  amoroso  seno.  Fui  á  sal- 
var y  á  defender  aquella  sangre  de  mi  sangre, 
aquel  ser  que  animaría  en  breve  mi  propio 
espíritu;  á  mi  hijo,  en  fin,  cuya  aparición  en  la 
vida,  á  pesar  de  todo,  me  llenaba  de  orgullo  y 
de  contento. 

((Después,  pese  á  mis  teorías  al  respecto, 
pretendí  mantenerme  tan  solo  padre,  y  lo 
conseguí  por  espacio  de  algunos  meses;  pero 
la  naturaleza  es  más  sabia  y  poderosa  que 
los  hombres,  y  sus  leyes,  que  éstos  hacen 
para  violarlas,  tienen  en  ella  toda  la  fuerza 
de  la  promulgación  divina.  Una  noche  de 
primavera  volví,  pues,  á  ser  amante,  comen- 
zando desde  aquel  momento  el  suplicio  que 
había  de  conducirme  á  este  tristísimo  calva- 
rio. Sin  embargo,  siempre  aspiré  á  ser  leal 
en  medio  de  todas  esas  traiciones  á  tu  amor, 

y ahora  hay  que  decirlo:  á  tu  fortuna! 

Pretendía  decirte  expontáneamente  lo  que 
por  extraño  conducto  has  sabido;  pero  un  co- 
barde temor,  que  ahora  más  que  nunca  me 
reprocho,  me  detuvo  en  un  paso  que  hubiese 
sido  tal  vez  nuestra  salvación. 


164  V  A  L  M  A  R 


«No  lo  hice  así  por  que  así  no  estaba  escri- 
to. Estos  son  los  hechos,  fielmente  na- 
rrados. 

«Réstame  ahora  hablarte  de  mis  sentimien- 
tos á  través  de  esta  agitada  parte  de  mi  exis- 
tencia. 

«¿Te  quiero  á  tí?  ¿La  quiero  á  ella?  O  bien 
¿las  quiero  á  las  dos?  Ahí  está  el  problema 
que  muchas  veces  me  he  planteado  sin  aca- 
bar de  resolver;  pero  que  en  esta  suprema 
confesión,  con  el  reposo  del  que  todo  lo  ve 
concluido,  aliviado  del  enorme  peso  produ- 
cido por  la  ansiedad  mortal  que  me  agobiaba, 
creo  poder  solucionar  con  la  sinceridad  que 
me  he  propuesto. 

«Pues  bien,  sí,  las  quiero  á  las  dos! 

«Amo  en  ella  á  la  madre  de  un  ser  que  por 
obra  mía  surgió  á  la  vida.  Pago  con  un  poco 
de  conmiseración  su  inconsiderada  ternura, 
la  donación  voluntaria  y  tímida  de  su  amor, 
su  sometimiento,  su  esclavitud  incondicio- 
nal, su  sacrificio  sin  exigencias  de  compen- 
sación. La  amparo  por  bondad  del  alma,  por 
solidaridad  humana  hacia  esa  inocente  cul- 
pable de  mis  penas,  hacia  ese  pobre  ser  que 
el  destino  ha  colocado  á  mi  paso  para  dar- 
me, como  una  flor,  todo  su  perfume,  y  que 
no  tiene  en  el  mundo  más  que  á  mí  para  cui- 


VALMAR  165 


dar  de  su  débil  existencia.  Amo  en  ella  una 
víctima  del  amor  que  recibe  de  mí  toda  la  di- 
cha que  le  corresponde  en  el  reparto  terrenal. 
Mi  amor  hacia  ella,  se  basa  en  la  piedad.  La 
quiero  por  que  soy  el  creador  de  su  dicha,  y 
me  parecería  infame,  estando  en  mi  mano 
dársela,  negarle  la  ventura  ¿Pero  quieres  que 
me  exprese  más  claro,  que  determine  mejor 
esta  extraña  clase  de  sentimiento?  Pues 
bien;  su  amor  me  pesa,  y  si  la  viera  feliz  en 
extraños  brazos,  mi  alma  se  esparciría  albo- 
rozada. ¡Pero  yo  no  la  puedo  dejar  en  el  aban- 
dono, ni  tampoco  impulsarla  á  la  senda  de 
la  corrupción.  No  puedo  ni  quiero  ser  teno- 
rio. Esta  clase  de  seres  me  repugna,  y  su 
actitud  me  parece  cobarde! 

«En  cambio,  á  tí  te  quiero  con  ese  amor  su- 
premo que  en  horas  de  misterio  Dios  suele 
revelar  al  hombre.  Imperas  en  mi  alma  con 
la  tiránica  fuerza  del  imposible;  dominas  mis 
sentidos  al  extremo  de  producirme  desmayos 
la  sola  recordación  de  tus  encantos;  y  mez- 
clándote á  todas  mis  ambiciones,  resplan- 
deces como  una  aurora  de  esperanza  que 
alumbra  el  porvenir. 

«Te  veo  en  el  fondo  de  los  abismos,  atra- 
yéndome como  una  sirena  con  tus  cantos,  y 
cuando  miro  hacia  el  cielo,  te  ciernes  sobre 


166  VALMAR 


las  cumbres  encarnando  todas  las  formas  del 
ideal. 

«Eres  el  símbolo  de  mis  ensueños,  la  nota 
tónica  del  concierto  de  mi  vida,  y  el  brillo  de 
tu  sonrisa  ó  el  aplauso  de  tu  amor,  colman 
mis  aspiraciones  de  gloria. 

((Amo  la  vida  con  el  ardor  y  la  beatitud  de 
quien  comprende  sus  grandezas,  y  tú  eres, 
para  mí,  la  síntesis  brillante  de  la  vida.  Ella 
sin  tí,  es  la  muerte. 

((Pero  debo  condenarme  á  morir  con  esa  ter- 
rible muerte  del  alma.  Debo  salvar  incólume, 
á  toda  costa,  la  grandeza  de  nuestro  amor. 
No  puedo  ni  debo  dejar  manchar  con  el  hálito 
de  la  duda,  la  nitidez  de  ese  principio  eterno, 
que  por  un  fugaz  momento  llegamos  á  en- 
carnar. 

((Sí,  Matilde,  es  duro  para  los  dos;  pero  no 
hay  remedio  para  nuestro  mal.  Su  inmen- 
sidad lo  hace  incurable. 

((Adiós,  querida  criatura!  Me  voy,  y  quedo 
con  vida;  pero  te  juro  que  sin  esperanza! 

((Escucha,  sin  embargo. 

((Cuando  tras  breve  lucha  con  el  tormento 
que  me  impongo,  mi  cuerpo  rinda  su  irremi- 
diable  tributo  á  la  muerte,  piensa  que  con  mi 
último  suspiro  irá  mezclado  tu  nombre.  Des- 
pués   tal  vez  toda  esta  historia  no  sea  más 


VALMAR  167 


que  un  incidente  de  tu  existencia,  que,  desapa- 
reciendo yo,  aún  puede  ser  hermosa.  Perdona 
entonces  y  recuerda,  entre  tus  risas  y  tus  llan- 
tos, que  alguien  te  quiso  como  no  te  querrá 
ninguno,  mientras  animó  sus  formas  mate- 
riales ese  soplo  divino,  esa  desconocida  esen- 
cia que  se  llama  vida! 

((Adiós! 

Rodolfo.» 

Matilde  había  empezado  á  leer  la  carta  de 
su  marido  con  la  angustia  y  la  precipitación  de 
quien  cree  leer  el  adiós  de  un  suicida;  pero,  á 
medida  que  había  adelantado  en  el  texto  de 
aquellas  páginas,  su  espíritu  se  había  ido  se- 
renando, pasando  por  las  alternativas  del  do- 
lor y  de  la  ira.  Su  alma  jemía,  al  considerar 
la  pérdida  de  su  amor,  la  orfandad  á  que  se 
veía  condenada,  y  toda  la  fiereza  de  su  raza  se 
rebelaba  iracunda  contra  aquella  solución 
inesperada  y  brutal  de  un  incidente  que  había 
juzgado  pasajero,  y  que  ahora,  á  más  de  he- 
rirla en  pleno  corazón,  iba  á  cubrirla  con 
todas  las  faces  del  ridículo. 

Su  primer  impulso  fué,  pues,  de  odio  hacia 
quien  así  la  maltrataba,  y  dando  escape  á  la 
desesperación  de  su  alma,  maldijo  á  Rodolfo 
tratándolo  de  cobarde  y  de  traicionero,  acu- 
sándolo de  haber  sorprendido  á  una  mujer 


168  V  A  L  M  A  R 


indefensa,  para  arrojarla  luego  sin  piedad  en 
un  mar  de  desventura. 

Su  exaltación  llegaba  á  la  demencia,  y 
mientras  releía  pasajes  de  la  carta  para  dar- 
se bien  cuenta  de  los  propósitos  de  su  marido, 
lanzaba  interjecciones  agudas,  grititos  ner- 
viosos de  los  que  no  parecía  tener  conciencia. 

Pero  la  fiereza  no  podía  subsistir  apoyada 
en  la  inmensa  debilidad  de  su  amor  desfalle- 
ciente, y  al  conseguir  penetrarse,  más  por 
apasionada  intuición  que  por  razonada  claro- 
videncia, de  la  resolución  inapelable  de  Ro- 
dolfo, al  comprender  lo  irremediable  de  la 
pérdida  que  sufría,  el  dolor  se  apoderó  de  su 
corazón  amenazando  despedazarlo  con  la 
fuerza  de  sus  latidos. 

Todo  su  apasionamiento  por  aquel  hombre 
levantóse  en  ella  para  protestar  contra  su 
pérdida,  ahogando  la  voz  de  la  razón  y  de 
las  convenciones,  cubriendo  con  su  brillo  in- 
tenso, con  su  luz  vivida  -é  inmortal,  todos  los 
otros  pequeños  luminares  de  la  vida,  para  que 
resplandeciese  tan  solo  el  fuego  del  amor  re- 
clamando la  presencia  de  su  objeto.  Sí,  lo 
quería,  lo  deseaba  con  ardor,  lo  necesitaba 
con  toda  la  vehemencia  de  su  alma,  recla- 
mando su  ternura  á  cualquier  precio. — ¿Dónde 
estás? ¡Ven,  ven  Rodolfo!  ¡Yo  te  adoro! 


V  A  L  M  A  R  169 


¡Perdóname!  Ven,  yo  tengo  todos  los  dere- 
chos   yo  también  soy  madre!  —  Y  enlo- 
quecida, delirante,  la  joven  tendió  los  brazos 
hacia  aquella  sombra  á  quien  dirijía  su  lla- 
mado supremo,  cayendo  luego  desfallecida 
á  lo  largo  del  pavimento. 


CAPITULO  IX 


Un  mes  después,  cuando  ya  la  hermosa  pri- 
mavera comenzaba  de  nuevo  á  cubrir  la  tie- 
rra con  su  rica  vestimenta  de  doradas  ga- 
las y  las  obscuras  golondrinas  á  surcar  el  cielo 
llenando  el  aire  con  sus  mejores  cantos,  por 
extraña  ironía  del  destino  deteníase  á  la  puerta 
déla  casita  del  Reducto,  un  lujoso  carro  blan- 
co, ostentando  al  claro  sol  que  alumbraba  el 
alegre  renacimiento  de  la  vida,  las  pomposas 
y  frias  insignias  de¡la  muerte. 

Era  el  fúnebre  vehículo  de  la  niñez,  el  sím- 
bolo constante  de  los  errores  del  destino,  que 
iba  á  arrebatar  de  aquel  hogar  desgraciado, 
un  ángel,  muerto  por  el  repentino  asalto  de 
Ja  vida. 

El  hijo  de  Rodolfo  y  Josefina  había  dejado 


VALMAR  171 


de  existir.  De  constitución  vigorosa,  la  denti- 
ción, que  se  había  presentado  tardía,  se  inició 
de  golpe,  y  en  una  de  las  frecuentes  y  violen- 
tas convulsiones  que  lo  agitaban,  voló  su  es- 
píritu á  las  ocultas  regiones  del  misterio. 

Sobre  un  pequeño  féretro  de  caoba  forrado 
de  raso  blanco  y  totalmente  cubierto  de  aro- 
máticas flores,  en  el  medio  de  la  salita-come- 
dor  y  rodeado  de  amarillentos  cirios,  dormía 
el  sueño  sin  fin,  esperando  la  hora  de  que  sus 
restos  fueran  llevados  á  una  humilde 
fosa. 

En  torno  suyo,  Enriqueta  y  las  mellizas 
Ibañez  que  habían  acudido  presurosas  a  cu- 
riosear aquel  funesto  acontecimiento  y  la  es- 
pecialidad de  sus  circunstancias,  se  entre- 
tenían en  despavesar  los  cirios  y  ordenar 
las  flores,  mientras  Josefina,  sentada  á  la  ca- 
becera del  cajoncito  que  encerraba  los  despo- 
jos de  aquel  ser  querido,  del  hijo  de  su  amor, 
lo  miraba  sorprendida,  estupefacta  ante  aque- 
lla mortal  sorpresa  de  la  que  no  acababa  de 
tener  conciencia  exacta. 

En  el  dormitorio,  Rodolfo,  flaco,  amarillen- 
to, extenuado  por  la  fiebre  que  lo  había  pos- 
trado en  cama  desde  su  violenta  separación 
de  Matilde,  se  paseaba  nervioso,  con  toda  la 
vida  reconcentrada  en  el  brilllo  sombrío  de 


172  V  A  L  M  A  R 


sus  ojos  negros,  hundidos  en  el  fondo  de  las 
órbitas. 

Eran  inútiles  los  esfuerzos  del  doctor  Roca 
y  de  su  amigo  Felipe  por  volverlo  al  lecho  y 
tranquilizarlo.  Rodolfo  no  oía  razones,  y  más 
como  dirigiéndose  á  sí  mismo  que  á  sus 
acompañantes,  peroraba  sin  interrupción.  Las 
palabras  eran  incoherentes,  desilvanadas. 
Tan  pronto  lamentaba  la  muerte  de  su  hijo,  de 
aquel  último  lazo  que  lo  unía  á  la  vida,  como 
empezaba  á  juzgar  esta  última  bajo  el  punto 
de  vista  filosófico,  reconociendo  su  utilidad 
y  la  grandeza  de  sus  recónditos  propósitos  ó 
negándole  toda  razón  de  ser  y  condenándola 
como  la  fuente  de  todo  mal. 

— ¿Por  qué,  por  qué  te  has  muerto? — decía — 
¿Por  qué  has  nacido  para  morir  luego?  ¿Qué 
misión  fué  la  tuya?  ¿U  es  que  el  destino  se  ha 
servido  de  tí  para  labrar  mi  desgracia  y  la  de 
todos  los  que  me  rodeaban?  ¡Morirse  así, 
siendo  sano,  vigoroso,  demostrando  á  cada 
instante  su  inteligencia!  ¡Es  horrible!  Ayer, 
no  más,  después  de  una  convulsión,  en  un  mo- 
mento de  caima,  jugaba  conmigo  escondién- 
dose atrás  de  la  madre!  ¿Para  qué  hace  la  na- 
turaleza estas  cosas?  ¿Por  qué  se  complace 
en  destruir  sus  mejores  obras,  en  tronchar  de 
golpe  un  mundo  de  esperanzas?  Y  en  tal  caso 


VALMAR  173 


¿qué  necesidad  tiene  de  hacer  sufrir  así  á  la 
inocencia  para  llegar  á  la  realización  de  sus 
fines  ocultos?. .  .Y  nosotros,  ¿por  qué  sufrimos 
así?  Si  este  mundo  no  es  un  infierno  ¿por  qué 
esa  voluntad  suprema  que  todo  lo  puede,  que 
todo  lo  prevee,  no  ha  organizado  mejor  las  co- 
sas apartando  el  dolor  en  estos  funestos  extre- 
mos? ¡Oh,  sí!  este  es  el  imperio  del  mal,  es 
una  especie  de  presidio  donde  arrojan  á  sus 

condenados  las  divinidades  irritadas! ¡La 

vida,  la  muerte! Está  bien.  Son  cambios 

de  estado;  pero  el  sufrimiento,  el  dolor  ¿Á  qué, 
para  qué?  ¿Cual  és  su  utilidad?...  ¿Acaso  hacer 
resaltar  el  bien,  hacerlo  valer?  ¿Entonces  lo 
bueno  solo  existe  á  condición  de  existir  lo 
malo?  ¡No  vale  nada  por  sí!. .  .¡La  ciencia!. . . 
¡Una  gran  cosa  su  ciencia! — dijo  de  pronto  di- 
rijiéndose  al  doctor  Roca.  —  Una  criatura  sa- 
na, de  buen  origen,  y  no  son  capaces  de  ha- 
cerle echar  los  dientes!  ¡Vaya  una  ciencia! — 
Y  enloquecido,  sin  poner  vallas  á  su  imajina- 
ción  enardecida  por  la  fiebre  y  por  el  dolor, 
comenzó  á  criticar  todas  las  formas  del  saber 
humano. 

Los  médicos  eran  para  él  unos  embaucado- 
res sin  conciencia  que  solo  acertaban  cuando 
la  naturaleza  se  les  adelantaba  y  antes  que 
ellos  corregía  su  propio  yerro;  los  filósofos, 


174  .  V  A  L  M  A  R 


unos  charlatanes  que  ni  siquiera  alcanzaban  á 
reconocer  su  absoluta  ignorancia  y  la  vanidad 
de  sus  esfuerzos  por  romper  las  espesas  nie- 
blas que  todo  lo  envuelven;  á  los  astrónomos, 
los  consideraba  unos  egoistas  mezquinos  que 
huían  de  la  vida  conformándose  con  mirar 
hacia  el  cielo  en  el  diminuto  horizonte  que  les 
es  dable  recorrer;  y  el  resto  de  los  hombres, 
se  le  antojaba  un  miserable  rebaño  de  ajita- 
dores,  chapoteando  y  enlodándose  en  el  in- 
fecto fangal  de  sus  propias  miserias. 

—  Cálmate,  Rodolfo,  cálmate.  Estás  deses- 
perado y  te  haces  daño, — le  decía  Felipe  con 
cariño.  Pero  su  amigo  se  había  lanzado  y  no 
se  podía  detener. 

—  El  amor! — exclamaba, — valiente  ilusión! 
Se  ama  lo  que  no  se  tiene,  se  persigue  el  im- 
posible. Lo  que  és  no  vale  nada.  El  hombre 
desprecia  tanto  sus  fuerzas  que  le  parece  pe- 
queño lo  que  con  su  ayuda  logra  alcanzar. 
Miserable  estropajo  condenado  á  perseguir 
ilusorios  fantasmas,  solo  goza  en  despeda- 
zarse contra  los  obstáculos  que  estos  arrojan 
en  su  camino!  La  muerte,  la  muerte  es  el  úni- 
co remedio;  pero,  desgraciadamente,  cuando 
no  es  buscada,  cuando  viene  expontáneamen- 
te,  pues  quién  sabe  cómo  castiga  el  tirano  que 
nos  maneja,  esa  voluntaria  deserción  de  la  vi- 


VALMAR  175 


da!  Ah  sí!  morir,  morir  en  seguida,  morir  co- 
mo tú,  hijo  de  mi  alma,  ir  á  gozar  contigo  de 
las  dulzuras  de  la  quietud  eterna!  Tenías  an- 
tes de  morir  una  mueca  de  dolor  y  después  se 
esparció  por  tu  semblante  el  tenue  velo  de 
una  celestial  sonrisa! 

— Rodolfo,  por  amor  de  Dios,— interrumpió 
Felipe  levantándose.  Y  como  el  doctor  Roca 
quisiera  hacerle  tomar  un  calmante  que  ha- 
bía recetado,  Rodolfo  lo  rechazó  groseramen- 
te, exclamando  con  violencia. 

— Pero  ustedes  me  creen  loco  ó  enfermo, 
que  me  quieren  dar  pociones?  ¡Vayanse  al 
diablo!  Estoy  en  mi  sano  juicio  y  si  me 
lamento  es  obedeciendo  á  un  sentimiento 
muy  natural.  Lloro  á  mi  hijo,  si,  á  mi  hi- 
jo, al  hijo  de  mi  alma  que  se  ha  muerto! — 
Y  abrumado,  vencido  por  la  fatiga  y  el 
dolor,  rompió  á  llorar  con  desesperación  en 
brazos  de  su  amigo. 

Aquellas  lágrimas  fueron  un  consuelo,  una 
generosa  válvula  de  escape  abierta  en  su  co- 
razón para  evitar  que  estallase  bajo  la  ruda 
presión  de  su  dolor  inmenso. 

Breves  instantes  después,  cuando  levantó 
la  cabeza,  desprendiéndose  de  los  cariñosos 
brazos  de  Felipe,  brillaba  en  su  pupila,  á  tra- 
vés de  la  cristalina  humedad  de  sus  lágrimas, 


176  VALMAR 


una  animosa  expresión  que  lograba  sobrepo- 
nerse á  su  profundo  abatimiento. 

—Ya  es  hora, — dijo  Felipe  consultando  su 
reloj. 

—  Ya, — contestó  con  resignación.  —  Bueno, 
entonces  hazme  el  favor  de  llamar  á  Josefi- 
na.— Y  mientras  Felipe,  seguido  del  doctor 
Roca,  salía  á  satisfacer  su  pedido,  abrió  un 
cajón  de  la  cómoda,  tomó  un  paquete  de  bi- 
lletes de  Banco  y  lo  guardó  en  un  bolsillo  del 
pantalón. 

En  seguida  se  enjugó  el  rostro  y  cuando 
Josefina  apareció,  abatida  y  llorosa,  la  estre- 
chóentre  sus  brazos  dejándola  sollozar  li- 
bremente y  sin  parecer  contagiarse  con  aquel 
sagrado  enternecimiento. 

—  Te  he  llamado  para  confiarte  este  dinero, 
antes  de  irme,  —  le  dijo  tras  breves  instantes. 
—  Ya  sabes,  es  el  vale  aquel  que  Felipe  me  co- 
bró ayer  y  que  pensaba  devolver  mañana;  pe- 
ro  he  calculado  mejor  y  creo  que  será  pre- 
ferible guardarlo ¡Puede  hacernos  falta! — 

Y  contemplando  á  la  joven  que,  obediente  á  su 
orden,  guardaba  el  dinero  en  su  armario  reti- 
rando luego  la  llave,  dijo  con  extrañas  infle- 
xiones de  voz: 

—  Eso  es,  así,  bajo  llave.  El  dinero  forma 
parte  de  la  felicidad.  —  Y  como  Josefina  lo 


VALMAR  177 


miraba  silenciosa,  con  la  cara  bañada  en  llan- 
to, exclamó  tomándola  de  los  hombros: — Po- 
bre, pibrecita,  mi  Aurora.  ¡Llora,  ángel  de 
bondad!  ¡Llora  mucho!  ¡Pero  ten  fé  en  la  vida, 
has  devolver  á  sonreír,  piensa  que  estás  aún 
en  tus  veinte  años!  —  Entonces,  oprimiéndola 
por  úlima  vez  en  un  abrazo  estrecho  y  pro- 
longado, la  besó  con  transporte  dejando  caer 
sobre  (sus  blondos  rizos  dos  últimas  y  solita- 
rias lagrimas. 

Media  hora  después,  el  cortejo  se  ponía  en 
movimiento,  dejando  en  la  pintoresca  casita 
del  Reducto  un  vacío  profundo,  donde  resona- 
ban lúgubremente  los  inexpresables  lamen- 


tos de 


una  madre  desolada. 


Formaban  en  el  cortejo  que  seguía  el  carro 
mortuorio,  tres  carruajes,  conduciendo  el  pri- 
mero á  Felipe  y  á  Rodolfo,  el  segundo  al  doc- 
tor Roca,  que  no  había  querido  abandonar  ni 
un  mpmento  á  su  antiguo  condiscípulo,  y  el 
tercero  llevaba  al  marido  de  Enriqueta,  á 
Gardéro,  y  á  dos  vecinos  que  se  habían  creí- 
do en  el  deber  de  asistir  al  acto. 

Los  carruajes  tomaron  por  el  camino  de 
Goes  hasta  desembocar  en  el  Barrio  Reus,  y 
una  vez  cruzado  éste,  siguieron  por  la  calle  de 
Sierra  y  Rivera  continuando  luego  por  el  ca- 
mino del  Buceo. 


178  V  A  L  M  A  R 


Al  salir  de  la  ciudad  y  trasponer  los  ca- 
rruajes la  primer  cuchilla,  Rodolfo,  que,  con 
la  vista  clavada  en  el  asiento  delantero  del 
coupé  se  había  mantenido  pensativo  y  silen- 
cioso, levantó  de  pronto  la  cabeza,  y  al  ver  el 
alegre  y  ensanchado  panorama  que  se  ofrecía 
á  su  vista,  exclamó  con  amargura: 

— Qué  egoísta  es  la  vida!  Cómo  se  en- 
galana, cómo  renace  sin  preocuparse  de  la 
muerte.  Y,  sin  embargo,  en  ella  todo  es 
pequeño,  todo  es  vacío  comparado  3on  la 
suprema  grandeza  de  la  nada! 

—  ¿Se  truecan  los  papeles?  —  interrogó 
Felipe  palmeándole  una  pierna.  Y  cerno  su 
amigo  lo  mirase  sin  comprender,  co.itinuó. 
—  La  nada  no  existe.  Todo  renace.  Des- 
pués del  invierno  viene  la  primavera,  des- 
pués de  la  muerte  vuelve  la  vida,  y  así 
también  después  de  tu  actual  tristeza  y  des- 
creimiento, ha  de  renacer  en  ti  la  fe  y  la 
alegría.  Créeme,  déjate  de  misantropías, 
toda  exageración  es  mala.  Yo  te  garanto 
que  ni  Leibnitz  ni  Schopenhauer  tienen  ra- 
zón. Contempla  este  hermoso  panorama, 
y  á  pesar  de  tus  dolores  sentirás  un  goce 
sereno. 

En  efecto,  el  panorama  era  hermoso. 

Reía  el  sol  suspendido  en  el  infinito  azul 


VALMAR 


179 


de  un  cielo  sin  nubes,  bañando  las  quebra- 


das   y 


las    lomas,    cubiertas    de    verdura. 


Trabajaban  entre  los  sembrados  los  cam- 
pesinos labradores,  luchando  por  la  exis- 
tencia; >rdeñaban  sus  vacas  atadas  al  aire 
libre,  ks  lecheros  inmediatos  á  la  ciudad, 
extrayendo  de  las  ubres  repletas  el  alimen- 
ticio jugo;  y  brotaban  las  semillas  en  los 
surcos,  [frescas  y  lozanas,  entrando  triun- 
fantes $n  la  vida,  mientras  las  gallinas  pi- 
coteaban gusanillos  en  la  tierra  removida, 
al  amcr  del  sol.  Circulaban  entre  alegre 
repicar  de  campanillas  los  tren- vías  carga- 
dos de  gente,  en  constante  vaivén  por  el 
sinuosa  camino,  y  á  lo  lejos,  la  ciudad  se 
agitaba  y  bullía,  despidiendo  humo  por  las 
largas  Ichimeneas  de  sus  fábricas  en  trajín 
constante. 

Todo  se  movía,  palpitaba,  vivía,  obede- 
ciendo á  esa  fuerza  secreta  y  misteriosa 
que  combina  las  savias ,  que  revuelve  las 
entrañas  de  la  tierra,  que  flota  en  la  atmós- 
fera, que  viaja, en  los  rayos  del  sol  y  huye 
á  perderse  mezclada  con  el  éter  por  los 
espacios  infinitos. 

Pero  Rodolfo  no  alcanzaba  á  ver  todo  aque- 
llo sino  á  través  del  espeso  velo  de  sus  des- 
gracias. 


180  V  A  L  M  A  R 


—No!— pensaba.  La  vida  no  tiene  razón  de 
ser  para  mí.  Estoy  de  más  en  el  mando;  mi 
existencia  ya  no  tiene  vínculos.  Persistir  en 
ella  sería  un  egoísmo  criminal.  Solo  hago 
daño.  Matilde,  sin  mí,  olvidará  y  volverá  á 
ser  feliz,  como  dice  Felipe;  á  Josefina  le  ocu- 
rrirá otro  tanto,  y  mi  eliminación  se  conver- 
tirá en  una  aurora  de  dicha  para  todos  ¿Acaso 
el  destino  así  no  lo  quiere,  inspirándome  este 
pésimo  concepto  de  las  cosas?  ¿No  es  este 
un  decreto  de  muerte  bien  caracterizado,  y? 
por  ser  consciente,  más  grande?  ¿La  con- 
ciencia llevada  á  su  mayor  altura  y  corri- 
giendo sus  propios  errores:  el  error  de  vivir? 
¿Mi  hijo,  que  era  mi  único  deber,  no  me  indi- 
ca el  camino? — Y  al  recordar  á  su  hijo,  pen- 
saba en  el  lujoso  carro  blanco,  donde  ence- 
rrado en  su  cajoncito  de  caoba,  camino  del 
cementerio  marchaba  el  pequeño  muerto 

Su  resolución,  con  la  fuerza  de  las  ideas 
fijas  se  iba  haciendo  irrevocable,  y  cuando  en 
el  examen  de  su  actitud,  pesaba  el  altruismo 
ó  el  egoísmo  de  sus  propósitos,  solo  el  recuer- 
do de  su  madre  lo  ponía  en  duda.  Si,  para 
ella  ya  no  había  consuelo.  Otros  amores  y 
otros  hijos,  engalanarían  de  nuevo  la  vida  de 
Matilde  y  de  Josefina,  nuevas  dichas  y  risue- 
ñas alegrías    les  borrarían    las  huellas  de 


V  A  L  M  A  R  181 


aquel  dplor;  pero  á  la  anciana  madre,  para 
quien  t^da  la  felicidad  terrena  estaba  ence- 
rrada ep  la  lozanía  de  aquel  retoño,  de  aquel 
hijo  querido  que  encarnaba  todos  sus  recuer- 
dos y  simbolizaba  todas  sus  postreras  espe- 
ranzas, ya  no  quedaría  más  que  un  prolon- 
gado y  lúgubre   gemido. 

Tal  idea  lo  hacía  dudar.  Pero  en  el  acto, 
comprendió  que  no  tendría  fuerzas  para  ha- 
cerle el  sacrificio  de  vivir.  En  el  corto  plazo 
que  habitó  con  Josefina  después  de  su  sepa- 
ración de  Matilde,  constató  qne  la  vida  era 
imposible  junto  con  aquella  inocente  causa 
de  su  horrible  desventura.  Además  el  único 
lazo  se  había  roto.  El  hijo  había  muerto  ¿qué 
iría  pues  á  buscar  junto  á  aquel  amor  con- 
cluido? Y  si  vivía  alejado  de  las  dos,  arras- 
trando su  miseria  en  la  soledad  ¿no  era  con- 
denarlas á  un  interminable  suplicio,  enve- 
nenando también  los  últimos  instantes  de 
aquella  madre  por  quien  iba  á  prolongar  in- 
definidamente el  tormento  de  tres  víctimas? 
Y  en  el  fondo,  sin  atreverse  á  confesarlo  á  sí 
propio,  lo  que  más  lo  impulsaba  al  suicidio 
era  la  imposibilidad  de  vivir  sin  Matilde  y  la 
necesidad  de  borrar  con  un  acto  semejante 
las  dudas  que  ésta  pudiera  abrigar  aún  con 
respecto    a    sus    sentimientos,  dejándole   ai 


182  VALMAR 


propio  tiempo  un  recuerdo  grande  de  su 
amor,  purificado  de  sus  pretendidas  faltas  en 
el  crisol  inapelable  de  la  muerte. 

Las  trepidaciones  del  carruaje  al  detenerse 
frente  á  la  puerta  del  cementerio,  cortaron  de 
pronto  el  hilo  de  sus  ideas,  volviéndolo  á  la 
realidad. 

Cuando  él  y  su  amigo  bajaron  del  carruaje, 
ya  el  marido  de  Enriqueta,  con  sus  tres 
acompañantes,  habían  tomado  á  pulso  el  pe- 
queño cajoncito  y  se  dirijían  a  la  portada 
central  del  poético  cementerio. 

Silenciosos  y  con  la  cabeza  descubierta, 
haciendo  resonar  sobre  la  arena  la  regulari- 
dad de  sus  pcisos,  el  pequeño  cortejo  penetró 
por  la  calle  central,  perfecto  remedo  del  ca- 
mino del  infinito,  por  perderse  sus  extre- 
mos, á  través  de  las  tumbas,  entre  las  olas 
del  mar  y  la  diafanidad  del  cielo  inmenso. 

Tras  un  breve  rodeo,  llegaron  por  fin  al  se- 
pulcro que  había  adquirido  Felipe,  y  todos  se 
detuvieron  para  llenar  las  últimas  formali- 
dades. 

Cuando  se  destapó  por  última  vez  el  pe- 
queño cajoncito,  Rodolfo  se  arrodilló,  é  in- 
clinándose sobre  la  cabecita  del  niño,  la 
besó  mucho,  largamente,  tal  vez  murmuran- 
do inconscientemente  palabras  incoherentes 


VALMAR  183 


en  su  insensible  oído,  quizá  revelándole  por 
última  vez  su  paternal  ternura,  recriminán- 
dole tal  vez  haberse  muerto,  haberlo  aban- 
donado para  siempre  robándole  el  resto  de 
todas  sus  alegrías.  Y  aquel  hombre,  lloroso 
y  arrodillado  sobre  el  cuerpecito  del  niño 
muerto,  parecía  un  roble  gigantesco,  incli- 
nado, abatido  por  el  peso  ineludible  del 
destino. 

Entre  tanto,  el  viento  hacia  sonar  las  hojas 
con  rumores  sonoros,  mientras  el  mar  batía 
la  playa  con  sus  olas  espumosas,  y  multitud 
de  pintados  pajaritos,  ocultos  entre  las  ra- 
mas, ensayaban  sus  variados  y  alegres 
trinos. 

Cuando  el  sentido  padre  se  desprendió  por 
fin  de  aquel  despojo  querido,  todos  los  que 
allí  en  torno  suyo  estaban,  hacían  esfuerzos 
por  contener  el  llanto. 

Cerróse  definitivamente  el  lustrado  cajonci- 
to,  se  clavó  la  chapa  con  el  número  que  había 
de  reemplazar  al  nombre,  en  aquel  hospedaje 
postrero,  y  todos  volvieron  silenciosos  sobre 
sus  pasos  dejando  al  niño  encerrado  en  su 
obscura  celda,  á  la  espera  del  tiempo  que, 
poco  á  poco,  modificaría  sus  despojos,  para 
utilizarlos  en  la  renovación  eterna  de  las 
fuerzas,  sin  posible  reposo  ni  fin. 


184  VALMAR 


Cuando  de  nuevo  llegaron  á  la  puerta  de 
salida,  Rodolfo  despidió  á  sus  acompañantes, 
y  tomando  del  brazo  á  Felipe,  lo  invitó  á  ca- 
minar. 

—  Sí,  eso  es,  vamos  á  caminar  un  poco  por 
estos  alrededores.  El  cansancio  físico  es 
conveniente  cuando  se  esta  moralmente  aba- 
tido,— observó  Mont.  Y  luego,  sobreponién- 
dose á  la  situación  con  la  fuerza  de  espíritu 
que  le  era  peculiar,  exclamó  con  expresión 
enigmática: —  Además,  quién  sabe  si  no  nos 
sucede  como  á  esos  desesperados  de  novela 
á  quienes  el  destino  ó  el  autor,  cansado  de 
ver  sufrir,  les  pone  la  felicidad  en  el  camino. 

— Tal  vez  —  contestó  Rodolfo  casi  alegre- 
mente, acariciando  el  puño  de  un  revolver 
Smith  que  llevaba  oculto  en  el  bolsillo. 

Aparentemente  entretenidos  en  ver  las  va- 
porosas nubes  de  menudas  gotas  que  al  cho- 
car contra  las  rocas  se  desprendían  de  las 
olas,  los  dos  amigos  bajaron  hacia  el  mar  por 
entre  las  altas  tapias  de  los  dos  cementerios 


CAPITULO  X 


Cuando  Matilde  pudo  recobrar,  en  parte,  la 
calma  que  había  perdido  al  leer  la  carta  de 
Rodolfo,  su  primer  impulso  fué  buscarlo  y 
echarse  á  sus  pies  implorando  perdón  para 
atraerlo  de  nuevo  á  su  hogar  donde  lo  recla- 
maban todos  los  deberes  de  su  estado.  La  jo- 
ven era  madre,  y  no  dudaba  de  que  la  sola  re- 
velación de  esta  nueva,  obligaría  á  su  marido 
á  volver  en  el  acto.  Pero,  á  pesar  de  sus  in- 
mediatos propósitos,  no  solo  por  ignorar  el 
sitio  donde  podría  encontrarlo,  sino  también 
por  un  lejítimo  sentimiento  de  pudor,  por  cier- 
ta repugnancia  emanada  de  su  educación 
y  sus  ideas,  no  se  animaba  á  tomar  una  deter- 
minación tan  aventurada,  resolviéndose,  al  fin, 
por  llamar  en  su  ayuda  á  la  madre  de  Rodolfo. 


186  VALMAR 


Matilde  conocía  á  su  marido,  lo  sabía  im- 
petuoso, romántico  y  apasionado,  reconocía  la 
exageración  de  sus  teorías  y  las  rarezas  de 
sus  ideas,  á  las  que  jamás  había  podido  amol- 
darse, por  más  que  las  respetaba  y  hasta 
las  acataba,  dominada  por  la  inteligente  ar- 
gumentación con  que  él  las  defendía;  pero 
aquella  actitud  extrema  en  que  de  pronto  se 
colocara,  tenía  todos  los  caracteres  de  lo 
inesperado,  estaba  fuera  de  toda  previsión  po- 
sible y  la  asustaba  ahora,  haciéndola  conside- 
rar culpable  de  una  falta  inmensa  de  la  que  no 
conseguía  darse  cuenta. 

Más  por  adivinación  intuitiva  que  por  es- 
fuerzo razonado,  la  joven  comprendía  la  parte 
de  culpa  que  correspondía  á  cada  uno  en 
aquel  desastre  que  esperaba  fuese  pasajero; 
pero  su  corazón  ansioso  de  amor,  mucho  más 
después  de  haber  saboreado  sus  dulzuras? 
atribuíase  todas  las  culpas,  reconociéndose 
como  la  única  causante  de  sus  actuales  des- 
venturas. Quería  verlo,  sentirlo,  tenerlo  allí  á 
su  lado,  fuese  como  fuese.  Después,  cuando  se- 
mejante dicha  estuviera  asegurada,  entonces 
si  es  que  ella  daba  cabida  á  reconvenciones 
ó  reproches,  sería  el  caso  de  definir  y  señalar 
las  responsabilidades  de  cada  uno.  Por  el 
momento,  ella  tan  solo,  tan  solo  ella  había  SÍ- 


;e- 
es 


VALMAR  187 


do  la  causante  de  su  propia  desdicha,  el  ver- 
dugo de  su  felicidad,  de  aquella  felicidad  du- 
rante tanto  tiempo  soñada  y  tan  accidental- 
mente adquirida,  y  era  preciso  volver  cuanto 
antes  por  ella,  reconquistarla  en  el  acto,  atraer 
aquel  bien  perdido,  corrigiendo  á  cualquier 
precio  su  funesto  yerro. 

Matilde  se  resolvió,  y  haciendo  enganchar 
un  carruaje,  mandó  á  buscar  á  la  madre  de 
Rodolfo. 

La  señora  acudió  en  el  acto,  agena  por 
completo  á  lo  ocurrido;  pero  a  la  sola  vista  de 
la  joven  comprendió  que  algún  suceso  des- 
graciado se  había  producido.  Iba  á  formular 
su  pregunta,  cuando  Matilde,  ahogada  en  llan- 
to, se  arrojó  en  sus  brazos,  contagiándola  con 
esa  rapidez  en  comunicarse  propia  de  las  al- 
mas extremamente  sensibles. 

Cuando  los  sollozos  le  permitieron  hablar, 
Matilde  contó  con  voz  ahogada  todo  cuanto 
había  ocurrido,  y  leyó  la  carta  que  conservaba 
en  su  seno,  lamentando  luego  su  desgraciada 
suerte  y  las  traiciones  hechas  á  su  amor;  pero, 
sobre  todo,  quejándose  de  aquel  abandono 
inesperado  que  transtornaba  todos  sus  planes 
y  desarmaba  todas  sus  iras,  reduciéndola  á 
implorar  una  caridad  de  amor,  sin  la  cual  pe- 
ligraba su  existencia. 


188  VALMAR 


—  ¿Verdad  que  tengo  razón  y  derecho  de 
llamarlo?  —  decía,  con  la  voz  velada  por  la 
emoción  y  las  lágrimas  -¿Usted  cree  que  ven- 
drá, no  es  así?  —  y  sin  esperar  respuesta,  ex- 
ponía las  razones  que  lo  obligarían  á  hacerlo. 

—  Claro cuando  sepa  que  yo  lo  llamo  y 

que  le  pido  perdón Sobretodo  cuando  le 

digan  que  soy  madre,  cuando  conozca  mis 
derechos!  —  Y  aquella  mujer  altiva,  de  carác- 
ter indomable,  cuyo  orgullo  inmenso  nadie 
había  abatido  hasta  allí,  imploraba  quejum- 
brosa, vencida  por  la  necesidad  de  su  amor 

—  ¡Oh,  por  que  sería  mucho  dolor  para  que 
pudiese  soportarlo!  —  exclamaba  —  ¡No,  no 
es  posible  que  me  haya  hecho  tan  feliz  duran- 
te un  corto  tiempo,  para  tener  la  crueldad  de 
quitarme  de  pronto  esa  felicidad  que  me 
había  enseñado  á  querer  y  por  la  que  había 
suspirado  toda  mi  vida!  ¡Sí,  sí,  vendrá  porque 
es  bueno!  Además  yo  le  consiento  tocio!  Qué 
haga  lo  que  quiera,  que  se  gobierne  á  su  an- 
tojo; pero  que  venga,  que  venga,  yo  lo  quiero' 
sin  él  no  puedo  vivir!  —  Y  extenuada,  sofoca- 
da por  el  llanto,  volvía  á  caer  en  brazos  de  k 
aflijida  señora  de  Valmar,  que  se  esforzaba 
por  consolarla,  tratando  de  disculpar  la  con- 
ducta de  su  hijo,  aunque  vituperándola,  en  el 


VALMAR  189 


fondo,  con  toda  la  rectitud  de  su  severa  con- 
ciencia. 

Era  necesario  obrar.  Matilde  lo  exigía 
con  amoroso  arrebato,  y  la  anciana  señora 
no  lo  deseaba  menos,  impaciente  por  ver  á 
su  hijo  que  adivinaba  dolorido  y  sospechaba 
capaz  d  t  cometer  algún  horrible  disparate. 

—  ¿Dónde  vive  esa  mujer?  —  interrogó  de 
pronto,  refiriéndose  á  Josefina. 

—  No  sé,  —  contestó  Matilde,  —  pero  hay 
que  averiguarlo. 

En  efecto,  la  cuestión  era  saber  antes  que 
nada  el  paradero  de  Rodolfo;  pero  como  las 
dos  mujeres  no  podían  tener  idea  de  él  y 
no  querían  dejar  trascender  lo  ocurrido, 
permanecían  irresolutas. 

Por  fio,  á  la  señora  de  Valmar  se  le  ocu- 
rrió que  Felipe  no  podía  estar  ajeno  á  las 
escapatorias  de  su  amigo,  y  propuso  man- 
darlo á  buscar. 

Así  se  hizo/ y  una  hora  más  tarde  en- 
traba el  inseparable  amigo  de  Rodolfo  en 
el  palacete  de  Rolan,  adivinando  antes  que 
hablasen  el  objeto  á  que  era  llamado. 

Sin  embargo,  se  dejó  contar  en  detalle 
lo  acontecido,  para  apreciar  bien  los  hechos 
y  tener  tiempo  de  reflexionar  sobre  la  si- 
tuación.   Así,    luego    que  las    dos    mujeres 


190  V  A  L  M  A  R 


hubieron  hablado,  emitió  su  opinión  con  la 
calma  que  le  era  peculiar,  aún  en  los  mo- 
mentos más  difíciles. 

— Todo  esto  es  grave,  muy  grave, — mur- 
muró Felipe,  reconstruyendo  las  excenas 
que  le  acababan  de  narrar. — Rodolfo  es  un 
niño  ,  á  pesar  de  su  preparación  y  de  su 
inteligencia,  y  á  los  niños  no  se  les  puede 
impresionar  tan  hondamente  sin  riesgo  de 
quebrarles  alguna  delicada  fibra  del  sen- 
timiento. ¡Ah,  Matilde,  si  usted  no  hubie- 
ra abrigado  esa  malhadada  sospecha  de 
la  influencia  de  su  fortuna,  qué  fácilmente 
hubiese  evitado  todo  esto!  Porque,  créalo, 
Rodolfo  no  ha  pensado  nunca  en  el  dine- 
ro, no  ha  sabido  ni  sabe  aun  valorizarlo. 
En  esto,  como  en  todo,  es  inocente  por 
completo,  y  sus  palabras  han  sido  para  él 
una  revelación .  ■ —  Y  como  para  demostrar 
lo  que  afirmaba ,  Felipe  empezó  á  contar 
la  vida  de  su  amigo,  en  aquella  parte  que 
se  relacionaba  con  los  intereses  pecuniarios. 
Nunca  había  tenido  necesidades  .  Extre- 
mamente sobrio,  lo  que  su  madre  le  daba 
durante  su  larga  vida  de  estudiante,  le 
bastaba  y  aun  le  sobraba  para  sus  gastos. 
Más  tarde,  cuando  él  lo  sacó  de  su  vo- 
luntario encierro,  había   atendido  cuidado- 


VALMAR  191 


sámente  á  todos  los  extraordinarios  de  la 
vida  de  su  amigo,  sin  que  éste  se  preocu- 
para ni  notara  tan  siquiera  la  fuente  de 
aquellos  recursos.  —  Un  hecho  les  voy  á 
contar  que  demuestra  su  despreocupación 
en  la  materia, — añadió  Felipe  para  refor- 
zar su  argumentación .  —  Nos  paseábamos 
una  tarde  por  la  calle  25  de  Mayo,  cuando  al 
pasar  por  el  bazar  Jacob,  vio  un  busto  de 
marmol  representando  á  Voltaire  y  se 
enamoró  de  él.  Esto,  y  entrar  á  comprar- 
lo, fué  todo  uno,  solo  que  cuando  le  dije- 
ron el  precio ,  que  era  bastante  subido , 
notó  que  no  tenía  dinero.  ¿Ustedes  creen 
que  desistió  de  su  compra?  Pues  nada  de 
eso.  Se  dirigió  á  mí,  y  como  la  cosa  más 
natural  del  mundo  me  pidió  que  lo  adqui- 
riese para  él .  No  hay  que  decir  que  lo 
hice  con  la  más  viva  satisfacción,  dándo- 
me el  placer  de  gozar  con  aquella  inocente 
ventura,  y  si  ahora  lo  cuento,  es  para  de- 
mostrarles que  Rodolfo  no  sabe  distinguir 
entre  lo  tuyo  y  lo  mío,  cuando  solo  media 
la  amistad,  cuanto  más  al  tratarse  del 
amor.  El  cree  que  los  que  lo  quieren  son 
capaces  de  hacer  con  él,  lo  que  él  haría 
con  ellos.  Y  á  ese  respecto,  si  alguien  que 
le  fuera  simplemente  simpático,  le  pidiese 


192  V  A  L  M  A  R 


un  caudal,  teniéndolo,  lo  daría  sin  trepidar 
un  instante. — Y  Felipe  al  narrar  esta  anéc- 
dota, á  pesar  de  su  general  descreimiento, 
se  detuvo  enternecido. —  ¡Oh,  usted  no  sabe, 
Matilde,  la  delicadeza  de  ese  corazón  que  ha 
palpitado  al  lado  del  suyo!  Usted  lo  ha  herido 
hondamente  con  sus  palabras.  Le  ha  desve- 
lado una  parte  de  la  vida  que  ignoraba,  sor- 
prendiéndolo en  medio  de  sus  más  candoro- 
sas ilusiones.  Ahora,  como  él  lo  dice  en  su 
carta,  no  es  cuestión  de  unirlos  simplemente, 
sino  de  destruir  esa  mala  impresión  que  les 
imposibilitaría  la  vida  en  común.  —  Y  como 
la  joven  llorase  copiosamente,  Felipe,  cre- 
yendo haber  dicho  demasiado,  cambió  de 
tono,  afirmando  que  todo  quedaría  en  nada, 
pues  él  se  comprometía  á  recomponer  aquel 
engranaje  momentáneamente  desajustado. 
Pero  Matilde,  que  lo  había  dejado  hablar  sin 
despegar  los  labios,  dejó  escapar  un  grito  de 
dolor  y  exclamó  resintiéndose  de  su  propia 
herida: 

— Pero  usted  habla  solo  de  su  dolor  y  se 
olvida  del  mío!  Yo  he  sido  engañada.  He  sido 
víctima  de  una  traición  inmensa,  de  esas  que 
ninguna  mujer  apasionada  perdona.  Yo  me 
di  toda,  y  á  mí  no  me  dieron  sino  despojos. 
¡Cómo  no  había  de  sublevarme  y  dejar  esca- 


V  A  L  M  A  R  193 


par  un  insulto  cuando  me  ahogaba  de  dolor? 
¿Era  esa  bastante  razón  para  abandonarme 
así,  para  jurar  no  verme  en  la  vida?. . .  Ah  nó, 
esto  es  cruel,  es  horrible,  y  si  Rodolfo  no  vie- 
ne, solo  me  probará  que  quiere  más  á  esa 
mujer  con  quien  vive  que  á  la  suya  propia!— Y 
estallando  en  una  nueva  crisis  de  sollozos,  se 
dejó  caer  en  un  sillón  ocultando  la  cabeza  en- 
tre las  manos, 

Felipe  calló  un  instante  -para  dejar  pasar 
aquel  acceso,  y  luego,  con  imperturbable  cal- 
ma, volvió  de  nuevo  á  tratar  la  cuestión,  des- 
plegando toda  la  habilidad  de  que  era  capaz. 

— En  esto  se  engaña  usted  tanto  como  en  lo 
otro,  y  no  es  extraño,  el  dolor  la  ofusca,  Ma- 
tilde. Á  Rodolfo  le  pesa  esa  mujer  como  una 
earga.Esto  lo  sé.,  y  se  lo  juro  por  mi  honor. 
No  se  trata  de  ella,  pues,  á  quien  sólo  es  da- 
ble tenerle  compasión. .  .Se  trata  del  hijo.  Si 
pudiera  haber  celos  por  su  parte,  sería  con 
respecto  á  ese  niño;  pero  nunca  por  la  madre. 

— ¿Usted  cree? — no  pudo  menos  de  decir 
Matilde,  anhelosa  y  con  secreta  satisfacción 
por  aquellas  palabras,  que  encontraban  dul- 
císima resonancia  en  su  corazón  enamorado. 

— No  creo,  estoy  seguro, — contestó  Felipe 
con  acento  de  convicción. — Es  más,  creo  que 
si  usted  lo  exige,  renunciaría  también  á  ese 

Tomo  ii— 7 


194  VALMAR 


hijo  aunque  le  remordiese  la  conciencia  por 
todo  el  resto  de  su  vida.  La  cuestión  estriba 
en  que  usted  no  lo  sospeche  capaz  de  ex- 
plotar su  amor  con  miras  interesadas. 

Pero  en  este  punto  las  dos  mujeres  pro- 
testaron á  coro.  Aquello  había  sido  un 
arrebato,  un  impulso  de  ira  completamente 
irreflexivo.  Lo  que  urgía  ahora  era  su  vuelta 
para  que  pudiesen  demostrarse  mutuamente 
su  cariño;  que  después,  Matilde  se  encar- 
garía de  destruir  aquella  ultrajante  idea. 

Entonces  Felipe,  satisfecho  de  su  diploma- 
cia, prometió  ir  en  busca  del  hijo  pródigo 
y  traerlo  en  el  acto. 

Consecuente  con  este  propósito,  salió  en 
dirección  de  la  casa  de  Josefina,  donde  tenía 
la  seguridad  de  encontrarlo,  tratando  de  con- 
cebir un  plan  satisfactorio  que  lo  redujese 
hábilmente  á  la  inmediata  obediencia. 

Felipe,  á  pesar  de  su  espíritu  práctico, 
se  sentía  vivamente  impresionado  por  aque- 
lla desgraciada  historia. 

— He  aquí  una  comedia  romántica  que  pue- 
de fácilmente  degenerar  en  drama, — pensaba, 
teniendo  en  cuenta  el  extraordinario  carácter 
de  su  amigo.  Y  como  autor  oculto  de  ese  ma- 
trimonio, descartaba  la  parte  de  responsabili- 
dad que  podía  corresponderle.—  ¡Loco  del  dia- 


V  A  L  M  A  R  195 


blo! — exclamaba,  mientras  se  metía  en  un 
coche  de  alquiler  que  había  ido  á  buscar  á  la 
plaza  Independencia.— Una  cosa  tan  sencilla 
convertirla  en  suceso  novelesco.  ¡Parece  men- 
tira! ¿Qué  le  costaba  á  este  zonzo  haber  ne- 
gado?. .  .Y  en  el  caso  de  no  poderlo  hacer  por 
falta  de  práctica  en  estas  cosas,  decir  simple- 
mente que  tenía  un  hijo  y  lo  protegía:  pero 
nunca  que  mantenía  relaciones  con  la  ma- 
dre!. . .  ¡Qué  estúpidos  estos  filósofos  y  mora- 
listas y. .  .pavos. .  .porque  este  es  el  verdade- 
ro nombre,  pavos!. .  .Mire  usted  en  nombre  de 
qué  principio  es  conveniente  dar  un  escánda- 
lo semejante  y  renunciar  á  una  mujer  como 
Matilde  y  á  una  posición  como  la  que  había 
adquirido  este  muchacho!. . .  ¡Qué  bárbaros! 
Quieren  hacer  el  bien,  un  bien  que  no  sé  don- 
de está,  y  para  lograr  sus  propósitos^se  enve- 
nenan la  existencia  y  envenenan  la  de  todos 
los  que  están  á  su  alrededor! . . .  ¡Imbéciles,  mil 
veces  imbéciles! — Y  Felipe,  furioso  contra  to- 
da una  clase  que  juzgaba  representada  por  su 
amigo,  gesticulaba  dentro  de  su  carruaje,  sin 
alcanzar  á  distinguir  á  la  de  Hostwald,  que  en 
aquel  momento  se  cruzaba  con  él,  sonrién- 
dose  al  verlo  hablar  sólo  con  tan  inusitado 
entusiasmo. 
Sin  embargo,  el  joven  creía  haber  llegado 


196  VALMAR 


á  tiempo  para  arreglar  satisfactoriamente  las 
cosas,  y  cuando  el  coche  se  detuvo  frente  á  la 
pequeña  verja  de  la  casita  del  Reducto,  lo  hizo 
aguardar  en  la  convicción  de  que  serviría  para 
reintegrar  el  fugitivo  á  su  hogar  desconsolado. 

Pronto,  empero,  pudo  convencerse  de  la  fa- 
lacia de  su  optimismo. 

En  efecto,  apenas  penetró  al  interior  de  la 
casita,  el  espectáculo  que  se  ofreció  á  su  vista 
no  era  nada  tranquilizador. 

Reinaban  allí  la  confusión  y  el  desorden. 

Sobre  la  cama  de  Josefina,  arropado  con  una 
montaña  de  cobertores,  yacía  Rodolfo,  que 
parecía  dormir  y  soñar  con  algo  muy  ex- 
traordinario, pues  á  cada  instante  la  violencia 
de  sus  sacudidas  hacían  crujir  las  maderas 
del  lecho.  Por  otra  parte,  en  un  ángulo  de  la 
habitación,  Rodolfito,  á  quién  la  dentición 
molestaba  hacia  días,  chillaba  como  un  loco, 
acometido  de  fuerte  dolor  de  vientre.  Y  Jose- 
fina, con  la  cabeza  trastornada,  sin  saber  á 
quién  atender  primero,  desatendía  á  los  dos 
para  preparar  algunos  remedios  caseros  que 
á  pesar  de  su  turbación  se  le  había  ocurrido. 

La  vieja  criada  había  ido  por  segunda  vez 
en  busca  de  un  médico,  y  no  venía,  así  es  que 
la  pobre  joven  no  sabía  qué  determinación 
tomar  en  el  momento  que  apareció  Felipe. 


V  A  L  M  A  R  197 


— ¡Ah,  qué  felicidad!  —  exclamó  al  ver  el 
amigo  de  su  amante.  -  Y  en  breves  palabras, 
emocionada  y  anhelosa,  contó  lo  que  había 
ocurrido. 

A  eso  de  las  ocho,  cuando  ella  recién  aca- 
baba de  levantarse,  debido  á  que  el  niño  le 
había  dado  muy  mala  noche,  se  presentó  Ro- 
dolfo con  la  cara  extraviada,  la  mirada  encen- 
dida y  temblando  como  un  azogado. 

Ella  lo  había  interrogado  en  el  acto;  pero 
por  toda  respuesta  solo  consiguió  saber  que 
tenía  frió.  No  decía  otra  cosa.  —  Tengo  frió 
tengo  frió, — y  esto  mismo  con  voz  entrecorta- 
da y  fatigosa,  rechinándole  los  dientes.  En- 
tonces, con  el  susto  y  la  emoción  consiguien- 
tes, lo  había  arropado  en  su  camita  y  había 
mandado  venir  un  médico,  que  recetó  y  se 
despidió  hasta  más  tarde,  sin  poder  decir  lo 
que  tenía. 

— He  tratado  de  darle  el  remedio;  pero  no 
hay  forma  de  hacérselo  tomar.  Así  es  que  he 
vuelto  á  mandar  á  doña  Maria  para  decirle  al 
Doctor  que  venga, — dijo  la  joven  acabando  de 
narrar  su  breve  historia. 

El  primer  impulso  de  Felipe  ante  aquella 
imprevista  serie  de  circunstancias  que  tras- 
tornaban todos  sus  planes,  fué  apoderarse  de 
Rodolfo  y  transportarlo  en  el  carruaje  hasta 


198  V  A  L  M  A  R 


su  casa,  entregándolo  al  celo  de  Matilde,  en 
cuyos  brazos  vendría  á  despertar  de  aquel  le- 
targo; pero  al  acercarse  á  su  amigo  y  notar  la 
excesiva  fiebre  que  lo  consumía,  no  se  atrevió 
á  dar  un  paso  tan  arriesgado,  cargando  con  la 
tremenda  responsabilidad  que  le  cabría,  si  en 
el  trayecto  llegaba  á  sobrevenir  algún  acci- 
dente desgraciado.  Desistió,  pues,  de  su  pro- 
pósito, y  se  apresuró  á  dar  los  pasos  necesa- 
rios para  que  el  doctor  Roca  viniese  en  el  acto 
y  emitiese  su  opinión  autorizada. 

—  ¿Dónde  hay  un  teléfono,  por  aquí?  — 
preguntó  á  Josefina. 

—  En  el  almacén  hay  uno,  y  en  la  Estación 
creo  que  tienen  los  dos,  —  contestó  la  joven. 

—  Bueno,  entonces  voy  á  llamar  al  médico 
de  Rodolfo,  que  ya  conoce  su  temperamento, 
y  vuelvo. — Y  tomando  su  sombrero,  salió  rá- 
pidamente dirijiéndose  al  almacén  que  indi- 
caba Josefina. 

Aún  era  hora  de  consulta,  así  es  que  el  doc- 
tor Roca  se  hallaba  en  casa  y  pudo  contestar 
personalmente  al  llamado,  prometiendo  ir 
en  el  acto. 

Felipe  volvió,  pues,  junto  á  su  amigo  y  sen- 
tóse á  su  cabecera  para  observarlo  cuidado- 
samente en  cuanto  no  llegaba  el  médico.  Que- 
ría ver  si  descubría  algún  síntoma  que  indi- 


V  A  L  M  A  R  199 


case  la  enfermedad  que  podría  habéflte  sobre- 
venido, no  pudiendo  conformarse  con  la  idea 
de  que,  solo  obedeciendo  á  causas  morales, 
Rodolfo  se  encontrase  en  aquel  estado. 

■ — Parece  mentira!  —  exclamaba  al  cabo  de 
un  rato,  no  encontrando  otra  explicación  á  la 
violenta  fiebre  de  su  amigo.  —  Decir  que  yo 
en  su  lugar  hubiese  tenido  para  cinco  minu- 
tos de  disgusto.  Vivir  así  es  ser  una  víctima! 
¿0  acaso  gozará  de  la  misma  excesiva  mane- 
ra? Pero  no  puede  ser,  por  que  el  placer  se 
convertiría    en    dolor,    una   vez    llegado   á 

ese  extremo! Es  la  cuestión  aquella  del 

suplicio  de  las  cosquillas.  Esta  clase  de  se- 
res debe  de  ser  sumamente  desgraciada? 
debe  de  dolerles  los  nervios  á  fuerza  de  estar 
estirados  de  esa  manera  brutal.  Sufren  una 
pequeña  contrariedad;  el  dolor  apreta  las 
clavijas,  y  se  enferman.  Les  dan  un  beso 
fuerte;  tuerce  las  clavijas  el  placer  y  se  des- 
mayan. ...  Vaya  vaya  con  los  hombres  estos! 
La  verdad  es  que  son  unos  desequilibrados. 
Habría  que  hacerles  cavar  la  tierra  para  ar- 
monizar un  poco  esas  fuerzas,  gastando  el  ex- 
ceso de  nerviosidad  que  tienen  almacenado. — 
■Y  Felipe,  sin  poder  contener  sus  burlas  de 
hombre  práctico,  miraba,  sin  embargo,  en- 
ternecido á  su    amigo,  cuyo  estado,  á  más 


200  V  A  LM  A  R 


de  inspirarle  compasión,  hubiese  querido  re- 
mediar en  el  acto. 

La  llegada  de  la  criada  de  Josefina  con  el 
médico  que  había  estado  por  la  mañana,  vino 
á  poner  término  al  curso  de  sus  ideas. 

El  doctor  entró,  constató  la  elevada  tempe- 
ratura del  enfermo  y  se  extrañó  mucho. 

— ¿No  le  han  dado  el  medicamento  que  re- 
ceté?— interrogó  brevemente. 

— No  he  podido  hacérselo  tomar, — contestó 
Josefina  muy  compungida. 

— Ah,  pues  hay  que  dárselo  aunque  sea  á 
la  fuerza,  -argüyó  como  quien  hace  un  repro- 
che.— ¿Quiere  tener  la  bondad  de  darme  el 
frasco? — Y  como  la  joven  se  lo  alcanzase,  lo 
sacudió  ligeramente,  y  después  de  mirar  si 
conservaba  la  trasparencia,  vertió  una  parte 
en  la  cuchara  que  le  habían  dado  é  intentó 
hacérselo  beber  al  paciente.  Pero  éste  se  re- 
sistía á  abrir  la  boca  y  apretaba  los  dientes 
haciéndolos  rechinar  con  ruidos  molestos. 
Viendo  esto,  Felipe  fué  en  su  ayuda,  y  opri- 
miéndole la  nariz,  consiguió  que  bebiese  la 
poción. 

Rodolfo,  medio  ahogado,  tragó,  abrió  los 
ojos,  miró  á  todos  con  aire  asombrado,  y  des- 
pués de  murmurar  algunas  palabras  confusas, 


V  A  L  M  A  R  201 


cayó  de  nuevo  en  el  sopor  que  lo  tenía  pos- 
trado. 

—  ¿Qué  opina  usted,  doctor?  —  interrogó 
Felipe,  apenas  hubieron  terminado  aquella 
operación. 

—  No  sé  qué  podrá  resultar.  Por  ahora 
no  veo  más  que  una  fiebre  muy  alta.  Lo 
único  que  se  puede  hacer  es  tratar  de  dismi- 
nuirla y  esperar, — contestó  el  interpelado. — 
Lo  que  si, — continuó, — hay  que  dar  este  me- 
dicamento cada  cuarto  de  hora,  aunque 
el  enfermo  no  quiera,  y  cuando  la  fiebre  baje, 
que  bajará  seguramente,  ir  dilatando  las 
horas  de  manera  progresiva.  Aquí  le  dejo 
este  termómetro  para  que  le  tomen  la  tem- 
peratura un  momento  antes  de  darle  el  re- 
medio, y  por  si  acaso  desminuye  la  fiebre 
rápidamente,  suspéndanlo  hasta  que  yo 
vuelva.  —  Y  saludando  cortesmente,  fué  á 
presenciar,  en  otro  sitio,  alguna  otra  análoga 
excena  de  sufrimiento. 

Apenas  salido  el  doctor,  Josefina  se  acercó 
vivamente  á  Felipe  para  preguntarle  si 
sabía  algo  de  lo  que  podía  haberle  ocurri- 
do á  su  amante. 

—  No.  Lo  ignoro,  —  contestó  Mont,  con 
disimulo .  Y  comprendiendo  que  tenía  ne- 
cesidad de  explicar  su  presencia  en  aquel 


202  VALMAR 


sitio,  añadió: — Yo  vine  casualmente,  por  un 
negocio  de  mucha  urgencia  que  teníamos 
que  arreglar  hoy. 

La  joven  iba  á  insistir,  dudando  de  la 
veracidad  de  todo  aquello,  cuando  la  lle- 
gada del  carruaje  del  doctor  Roca  obligó  á 
Felipe  á  salir  á  su  encuentro. 

— ¿Qué  sucede,  qué  sucede? — entró  diciendo 
el  antiguo  condiscípulo  de  Valmar — ¿A  don 
Rodolfo  le  ha  ocurrido  algún  accidente  por 
estas  alturas? 

— Accidente, propiamente,  no;pero  algo  muy 
parecido. — Y  Felipe,  guiando  hacia  el  come- 
dor á  su  médico  y  amigo,  lo  puso  en  breves 
palabras  al  corriente  de  los  sucesos  que  tur- 
baban la  tranquilidad  de  la  vida  de  Rodolfo. 
Se  trataba  de  una  cuestión  grave  y  no  se  po- 
día ocultar  nada  al  médico. 

Apenas  hubo  terminado,  el  Doctor,  sin 
contestar  palabra,  entró  en  la  habitación  del 
enfermo  y  lo  examinó  atentamente. 

Tomó  el  pulso,  oyó  el  corazón,  tocó  la  fren- 
te y  después  llamó  dos  ó  tres  veces  al  enfer- 
mo, para  ver  si  estaba  en  su  conocimiento. 
Pero  éste  se  limitó  á  abrir  nuevamente  los 
ojos,  balbuceando  algunas  palabras,  y  otra 
vez  quedó  aletargado. 

—  Pide  agua,  —  dijo  el  doctor,  y  señalando 


VALMAR  203 


el  frasco  que  contenía  el  medicamento,  pidió 
la  receta.— Debe  ser  antifibrina.  Veamos  las 
proporciones.  —  Y  después  de  leer  y  aprobar 
con  la  cabeza:— Está  bien, — dijo,  —  por  ahora 
hay  que  seguir  con  esto  hasta  que  la  fiebre 
baje.  Después  veremos. 

—  ¿Qué  puede  ser?  interrogó  Felipe,  ape- 
nas hubieron  salido  del  cuarto. 

—  Puede  que  quiera  venir  alguna  conges- 
tión, y  es  lo  que  hay  que  evitar  por  que  po- 
dría ser  fatal  ó  dejarlo  loco. 

—  ¡Cáspita!  ¡Con  que  calma  lo  dices! — no 
pudo  menos  de  exclamar  Felipe  al  oir  el 
terrible  diagnóstico. 

—  ¡Ay,  hijo,  nosotros  no  tenemos  más  re- 
medio que  tener  calma.  No  ves  que  siempre 
nos  llaman  donde  los  que  más  dosis  tienen  de 
ella,  ya  la  han  perdido! 

—  Tienes  razón;  lo  que  soy  yo,  no  sería 
médico  aun  que  me  muriese  de  hambre. 

—  ¡Quién  sabe!— exclamó  Roca  mirando  el 
vacío,  como  persiguiendo  una  visión  pasage- 
ra. — Aunque  finjamos  indiferencia,  sentimos; 
pero  es  otra  clase  de  sentimiento  el  nuestro. 
Nuestro  afán  no  es  por  la  persona,  sino  por 
la  vida  que  tratamos  de  disputar  á  la  muerte. 
Tenemos  que  hacer  abstracción  de  todo 
sentimiento   para   conservar   nuestra  inde- 


204  V  A  L  M  A  R 


pendencia  intelectual.  De  ahí  esa  aparente 
frialdad,  esa  pretendida  indiferencia. 

—  Déjate  de  embromar,  todos  ustedes  son 
escépticos! — exclamó  Felipe,  que  lo  oía  con 
sonrisa  irónica. 

— Te  engañas, — replicó  el  doctor  Roca  con 
calma. — El  escepticismo  no  cabe  en  medicina. 
— Decirnos  escépticos  es  como  decirnos  mer- 
caderes. Si  no  ¿á  qué  ejercer  la  profesión  sin 

fé  en  el  éxito? No,  no  hay  tal  escepticismo. 

— añadió,  animándose  por  grados. — La  vida 
se  corrije,  la  muerte  se  vence.  Lo  que  hay  es 
que,  en  la  mayoría  de  los  casos,  nos  llaman 
tarde,  y  aún  así  no  cumplen  fielmente  nues- 
tros preceptos.  Tenemos  toda  la  responsabi- 
lidad y  una  pequeña  parte  en  la  dirección. — 
Pero  como  notase  que  Felipe  ya  no  lo  oía, 
calló  haciendo  un  jesto  de  desprecio. 

Á  propósito, — dijo  Mont  deteniéndolo. — 
¿Podré  llevarlo  á  su  casa? 

—  No  te  lo  aconsejo,— contestó  el  Doctor 
secamente. 

—  Ten  en  cuenta  que  se  trata  de  una  deli- 
cada cuestión  de  familia,— insistió  Felipe. 

—  ¿No  ves  lo  que  te  decía  hace  un  instante? 
Te  digo  que  nó,  é  insistes! 

—  Pero  insisto  porque  se  trata  de  algo 
muy  grave. 


V  A  L  M  A  R  205 


—  Aquí  no  hay  más  gravedad  que  el  estado 
de  Rodolfo.  Si  quieres  a  nuestro  amigo,  dé- 
jalo en  paz  y  no  te  preocupes  de  cuestiones  de 
familia.— Y  dando  media  vuelta  dirijióse  á  la 
puerta  de  salida. 

Ya  trasponían  el  umbral  cuando  sintieron 
la  voz  de  Josefina  que  los  llamaba  angustio- 
samente. Volviendo  sobre  sus  pasos,  acudie- 
ron en  el  acto,  y  encontraron  á  ésta  toda  llo- 
rosa, contemplando  á  su  pequeño  hijito  que 
se  debatía  en  la  cuna  víctima  de  una  convul- 
sión violenta.   . 

—  Doctor!  Doctor!  Mi  hijo  se  muere!  — ex- 
clamaba la  joven. 

—  No  hay  que  asustarse,  no  hay  que  asus- 
tarse,— repetía  Felipe,  mientras  Roca  exa- 
minaba el  niño  en  silencio. 

—  Quiere  echar  los  dientes, — dijo  al  cabo 
de  un  rato.  Esto  no  es  nada,  señora,  son  pe- 
queñas convulsiones;  pero  no  hay  nada  que 
temer,  este  niño  es  un  torito. — Y  sacando  ung, 
cartera,  arrancó  una  hoja  y  recetó.  Luego, 
como  el  niño  se  había  encalmado,  mientras 

•  hacía  esta  operación,  quiso  verle  la  boca; 
pero  el  infante  se  resistió  y  empezó  á  chillar 
con  todas  sus  fuerzas.  Entonces,  como  quien 
coge  una  sustancia  insensible,  introdujo  am- 
bos pulgares  entre  las  tiernas  encías  del  pe- 


206  VALMAR 


queño,  y  lo  obligó  á  enseñarlas  bien  abierta 
á  la  luz.— ¡Cáspita! — exclamó  asombrado,— 
parece  que  quisieran  salir  todos  á  un  mis- 
mo tiempo. 

— ¿Está  grave,  Doctor?— jimio,  más  bien  que 
dijo  la  desconsolada  madre. 

—  Á  esta  edad,  todo  es  grave  y  nada  es 
grave.  Es  grave  por  que  la  vida  es  muy  tier- 
na, y  no  es  grave  por  que  la  naturaleza  hace 
milagros  con  los  que  empiezan  á  vivir.  —  Y 
tras  estas  poco  halagüeñas  palabras,  se  mar- 
chó hacia  fuera,  mientras  la  madre,  llorosa, 
cobijaba  en  su  seno  á  su  tierno  hijo,  como 
para  evitar  que  se  lo  arrebatara  una  especie 
de  fantasma  negro,  que  acababa  de  pasar  an- 
te sus  ojos  aterrados. 

Media  hora  después,  aprovechando  la  lle- 
gada de  Enriqueta,  que  había  acudido  por  lla- 
mado de  Josefina,  Felipe  corrió  á  casa  de 
Matilde  á  comunicar  lo  que  sucedía. 

La  joven  lo  esperaba  anhelante  por  saber 
el  resultado  de  sus  gestiones,  y  apenas  lo  vio 
entrar  sólo,  sintió  una  emoción  vivísima  que 
ni  siquiera  le  permitió  interrogarlo.  En  cam- 
bio, la  señora  de  Valmar  fué  la  que  habló 
por  ella. 

—  ¿Viene?— gritó  en  cuanto  entró  Felipe- 

—  No  puede,  está  enfermo. 


V  A  L  M  A  R  207 


—  Enfermo!— exclamaron  casi  á  un  tiempo 
las  dos  mujeres,  íntimamente  vinculadas  al 
destino  de  Rodolfo,  aunque  por  bien  distintos 
lazos. 

— No  es  nada,  no  es  nada,  contestó  Mont, — 
comprendiendo  la  ansiedad  de  aquella  pre- 
gunta. Está  con  mucha  fiebre,  pero  no  es  de 
gravedad.  Es  la  impresión  y  los  nervios. — Y 
acto  continuo  narró  todo  lo  acaecido,  como 
así  las  disposiciones  que  había  tomado,  y  la 
negativa  del  médico  para  dejarlo  trasladar 
hasta  allí. 

Con  tanto  suceso  y  tantos  contratiempos. 
Matilde  estaba  completamente  aturdida:  no 
sabía  que  pensar  ni  que  hacer.  Aquel  último 
contraste  venía  á  colmar  la  medida,  pues  des- 
truía sus  esperanzas  de  que  la  actitud  de  su 
marido  permaneciera  secreta.  El  escándalo 
iba  á  trascender,  y  á  los  ojos  del  mundo,  de 
aquella  sociedad  que  había  despreciado,  que- 
daría rebajado  el  concepto  de  Rodolfo,  y  ella 
reducida  al  ridículo  ó  á  la  compasión.  No  era 
ciertamente  que  esta  clase  de  sentimientos 
imperase  en  ella,  después  de  los  aconteci- 
mientos que  se  venían  produciendo  en  su 
vida;  pero,  unidos  á  estos,  contribuían  á  pro- 
fundizar la  herida  recientemente  abierta  en 
su  corazón. 


208  VALMAR 


— ¡Qué  fatalidad!— exclamó  cuando  Felipa 
hubo  concluido  de  narrar  los  hechos  en  qije 
había  sido  actor.— No  solo  saberlo  enfern/o 
por  mi  causa,  sino  que  ni  siquiera  puedo 
estar  á  su  lado,  teniendo  todos  los  derechos  y 
sintiéndome  impulsada  á  hacerlo. 

— No,  mi  hijita,  tú  no  puedes  ni  debes  ir, 
pero  queda  tranquila,  porque  iré  yo, — dijo  la 
señora  de  Valmar,  dispuesta  á  cumplir  aquel 
deber  que  consideraba  sagrado. 

— Pero  ¿qué  explicación  voy  á  dar  á  todo  el 
que  venga,  para  justificar  esta  enfermedad  de 
Rodolfo  en  otra  casa  que  no  es  la  suya  y  á  la 
que  su  mujer  no  puede  ir?---argüia  Matilde. 

—  Todo  se  puede  arreglar;  —  interrumpió 
Felipe,  que  era  el  hombre  de  las  solucio- 
nes.—  Nadie  sabe  donde  está  Rodolfo,  es 
fácil,  pues,  decir  que  está  de  viaje  por  el  in- 
terior ,  y  que  volverá  en  breves  dias .  Y 
luego,  en  cuanto  puédamos  traerlo,  se  dice 
que  enfermó  por  el  camino! 

Aunque  en  medio  de  quejas  yx  de  lágrimas, 
aquel  temperamento  fué  aceptado,  y  ese  mis- 
mo día,  á  la  noche,  Felipe,  acompañado  de  la 
madre  de  Rodolfo,  para  quien  no  podía  exis- 
tir ningún  género  de  escrúpulo,  tratándose  de 
la  vida  de  su  hijo,  se  instalaban  en  un  ca- 


VALMAR  209 


rruaje  que  había  de  conducirlos  hasta  la  ca- 
sita del  Reducto. 

La  rapidez  con  que  fué  atendido  Valmar, 
debido  á  la  oportuna  intervención  de  Felipe, 
conjuró  en  parte  la  congestión  temida  por  el 
doctor  Roca,  y  quince  dias  más  tarde,  el  en- 
fermo, rodeado  de  cuidados  y  de  cariño,  por 
su  madre  y  por  Josefina,  pudo  empezar  á  de- 
jar el  lecho  por  algunas  horas,  sentándose  en 
un  cómodo  sillón  frente  á  su  ventana. 

Sin  embargo,  su  estado  no  dejaba  de  inspi- 
rar temores,  y  ya  fuese  por  la  enfermedad  de 
Rodolfo,  cuyas  convulsiones  se  repetían  cada 
dia  con  mayor  frecuencia,  ó  bien  por  el  esta- 
do de  su  espíritu  que  se  manifestaba  profun- 
damente abatido,  es  el  caso  que  la  fiebre  no 
lo  abandonaba  por  completo,  postrándolo 
muchas  veces  al  caer  la  tarde,  sobre  todo 
cuando  recibía  alguna  sensación  demasia- 
do fuerte. 

Atento  á  esta  sobrexcitación  de  su  sistema 
nervioso,  el  doctor  Roca  había  prohibido 
terminantemente  que  se  le  hablase  de  las 
causas  de  su  enfermedad,  presumiendo  que 
cualquiera  emoción,  por  insignificante  que 
fuera,  podía  acarrear  consecuencias  funestas. 

Había  sido,  pues,  necesario  callar.  Felipe 
mismo,  sin  embargo  de  opinar  que  aqnel  si- 


210  VALMAR 


lencio  era  perjudicial  para  su  amigo,  someti- 
do á  la  voluntad  del  médico,  y  no  queriendo 
cargar  con  la  responsabilidad  de  una  desgra- 
cia, que  luego  achacarían  á  su  precipitación, 
limitábase  á  tener  á  Matilde  al  corriente  de  la 
salud  de  su  marido,  consiguiendo  de  ella,  á 
duras  penas,  que  desistiese  de  ir  á  verlo,  co- 
mo lo  hubiese  hecho  más  de  una  vez,  obede- 
ciendo á  los  impulsos  de  su  corazón,  que  le 
aconsejaban  el  desconocimiento  de  las  fór- 
mulas sociales  que  se  lo  impedían. 

Por  su  parte,  Rodolfo,  apenas  en  posesión 
de  sí  mismo,  extrañaba  aquel  silencio  y  se 
sentía  herido  por  el  aparente  abandono  de 
Matilde.  Veía  en  ello  una  manifiesta  prueba 
de  desamor,  y  aunque  con  el  propósito  hecho 
de  resistirle  y  negarse  á  unirse  con  ella,  en  el 
caso  de  que  así  lo  hubiese  deseado,  la  presen- 
cia de  su  mujer,  ansiosa  por  reconquistarlo,  ó 
por  lo  menos  el  eco  de  su  amoroso  llamado, 
llegando  hasta  él,  hubiese  sido  un  bálsamo 
de  consolación  para  su  alma  dolorida.  Aun- 
que inconscientemente,  Rodolfo  esperaba  al- 
go de  Matilde.  En  el  fondo  de  su  corazón  no 
podía  adaptarse  á  la  idea  de  la  indiferencia, 
por  parte  de  aquella  mujer  amada,  y  que  tan 
ardoroso  apasionamiento  le  había  demostra- 
do, durante  el  dulce  interregno  de  sus  reía- 


VALMAR  211 


ciones  íntimas.  Había  en  él  algo  del  padre 
que  castiga  á  un  hijo,  y  luego,  quizá  sin  darse 
cuenta,  espera  anheloso  una  palabra  para 
perdonarlo. 

Pero  la  palabra  no  venía,  y  por  más  que  el 
joven,  sin  atreverse  á  tocar  aquel  tema,  inte- 
rrogaba con  la  vista  á  su  madre  y  á  Felipe, 
solo  encontraba  el  silencio  por  respuesta:  un 
silencio  cruel,  helado,  que  aumentaba  su  pro- 
fundo desaliento. 

—  ¡Oh,  si  ella  me  quisiese  ya  estaría  aquí! — 
pensaba. —  El  amor  no  reconoce  vallas! — Y 
mientras  borraba  de  sus  ojos  la  huella  de  dos 
lágrimas  furtivas,  sentía  una  helada  amargu- 
ra, un  vacío  profundo,  algo  como  una  cruel 
sensación  de  desgarro  interno,  que  le  pro- 
ducía náuseas  de  la  vida,  perezosos  deseos  de 
morir. 

Sin  embargo,  en  medio  de  su  mortal  con- 
goja, la  creciente  agravación  de  la  enferme- 
dad de  su  hijo  lograba  impresionarlo  viva- 
mente. Víctima  del  rompimiento  repentino 
de  todos  sus  afectos,  convencido  ahora  de  su 
indiferencia  por  Josefina,  su  exuberante  afec- 
tividad se  vinculaba  al  pequeño,  extreme- 
ciéndose  de  terror  á  la  idea  de  su  muerte, 
presintiendo  que  ella  sería  el  último  lazo  de 
unión  entre  él  y  la  vida. 


212  VALMAR 


Y  el  niño  se  agravaba,  en  efecto. 

A  pesar  de  haber  sido  llamado  á  tiempo,  el 
doctor  Roca  se  encontraba  en  presencia 
de  un  caso  singular.  Los  dientes  no  salían, 
y  las  convulsiones  se  sucedían  cada  día  con 
mayor  rapidez,  amenazando  destruir  aquel 
pequeño  cuerpecito. 

Dos  consultas  se  habían  verificado;  pero  el 
resultado  había  sido  nulo.  Mientras  unos  opi- 
naban que  debía  prevenirse  principalmente 
el  ataque  cerebral,  otros  objetaban  que  para 
obtener  ese  resultado  había  que  debilitar  al 
pequeño  y  tendría  menos  probabilidades  de 
vencer  sobre  tan  pertinaz  dentición.  Era  una 
especie  de  círculo  vicioso;  si  no  se  daba  car- 
bón á  la  máquina,  podría  encallar  el  barco, 
en  cambio,  si  la  presión  aumentaba,  era  casi 
cierto  que  estallaría  la  caldera. 

Y  mientras  tanto  el  niño  se  moría  indefec- 
tiblemente, lleno  de  dolores,  mortificado  á 
cada  instante  por  la  administración  de  drogas 
detestables  y  todo  género  de  curaciones  in- 
cómodas. 

No  había  días  ni  noches  en  aquella  casa, 
ocupada  toda  en  atender  el  pequeño  enfermo. 

Rodolfo,  olvidado  de  sí  mismo,  seguía  afa- 
noso las  faces  de  aquella  lucha  entre  la  vida 
y  la  muerte,  asiéndose  á  la  más  débil  espe- 


V  A  L  M  A  R  213 


ranza,  con  la  desesperación  de  un  náufrago  á 
una  tabla  de  salvación. 

La  vida  del  niño  era  constantemente  co- 
mentada y  todos  sus  actos  inmediatamente 
interpretados  como  augurios,  ora  salvadores, 
ora  fatales. 

Una  sonrisa  devolvía  la  fé  y  hacía  renacer, 
por  un  instante,  la  perdida  calma;  una  gracia 
daba  la  seguridad  absoluta  de  su  salvación; 
pero,  cuando  por  acaso  el  niño  daba  un  sus- 
piro, Rodolfo,  desesperado,  decía  que  aquello 
era  una  manifestación  indudable  de  que  su 
hijo  adivinaba  la  muerte. 

Y  la  adivinaba  en  efecto,  pues,  solo  al- 
gunos días  después,  entregaba  su  alma  en 
una  violenta  y  postrera  convulsión,  en  la  que 
conseguía,  aunque  tarde,  romper  la  espesa 
capa  de  carne  que  cubría  sus  dos  hermo- 
sos incisivos. 

Una  vez  muerto  el  pequeño,  Felipe,  que 
en  el  acto  se  encargó  de  correr  con  los  trá- 
mites del  entierro,  aprovechó  la  oportuni- 
dad y  fué  á  comunicarle  á  Matilde  lo  su- 
cedido, ocurriéndosele  que  podía  sacar  par- 
tido, en  beneficio  de  su  amigo,  de  aquel 
luctuoso  acontecimiento. 

Su  plan  era  aprovecharse  del  natural  en- 
ternecimiento de  Rodolfo   y   de  su  predis- 


214  VALMAR 


posición  inconsciente  á  los  efectos  dramá- 
ticos, lanzando  á  su  encuentro,  de  pronto, 
en  el  instante  mismo  de  perder  para  siempre 
á  su  hijo,  á  la  mujer  de  sus  ensueños, 
ofertándole  el  consuelo  de  su  amor,  refor- 
zado por  su  soberana  cualidad  de  madre. 

A  tiempo  se  producían  los  hechos,  pues, 
cuando  Felipe  entró  en  el  palacete  de  la 
calle  Soriano,  encontró  á  Matilde  que,  re- 
suelta á  saltar  por  todo,  se  disponía  á  ir 
personalmente  en  busca  de  su  marido. 

— Yo  no  puedo  soportar  más  esta  vida  de 
incertidumbre, — exclamó,  apenas  llegado  Fe- 
lipe.—  Quiero  saber  lo  que  hay  de  verdad 
en  el  fondo  de  todo  esto.  Los  médicos  no 
pueden  privar  que  una  mujer  esté  al  lado 
de  su  marido. 

— Calma,  calma,  Matilde,  —  contestó  el  in- 
terpelado, haciendo  gala  de  la  suya,  imper- 
turbable. —  Ahora  más  que  nunca  la  nece- 
sitamos para  salir  airosos.  Precisamente, 
teniendo  en  cuenta  su  legítima  impaciencia, 
venía  combinando  una  conspiración  para 
terminar  este  asunto. — Y  acto  continuo,  des- 
pués de  anunciar  la  muerte  del  hijo  de  Ro- 
dolfo, expuso  su  plan. 

Como  el  entierro  tendría  lugar  al  día 
siguiente  y  el  acompañamiento  sería  redu- 


VALMAR  215 


cido,  una  vez  terminada  la  ceremonia,  bajo 
pretexto  de  sustraer  á  su  amigo  á  las  enojo- 
sas manifestaciones  de  condolencia  que  pu- 
dieran hacerle,  lo  llevaría  á  caminar  por  la 
callejuela  que  corre  entre  el  nuevo  cemente- 
rio Inglés  y  el  del  Buceo.  Entre  tanto,  Ma- 
tilde, acompañada  por  la  señora  de  Valmar, 
aguardaría  oculta  en  algún  recodo,  y  en 
el  instante  que  Rodolfo  estuviese  bien  pró- 
ximo, saldría,  y  él  y  Matilde  se  confundi- 
rían uno  en  brazos  del  otro,  echando  al 
olvido  lo  pasado  para  no  soñar  sino  con  la 
felicidad  del  porvenir,  que  para  ellos  estaba 
henchido  de  promesas. 

— En  cuanto  á  Josefina,  —  añadió  Felipe, 
concluyendo  de  desarrollar  su  plan,  y  com- 
prendiendo que  debía  explicar  sus  propósitos 
con  relación  á  la  querida  de  Rodolfo,  —  la 
obligaremos  á  que  dé  un  viajecito  con  los 
padres,  si  es  que  no  prefieren  darlo  ustedes, 
que  sería  lo  más  conveniente. 

El  plan  de  Felipe  mereció  por  completo 
la  aprobación  de  Matilde,  que  ansiaba  en- 
contrarse, de  una  vez,  dueña  del  amor  de  su 
marido;  así  es  que,  señalando  las  horas  en 
que  debían  encontrarse,  diéronse  la  extraña 
cita  y  se  despidieron  hasta  el  día  siguiente 
augurándose  un  éxito  lisonjero. 


216  V  A  L  M  A  R 


En  cuanto  salió  Felipe,  la  joven  entró 
en  su  dormitorio,  y  echándose  sobre  el  amplio 
lecho,  testigo  diario  de  sus  desfallecimien- 
tos y  tristezas,  acariciada  por  aquella  nueva 
esperanza,  comenzó  á  pensar  en  la  época 
futura,  cuando  nuevamente  adormecida  en 
los  brazos  de  su  Rodolfo,  meciese  la  dorada 
cuna  del  hijo  de  su  amor. 


6  tí4?  S>  ^S 


CAPITULO  XI 


— Mira,  Felipe ,  —  decía  Rodolfo ,  cuando 
después  del  entierro  bajaba  con  su  amigo 
por  la  calle  que  divide  los  dos  cemente- 
rios.—  Te  voy  á  pedir  un  favor.  Josefina 
tiene  en  su  poder  dos  mil  pesos,  y  desearía 
que  tú  se  los  manejaras.  Ya  sabes,  son 
aquellos  dos  mil  pesos  que  me  cobraste 
los  otros  días.  Los  iba  á  devolver;  pero 
he  pensado  que  era  mejor  dárselos  á  esa 
pobre  niña.    Harás  lo  que  te  pido  ¿verdad? 

—Cómo  no,  hombre  de  Dios!  ¡Pues  vaya 
un  servicio  importante!  —  exclamó  Felipe, 
mirando  de  soslayo  á  su  amigo,  como  pa- 
ra penetrar  el  objeto  que  lo  guiaba  á  dar 
semejantes  disposiciones. 

— ¿Si    querrá  matarse  este  loco?  —  pensó 


218  V  A  L  M  A  R 


de  improviso,  al  ver  la  expresión  del  rostro 
de  Rodolfo. 

Sus  dudas  no  tardaron  en  confirmarse  T 
cuando  oyó  que  éste  continuaba,  como  en 
sueños,  haciendo  su  testamento. 

— En  un  baúl  donde  guardo  mis  papelesr 
hay   una    caja  que    contiene   el  retrato    de 

Matilde  y  unas  flores  secas ¡  Todas  las 

flores  que  me  dio  en  su  vida !. . . .  Se  las 
devuelves  y  le  dices  que  la  he  querido 
mucho  y  muy  sinceramente ;  pero  á  ella 
sola,  no  á  su  plata.  En  cuanto  á  mis  pa- 
peles,— añadió  tras  una  ligera  pausa, — se  los 
das  á  mi  madre ¡  Pobre  madre !  —  ex- 
clamó emocionado.  Y  en  el  acto,  querien- 
do tal  vez  ocultar  su  pensamiento,  ó  com- 
prendiendo que  había  dicho  demasiado, 
añadió: — Te  hago  todas  estas  recomendacio- 
nes porque  me  voy  de  aquí.  No  quiero  ver 
más  á  Josefina,  ni  á  Matilde,  ni  á  nadie! 

—  ¿Piensas  viajar? — interrogó  Felipe  con 
ligero  acento  irónico. 

—  Sí,  pienso  viajar, — contestó  Rodolfo  sin 
notar  la  intención  de  las  palabras  de  su 
amigo.  —  La  vida  aquí  me  sería  insopor- 
table. 

Y  en  silencio,  los  dos  amigos  continuaron 
su  camino,  mientras  Felipe  esperaba  con  se- 


V  A  L  M  A  R  219 


creta  alegría  el  proyectado  encuentro  que 
vendría  a  poner  término  á  aquella  sombría 
desventura. 

—  Ah  ¿con  que  piensas  matarte? — pensaba, 
contemplando  a  su  amigo. — Esa  es  tu  filosofía, 
esa  es  la  manera  de  aplicar  tus  teorías  á  la 
vida.  No,  no  lo  harás.  Estás  en  mis  manos; 
tienes  todo  el  aspecto  de  un  Dios  cojido  por 

la  nariz Matarse,  matarse!. . .  Cómo  si  no 

amases  la  vida,  inocente!  Lo  que  tu  quisieras 
matar  serían  tus  desventuras,  y  ésas  dentro 
de  un  instante  van  á  desaparecer.  Buena  fi- 
gura harías  arrepintiéndote  después  de  muer- 
to, cuando  supieses  que  Matilde  te  espera  á 
pocos  pasos  de  aquí  para  consolarte  entre  sus 
brazos!— Y  comprendiendo  la  necesidad  de 
preparar  á  su  amigo  para  la  hermosa  sor- 
presa que  iba  á  recibir,  dijo  con  acento  miste- 
rioso: 

—  ¿Qué  dirías  si  Matilde  se  nos  apareciera 
de  pronto,  echándote  los  brazos? 

Sorprendido  Valmar  por  tan  extraña  sali- 
da, miró  en  torno  suyo  como  para  conven- 
cerse de  la  irrealidad  de  aquella  visión  que 
las  palabras  de  su  amigo  le  habían  sujerido; 
pero  reaccionando  en  el  acto,  contestó  dejan- 
do vagar  una  helada  sonrisa  por  su  dema- 
crado rostro: 


220  V  A  L  M  A  R 


— Los  brazos  que  aún  pueden  abrirse  para 
mí,  en  la  tierra,  no  bastan  con  toda  su  ternura 
á  ofrecerme  el  ansiado  consuelo. 

Solo  me  queda  un  recurso,  el  único  á  que 
pueden  aspirar  los  que  no  han  sabido  com- 
prender la  vida. — Y  empuñando  su  revólver, 
dio  un  rápido  salto  de  costado  y  se  descerrajó 
un  balazo  sobre  la  sien  derecha,  estampando 
contra  la  tapia  del  cementeriola  masa  de  sus 
sesos,  aún  palpitante. 

Al  mismo  tiempo,  de  dos  pechos  amorosos 
partió  un  grito  desgarrador,  horrible,  que  tal 
vez  llegó  á  impresionar  los  oidos  de  Rodolfo, 
amargando  ó  deleitando  su  agonía,  antes  de 
irse  á  perder  con  el  eco  entre  la  soledad  de 
las  tumbas. 


FIN 


1